Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Nadie diría que aquel matrimonio estuviese destinado a ser aburrido.

Día 25.

Rating: T.

Temática: Venganza.

Propuesta propia.

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Los últimos arreglos a su vestido estaban siendo aplicados, atoraron la corona de princesa que llevaría el velo en el tocado que la peluquera hizo con sus hebras platinas; de pie frente al espejo, reconoció que se veía como toda una reina.

—Un poco más de colorete, se ve demasiado pálida.

Elsa hizo contacto visual con su abuela, sentada con porte regio en un sofá detrás de ella. Su hermana Anna estaba sentada junto a la mujer mayor y su expresión de pena era irrefutable.

—Siempre he sido así de pálida, abuela.

—Más colorete, dije.

La maquilladora no discutió el tono de la mujer y se apresuró a obedecerla; su abuela la despachó de inmediato nada más terminó, transfiriéndole su paga por el trabajo realizado. Anna tomó la charola de plata y la acercó a ella, depositándola en la mesita más cercana a ella.

Los ojos oceánicos de la blonda viajaron hasta la bandeja: una jarra con agua fría, un bowl con almendras y pistachos, y otro más grande repleto de fresas.

—Tal y como pediste —le dijo, regalándole una mirada suave.

—No recuerdo haberte pedido almendras.

—Esos son para mí —Anna tomó el bowl y volvió a su lugar. Su abuela se levantó para tomar su lugar.

Elsa se llevó una fresa a la boca, el sabor del fruto le dio un atisbo de dulzura a la situación amarga que estaba por comenzar.

—No me quiero casar con él.

—Muy hermosa, sí que sí —su abuela le acarició el rostro con cariño—. Solo mi sangre podía hacer tales maravillas.

—Es un hombre malo.

—Somos peores, Elsa.

La aludida quiso decirle que estaba equivocada, al menos Anna y ella no eran así… ella no del todo. Pero si abuela definitivamente lo era.

Madeline Von Hellman era mala desde la médula, su belleza era equiparable a todo su egoísmo, hipocresía y narcisismo, pero eran familia al fin y al cabo.

—No quiero casarme con él —repitió, aunque en vano. Sabía que nada haría cambiar a Madeline de idea.

—Tu belleza lo tendrá bajo control hasta que aprendas a hacerlo con cualquier cosa, te he enseñado muy bien y sería una pena que me decepcionaras.

—Abuela…

Madeline la tomó del brazo de forma delicada –porque ella era incapaz de ponerles una mano encima– y la guió hasta que estuvo frente a, lo que estaba seguro, el mayor tesoro de su abuela.

—Ella tampoco quería amar a su padre —dijo con trémula voz suave—, y aún así lo amó, sin importar que también era un hombre malo.

Elsa observó no sin cierta pena los vacíos ojos azules que le devolvían la mirada en el cuadro.

—Tu tía Stella era una joven inocente de la que Aleksandr Westergaard se aprovechó —Elsa lo sabía, su abuela se había encargado de repetirle la historia desde que comenzó a prepararla para su venganza—. Demasiado joven e inexperta, la perfecta combinación para que un hombre al que su mujer acababa de dejar le hincara el diente.

La blonda no se atrevió a decir nada, una fresa tras otra desaparecía en su boca.

—Y cuando esa mujer lo aceptó de vuelta, él la dejó de lado, sin importarle lo que ella pudiera sentir —una mano perfectamente manicurada tocó la superficie del retrato—. Hice lo que pude para que estuviera bien, pensé que si le encontraba un marido excelente que le diera un hijo, ella sería feliz… pero no puedes ser feliz cuando has sido expuesta a tal destrucción.

Incluso por medio de la fotografía se podía observar cuando miserable debía ser: la Stella del cuadro no tenía más de veinticuatro años y el vacío en sus ojos era imposible de pasar por alto, se la veía pálida y delgada, sosteniendo sin ganas al pequeño bebé que yacía en sus brazos, sano y rebosante de vida, mientras que luchaba por no alejarse del contacto de la mano que su esposo tenía posada en su hombro. Una criatura muy desgraciada.

