Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Aquella era la razón por la que no les gustaba involucrarse en juegos de fiestas.
Día 24.
Rating: T.
Temática: Juego.
Propuesta propia.
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Elsa se removió en su lugar, incómoda, no estaba del todo segura sobre ser partícipe de aquel juego que no tardaría en comenzar, y sí que había tratado de quedarse fuera, pero su prima simplemente no se lo permitió.
—Tienes que participar, Elsie, no siempre puedes escabullirte —le había dicho mientras la acomodaba en su lugar.
Desde que Punzie se había vuelto viral en TikTok– una aplicación que le resultaba gran consumidora de tiempo– con los videos que hacía sobre sus cuadros, su prima agregó otro tipo de contenido que a las personas sin nada mejor que hacer, entre ellos sus compañeros de preparatoria, les gustaba.
—Este trend es bastante sencillo, en realidad —estaba diciendo los presentes pusieron los ojos en blanco—. Y para que sea más justo, decidiremos entre todos quien abandonará el video cada vez.
—Entonces no es un juego —apostilló Merida, metiéndose un tenedor lleno de las asada fries que sostenía.
—¡Sí lo es!
—Pero quieres que grabemos un video para tu estúpida cuenta —agregó Hans, parado a su lado.
Elsa se alejó de él dando un pequeño paso, Hans Westergaard era el tipo más insufrible, presumido, alzado e imbécil que conoció a sus diecisiete años… y no se explicaba porqué, de cierta manera, le resultaba irremediablemente atractivo. Sí, tenía lo suyo, con aquellos ojos verdes moteados de dorado, la piel de melocotón, rasgos proporcionales y pecas que, cuando quería, le daban un aspecto inocente.
Y lo peor de todo era que estaba emparentado– primos hermanos– con el novio de Punzie, Eugene, por lo que el tío rondaba siempre el cada reunión que de organizaba.
—Grabaremos el video mientras jugamos, se hace mucho en América, entonces sí es un juego —insistió Punzie.
—De todas maneras…
—¡Bueno, ya! —se metió Elsa, de lo contrario el par se pondría a pelear—. Hagamos esto para que podamos seguir bebiendo.
Eugene le agradeció con una mirada y la rubia supo que tampoco él quería que volviera a ocurrir lo que en la fiesta de Año Nuevo: Punzie envió a Hans al hospital después de haberlo golpeado con una sartén por haberle dicho que no importaba que se hubiera cortado en cabello porque seguía pareciendo una indigente.
—Solo grabemos… pero taggeanos, Punz —dijo Isabella, del otro lado de Elsa—. ¿No, Els?
—Como sea.
Rapunzel acomodó su teléfono en el tripié y el aro de luz, se unió al grupo que ya estaba obedientemente formado, el temporizador– ya programado– comenzó a correr y entonces el audio que usarían– y del que nadie estaba al tanto hasta ese momento– se hizo oír.
—Personas que no entrarán al Reino de los Cielos según primero de Corintios 6:9 y Apocalipsis 21:8.
Todos estaban mirando a Punzie, quien se levantó cuando el audio se detuvo junto al temporizador.
—¿Qué carajos, Rapunzel? —preguntó Robin, incrédulo.
—¿Acaso es para la abuela? —Merida negó con la cabeza antes de dirigirse al resto—. Nuestra abuela está por los cielos porque Punzie es "famosa" y le pidió que le dedicara un video.
—¿Estás de broma, no?
—Solo cállense y sigamos —Flynn no perdió la pose.
Rapunzel, sin darse por aludida, volvió a unirse al grupo y el audio continuó.
—Injustos.
Se detuvo.
—Debemos elegir quien sale —anunció Punzie.
—Que sea Kristoff —sugirió Merida.
El rubio frunció el ceño.
—¿Yo?
—Sí, no le cediste tu asiento a la embarazada en el autobús, eso te vuelve un injusto.
—¿Y yo que culpa tengo? ¿Yo la dejé embarazada? Pues no —se defendió—. Además ¿quién sigue teniendo hijos en la actualidad? Ojalá y eso le sirva de lección para que recapacite y piense lo que hizo.
Todos lo quedaron mirando, atónitos.
—Igual cuenta como injusto —insistió Punzie.
—Pero…
—Solo sal, Kriss —sugirió Elsa—. Huye mientras puedas.
El blondo resopló, pero abandonó el cuadro. La grabación se reanudó y al audio también.
—Fornicarios.
