Capítulo 8

Kagome

No sabía exactamente lo que pasaba a mi alrededor, pero no me tomó mucho tiempo entenderlo. El hermano de Sango, el mariscal de campo estrella, empezó a salir con una de sus profesoras y la despidieron por tener una relación con él. Y, obviamente, seguían juntos. Entendido.

Y ahora también sabía lo que vio Inuyasha en ese celular, que lo hizo enojar.

Mientras arrastraba a Kikyo lejos de la mesa, me quedé boquiabierta detrás de ellos, insegura de lo que tenía que hacer. ¿Seguirlos, o simplemente quedarme aquí? No quería quedarme porque parecía como si el hermano de Sango estuviera a punto de estallar de furia. Pero levantarme y salir tampoco se sentía bien. Además, Sango se acercó y me agarró la mano con fuerza, haciéndome saber que necesitaba un poco de apoyo moral.

Mirando a Kikyo y Inuyasha desaparecer por un pasillo, la novia de Kohaku se retiró del abrazo y sonrió con tristeza hacia su novia.

—Supongo que alguien simplemente se soltó de la lengua, ¿eh?

—Oh, Dios mío. —Una Sango pálida me soltó y se tambaleó sobre sus pies, lanzando miradas entre Kohaku y Aiya. Se tapó la boca—. Dios mío. Así que… lo que acaba de decir... ¿es verdad?

Kohaku hizo una mueca mientras besaba a Aiya en la frente.

—Cuidado.

Cuando su voz se quebró con la disculpa, sus ojos se abrieron con horror.

—Mierda. —Ella retrocedió—. Oh, mierda. —Girando para alejarse de ellos, tropezó conmigo y mi silla en su prisa por escapar.

Bien, ahora me sentía muy incómoda por sentarme y ver todo esto. Aiya, quien en realidad parecía más joven que su ex-estudiante, dirigió sus ojos preocupados hacia Kohaku.

—Debimos decirle.

—Decirle, ¿qué? —preguntó el chico más joven que se encontraba con Aiya.

—Nada —gruñó Kohaku mientras agarraba el codo de Aiya para dirigirla hacia la salida—. Vengan. Nos vamos.

—Pero quiero quedarme —dijo el chico mayor.—. Me estoy volviendo loco de hambre.

—Yo también —se quejó el hermano menor. Se parecía más a Sango, con su cabello rubio y cara en forma similar—. Quiero pizza.

—Pediremos una. —El tono de Kohaku no admitía lugar a discusión. Cuando su ardiente mirada cayó sobre mí, me moví en mi asiento y contuve la respiración, lista para que empezara a hacer amenazas para asegurar mi silencio. Pero en cambio, preguntó—: ¿Puedes hacer que mi hermana consiga un aventón a casa?

Me sentía sorprendida de escuchar esa pregunta, y titubeé en un primer momento.

—Uh... sí, claro. —Balanceé la cabeza, contenta de ayudar de alguna manera—. Por supuesto.

Sus hombros se relajaron apenas. Entonces me envió una respetuosa inclinación de cabeza.

—Gracias.

Mientras escoltaba a Aiya y los dos chicos a la pizzería, me quedé detrás de ellos, aturdida por lo que acababa de suceder.

Me giré hacia Miroku, que se dejó caer en su asiento y apoyaba la frente en su mano.

¿Y ahora qué? Le hice una pregunta silenciosa.

Se encontró con mi mirada, levantó una ceja, y luego dejó escapar un suspiro.

—Bueno... joder.

Sin decirme una palabra más, se puso de pie y se alejó.

Me quedé sentada, analizando todo. No me quedé mucho tiempo, solo el tiempo suficiente para que la camarera volviera con una bandeja llena de bebidas. Cuando solo me encontró a mí en las dos mesas, se detuvo y miró a su alrededor.

—Um... —Le envié una débil sonrisa—. Todo el mundo tenía que irse... Parecía no saber qué hacer con las bebidas.

—¿Qué hago con todo esto?

—¡Oh! —Me puse de pie y agarré mi bolso—. Lo pagaré. Lamento las molestias.

Aún confundida, continuó dudando.

—Entonces... ¿quieres que me las lleve?

