Holi,

Aquí traigo un capítulo más de este experimento de fanfic. Resulta curioso escribir un fanfic en el que no entro en tanto detalle, pero que aún así tiene mucho trasfondo. Por una vez, estoy muy a gusto escribiendo a Hipo, quien demuestra ser un personaje suuuuuper diferente al canon, pero creo que tiene una serie de conflictos internos que pueden darle un giro super interesante a su personaje. Como veis, esto ya empieza a ser un enemies to lovers con un giro que tengo reservado bajo la manga que creo que os va a encantar.

Aprovecho para avisar que no voy a actualizar hasta después de vacaciones. Es decir, que lo haré en septiembre lo más seguro. Estas vacaciones que vienen van a ser muy especiales para mí y voy a estar 100% desconectada, aunque también aprovecharé para asentar algunas ideas en este fic y en un original que quiero empezar a escribir a finales de este año. También creo que me merezco el descanso después de Wicked Game, así que de igual manera espero que si leéis esto durante las vacaciones os guste y os animéis a dejar alguna review para que me contéis vuestras opiniones.

Si sois nueves en mis fanfics, espero de corazón que os animéis a leer mis otros trabajos que están completos y creo que os pueden gustar mucho.

Por lo demás, espero que paséis muy buen verano y nos vemos muy muy pronto.

Xx.


—Trescientos créditos y es mi última oferta.

Hipo tuvo que contenerse en poner los ojos en blanco. Odiaba negociar con los mercantes del Borde Exterior, ya que acostumbraban a ponerle pegas a absolutamente todo. Eran tan ignorantes y tan burdos que ni siquiera apreciaban la calidad de la mercancía que él les ofertaba. En esa ocasión, Hipo había conseguido la hidromiel más exquisita del Núcleo Interior, la misma que se rumoreaba que podía consumir el emperador. ¿Y aquel cantinero de mala muerte le ofertaba trescientos sucios créditos? A esas alturas, Hipo debía estar acostumbrado a que le tomaron por tonto; pero ello no quitaba que le ofendiera la simple suposición.

—Amigo mío, visto lo visto, creo que voy a ir a la cantina de enfrente, ya que Madame Elora al menos tiene gusto por el buen alcohol —comentó Hipo cerrando el cofre con las muestras de hidromiel ante las narices del mesero—. Buenos días.

—¿Vas a ir a la competencia a vender mi hidromiel, mocoso? —reclamó el cantinero furioso.

Hipo actuó con mucha más rapidez que el cantinero, quien pretendía sacar un blaster que escondía bajo la barra, e Hipo sacó el suyo de su cinto para colocarlo justo bajo la mandíbula del hombre. El mesero jadeó asustado y aturdido por su rapidez e Hipo suspiró.

—¿Y vas a decirme algo, amigo? —preguntó el joven presionando con la punta de su bláster contra la piel del mesero—. ¿Qué dices? ¿Que estás dispuesto a pagar mil doscientos créditos por la hidromiel? ¡Ahora ya estamos hablando!

—Maldito…

Hipo presionó con más fuerza.

—¿Qué? ¿Que vas a subirlo a mil cuatrocientos? ¡Qué generoso!

Resultaba una suerte que los pocos que rondaban en la cantina desde tan temprano estuvieran tan borrachos que apenas reaccionaron al pequeño rifirrafe que estaban manteniendo. Hipo se inclinó hacia el mesero y dijo en voz baja:

—Escucha, si de verdad no quieres la hidromiel no hay ningún problema, pero puedo asegurarte de que puedo mover los hilos para que nadie más quiera venderte y quizás tengas que desahogar tus penas en alcohol destilado, ya que venderé toda mi mercancia a tu mayor competencia —Hipo cargó el blaster y sonrió de oreja a oreja—. ¿Tenemos un trato entonces?

El mesero soltó un gruñido por lo bajo, pero accedió. Sin dejar de apuntarle con su arma, Hipo esperó pacientemente a que el cantinero sacara el dinero y se lo dejó sobre la barra de muy malas formas.

—Amigo mío, es un placer hacer negocios contigo —dijo Hipo guardando los créditos en el bolsillo interior de su cazadora—. Puedo asegurarte de que acabas de cerrar el mejor trato de la ciudad.

—Esto no quedará así, mocoso —advirtió el cantinero furioso.

Hipo ladeó la cabeza.

—¿Y qué vas hacer? ¿Vas a dar aviso a los imperiales? Si es así, supongo que no tendrás problemas en que les diga sobre tu otro pequeño negocio —el mesero palideció, perfectamente consciente de lo que Hipo le estaba hablando—. Se me puede reprochar muchas cosas, cantinero, soy tramposo, algo mezquino y tengo un sentido del humor muy infravalorado, pero al menos yo no vendo Kronol.

El mesero no negó sus acusaciones. ¿Por qué iba hacerlo? En esos tiempos y mucho más en esos lugares, todo el mundo escondía un secreto turbio y cualquiera hacía lo que fuera falta con tal de sobrevivir. A veces, Hipo tampoco se reconocía a sí mismo. Su yo del pasado se habría horrorizado al verlo convertido en un contrabandista de los tugurios de la galaxia, especializado en la venta de alcohol y mercancía de lujo. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? No quería depender de nadie más que no fuera sí mismo y, honestamente, Hipo tenía muchas razones por las que quería recaudar todo el dinero que pudiera en el menor tiempo posible.

