Capítulo 9
Inuyasha
Kikyo dormía profundamente en el otro lado del colchón cuando me desperté. Le gustaba dormir mucho. Lo juro, dormiría hasta el mediodía todos los días si pudiera.
Giré mi cabeza y observé su respiración, aliviado de que me hubiera perdonado anoche.
Sabía que lo había arruinado. Era horrible cuando se trataba de hablar de mí o de mis amigos. Era horrible en conversar, y punto. Pero había estado tan enojada conmigo. Sus palabras acusadoras aún atormentaban mis oídos.
—Me hiciste ver como una idiota despistada, Inuyasha.
—No —había tratado de decirle—. No te viste como un idiota. Tú…
—Me vi como un idiota —espetó.
Así que traté de explicar por qué todo tenía que ser mantenido en secreto. Solo porque hubiera algunos rumores flotando en el campus sobre la razón del despido de Aiya, no significaba que la gente conociera la verdad. Pero si la verdad salía, todo su futuro podría estar en peligro. Podría no hallar nunca otro trabajo de enseñanza. Y Kohaku estaría devastado.
Pero Kikyo no se preocupó por nada de eso. Solamente le importaba que no hubiera sentido la necesidad de decirle tal chisme jugoso. Habría estado mal de mi parte señalar lo mucho que le gustaba a ella y a sus amigas difundir rumores, así fueran verdad o no. Decirle a Kikyo algo confidencial normalmente era demasiado arriesgado. Así que seguí pidiendo disculpas y prometiendo que nunca volvería a ocultarle nada. Y finalmente, aflojó y se rindió.
Después de un rápido beso en su mejilla mientras seguía durmiendo, me arrastré fuera de la cama y me puse la ropa de anoche.
Renunciando a mis calcetines y zapatos, caminé a través del tranquilo apartamento. Después de refrescarme rápidamente en el baño, me dirigí a la cocina. Encontré la plancha debajo del lavaplatos donde la había limpiado y dejado el sábado pasado. Después de ponerla en el fuego, busqué unos huevos, aceite vegetal y leche. La mezcla de panqueques también se hallaba justo donde lo había dejado la última vez.
Tenía la masa batida y me encontraba a punto de verter mis caras felices especiales cuando oí que alguien entraba a la cocina detrás de mí. El jadeo de sorpresa me hizo saber que no era Kikyo.
Cada pelo en mi nuca se levantó con atención inmediata. Di la vuelta.
—Hola. Buenos días —saludé apresuradamente—. ¿Tienes hambre?
Kagome se detuvo, boquiabierta. Tenía el pelo suelto. Era la primera vez que lo veía suelto. Todavía estaba revuelto y despeinado, recién salido de la cama. Me hizo sentir incómodo, al igual que el resto de su atuendo. Seguro, su camisa era mucho más suelta que la que había llevado anoche en el lavado de autos, pero era tan grande que la manga de un lado se había resbalado y caído de un hombro suave. Sus pantalones cortos eran una vez más lo suficientemente cortos como para exponer bastante de sus esbeltas y tonificadas piernas.
Nada bueno. Tenía que dejar de mirar sus piernas.
Así que, lo hice, forzando mi atención a su cara. Excepto que sus ojos chocolates eran tan brillantes e inocentes. Causaron un nudo en mi garganta.
Metió un mechón de cabello detrás de su oreja mientras alejaba su atención de mí para estudiar el desastre que había hecho en los mostradores.
—No te preocupes —dije, señalando todo—, lo limpiaré.
Aún pareció tomarle un minuto empaparse en lo que hacía en realidad.
Su mirada finalmente se deslizó de nuevo a mí.
—Estás cocinando.
—Yo... sí. —Cambié mi peso de un pie a otro, sintiéndome mayormente incómodo—. Es como lo mío, los sábados por la mañana. Yo... ¿está bien? Puedo parar si quieres.
Sus ojos se abrieron como platos. Ella, obviamente, no se encontraba acostumbrada a que le pidieran permiso.
—No, está bien —dijo. Su mirada vagó sobre la plancha de nuevo antes de volver a mí—. ¿Ti… tienes una llave del apartamento?
—¿Una llave? No. —¿De dónde diablos venía esa pregunta? Luego me di cuenta.
Oh, no.
Kikyo no le había preguntado si le importaba que me quedara algunas noches, ¿verdad?