Me mordí el labio. En vista de que todos se habían ido, sí, más o menos quería que se las llevara. Pero no sabía cómo decirlo sin sonar condescendiente.

—Bueno... —Miré a mi alrededor. Nadie de mi grupo se encontraba a la vista en ningún lugar—. No creo que regresen.

Definitivamente no iban a volver.

—Eso es una maravilla. —Soltando un suspiro de mal humor, se apartó y se alejó, devolviendo la bandeja llena de copas a la cocina. Cuando regresó, me hallaba de pie en el mostrador, esperando para pagar.

No podía dejar de mirarme y suspirar con disgusto, así que me disculpé de nuevo, pero me ignoró.

Una vez que pagué la cuenta, agarré mi bolso contra mi pecho y miré alrededor, preguntándome cómo iba a encontrar a alguien. Miré por un pasillo que conducía a los baños y no vi a nadie allí, así que me abrí paso por la puerta de atrás. Cuando vi la espalda de Miroku, al doblar una esquina, me apresuré a ir tras él, sin tener idea de por qué lo seguía. Pero era la única persona aquí que sabía algo, y me encontraba atascada hasta que hallara un aventón a casa, además de que necesitaba encontrar a Sango. Así que me lancé tras él, solo para darme cuenta que la había encontrado.

Iba a acercarme, pero después de la forma tierna en que tocó su espalda para conseguir su atención... No sé... me contuve.

—Oye. —Su voz era suave—. ¿Estás bien?

Sango se dio la vuelta y lo miró unos diez segundos antes de asentir.

Sin embargo, las lágrimas llenando sus ojos, probablemente, le dijeron que en realidad no estaba bien.

—Solamente... —Limpió sus mejillas y resopló—. Sabía que era una maestra, y sabía que buscaba trabajo, pero... no tenía idea de que era su maestra, o que fue despedida porque... Oh por Dios. Nunca me dijo que eso sucedió. Tampoco lo hizo él. Ellos simplemente... han sido un gran apoyo y fuerza, ayudándonos a Shippo, Takechiyo y a mí a instalarnos y adaptarnos. Yo ni siquiera... No tenía ni idea. No se ve lo bastante vieja para ser una profesora universitaria. —Sus ojos húmedos se veían más dorados y suplicantes mientras lo miraba fijamente—. ¿Por qué no me lo dijeron?

Miroku negó con la cabeza lentamente.

—Estoy seguro de que no querían preocuparte con ello. Tú…

Cuando tocó su mejilla, ella se echó hacia atrás y apretó los dientes.

— Pero voy a ir a la escuela el lunes. Asistiré a la misma universidad donde... — Tragó saliva—. ¿Qué si oía algunos rumores, o...? No sé. ¿Por qué no querrían que estuviera preparada para eso? Qué…

—Oye. Shh. —Miroku la agarró del brazo y tiró de ella en un fuerte abrazo—. Tu hermano no esperaba que escucharas los rumores. Puedes oír hablar de una profesora de inglés perdiendo su trabajo, tal vez incluso especular el por qué, pero muy, muy pocos de nosotros sabemos que en realidad es debido a Kohaku.

Resopló y se enterró profundamente en su pecho.

—Cualquiera puede darse cuenta que no tiene que protegerme más así. Tengo dieciocho años.

Miroku sonrió.

—No importa la edad que tengas. Siempre serás su hermana pequeña. Siempre querrá protegerte.

—Y estoy segura de que, también, siempre voy a querer golpearle la cabeza por ello.

Con una suave risa, Miroku comenzó a acariciarle el cabello.

—Lo apuesto. — Cuando cerró los ojos y enterró su nariz como si estuviera oliéndola, algo se apretó en mi pecho. Le gustaba. Quiero decir, realmente le gustaba. Retrocedí un centímetro, sintiéndome una mirona. Pero no sabía dónde ir. Así que, solo... me quedé y miré.

—¿De verdad hay una imagen de Aiya desnuda dando vueltas? —preguntó Sango, levantando su cara.

Miroku dejó de mover los dedos en su cabello mientras su mirada atrapaba la de ella.

—Sí —dijo—. Es lo que hizo que la despidieran.

Sango negó con la cabeza.

—Eso no tiene sentido. ¿Cómo podría una imagen de ella desnuda hacer que la despidieran?