—Y al final no lo soportó más —continuó su abuela—, ella se fue y Aleksandr siguió como si nada.

Se volvió hacia ella con los hombros cuadrados, Elsa casi se atragantó con la fresa que comía.

—Dime, preciosa ¿Crees que es justo que un niño de apenas un año se quedara sin su madre por la maldad e inconsciencia de un hombre? ¿Crees que es justo que me quedara sin mi hija, sin mi mayor estrella, porque Aleksandr Westergaard no pudo sostenerse los pantalones como es debido?

No se atrevió a responder, no necesitaba respuesta. Apuró las fresas que le quedaban.

—Ahora te toca a ti, Carlo no lo hace porque ese hombre no tiene hijas, entonces le toca al más joven de los suyos.

—Pero es inocente… —Anna bajó la voz antes la mirada gélida de su abuela.

—Desafortunadamente, querida, los hijos pagan por los pecados de los padres.

Madeline le alisó la falda del vestido y observó con regocijo como Elsa se terminaba las frutillas, dejó el bowl de lado, arregló su maquillaje y se encaminó a la salida. Había una boda que celebrar.


La iglesia estaba inundada de un fuerte aroma a peonías de color crema, el sacerdote yacía de pie en el altar. Solo esperaban por la novia. La música empezó y, después de un momento de pausa, la novia arribó caminando por el pasillo del brazo de su padre.

Llevaba un velo largo y un despampanante vestido blanco, un precioso ramo a juego en una mano, y el bermejo no pudo evitar pensar que era muy afortunado porque ella había cedido al matrimonio después de un año de noviazgo.

La novia se detuvo frente a él y le levantó el velo. Los rasgos más hermosos, sin duda alguna.

El sacerdote inició con la ceremonia, que se llevó a cabo con rapidez, pronunciaron los votos y se hicieron promesas como solo los recién casados saben hacer, entonces, de un momento a otro, pasaron a ser marido y mujer. Estaban casados.

Elsa alzó la cabeza y acercó los labios para darle un casto beso, de esos recatados que están dispuestos para la sociedad; Hans le tomó el rostro con delicadeza y presionó su boca con la suya, en ese momento se dejó llevar y metió la lengua en la cavidad bucal de su esposa.

Descubrió, al principio extasiado, que sus labios y lengua tenían un sabor dulce, ácido y fresco, como algo que no había probado en mucho tiempo...

Abrió los ojos con fuerza al darse cuenta.

Fresas.

El efecto fue inmediato, sintió que se le adormeció la lengua, la garganta comenzó a hincharse y su aliento salió en un silbido. La iglesia giró a su alrededor en un caleidoscopio de color, mientras caía al suelo, el rostro imperturbable de Elsa fue lo último que vio antes de cerrar los ojos.


Su esposo pasó la noche en la sala de emergencias, hasta entonces Elsa consideró que la alergia a las fresas era bastante grave después de todo.

"Maravilloso" pensó, contenta, considerando que pudo omitir la farsa de las fotos de la boda, la cena, el baile y todas las demás tonterías en las que no quería participar. Ya era bastante malo tener que soltar todas esas mentiras en una iglesia frente a un sacerdote y aunque no era religiosa, eso no lo hizo mejor.

Todo fuera por Carlo, su abuela, y sobre todo, por su tía Stella.

Lo dieron de alta y tuvieron que volver a casa para que él pudiera descansar, solo un par de días antes de iniciar la luna de miel; Elsa se encargó de conducir hasta la residencia que compartirían, subió a dejar su bolso y cuando bajó a buscarlo, pues no era opción no hablar con él, la doméstica le indicó que se encontraba junto a la piscina.

La rubia se deslizó escaleras abajo, considerando disculparse y alegar que no lo sabía o que lo había olvidado; pensó que por un lado se lo merecía por completo y por otro se sentía un poco culpable cuando todo su rostro comenzó a hincharse y se estaba agarrando y arañando su garganta.