Cuando salió de la cantina, Hipo caminó tranquilamente por las calles de Artoo D2, en dirección a su pequeño y discreto almacén. Paró a comprar huevos duros y pescado y paseó por los puestos mirando todo sin parecer que estaba buscando nada en particular. Llevaba apenas dos meses instalado en esa ciudad caótica y sucia, aunque Hipo se movía allí como pez en el agua. A ojos del mundo, era un simple muchacho larguirucho, con aspecto distraído, mientras que para sus clientes era un joven contrabandista que había aparecido de la nada con mercancía la mar de valiosa para los tiempos que corrían. Hacerse un nombre no era fácil, más sin llamar la atención de los soldados imperiales que rondaban las calles de la ciudad, pero a Hipo se le daba bien no llamar la atención y había conseguido hacerse temer lo suficiente como para que nadie tuviera la osadía de delatar sus trapicheos.

El almacén de Hipo se escondía tras una herrería regentada por Bocón, un hombre con tantas prótesis como miembros. En verdad, Hipo conocía a Bocón desde que tenía memoria y lo consideraba casi como a un padre. Allá donde fuera Hipo, Bocón le acababa encontrando, sin importar que hubiera cruzado toda la galaxia para alejarse todo lo posible. Resignado, Hipo se veía obligado a aceptar su presencia, por muy irritante que le resultara. Hipo entró en la herrería sigilosamente, esperanzado de que Bocón no se percatara de su entrada; pero el herrero, por alguna razón, siempre reparaba su presencia.

—Hoy has madrugado —comentó Bocón sin levantar la vista de la mesa, donde parecía que estaba soldando unas piezas—. ¿Dónde has estado?

—Aquí y allá, ya sabes —respondió Hipo con fastidio.

Bocón se giró levemente y levantó sus gafas protectoras para mirarle con mayor atención.

—¿Otra vez trapicheando?

Hipo puso los ojos en blanco y Bocón torció el gesto.

—Con lo bueno que eres con la forja y la tecnología, por no mencionar que eres el mejor piloto que conozco, y te dedicas a ser un vulgar contrabandista, no lo entiendo —le reprochó Bocón por milésima vez.

—No empieces —le cortó Hipo malhumorado.

—Mira, chico, no dudo de que el negocio no te va mal, ¿pero por cuánto tiempo vas a seguir con esto? —le reclamó el herrero—. No necesitas hacer toda esta mierda, Hipo, arriesgar ese cabezón que tienes por un dinero que no necesitas. Tienes un hogar y un padre que…

—Tengo que dar de comer a Desdentao —le interrumpió Hipo sin la menor cortesía.

Bocón frunció los labios, poco contento de que Hipo demostrara semejante actitud insolente con él, pero el contrabandista ya le había advertido que él no le necesitaba y mucho menos para ejercer de su niñera. Podía marcharse cuando le viniera en gana y si se quedaba allí con él era por voluntad propia. Hipo estaría más que encantado de que se largara y le dejara en paz, pero sabía que eso era pedir demasiado. Sin permitir que Bocón le soltara una sola palabra más, Hipo entró en su almacén y cerró la puerta tras él para dar a entender que no quería que le molestaran.

Se apoyó contra la puerta e inspiró profundamente. Quizás tenía que empezar a buscar otra nueva base, lejos de las miradas juiciosas de Bocón y sus constantes escarmientos. Apreciaba mucho al herrero, más de lo que acostumbraba a admitir últimamente, pero Hipo tampoco olvidaba de que Bocón estaba allí porque se lo había pedido su padre. Los barriles de hidromiel estaban colocados en el fondo del almacén, escondidos bajo una lona donde Desdentao estaba acurrucado. El pequeño lagarto alado entreabrió los ojos cuando se acercó, probablemente incitado por su olor, e Hipo extendió sus manos para invitarle a subirse sobre él. El dragoncito se estiró a la vez que bostezó, mostrando su boca sin dientes, y caminó hasta él para deslizarse con gracia hasta su hombro.

—¿Qué tal estás, campeón? —preguntó Hipo con ternura mientras acariciaba bajo su hocico—. Estarás muerto de hambre.

El dragón gruñó de acuerdo a sus palabras e Hipo se acercó a su escritorio que había junto a la ventana para sacar la comida que había comprado en el camino de vuelta. Desdentao sacó la lengua emocionado al ver los huevos duros, aunque miró desconfiado el pescado. El pequeño lagarto era exquisito con la comida y sabía diferenciar la calidad del pescado con solo mirarlo, pero Artoo D2 no ofrecía nada mejor de lo que Hipo le conseguía y terminaba comiéndoselo a regañadientes. Mientras su amigo devoraba la comida, Hipo se puso a hacer las gestiones para la entrega del hidromiel al cantinero. Acostumbraba a cambiar sus distribuidores cada semana, para no llamar la atención de los imperiales y, también, para evitar que nadie le cogiera demasiada confianza. La experiencia le había enseñado que algunos distribuidores se aprovechaban de la mínimo oportunidad para sacar mayor tajada e Hipo no estaba dispuesto a que lo tomaran por idiota.

Después de gestionar las entregas, Hipo decidió salir para visitar algunos de sus proveedores. Escondió a Desdentao en su bolsa y, aprovechando que Bocón estaba ocupado con unos clientes, salió por la puerta trasera de la herrería para no ser visto. Hipo se consideraba un animal de costumbres. Era muy metódico en su trabajo y cuidaba de que nada escapara a su control, ya que cuando uno era contrabandista, siempre había riesgo de que le pillaran. Por esa razón, Hipo procuraba no dejar huellas a su paso. Nunca daba su nombre real y se le conocía por diversos nombres en Artoo D2. Además, aunque era improbable que le reconocieran, Hipo no quería que nadie conocido le descubriera por allí, aún cuando contaba con el respaldo de Bocón.