—Se veía el brazo de Kohaku en ella.

Esta vez, sacudí la cabeza, confundida, aunque nadie me vio hacerlo desde mi escondite. Dios, hoy sí que me escondía y espiaba parejas.

—Aún no lo entiendo. —Ella expresó mis pensamientos en voz alta—. Si todo lo que vieron fue su brazo, ¿cómo sabían con quién estaba? Podría no haber sido un estudiante…

Miroku levantó su antebrazo para señalar algo que no podía ver desde donde me hallaba de pie.

—Alrededor de una docena de jugadores de fútbol nos hicimos este mismo tatuaje del año pasado. Salía en la foto, por lo que la universidad sabía que tenía que ser un actual jugador de fútbol de la ESU.

Sango estudió el tatuaje y lentamente pasó el dedo sobre este. No creía que se diera cuenta de cómo hacer eso hizo que Miroku cerrara los ojos un instante y luego poco a poco volviera a abrirlos.

Ella finalmente levantó la vista.

—Así que, por todo lo que saben, podrías haber sido tú quien estuvo con Aiya.

Sus labios se extendieron con diversión.

—No fui yo.

Sus dedos se quedaron en su tatuaje mientras su mirada permanecía fija a la suya.

—No puedo creer que hayan pasado por todo esto, y yo no tenía ni idea.

Miroku negó con la cabeza.

—Tenías más de lo que preocuparte.

Sango abrió la boca, pero luego la cerró antes de hablar. Le tomó otro momento para que sus ojos se agrandaran con horror.

—Oh Dios. Sabes. Acerca de mí.

Ella trató de apartarse, pero la cogió del hombro y la acercó de nuevo.

— Espera. ¿Adónde vas?

—No sé. —Manteniendo su espalda contra su pecho, levantó una mano en un gesto de impotencia—. A meterme debajo de una roca y morir de humillación.

—No tienes nada de que sentirte humillada. —Tomando su codo, le dio la vuelta para que lo mirara.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó—. ¿Kohaku te dijo?

—No. Me encontraba allí cuando le dijiste, ¿recuerdas? Fue imposible no escuchar cada palabra a través de esas paredes delgadas.

Su rostro palideció. Sacudiendo la cabeza, una vez más se dio la vuelta, pero él sostuvo su cintura y apretó su espalda contra su pecho de nuevo mientras ella se inclinaba ligeramente por la cintura.

—No. Sango... no hagas eso. No te alejes. —Cerró los ojos y apoyó la frente en el lado de su cuello.

Más lágrimas corrían por sus mejillas.

—Debes pensar que soy una…

—No —la interrumpió atentamente, girándola y obligándola a mirarlo, ahuecándole las mejillas en sus palmas—. No creo absolutamente nada malo de ti.

Ella parpadeó y una última gota húmeda se deslizó de sus pestañas. Miroku la atrapó con su pulgar y la limpió. El pecho de Sango se levantó cuando respiró. Durante todo el tiempo que siguieron mirándose a los ojos, contuve la respiración mientras esperaba a lo que vendría después.

Sango fue la primera en moverse. Levantó la barbilla y se puso de puntillas para besarlo. Pero él dio un paso atrás, girando la cara hacia un lado.

—No lo hagas. — Su voz era baja y tensa.

Tapándome la boca con ambas manos, pude sentir el rechazo de Sango perforando mi propio pecho. Y, ay, eso tenía que haber dolido. Poco a poco se apartó, y a continuación, movió su hombro antes de alejarse.

Cuando salió corriendo, Miroku la siguió con la mirada, agarrando su cabello. Tormento apareció en su rostro mientras cerraba los ojos y murmuraba algo que no entendí.

Cuando los abrió, dio un paso adelante como si quisiera seguirla, pero me vio y se detuvo en seco.

Sus ojos se estrecharon. Me encogí un paso atrás y agarré mi bolso.

— Uh... —Traté de explicar mi presencia, pero sí, no salió nada.

Caminó hacia mí, emitiendo una especie de aspecto letal.

—Bueno, mira quién es nada más que los ojos y los oídos esta noche. Aprendiste mucho la última hora, ¿Morena?

Di un paso atrás y sacudí la cabeza con atención mientras tragaba saliva.