Todas las miradas, sin excepción, de posaron en Merida, que seguía comiendo de sus asada fries sin perturbarse.
—¿Yo? Bueno, eso fue antes de mi novia —Winnie puso los ojos en blanco al escucharla—. De acuerdo, me largo, pero Elsa y Hans también podrían irse conmigo.
Los ojos cerúleos de Elsa se posaron se su prima, sintió que la vergüenza se le subía a las mejillas y luchó para no encogerse como hacía cada que se enfadaba. Una vez, había sido una vez.
Una que se convirtió en otra, y en otra, y en otra y en otra que juraban ser la última.
Y para colmo de males, estaban ebrios, porque ella siempre estaba ebria.
—No vamos a caer en tus chismes infundados —dijo Hans como una réplica, sus helados ojos verdes le dieron una rápida mirada a la blonda quien supo, rápidamente, que sabía a qué se refería Merida.
Había sido ella, desde luego, quien los había encontrado en la escena del crimen: la habitación de la pelirroja.
—Pero si no dije nada, solo fue una sugerencia —Merida batió las pestañas de manera inocente y siguió a Kristoff.
El resto los estaba mirando.
—Perdón ¿Qué acaba de pasar? —preguntó Robin, incrédulo.
—Nada, sigamos con el juego —Punzie no dejó que continuaran con el tema.
El video y el audio se reanudaron.
—Idólatras.
—Punzie, estás fuera.
La castaña resopló, pero no trató de debatir a nadie.
—Adúlteros.
—Hans —un coro de voces nombró al bermejo.
—¡¿Yo?! —bramó, ofendido.
—Ya únete a nosotros —Merida levantó otra porción en su dirección, como si de un brindis se tratara.
Después de una riña acalorada, Hans terminó por salir.
—Homosexuales.
Winnie salió.
—Afeminados.
Kuzko, un chico peruano que nunca perdía oportunidad para dejarles saber que estaba por encima de cualquiera y que, extrañamente pues jamás participaba en nada, jugaba esa noche, salió del cuadro con una caminata por demás feminina aunque sobreactuada.
—Ladrones.
—Estás fuera, Fitzherbert —Hans le lanzó una palomita de maíz desde el sofá donde se había sentado.
—Me confundes.
—Desvalijaste la tienda de antigüedades de la señora Margaret.
—¡Esa vieja es una acosadora de hombres! —se defendió y aún así salió.
—Avaros.
Isabella ni siquiera esperó a que se lo dijeran, salió por su propio pie.
—Borrachos.
Elsa tensó los hombros cuando todos corearon su nombre.
—Ni siquiera bebo tanto.
—Els, la tía Iduna consideró de verdad encerrarte en un centro hasta que tú sola le dijiste que irías a las charlas de Alcoholicos Anónimos.
—Y lo que en realidad hacía era ir a sentarse en mi sofá dos horas y media —agregó Kristoff.
—Puedo dejar de beber cuando quiera —se defendió.
—Ay por favor, te fuiste como muerta de sed hacia la barra de licores esa vez que fuiste a mi casa —Hans levantó la vista de su teléfono al notar que toda la atención estaba centrada en él—. ¿Qué?
—¿A qué fue Elsa a tu casa? —Merida se enderezó sin dejar de comer, su bol parecía jamás terminarse.
—¿Y a qué? —agregó Kuzko, quien era muy conocido por también ser un chismoso de primera.
—A nada que sus retorcidas mentes estén pensando —espetó la blonda, aunque había ido, a exactamente, lo que las retorcidas mentes de sus amigos estaban pensando.
Salió del cuadro con la barbilla alzada, no les dejaría saber que, en efecto, se sentía avergonzada de verse expuesta; aquella era la razón por la que no les gustaba involucrarse en juegos de fiestas y mucho menos cuando quedaban grabados.
—¿A donde vas? —le preguntó Kristoff al verla tomar su pequeño bolso y la chaqueta.
—A mi casa.
—Pero si apenas son las doce y no has bebido nada…
—¡Compraré mi propio licor en el camino! —azotó la puerta de entrada y salió a la calle.
El aire fresco de la noche le despejó la cabeza, después de haber caminado un par de cuadras el enojo de había ido y aunque se sintió un poco ridícula por haberse ido, no regresó a la fiesta. Se detuvo a comprar una botella con agua en una estación de servicio y cuando estaba pagando, alguien introdujo un paquete de rollos de canela para que fuera escaneado también, Elsa se giró para decirle un par de cosas a quien fuera que tratara de hacerse el gracioso y se sorprendió al ver que era Hans.