Hipo se pasó el resto de la mañana negociando los precios de la nueva mercancía con sus proveedores. Comió con Desdentao en una azotea que daba al puerto espacial, lejos de las miradas curiosas. Desdentao siempre llamaba la atención allá donde fuera y era un caramelito para los coleccionistas de especies raras en la galaxia, por lo que Hipo siempre procuraba llevárselo escondido y dejarle salir cuando tenía garantías de que estaban solos. Bocón desaprobaba que Hipo sacara al dragón del almacén, achacándole de que era demasiado arriesgado para la criatura, pero Hipo no tenía a Desdentao consigo para dejarlo vivir en cautividad. Los dragones eran criaturas ansiosas de libertad y, pese a que Desdentao odiaba Artoo D2 y añoraba su planeta natal, sacarlo todos los días era mejor que tenerlo aprisionado en su almacén.

Tras pasar la tarde yendo de comercio en comercio y de bar en bar para vender nueva mercancía, Hipo decidió pasarse por la cantina más popular de Artoo D2, la OP3C, para tomar un par de tragos y alargar el tiempo antes de volver a casa para escuchar los reproches de Bocón. El local, para variar, estaba abarrotado. A Hipo no le entusiasmaba los bares de ambiente y mucho menos los de mala muerte de Artoo D2, pero le convenía formar parte de la vida social de los locales de alterne, sobre todo para captar clientes; aunque él no fuera muy bebedor, tampoco tomaba ningún tipo de droga como el Kronol y, por supuesto, detestaba la captación de prostitutas que solían darse desde las primeras horas de la noche. Puede que fuera un contrabandista con moral limitada, pero Hipo tenía sus principios y procuraba mantenerse lejos del comercio de seres vivos. Una camarera de piel azul le sirvió una cerveza trandoshiana y unos frutos secos que Hipo procuró colar discretamente en su alforja para evitar que Desdentao le diera por asomar la nariz.

Artoo D2 era un planeta de paso, por lo que no era raro encontrarse con un montón de caras desconocidas cada día. Aunque su carrera como contrabandista no era algo de lo que se sentía especialmente orgulloso —después de todo se había metido por hacer dinero fácil más que otra cosa—, Hipo tenía que admitir que su trabajo le había ayudado a leer mejor los comportamientos y las intenciones de la gente con solo estudiar su lenguaje no verbal. Los chulos negociaban al fondo de la cantina, intercambiándose tarjetas y fotografías de mujeres que habían captado por las calles para su red de prostitución. Lucían más extasiados y eufóricos de lo normal, como si se hubieran dado un chute de Kronol. Hipo no pudo evitar fruncir el ceño, ya que los chulos de Artoo D2 eran peligrosos e impredecibles y sus sobornos al Imperio eran cuantiosos con tal de que hicieran la vista gorda con sus negocios. Es más, los últimos rumores que había escuchado decían que, cuando sus prostitutas dejaban de ser rentables, drenaban su sangre y vendían sus órganos a familias ricas del Núcleo Interior para sacarles todo el partido posible. Hipo tenía que esforzarse en ignorar a los chulos de Artoo D2, no porque los temiera, sino porque sabía que si se involucraba en demoler la red ya no habría vuelta atrás.

Su yo del pasado se habría avergonzado de él por su actitud apática y su egoísmo.

¿Pero qué otra cosa iba hacer?

Él no era ningún héroe, nunca lo había sido, por mucho que se lo hubieran hecho creer una vez.

No. Él era un contrabandista. Una rata de planetas como Artoo D2 que se dedicaba a sacar el mayor beneficio de sus negocios.

Nada más.

—Perdone, ¿conoce usted a alguien que se hace llamar el Rudo?

Hipo salió de sus pensamientos para mirar a la mujer que se había colocado justo a su lado y que se dirigía directamente a la camarera de piel azul. Llevaba una capa vieja que la cubría de pies a cabeza, aunque Hipo pudo definir unos labios carnosos bajo la capucha. Tenía un acento que delataba su origen pudiente, probablemente del Núcleo Interior, e Hipo observó que tenía unas manos cuidadas, con una manicura perfectamente realizada. Bajó enseguida la mirada a su bebida cuando la mujer se volteó en su dirección, aunque Hipo mantuvo la oreja puesta en la conversación entre la camarera y la chica.

—Aquí no viene ningún Rudo a beber, pero estoy seguro que si preguntas por ahí alguien te dirá algo, más si tienes pasta que soltar.

—No tengo dinero —apuntó la chica con fastidio—. ¿Seguro que no le suena? Me han garantizado que él vive en este planeta.

—Ya te he dicho que no —insistió la camarera malhumorada—. Si no tienes dinero ya puedes largarte por donde has venido, no atiendo a nadie sin intenciones de consumir.

La chica pareció dispuesta a replicar, ofendida por la mala educación de la mesera, cuando alguien se le adelantó:

—Ponle un vino de Andoan, guapa, invito yo a la señorita.

Hipo se apresuró a voltearse cuando reconoció la voz. Krogan era un chulo poderoso y temido en Artoo D2 y la sonrisa que dibujó cuando la muchacha le miró era la propia de una fiera que estaba a punto de acorralar a su presa.

—No quiero nada, gracias —dijo la muchacha en tono cortante—. Yo ya me iba.

—Quizás yo te pueda ayudar a encontrar a tu amigo, preciosa —comentó Krogan con buen humor—. ¿El Rudo? Es conocido mío.