—Yo no…

—¿Viste algo? —preguntó con una ceja arqueada—. ¿Escuchaste algo?

—No, yo... no vi ni oí nada —estuve de acuerdo.

—No —murmuró suavemente mientras me estudiaba un momento más—. No lo hiciste, ¿verdad? Porque no eres una vaca gritona como tu perra compañera de cuarto, ¿verdad?

Mi boca se abrió. No podía creer que dijera eso de Kikyo. Era brillante.

¿Por qué alguien la llamaría…?

Inclinó la barbilla hacia la derecha.

—¿Por qué no vas a encontrar a Sango y te aseguras de que llegue a casa sana y salva?

Sonaba tan preocupado por ella; que me dio el coraje de preguntar—: ¿Vas a pedirle disculpas?

Miroku resopló.

—Joder, no. —Apretando los dientes, me frunció el ceño—. De hecho, voy a tener que cambiar para que nunca me perdone.

Girándose, se marchó sin explicarse.

Me quedé allí un momento más. Este sin duda resultaba ser uno de los días más extraños de mi vida. Pero por alguna razón, me sentía eufórica. Era más de lo que mi padre aprobaría. En secreto, disfrutaba haber sido una parte pequeña de ello.

Me volví en la dirección en que Sango corrió, pero tan pronto como estuve a pocos pasos de Kikyo, mano a mano con Inuyasha, giré en la esquina.

—¿Kagome? —preguntó Kikyo sorprendida—. ¿Qué haces aquí?

Preocupación surcaba la frente de Inuyasha.

—¿Todo bien?

Asentí, aunque no tenía ni idea. Hice un gesto vago hacia la entrada de la pizzería.

—Todo el mundo se fue. Excepto Sango. Corrió en esta dirección, molesta, y Kohaku pidió si podíamos asegurarnos de que llegara a casa.

Aunque Kikyo frunció el ceño ante la idea, Inuyasha asintió inmediatamente.

—Claro. No hay problema.

—¿Qué? —Kikyo lo fulminó con la mirada—. No quiero cuidar de la hermana pequeña de Kohaku. —Cuando resopló con disgusto, tanto Inuyasha como yo la miramos boquiabierta.

—Kikyo —la regañó, y me quedé sin aliento—, no podemos dejarla aquí sola.

Frunció el ceño. Cuando se dio cuenta de que se hallaba en inferioridad numérica, inhaló.

—Lo que sea. —Cruzando los brazos sobre el pecho, se apartó y se puso en marcha—. Voy a esperar en el coche.

Me quedé detrás, preguntándome de donde venía toda esa actitud y por qué fue tan maleducada. La Kikyo que conocía nunca actuaba de esa manera.

—Está enojada conmigo porque no le dije acerca de Kohaku y Aiya —dijo Inuyasha, respondiendo a mi pregunta silenciosa.

Lo miré y al instante me sentí horrible. Se veía culpable y aplastado. Así que negué con la cabeza.

—No era tu secreto.

Así como no era mi secreto decirle lo que le pasaba a su novia... aunque creyera que debería saber.

Sacudió la cabeza, como haciendo a un lado sus problemas con su novia y levantó la mirada, sus ojos dorados llenos de dolor.

—¿Sabes dónde está Sango?

Hice una mueca.

—Algo así. Corrió en esta dirección después de que intentó besar a Miroku.

Cuando los ojos de Inuyasha se abrieron, golpeé mi mano contra mi boca.

—¡Oh, no! No puedo creer que lo dije. Le prometí a Miroku que no le diría a nadie lo que vi.

Parpadeó, pero hizo un gesto con la mano.

—Está bien. No voy a decirle que me dijiste. —Entonces hizo una mueca—. ¿Él le devolvió el beso?

—No. Dio un paso atrás, rechazándola, así que ella se escapó, llorando.

Dejó escapar un suspiro y pasó los dedos por el cabello.

—Guau. No puedo creer que se contuviera. Eso es tan... impropio de él. Pero es bueno que tuviera autocontrol. Kohaku le advirtió que se alejara de Sango más veces de las que puedo contar. —Liberó su cabello y miró a su alrededor—. Qué lío.

Cuando asentí, me envió una pequeña sonrisa.

—¿Qué dices si la busco en esa dirección, y tú vas por esa?