Ya que Miroku dejó explícitamente claro que Kikyo no tenía permitido quedarse en nuestro apartamento, me preocupé al principio cuando ella me dijo que iba a conseguir una compañera de piso. ¿Qué pasaba si su compañera no me quería durmiendo en su apartamento? Nunca llegaríamos a pasar la noche juntos otra vez.
Pero Kikyo me había asegurado que a Kagome le parecía bien. Mientras la miraba, sin embargo, sabía que Kikyo nunca se había molestado siquiera en preguntarle.
—Yo... eh... ya estaba aquí —admití, sonrojándome.
Cuando Kagome se puso roja como un tomate brillante, levanté mis manos.
—¿Está bien? Si no me quieres aquí después de cierto tiempo, lo entiendo totalmente. Lo siento mucho. Pensé que Kikyo lo había aclarado contigo. Me dijo que te parecía bien que me quedara durante algunas noches.
—No. —Comenzó a negar con la cabeza antes de sonrojarse de nuevo—. Quiero decir, no, Kikyo todavía no ha hablado conmigo sobre esto. —Frunció el ceño mientras miraba a lo lejos—. Debió haberlo olvidado.
—Oh —dije tontamente, sin estar seguro de lo que pensaba de mi presencia aquí.
La plancha sonó detrás de mí, haciéndome saltar y recordándome que ya se encontraba caliente y lista para cocinar panqueques.
Kagome miró la plancha y luego de nuevo a mí antes de subir tímidamente su manga para cubrir su hombro descubierto.
—Sabes, es el apartamento de Kikyo. Lo que ella quiera es…
—No, también es tu apartamento —discutí, sin querer que pensara que no tenía nada que decir sobre lo que pasaba aquí. Deseé que Kikyo le hubiera hablado sobre esto—. Pagas la mitad del alquiler. Tienes tanto que decir sobre lo que ocurre aquí como ella.
Kagome hizo una mueca de desacuerdo.
—Pero ella estuvo aquí primero y se encargó de prepararlo todo.
—Eso no importa. Todavía tienes tanto…
—Puedes pasar la noche, está bien —exclamó, haciéndome saber que no quería discutir sobre eso. Luego su rostro se puso rojo cuando se dio cuenta de lo que había espetado.
Quería disculparme por ser un idiota y discutir sobre un tema tan tonto.
—De acuerdo. —Bajando la cabeza, me aclaré la garganta y me giré hacia mi masa. Le di la espalda mientras preguntaba—: ¿Quieres panqueques?
Sabía que no me quería aquí, pero tenía la sensación de que si me iba en este momento, habría hecho que se sintiera aún más incómoda.
Cuando murmuró—: No, gracias —un músculo saltó en mi mandíbula. No me había dado cuenta de lo mucho que había querido impresionarla con mi especial de sábado por la mañana hasta que la decepción de su rechazo corrió espesa por mis venas.
— Está bien. No hay problema —como si no me importara.
Detrás de mí, se aclaró la garganta discretamente.
—Entonces, supongo que Kikyo te perdonó anoche.
La miré por encima de mi hombro. Retorcía sus manos en su cintura y se mordía los labios como si quisiera huir, pero no supiera si se le permitía.
Con un lento asentimiento, observé sus pies descalzos. Eran lindos y menudos para alguien de su altura. Las uñas pintadas de un color rosa pálido.
—Bien, eso es bueno —dijo.
Levanté mi atención de vuelta a su cara, y el efecto que sus enormes ojos chocolates tenían sobre mí fue como un puñetazo en el estómago. Volví mi atención a los panqueques y forcé una gran respiración de mis pulmones. Nunca fui tan feliz de oír pasos acercándose por el pasillo.
—Buenos días —saludó una nueva voz cuando Kikyo entró en la cocina.
Aliviado de tenerla aquí y haciendo interferencia sin saberlo entre su compañera de cuarto y yo, me giré a saludarla con una sonrisa después de voltear un panqueque.
—Hola, tú.
Sus ojos se calentaron con placer.
—Hola, tú. —Lanzándose hacia mí, envolvió los brazos alrededor de mi cintura, se paró de puntillas, y me dio un beso largo y lento—. ¿Alguna vez te he dicho lo mucho que amo los sábados por la mañana? —Miró a su alrededor y frunció el ceño—. ¿Qué? ¿No hay fresas hoy?
Me reí y le pellizqué la nariz.
—Te levantaste demasiado temprano. Aún no las he sacado de la nevera.
Tuve que pasar junto a Kagome para buscar las fresas. Su olor era particularmente fuerte esta mañana. Contuve la respiración hasta que pasé de nuevo, esperando que no revolviera mis hormonas hoy como lo había hecho la otra noche.