La mujer se quedó callada y se volvió ligeramente a la bebida que la camarera sirvió ante ella. Por suerte, parecía lo bastante lista como para no beber.

—¿Qué sabes del Rudo?

—¿Por qué no te sientas conmigo y mis amigos y charlamos sobre tu amigo? —le propuso Krogan.

Hipo observó que a los chulos del fondo solo les quedaba babear ante una nueva víctima. El contrabandista no le había visto la cara, pero estaba claro que la muchacha debía de ser una belleza si el mismísimo Krogan se hubiera animado a captarla él mismo.

—Estoy muy bien aquí, gracias —respondió la chica a la defensiva—. ¿Dónde está el Rudo?

A Krogan no pareció gustarle que la chica no mostrara el menor ápice de interés en hacer las cosas a su forma y el propio Hipo se tensó al apreciar la ira en sus ojos.

—Puedo llamarle para que venga, si quieres, mi comunicador está en la mesa.

—Adelante, aquí te espero —le animó la chica con indiferencia.

Krogan parecía contrariado ante la actitud defensiva de la muchacha e Hipo no pudo evitar sentir admiración por aquella mujer que se mostraba tan fría y cauta ante el inminente peligro que se cernía sobre ella. Krogan dijo que volvía enseguida e Hipo se sintió tentado en advertir a la muchacha que no se fuera con él bajo ninguna circunstancia; sin embargo, la chica cogió el vaso de vino para volcar el contenido al suelo y dejó la copa con tal fuerza sobre la barra que escuchó el cristal quebrarse.

—Panda de hijos de perra —murmuró la chica antes de retirarse a toda prisa de allí.

Hipo no pudo evitar sentir nada más que alivio cuando la chica se marchó. Al menos esta vez no iba a ver con sus propios ojos como una inocente entraba en las redes de prostitución de los chulos de Artoo D2. Sin embargo, cuando Krogan reparó que la mujer se había marchado, reaccionó tan furioso que rompió la botella de vino que tenía en su mano contra el expositor de la barra, quebrando las botellas que estaban allí expuestas y generando un atronador silencio en el local.

—Todos conmigo, vamos a por esa zorra ahora mismo —ordenó Krogan rabioso.

No había reparado cuán rápido estaba latiendo su corazón hasta que contempló como Krogan y el resto de chulos salían al exterior para buscar a la chica. Sus manos temblaban a causa del miedo, del temor a lo que podía pasarle a esa mujer si la encontraban. De repente, sintió un movimiento en su alforja y contempló que Desdentao se había salido de la bolsa y se deslizaba ahora entre el gentío en dirección a la salida. Movido por el pánico, Hipo saltó del taburete y escuchó a la camarera gritar de que no había pagado su bebida, aunque eso no le hizo detenerse.

—¡Desdentao! —le llamó cuando salió al exterior.

Estaba jarreando, cosa mala para un dragón. Hipo corrió por todos lados, gritando el nombre de su amigo, sin importarle de que se estuviera calando hasta los huesos y de que la gente le mirara como si se tratara de un loco. Al final, le encontró en la entrada de un callejón y se detuvo cuando Hipo gritó su nombre otra vez. El dragón abrió la boca para soltar un pequeño rugido y sacó los dientes antes de entrar en el callejón.

—¡Desdentao, vuelve aquí ahora mismo! —gritó Hipo corriendo tras él.

No obstante, cuando entró al callejón, Hipo se detuvo en seco. Había varios hombres tirados en el suelo, retorciéndose de dolor, aunque su atención estaba puesta en la mujer que golpeaba a Krogan sin muchos miramientos. Por la capa que estaba tirada en un charco, adivinó enseguida que esa era la mujer de la cantina. Hipo se quedó sin aire. Su cabello estaba suelto y húmedo a causa de la lluvia y era tan rubio que parecía oro líquido. Tal y como había supuesto, se adivinaba que la mujer era de alta cuna solo por sus ropajes y las joyas que lucía, aunque su vestido, de seda fina, estaba completamente rasgado y estaba tan empapado que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, delatando un cuerpo muy curvilíneo y fuerte. Su bello rostro estaba marcado por la ira e Hipo pudo jurar que nunca había visto unos ojos tan azules y tan furiosos. La mujer había empujado a Krogan contra la pared del callejón y, pese a que el chulo era más alto que ella, parecía sorprendido de que no se la pudiera quitar de encima. La chica le dio entonces un puñetazo tan fuerte en la mandíbula que Krogan se quedó inconsciente y ella le soltó sin ninguna delicadeza, causando que su cuerpo cayera al suelo como un peso muerto.

Hipo la observó entre fascinado y aterrorizado. Nunca había visto una imagen tan bella y tan aterradora y sintió que la piel se le ponía de gallina cuando la chica reparó por fin en su presencia. Le contempló furioso, aunque enseguida apreció extrañeza en sus ojos, como si Hipo no le encajara con todos esos chulos que se le habían echado encima hacía solo un momento.

—Eres el chico de la cantina —dijo ella caminando hacia él—. Tú sabes dónde está el Rudo, ¿verdad?

Hipo observó que la chica pasaba la mano por la comisura de la boca para quitarse un resquicio de sangre de un puñetazo que le habrían dado. Tenía la mejilla ligeramente hinchada y se estaba formando un moretón en su ojo. Hipo caminó hacia atrás de forma inconsciente, buscando a Desdentao con la mirada mientras intentaba trazar un plan rápido de huída.

—No conozco a esa persona —respondió Hipo a la defensiva.