Estuve de acuerdo y nos pusimos en marcha en nuestras diferentes direcciones. Encontré a Sango unos minutos más tarde, sentada en un banco en la calle de la pizzería bajo una farola. No dijo nada ni me reconoció cuando me acerqué, pero sabía que notó mi presencia. En silencio, me senté a su lado y esperé.

Se detuvo de abrazarse las rodillas y puso sus pies lentamente en el suelo.

—Intenté besar a Miroku, pero me apartó.

Tragué saliva, casi deseando no ser su confidente, porque no sabía cuántos secretos podía contener por otras personas.

—Lo vi —le dije.

Me miró.

—¿Lo viste? ¿Él lo sabe?

Asentí.

—Sí. No quería que le dijera a nadie.

—Bueno... supongo que fue agradable de su parte ayudar a mantener mi mortificación en privado. —Metiendo las manos debajo de sus muslos hasta que estuvo sentada en ellos, esperó unos segundos antes de mirarme de nuevo—. Es probable que pienses que soy bastante patética, ¿eh?

Con un movimiento de la cabeza, dije—: No. De ningún modo. Yo… en realidad, pensé que eras muy valiente. —Al otro lado de la calle, vi a Inuyasha cuando nos encontró. En lugar de cruzar la calle hacia nosotras, desaceleró hasta detenerse y respetuosamente me dejó tener un momento a solas con Sango—. Tener el coraje de ir tras algo que quieres... nunca he tenido ese tipo de fuerza. Sin embargo, creo que sería increíble.

Resopló mientras las lágrimas llenaban sus ojos.

—Soy un desastre en este momento, es lo que soy.

Sonreí.

—Entonces creo que soy bastante patética, porque deseaba poder ser más como tú.

Su risa era auto-burlona.

—Confía en mí, no quieres ser como yo.

Encogiéndome de hombros, metí un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.

—Creo que vamos a tener que estar de acuerdo en no estar de acuerdo en eso.

No respondió durante un tiempo. Entonces dejó escapar un suspiro y dijo—: O tal vez solo somos un desastre juntas.

Una sonrisa levantó mis labios.

—Tal vez. —Me puse de pie—. Ven. Creo que nuestro aventón está esperando.

Con la frente fruncida, me miró.

—¿Aventón?

Incliné mi barbilla hacia Inuyasha y le expliqué cómo su hermano se llevó al resto de su familia a casa. Asintió con resignación y me siguió al otro lado de la calle. Pero antes de llegar a él, me hizo dar un paso atrás para decirme al oído—: Oye. Gracias.

No hice nada que alterara su vida, pero asentí y agarré su mano, apretándola con gusto antes de soltarla.

Inuyasha no parecía molesto por tener que esperarnos. Permaneció discreto, con las manos en los bolsillos, pero con preocupación en sus ojos.

—¿Listas? — Fue todo lo que dijo.

Su reacción fue tan diferente a lo que mi padre hubiera hecho; era un poco sorprendente lo agradable que era con toda la situación.

Asentí, respondiendo por ambas mientras ignoré el extraño impulso de ir hacia él y abrazarlo. Su cuerpo era enorme y voluminoso y se veía muy rudo, pero tenía la sensación de que un abrazo suyo sería cómodo y seguro. Tal vez era porque sabía que olía tan bien, o porque su camiseta se veía tan suave y desgastada, o tal vez era porque emanaba un aura protectora en la que quería acurrucarme. En cualquier caso, me asustaba lo cerca que quería llegar a él. Así que me aseguré de mantener a Sango entre él y yo mientras caminábamos en silencio al auto de Kikyo.

El viaje a casa fue silencioso y tenso, sobre todo porque un silencio enojado irradiaba de Kikyo en todo el auto. En el asiento trasero, Sango y yo tampoco hablamos. Todo lo que me dijo al oído fue—: Buena suerte —después de que Inuyasha se detuviera en su apartamento para dejarla salir. No había nada para lo que necesitara suerte, pero apreciaba su preocupación.

Tan pronto como estacionamos en la cochera en la torre de apartamentos, Kikyo empujó la puerta y se marchó, cerrándola tras de sí. Inuyasha exhaló un suspiro largo y fuerte mientras la veía marcharse.