Había comido fresas toda la mañana pensando que le daría urticaria y así arruinar algunas de las estúpidas fotos de boda, no se esperó pasar la noche en emergencias… pero tampoco la satisfacción que la embargó.

El efecto real fue mucho más dramático, si su cuñado Lars no hubiera tenido un epi-pen escondido en el bolsillo del saco, fácilmente podría ser viuda en ese momento en lugar de esposa, lo recordaba corriendo hacia su hermano clavándole la aguja destapada en el muslo mientras Sorine, su suegra, llamaba a una ambulancia.

Sin embargo, cuando llegó a la terraza de la piscina vio que Hans parecía completamente recuperado e incluso se había metido a nadar, sacándose toda la ropa y quedando en calzoncillos.

"Todo un exhibicionista" pensó, sentándose en la tumbona.

—Nos iremos pasado mañana, Cabo ¿Recuerdas? —le dijo, al borde la piscina, su voz sanaba seca.

—Sin problema.

—Nadaré un poco más antes de salir a descansar.

Elsa se levantó, si tenía que hostigarlo con su presencia donde fuera, pues lo haría.

—Una cosa más, copo de nieve.

—¿Qué?

Le hizo señas para que se acercara y la albina caminó hacia el borde de la piscina, todavía distraída por la duda de si debía disculparse o no, entonces la mano de Hans se disparó, cerrándose alrededor de su delicada muñeca, con un tirón la lleva al agua y la rodea con sus brazos de hierro.

Estaba tan sorprendida que gritó dejando escapar un suspiro en lugar de succionar aire, el agua se cerró sobre su cabeza, más fría de lo que esperaba, los brazos de Hans la apretaron con fuerza, inmovilizando sus brazos contra sus costados para que no pudiera moverlos en absoluto.

Descubrió con horror que la piscina era demasiado profunda para que sus pies tocaran; el peso de Hans la arrastró hacia abajo como un yunque, apretándola como una serpiente y aplastándola contra su cuerpo.

Luchó en vano para soltarse, sentía que sus pulmones ardían, agitados, tratando de obligarla a inhalar aunque sabía que tomaría un trago de agua clorada, sus ojos se abrieron involuntariamente, siendo capaces solo de ver un verde azulado brillante, turbulento por su lucha inútil, por un segundo consideró enserio que Hans la ahogaría.

"Es un hombre malo".

"Somos peores".

En ese momento no estaba segura de eso.

La blonda temblaba, sacudiéndose, comenzando a aflojarse cuando las manchas de tinta estallaron frente a sus ojos.

Finalmente la liberó.

Elsa salió a la superficie lo más rápido que pudo, jadeando y tosiendo, estaba exhausta de pelear con él, la ropa pesada no se lo ponía más fácil.

—¡Hijo de… hijo de… perra! —tosió—. ¡Bastardo! ¡Bestia!

—¿Qué te parece que te corten el aire? — replicó, mirándola muy calmado.

—¡Voy a darte de comer todas las jodidas fresas del país!

—Intenta eso de nuevo y la próxima vez te ataré un jodido piano a las piernas antes de tirarte a la piscina.

Ahí estaba su verdadero rostro, uno que ya conocía y que no le mostraba con frecuencia, pero estaba muy enojado.

Vio al bermejo nadar hacia el otro lado y salió antes de que ella llegara siquiera al borde de la piscina.

Esa venganza sería más difícil de lo que pensó, de lo que su abuela consideró también, pero ya no podía echarse para atrás.

"Por Carlo, por la abuela y por la tía Stella" se dijo mientras salía de la piscina. Nadie podría decir que aquel matrimonio estuviese destinado a ser aburrido.


—REVIEW—

Guest: Gracias por comentar, espero seguir leyéndote por aquí. Hale xxx


Buen inicio de semana, les quiero.

Harry xxx