—Sí que lo sabes —replicó ella furiosa—. ¿Por qué has venido hasta aquí si no? ¿O es que acaso tú eres uno de ellos?

La mujer señaló a los hombres tirados en el suelo e Hipo se sintió indignado ante la sola insinuación de que él podía ser uno de esos chulos.

—Muy creído te lo tienes que tener para pensar que estoy aquí por ti, bonita —escupió Hipo ofendido y dio un paso hacia delante, impulsado por la más pura rabia—. Estoy buscando otra cosa.

Sin pensárselo dos veces, Hipo pasó junto a la chica y se acercó al cuerpo inconsciente de Krogan para coger una bolsa con dinero de su cinto. Cuando alzó la cabeza, observó que Desdentao le observaba entre dos cajas, dudoso de si salir o no. Sin levantarse del todo, Hipo giró sus pies hacia otro cuerpo y movió su alforja hacia detrás de su espalda para que Desdentao pudiera entra en la alforja sin ser visto por la desconocida.

—¿Eres… eres un ladrón? —cuestionó esa chica desconcertada.

—Soy contrabandista —replicó Hipo molesto—. Estos tipos me debían dinero.

Era mentira, dado que Hipo jamás se metería en negocios con esa gente, pero no podía negar que le daba cierta satisfacción robar el dinero a esos cabrones. La muchacha parecía claramente confundida por su comportamiento, aunque Hipo estaba decidido a largarse de allí tan pronto sintió que Desdentao se deslizaba de nuevo en su bolsa. Se incorporó e inclinó la cabeza hacia la chica.

—Si no quieres problemas, te recomiendo que busques algo de ropa y te quites esas joyas. Eres un caramelito para los chulos.

—¿Disculpa? —cuestionó la chica furiosa.

—Solo digo que este no es lugar para una chica como tú.

—¿Una chica como yo? —repitió ella rabiosa—. ¿Qué coño estás insinuando? ¿Acaso sabes quién soy?

Hipo sacudió los hombros.

—Ni lo sé, ni me importa —admitió Hipo—. Este es un lugar donde los nombres, los títulos y los orígenes carecen de importancia. Aquí lo único que importa es el dinero, bonita.

—¡Deja de llamarme bonita! —chilló la muchacha con las mejillas encendidas—. ¡Solo quiero saber dónde vive el Rudo y marcharme de esta mierda de planeta!

Hipo extendió sus manos hacia arriba, dando a entender que aquello no iba con él.

—Pues lo siento, pero yo no tengo ni idea de quién es ese tipo —cogió una de las bolsas con el dinero y se la lanzó—. Para que veas que soy generoso, comprate algo menos bonito y caro y te recomiendo que te veas lo menos guapa posible, quizás puedas empezar cortándote esa melenaza rubia que tienes y lavándote la cara para quitar todo ese maquillaje. Los chulos volverán a por ti, así que te recomiendo que te largues de este planeta cuanto antes.

—No tengo adónde ir —dijo ella extrañamente nerviosa—. Mi hogar… No… Necesito encontrar al Rudo.

Hipo puso los ojos en blanco.

—Mira, bonita, no tengo tiempo para…

Hipo contuvo la respiración cuando sintió el frío metal de un blaster contra su barbilla. La mujer, lejos de dar la impresión de ser una dama de alta cuna indefensa pese a sus caras prendas rasgadas, el maquillaje corrido y sus joyas, tenía la mirada propia de alguien que no andaba con chiquitas. La chica sabía mucho más que dar puñetazos y patadas, también parecía conocer perfectamente el cómo se usaba un blaster. Su mano no temblaba y sus ojos, fieros e increíblemente azules, tenían una determinación que hizo que el ritmo de su corazón se acelerara contra su pecho.

—¿Tengo que preguntártelo otra vez, guaperas? —preguntó ella con frialdad—. ¿Dónde está el Rudo?

—Ya te he dicho que no sé quién es ese tío —insistió Hipo irritado.

La mujer puso su dedo sobre el gatillo.

—Eres contrabandista, ¡por supuesto que sabes quien es! —exclamó ella con impaciencia.

—¡Y yo te digo que no tengo ni idea de quién es! —replicó él con la misma irritación.

La joven presionó el blaster con más rabia todavía contra su piel.

—¿Crees que soy idiota? ¿Que tengo tiempo que perder? Hay quienes tenemos problemas de verdad y no voy a dejar que un escuálido idiota como tú se ría en mi cara.

—No soy ningún escu…

—Te he robado el blaster sin apenas esfuerzo —puntualizó ella con una sonrisita que sacó a Hipo de su casillas.

—Te crees que eres mejor por el hecho de ser fuerte y hábil en el combate, pero eso no hará que sobrevivas —advirtió el contrabandista con fastidio.

La mujer estrechó los ojos, pero no replicó ni apartó el blaster de su barbilla. Quizás Hipo podría engañarla e inmovilizarla, solo tenía que pillarla desprevenida y quitársela de encima. Por desgracia, Hipo fue tan tonto como para intentarlo. La muchacha, por alguna razón, había previsto su movimiento en el momento exacto que lo ajustó. Hipo soltó un jadeo cuando su espalda impactó contra el suelo y contempló consternado como la muchacha se había puesto sobre él y ahora apuntaba entre su cejas.

—¿Acaso pensabas que no soy lista? —reclamó la mujer ofendida—. He sido entrenada por las guerreras más fieras de la galaxia, ¿de verdad creías que tus artes básicas de ladronzuelo iban a hacerte superior a mí?