—Estará bien —me sentí obligada a decir—. Kikyo nunca está enojada mucho tiempo.

Se retorció en su asiento lo suficiente para mirarme. Una pequeña sonrisa levantó sus labios.

—Sí —acordó, pero aún se veía miserable cuando su mirada se deslizó de nuevo a su novia, quien era recibida por Henry.

De repente, Inuyasha miró de nuevo hacia mí.

—Oye, gracias por todo lo que hiciste por Sango.

Me sonrojé, aturdida por su gratitud.

—Yo no… —Sacudí mi cabeza.

—Kohaku dijo que no la había visto reír en todo el verano. Cuando te vio hablando con ella en el lavado de coches, haciéndola reír… fue por eso que quiso que comieras pizza con ellos. Estaba agradecido por lo que hiciste.

Una risa sorprendida salió de mí.

—Pero no hice nada.

Inuyasha me dio una ligera sacudida de cabeza.

—La incluiste —dijo, recordándome lo que Kikyo hizo por mí ese primer día. La conocí. Me pidió que me sentara en el banco junto a ella, y luego solo… me habló como si yo fuera increíble. Me incluyó en su vida. Y ahora aquí estaba yo, lista para dar un riñón por ella.

—Algunas veces son las pequeñas cosas que hacemos las que significan demasiado para otros —murmuró Inuyasha, haciendo eco de mis pensamientos.

No sé qué cambió en ese momento, pero la última parte restante de la tensión incomoda que sentí la noche que nos conocimos solo… desapareció. Sonreí mientras mi pecho se alivió.

Llevando sus nudillos a la boca, Inuyasha no notó nada de mi situación. Regresó su atención a la entrada de nuestro edificio. Kikyo llevaba rato dentro, pero siguió mirando a la puerta antes de preguntar—: ¿Importa si te sigo? ¿Tratar una última vez de limar asperezas con ella?

—Seguro —dije.

La subida en el ascensor fue silenciosa, pero no se sintió tan rara como la noche anterior. Inuyasha se hallaba perdido en sus propios pensamientos, y yo aún dirigía todas las cosas que pasaron durante y después del lavado de coches. Después de desbloquear la puerta y dejarlo entrar, asintió en agradecimiento y se dirigió de vuelta a la puerta cerrada de la habitación de Kikyo. Tocó una vez, luego entró y, silenciosamente, cerró la puerta detrás de él.

Me dirigí de vuelta a mi propio cuarto. Mi estómago gruñó por la cena que nunca llegamos a comer, pero se sentía raro desplazarme por el apartamento mientras Kikyo y su novio hablaban en su cuarto. Así que, me acurruqué en mi cama y escribí una corta historia sobre una chica que trató de besar a un chico pero se arruinó. Al final, ellos regresan y viven felices por siempre.

Nunca escuché ningún grito viniendo del pasillo. No oí nada, en realidad. Ni siquiera escuché a Inuyasha irse para el momento que estuve lista para la cama y me dormí. Me pregunté si convenció a Kikyo de perdonarlo, pero tenía un presentimiento que lo había hecho. Si yo hubiera sido su novia, no me imaginaba que fuera capaz de permanecer enojada con él mucho tiempo. Honestamente, si fuera su novia, dudaba que, en primer lugar, fuera capaz de molestarme con él.

Pero tener pensamientos como esos, me hacían calentarme de forma incómoda. Inuyasha Taisho debía dejar de ser tan lindo y complaciente conmigo. Daba a mi pobre y patético corazón, pensamientos que no debería tener. De ahora en adelante, decidí que iba a mantenerme lo más lejos posible de él, porque chicos así eran demasiado intensos para chicas como yo.

/::::::::::::::::::/

Manu: No va ser cruel tampoco xd o eso creo, lo normal de su edad. Además tiene un porque actúa también así.

Ahora sobre Sesshomaru y Kagura, no me desagrada la idea. Probablemente en otra historia incluso ahí anden de pareja, aunque más sea con Rin, pero también me agrada Kagura. Lo que si no creo que pase es sobre Inuyasha y Sango, puedo hacerlo hasta hermanos pero pareja? :'v no puedo, siento incluso como mejores amigos. Lo siento.

Sobre otros animes que adaptare, si, lo más probable es que sea con Ranma :) poco a poco estoy avanzando...