—¿Segura que no deseas ningún panqueque? —le pregunté de nuevo—. También tenemos fresas.
Sacudió la cabeza mientras Kikyo decía—: Por supuesto que quiere panqueques. En serio, Kag. No puedes rechazar los panqueques de Inuyasha. Son legendarios.
Agaché la cabeza.
—No lo son realmente. Uso una mezcla.
—Pero los cocina a la perfección. —Kikyo abrió la puerta del armario y sacó tres platos—. Vas a comer.
Así que los tres desayunamos juntos.
Kikyo habló todo el tiempo, lo que significaba que nunca hubo silencios incómodos.
—Inuyasha solía hacer tocino para comer con sus panqueques. Pero no puedo soportar el olor del tocino, así que se detuvo, solo por mí, y lo cambió por fresas. —Me sonrió y deslizó su mano por mi antebrazo antes de volver su mirada a Kagome—. ¿No es el mejor novio del mundo?
Kagome se sonrojó, pero sonrió amablemente. No sabía qué hacer con ella. Antes de que nos conociéramos, quería que fuéramos amigos. Quería gustarle. Después de aprender cuán intensamente reaccionaban a ella algunas partes de mí, sin embargo, quise distanciarme más.
Nunca haría nada para traicionar a mi chica, pero no había necesidad de crear ninguna situación en donde tuviera que evitarlo. Sin embargo, ¿qué se suponía que haría cuando Kikyo nos quisiera a ambos juntos a su lado?
Todo el asunto me deprimió un poco. Había estado tan esperanzado de poder ser amigo de Kagome. Si tan solo no hubiera siempre esta creciente tensión dentro de mí cuando la miraba. Seguían surgiendo impulsos inapropiados. Quería acercarme, inhalar ese encantador aroma misterioso, tocar su piel de aspecto suave, enterrar mis dedos en su pelo, después empujarla contra una pared y levantarla hasta que la base de su garganta estuviera al nivel de mi boca, donde podría morder...
Genial. Ahí iba de nuevo. Con los músculos apretados, levanté la vista cautelosamente del panqueque que devoraba, esperando que nadie pudiera adivinar a dónde se había ido mi mente. Kikyo seguía hablando acerca de quién era quién en su grupo de amigos, y Kagome se rodeó el pecho con un brazo y asintió como si estuviera tratando de prestar atención mientras su mente se perdía en una dirección completamente diferente.
Aparté la mirada, sonriendo porque su reacción me recordaba mucho lo que yo hacía cuando Kikyo comenzaba a chismear sobre todas sus amigas. Que mal que tuviera que permanecer lejos de Kagome. Creo que me habría gustado.
Un fuerte golpe en la puerta interrumpió a Kikyo a mitad de su discurso medio segundo antes de se abriera de golpe.
—Hola, hijos de puta —gritó una voz familiar—. No me digan que ya se comieron todos los panqueques, ¿o sí, pequeños cerdos?
Kagome se enderezó, sus ojos muy abiertos.
—¿Quién es ese? —preguntó mientras Kikyo se volvía hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Qué diablos está haciendo él aquí?
—No… No lo sé. —Empecé a levantarme, pero Miroku apareció en la entrada de la cocina antes de que pudiera detenerlo. Agarrando el marco de la puerta por encima de su cabeza, se inclinó en la habitación y nos dio una mirada maliciosa.
—Bueno, ¿no se ve esto como un pequeño y acogedor trío?
Kagome jadeó y puso la mano sobre su corazón.
Miroku le guiñó un ojo y me miró deliberadamente. Fruncí el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—¿Y nunca has oído hablar de tocar? —espetó Kikyo.
Los ojos de Miroku se estrecharon cuando la miró.
—Sí toqué, perra. ¿No escuchaste? Y si hubiera esperado el permiso para entrar, no me hubieras dejado.
—En eso tienes razón, imbécil —gruñó Kikyo.
Yo repetí—: En serio. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué? —Se encogió de hombros como si pensara que la pregunta fuera ridícula—. ¿No puedo recoger a mi compañero de piso para la práctica de fútbol? Recuerdas que tenemos la práctica esta mañana, ¿verdad? —Miró entre Kagome y Kikyo de nuevo—. No estás... ocupado, ¿cierto?
Apreté mi mandíbula, molesto de que se acercara tanto a algunas de las cosas en las que no había podido dejar de pensar.