Hipo no dudaba de que fuera así. Aquella mujer era una auténtica bestia y no cabía duda de que físicamente le daba tres vueltas y media. Además, por desgracia, no tenía ni un pelo de tonta. Quizás, en otras circunstancias y en otra época, Hipo se hubiera quedado coladito de ella al instante, aunque tenía un carácter tan agresivo y desagradable que difícilmente podía encontrar nada atractivo en esa mujer, por muy guapa que fuera.

—Dime dónde está o… ¡Ay!

Hipo jadeó cuando comprobó que Desdentao se había vuelto a salir de la alforja y se había deslizado sin ser visto hasta el hombro de la mujer, donde mordió en el lugar entre el cuello y el hombro que noqueaba a cualquiera al instante. La chica parpadeó confundida antes de balancearse y caer inconsciente sobre él. Hipo jadeó cuando el peso muerto de la chica cayó sobre él como un yunque. Desdentao movió sus patitas hasta la cabeza de la mujer y le contempló triunfante, inconsciente del mamporro que Hipo se acababa de dar por su culpa.

—Podrías haber actuado un poquito antes —le recriminó él, quitándose a la chica de encima. Desdentao saltó de la cabeza de la chica hasta su hombro, deslizando su cola hasta su cuello para engancharse—. Será mejor que nos larguemos.

Desdentao, sin embargo, rugió desaprobatoriamente y volvió a saltar sobre la chica.

—¿Qué?

El dragón miró a la chica y luego le miró a él.

—¡Ah, no! ¡Ni hablar! —exclamó Hipo indignado—. ¡Esa loca ha estado a punto de matarme! ¡No pienso llevarla con nosotros de vuelta a casa!

Desdentao sostuvo su mirada con convencimiento y sin moverse.

—Que no, Desdentao, es mi última palabra.

El dragón se sentó sobre la muchacha, contemplándole juicioso y malhumorado.

—¿Por qué demonios quieres llevarla con nosotros? ¡Que no, ni hablar!

Al cabo de pocos minutos, Hipo había cargado a la desconocida a su espalda y su dragón se había deslizado feliz de nuevo a su bandolera. Se aseguró de quitarle todas las joyas y ponerle de nuevo la capa. Su cuerpo estaba helado a causa de la lluvia e Hipo estaba seguro de que ambos pillarían un buen resfriado. La chica pesaba como un maldito muerto, aunque tampoco le extrañó, dado que era puro músculo y curvas, por lo que era probable que pesara tanto como él sino más. Tardó más de media hora en llegar a la herrería de Bocón, cuando ya era bien entrada la noche, e Hipo estaba tan exhausto que casi se desmoronó en el suelo cuando Bocón abrió la puerta.

—¿Pero qué demonios ha pasado aquí? ¿En qué lío te has metido esta vez? —preguntó el herrero sorprendido.

Bocón cogió a la chica en brazos e Hipo cayó sobre sus rodillas mientras cogía aire.

—¡Pero si es una mujer! ¿Y eso es una mordida de Desdentao? ¡Hipo!

—Dame un respiro, ¿quieres? —le pidió Hipo mientras se incorporaba dificultosamente.

—¿Qué demonios pretendes hacer con ella?

—¡¿Yo?! —cuestionó Hipo furioso—. ¡Le he salvado la vida a la muy tonta! ¡Y eso que ha intentado matarme! ¡Encima te está buscando a ti, hasta el punto que ha vapuleado con sus manos desnudas a los chulos de Krogan como si fueran sacos de boxeo, así que no sé por qué coño me echas a mi la culpa de nada!

—¿Qué? ¿A mí? —preguntó Bocón desconcertado y llevó a la chica hasta la trastienda de la herrería, donde el herrero dormía. La posó sobre la cama y le retiró la capucha. Soltó un jadeo de sorpresa y abrió los ojos de par en par, como si la hubiera reconocido.

—¿Quién es? —preguntó Hipo intrigado por la sorpresa del herrero—. ¿Qué quiere esta chica de ti?

Bocón apartó delicadamente el pelo húmedo de la cara de la muchacha y soltó un largo suspiro.

—Esta chica es la princesa Astrid Hofferson de Uppsala —respondió Bocón—. Es la única hija y heredera de Eyra Hofferson, reina de Uppsala.

—¿Uppsala? —repitió Hipo sin dar crédito—. ¿Qué demonios hace una princesa de un lugar tan rico y poderoso en un planeta mierdoso como este?

Bocón le lanzó una mirada de circunstancias.

—Enciende el informativo, quizás estén diciendo algo al respecto.

Hipo hizo caso a la sugerencia de Bocón y encendió la pequeña pantalla que había en un rincón de la habitación. El informativo vomitó demasiada información en muy poco tiempo. La familia real de Uppsala se había unido a los rebeldes para organizar un atentado contra un comité imperial que había acudido a su planeta para negociar los nuevos impuestos. La reina Eyra había sido ejecutada y la princesa había desaparecido sin dejar rastro. Hipo contempló las imágenes de hemeroteca de madre e hija, vestidas de gala y recibiendo a una comitiva de invitados.

—¿Por qué te busca esta princesa, Bocón?

—Su madre y yo nos conocimos hace muchos años —respondió Bocón—. Teníamos un amigo en común.

—¿Qué amigo? —preguntó Hipo alarmado.

Bocón no respondió, ya que parecía haber reparado algo en la muchacha. Con mucho cuidado, sacó un objeto delgado del corpiño de la muchacha e Hipo contuvo la respiración al reconocer el símbolo tallado sobre la pieza metálica. Casi de forma instantánea, corrió a cerrar las persianas de la única ventana que había allí, aunque Bocón no parecía alarmado en absoluto.