El bermejo extendió el dinero hacia el dependiente, tomó la bolsa de papel con las cosas y se dirigió a la salida, deteniéndose cuando notó que Elsa no lo seguía.
—¿Qué esperas? Vamos ya.
La rubia, aún absorta en la sorpresa, no fue capaz de dar la orden por lo que sus piernas lo hicieron por ella, caminaron por inercia para seguirlo. Cruzaron la calle y se dirigieron al parque frente a la tienda, Hans se sentó en una de las mesas para picnic y Elsa lo imitó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, aceptando la botella de agua.
—Ya es tarde.
—¿Y qué?
Hans se encogió de hombros.
—No me digas que te preocupa mi bienestar.
—Tampoco quería estar ahí, esta noche están siendo imbeciles.
Elsa le dio la razón.
—Bueno, pues… —se aclaró la garganta, no sabía bien que decir— te pagaría la botella, pero que son dos coronas ¿cierto?
Hizo amago de levantarse.
—Supongo que nos vemos después…
—¿Te vas tan pronto? —la voz del colorado soñaba sosegada, esa voz que solo usaba cuando estaban solos—. Pensé que querías beber.
Del abrigo sacó una botella de vodka junto a un par de vasos de plástico.
—El vodka sabe bien con roles de canela —comentó, sacando los dulces de la bolsa.
Elsa volvió a sentarse.
—No me caes bien —dijo mientras abría la botella y vertía el licor en cada vaso.
—Tú tampoco me caes bien.
—Van a saber que viniste detrás de mí.
—¿Y qué? No tengo novia…
—Ya no.
—… y no sé desde cuando está mal que un chico acompañe a una chica a su casa.
—Pero no me acompañaste a casa —replicó, bebió del vaso y enseguida se metió un pedazo de rollo de canela en la boca. Un suspiro de deleite escapó de entre sus labios—. Carajo.
—¿Verdad? —sonrió un poco, pero no con su sonrisa de siempre, si no con aquella sonrisa traviesa que le conocía de ciertas ocasiones—. Nadie ha dicho que no te acompañaré a casa, porque voy a llevarte…
—¿Cuando?
—Cuando tú quieras.
Elsa se permitió sonreír un poco. Estaba consiguiendo que dejara atrás su coraza.
—Ellos también van a saberlo… o van a imaginárselo. Merida probablemente lo diga cuando se esté cayendo de ebria.
El cobrizo volvió a encogerse de hombros.
—Que diga lo que quiera…
—¿Hans?
Los ojos del muchacho se posaron en los suyos.
—¿Qué?
—¿De verdad soy una borracha?
—¿De verdad soy un adúltero?
—Lo fuiste cuando…
—Pero terminé con ella ese mismo día —repuso de inmediato—. Y sí, supongo que te gusta beber ¿y cuál es el problema? La loca de Rapunzel está obsesionada con pintar u grabar estupideces y no veo a nadie diciéndole nada.
Elsa se inclinó sobre la mesa y batió las pestañas con coquetería.
—¿Qué te parece si nos terminamos esta botella en otra parte?
—Como gustes, tampoco es que sea una cita o algo…
—Nadie dijo que era una cita… —murmuró, hasta cierto punto desconcertada por el giro de la conversación.
—Porque no dejaría que nuestra primera cita fuera a oscuras en un parque, bebiendo vodka robado en vasos de plástico y roles de canela de una estación de servicio —se levantó y comenzó a guardar las cosas para irse.
—Quizá me gustaría una cita así —repuso sin pensarlo mucho, las mejillas del bermejo se colorearon de un suave tono rosado.
—¿Sí?
—No está tan mal —palmeó la mesa y el bermejo volvió a sentarse, sacó las cosas de nuevo.
—Sigues sin caerme bien, Hans.
—Y tú tampoco, pero no tienes que caerme bien para que me gustes.
—¿Te gusto? —preguntó, más por picarlo que por curiosidad.
—Pues no a todas las chicas las invito a un parque a oscuras para beber vodka robado en vasos de plástico con rollos de canela de una estación de servi…
Elsa lo hizo callar metiéndole uno de los dulces a la boca. No lo sabía todavía, pero recordaría ese cita con cariño en los años que venían.
El vodka robado en vasos de plástico con rollos de canela de una estación de servicio es lo más rico del mundo. Altamente recomendado por su tía Harry.
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