—Sí, me acordé de la práctica. —Crucé los brazos sobre mi pecho y lo miré fijamente, desafiándolo en silencio a hacer otra broma sobre estar aquí con dos chicas—. Y mi camioneta está justo fuera. Puedo conducir por mi cuenta.
Miroku dejó caer los brazos del marco de la puerta.
—Bien. Entonces estoy aquí por los panqueques, supongo. —Se paseó por la cocina y le guiñó un ojo a Kagome—. Buenos días, Morena. Estos dos no te mantuvieron despierta toda la noche, ¿verdad? Sabes, si se ponen demasiado ruidosos y alborotados, siempre serás bienvenida a venir a mi casa para alejarte de ellos.
—Miroku —gruñí. Tuve la tentación de romperle la cara.
Algo debía estar mal conmigo. El viernes por la noche, empujé a Naraku contra una pared. Anoche, podría haber golpeado fácilmente a Byakuya por la forma en la que había hablado de Kagome. Y esta mañana, quería romper la cara de Miroku. Era suficiente agresión en tres días para asustarme. Nunca, nunca quise iniciar una de las cualidades abusivas de mi madre. Pero ahí me encontraba, sintiéndome violento de nuevo.
—¿Qué? —Miroku me miró con las cejas levantadas—. Fue una invitación perfectamente educada. —Le sonrió a Kagome de nuevo—. Sinceramente, no sé cómo están juntos, ya ves. Yo no la dejo quedarse en nuestra casa. —Regresó su atención a mí—. Siéntate y relájate ya, niño bonito. La práctica no comienza hasta dentro de cuarenta y cinco minutos.
Mi mandíbula se apretó. Iba a pedirle que saliera del apartamento cuando Kagome se puso de pie.
—Deja que te traiga un plato. Los panqueques están increíbles.
¿Un minuto? ¿Qué? ¿Kagome lo quería aquí? Ni siquiera podía sentirme presumido por su alabanza hacia mis panqueques. Parecía demasiado feliz de que él estuviera aquí. Sus hombros ya no estaban tan tensos como lo habían estado desde que entró en la cocina esta mañana. Cuando le envió una cálida sonrisa, me quedé helado.
Oh, no. ¿Y si le gustaba? ¿Qué si...? Náuseas se arremolinaron en mi garganta. No tenía idea de por qué, pero no me agradaba la idea de le gustara Miroku. En absoluto.
Miroku pareció sorprendido por su generosa oferta. Levantó las cejas y lanzó una mirada hacia mí. Quería borrar esa sonrisa presumida de su cara con mi puño. Y Kikyo no ayudaba. Solo gruñó y se metió más comida en la boca.
—Bueno, maldición. Me gustas, Morena —anunció Miroku finalmente. Le sonrió encantadoramente mientras se sentaba.
Yo continuaba de pie, mirándolo cuando me di cuenta de que Kagome tenía problemas para encontrar el gabinete con los platos.
—Están aquí —le dije, pasando a su lado para abrir una puerta a su izquierda. Cuando Kagome dejó escapar una silenciosa respiración, me di la vuelta preguntándome qué le pasaba.
No me había dado cuenta de lo cerca que me había movido hasta que nuestras miradas se encontraron y sus ojos chocolates, estuvieron justo ahí. La aceleración en mi respiración me hizo apretar los dientes. ¿Por qué sigo notando cosas de ella, como cuán suaves parecían sus mejillas, o lo bonitos que eran sus ojos? Nunca noté cosas sobre otras chicas. Kikyo era todo lo que quería y más. No me gustaba la forma en que mi sangre se calentaba cada vez que miraba a su compañera de cuarto.
—Lo siento —murmuré, agarrando un plato a toda prisa y empujándolo hacia ella antes de retroceder y volver a la seguridad del lado de Kikyo, donde mi temperatura corporal por suerte volvió a la normalidad.
Accidentalmente, encontré la mirada de Miroku cuando me deslicé en mi asiento. Levantó las cejas con una sonrisa de complicidad. Le fruncí el ceño, pero lo quité rápidamente de mi cara cuando Kagome le ofreció el plato que le había entregado.
Miroku le guiñó un ojo mientras lo tomaba.
—Gracias, Morena.
Ella se sonrojó y jugó con un mechón de su cabello.
—Oh, es Kagome, en realidad.
—Sí. —Miroku no parecía preocupado mientras llenaba rápidamente su plato, amontonando media docena de panqueques—. Pero probablemente no voy a recordarlo.