—¿Qué demonios hace una princesa imperial con un símbolo de la Orden Jedi encima?

Bocón ignoró su pregunta y presionó sobre el símbolo con delicadeza. El objeto pareció reaccionar, pues Hipo escuchó un pitido y, seguido, apareció el holograma de una hermosa mujer que Hipo reconoció haberla visto hacía un momento en la televisión. Era la reina Eyra Hofferson de Uppsala.

Bocón, amigo mío, si estás viendo esta transmisión significa que mis temores se han cumplido y que estoy muerta. Hace muchos años, le prometiste a Erland que, pasara lo que pasara, él siempre podría contar contigo para lo que necesitara. Erland murió en aquel terrible día y sé que no soy nadie para reclamar esa promesa, pero no me veo capaz de confíar en nadie más la seguridad de lo único que nos queda de él. Astrid es una mujer fuerte, competente y leal, pero ha vivido ajena a mis implicaciones con la Senda y, si el Imperio descubre quién es, no dudarán en ejecutarla. Astrid es la última esperanza de Uppsala, Bocón, por eso necesito que cuides de ella a toda costa. Sé que encontrarás la forma de protegerla, incluso de sí misma.

Hipo arrugó el gesto ante las últimas palabras de la mujer, pero Bocón no mostró ningún tipo de reacción al respecto. Se levantó de su asiento y, sin dedicarle una sola mirada, salió del cuarto. Hipo tenía cientos de preguntas, pero no sabía ni por dónde empezar. Hipo conocía a Bocón desde que tenía memoria. Había sido lo más cercano a un padre que había tenido nunca, más que su propio padre incluso. Sí, Bocón había tenido acercamientos a familias importantes sin ser nadie en concreto. Él lo había conocido como consejero de su padre, pero la reina de Uppsala… aquellas eran palabras mayores. Mema no era nada en comparación a Uppsala, ni en posición, ni en riqueza y ni en ubicación. Su planeta era un feudo de grandes señores que siempre había estado en rifirrafes con todos por mantener su independencia económica, primero con la República y ahora con el Imperio. A Coruscant, Mema le parecía un planeta asalvajado, difícil de colonizar y de gentes y criaturas rudas y complicadas con las que tratar, por lo que ni siquiera tenían —ni querían— representación en el Senado.

Bocón regresó con un martillo en su mano y, antes de que Hipo pudiera preguntarle sus intenciones, el herrero destruyó el comunicador con la forma del símbolo de la Orden Jedi. Dejó el martillo sobre la mesa y soltó un largo suspiro antes de volverse a la princesa y luego a él.

—Necesito un piloto. Tengo que llevarla a un lugar seguro —afirmó Bocón—. Es cuestión de tiempo hasta que la encuentren aquí.

—Puedo buscarte a alguien en el puerto…

—No —le cortó el herrero de inmediato—. Tienes que ser tú, Hipo. No confío en nadie más.

Hipo sostuvo la mirada del herrero.

—¿A dónde quieres llevarla?

El silencio de Bocón evidenció su respuesta.

—Ni hablar, búscate a otro —dijo Hipo malhumorado.

La puerta de la habitación se cerró en sus narices e Hipo descubrió que estaba bloqueada. Se volvió furioso al herrero.

—Sabes que odio cuando haces eso.

—No me importa lo que odies, Hipo —dijo Bocón armado de paciencia—. Esta chica nos necesita y yo no puedo pilotar. Así que solo puedes llevarnos a un lugar seguro.

—No pienso volver.

—¡He soportado esta pataleta demasiado tiempo, Hipo! —le recriminó Bocón—. Llevas demasiado tiempo huyendo de quién eres de verdad y ya te he dicho en más de una ocasión que el miedo…

—¡Cuéntale esa mierda Jedi a quien le interese! —gritó Hipo furioso—. Si quieres buscarte a otro piloto, adelante, pero conmigo no cuentes.

—Los imperiales vendrán a aquí, Hipo —insistió Bocón—. Ella es la mujer más buscada de la galaxia, por lo que se van a acabar enterando más pronto que tarde de que se esconde aquí. Tu negocio está desmantelado desde el segundo que decidiste traerla aquí.

Hipo chasqueó la lengua con fastidio. ¡Maldito fuera el momento en el que decidió ayudar a esa princesa de los cojones! Tuvo que contenerse en no lanzarle una bota a Desdentao, quien había corrido a la pequeña nevera de Bocón a darse otro atracón de comida, para desahogarse por haberse dejado convencer por un lagarto con alas. La mujer había sido desagradable con él en todo momento, ¿y ahora tendría que empezar de cero por culpa de una niñata? ¡Lo que le faltaba! Hipo golpeó la mesa de una patada y esta se balanceó, sacudiendo los trozos del comunicador destruído al suelo.

—Sé que te marcas siempre el farol de que ya nada te importa —remarcó el herrero indiferente a su arranque de ira—. Vas de contrabandista duro y sabelotodo, pero los dos sabemos que no soportas las injusticias. Esta chica está siendo perseguida, ya no solo por una falsa acusación de traición, sino también porque ella es lo mismo que yo —Hipo se volvió sorprendido y luego miró a la chica—. Mema la protegerá, Hipo, tu padre lo aceptará si tú se lo pides.

—No pienso pedirle nada.

—Lo harás —insistió Bocón.

—¿Qué te hace estar tan seguro de ello? —cuestionó Hipo molesto.

Bocón sonrió casi con nostalgia.

—Porque tú, Hipo Horrendous Haddock III, no eres el contrabandista presumido que simulas ser —señaló el herrero convencido—. Dirás lo que quieras, pero tienes un código y unos valores que, por muy poco que te guste, tu padre se preocupó en enseñarte bien. Nunca dejas a nadie en la estacada, a nadie.

—Ella es una princesa imperial —le recordó Hipo irritado—. Una privilegiada que ha vivido bajo las faldas de su madre toda su vida.

—Resulta gracioso que tú digas eso teniendo en cuenta de que hasta hace bien poco no eras tan diferente —le achacó Bocón poniendo los brazos en jarras.

Hipo estrechó los ojos ofendido.

—Yo nunca he servido al Imperio.

—Claro que no, pero tampoco te has opuesto al sistema, es más, te has beneficiado de él —matizó Bocón—. Ha habido contrabandistas desde la creación del Universo, por lo que tienes poco de revolucionario, chico.

—Nunca he buscado luchar contra el Imperio —le recordó Hipo bajando la mirada.

—Es curioso que tú, entre todas las personas, digas eso —insistió el herrero con firmeza—. Hipo, no te estoy pidiendo ni que te reconcilies con tu padre ni que te quedes si no lo ves conveniente, pero… conocí al padre de esta chica y le di mi palabra que la protegería si era preciso hacerlo.

—¿Por qué hacer tal promesa? —cuestionó Hipo con recelo—. Te echaron de la Orden Jedi.

—Me fui de la Orden Jedi —le corrigió Bocón—. Y Erland fue de los pocos Jedi que estuvo dispuesto a seguir dirigiéndome la palabra y a continuar siendo mi amigo. Si la hija es la mitad de decente de lo que fue el padre, me es razón suficiente para arriesgar mi propia vida para protegerla.

—¿Aún siendo peligrosa? —señaló Hipo con desconfianza.

Bocón alzó una ceja.

—¿Por qué iba a ser peligrosa?

—¿Recuerdas que sse enfrentó ella sola a un grupo de chulos de los bajos fondos de Artoo D2? ¡Mírale la cara, por favor! —argumentó Hipo señalando sus moretones—. ¡Me robó el blaster sin ni siquiera darme tiempo a reaccionar!

—Las legiones de Uppsala no son las más numerosas del Imperio, pero sí de las más fuertes. La princesa Astrid ha debido ser entrenada de la mano de la mismísima Guardia de la Reina de Uppsala. Eyra nunca ha tenido un pelo de tonta, quería que su hija supiera defenderse por su cuenta. Por alguna razón, la reina siempre contempló que esta tragedia podría suceder y que Astrid se quedaría sola a la deriva.

Hipo se acercó hasta la cama para contemplar el rostro inconsciente de la princesa de Uppsala. No cabía duda de que, pese a tener la cara hinchada por la pelea, era una de las mujeres más bellas que había tenido el privilegio de contemplar nunca y que, cuando no tenía ese gesto agrio y desagradable deformando su cara, resultaba tener un rostro placentero de contemplar. Debía de ser joven, quizás dos o tres años más joven que él; y, por raro que sonara después de haber visto lo bestia que podía llegar a ser, daba la sensación de que estando dormida mostraba la vulnerabilidad que no se daba el lujo a enseñar cuando estaba despierta.

¿Cómo permitirse el mostrarse vulnerable en su situación?

Su planeta había sido atacado por el Imperio. Su madre había sido asesinada. Sus amigos y la gente que la había cuidado durante toda su vida probablemente también estaría muerta. Y, aún así, Astrid Hofferson había reunido la fortaleza y el valor suficiente para coger una nave y huir ella sola al otro extremo de la galaxia a buscar a un hombre que no conocía de nada, aún cuando todo el Imperio, incluyendo los Inquisidores, iban tras ella.

Bocón tenía razón.

Necesitaba su ayuda, aunque ello conllevara un precio demasiado alto que Hipo no quería pagar. Sin embargo, algo dentro de él, quizás su conciencia que acababa de despertarse por primera vez en mucho tiempo, le aconsejaba que siguiera su instinto. Por una vez, huir no era la solución, por no mencionar que si Astrid moría por su culpa, quizás su fantasma le perseguiría para siempre e Hipo, aún sin ser supersticioso, no quería vivir con ese tormento por el resto de su vida.

—Está bien —dijo Hipo con desgana—. Os llevaré, pero no pienso bajar de la nave y, tan pronto os deje, me largo.

Bocón le dio una fuerte palmada en la espalda que casi le dejó sin aire.

—Sabía que tomarías la decisión correcta, chico —confirmó Bocón sonriente.

—No pienso bajarme de la nave —repitió Hipo amenazante.

—Claro, claro, lo que tú digas.

Hipo contempló cómo Bocón salía de la habitación decidido a prepararlo todo en un periquete para salir en la próxima hora. Desdentao subió hasta su cabeza y enredó su cola en su pelo mientras ponía sus patitas contra su frente, siempre sensible a su estado mental cuando resultaba inestable. Había dicho que no bajaría de la nave cuando llegara a Mema y esa era su intención, pero en el fondo de su ser sabía que una vez que entrara en su planeta natal, le resultaría muy complicado volver a salir.

—Espero que esta mierda merezca la pena —dijo Hipo con amargura a Astrid, aún cuando sabía que no le estaría escuchando.

Y, pese a todo, algo dentro de él le advertía que ya nada volvería a ser igual y que, por desgracia, nunca volvería a ser libre.

Y todo por culpa de la puñetera Astrid Hofferson, princesa de Uppsala y protagonista de sus más próximas pesadillas.

Xx.