Senkuu se percató de lo que estaba haciendo solamente en el momento en que lo hizo.

Sin ninguna pizca de vergüenza, observó los delineados glúteos de Kohaku mientras ella se agachaba a recoger las llaves del laboratorio, que habían caído bajo el escritorio. Solo se detuvo, afortunadamente, cuando la rubia se colocó nuevamente de pie y le mostró, orgullosa, el objeto en cuestión.

El científico solo atinó a responder con una corta sonrisa, consternado por su propia actitud, antes de beber un sorbo de su té.

Desde que habían intentado saquear su espacio de trabajo el mes anterior, Kohaku había sido asignada como su guardia personal, siendo la más adecuada dentro de la nueva escuela de policías para cumplir ese rol. Senkuu aceptó la protección de su más antigua amiga sin pensarlo, sin recordar en el momento que la situación entre ellos era, por decir poco, incómoda.

Desde que habían follado con desesperación sobre una palmera en medio del mar, varios meses atrás, náufragos y pensando que esa sería su única oportunidad de entregarse por completo al placer carnal, Senkuu y Kohaku no habían vuelto a hablar del tema o dar algún indicio de querer retomarlo.

No había ni miradas cómplices ni roces esporádicos. Menos coqueteos como los que solían tener desde siempre. Todo entre ellos era sumamente tenso, y aunque siguieran siendo grandes amigos, Senkuu solo podía esperar por alguna señal de parte de ella -que quizás nunca llegaría- antes de hacer cualquier tontería.

Como, por ejemplo, decirle que la amaba.

El científico volvió a beber de su té, queriendo sacarse la amarga sensación que le causaba pensar en eso en la boca. Pero, en lugar de eso, sus ojos viajaron involuntariamente al amplio pecho de la leona, solo entonces percatándose de que estaba usando ropa interior nueva, que acentuaba aún más su esbelta figura.

-¿Te encuentras bien, Senkuu? -Kohaku se inclinó ligeramente hacia él, mirándolo con genuina curiosidad.

-Creo que solamente estoy cansado. -el peliverde contestó brevemente, mirando lo que fuese que tuviera sobre el escritorio.

-¿Le pido a la secretaria que traiga un café?

-Tranquila. Se supone que este té es energizante. Debería hacerme efecto pronto.

-¡Oh, eso es genial! -Kohaku exclamó. -¿Puedo tomar un poco?

Senkuu asintió antes de ir a buscar la tetera y una taza limpia, sirviéndole a la rubia hasta llenarla.

-¿De qué es? -la leona tomó la taza entre sus manos y sopló sobre ella.

-No lo sé, François lo diseñó para mí. Debe tener té verde y algo más.

Senkuu la observó beber lentamente de su taza, notando cómo su cuello se movía con gracia, y su pecho se inflaba ligeramente.

¿Qué mierda le estaba pasando? El científico sintió su propio pecho constreñirse y sus pantalones comenzar a molestarle.

Sabía que hacía un buen tiempo no se daba la oportunidad de pensar en ella de esa manera, y quizás eso le estaba afectando, ¿pero por qué mirarla de manera tan descarada, como un maldito pervertido? Senkuu tragó saliva e intentó concentrarse nuevamente en su trabajo o, por lo menos, fingir hacerlo.

Una ducha fría. Ginro bailando en calzoncillos. Doraemon. La tabla periódica. Los elementos de la corteza terrestre.

Pero luego, Kohaku gimió levemente, llamando toda la atención de Senkuu. La recordó sobre él, dejándose llevar por sus deseos más primales. Le estaba siendo prácticamente imposible ignorarla.

El peliverde bebió todo su té de un sorbo, quemando su garganta en el proceso, queriendo sentir algo más que la molestia en su entrepierna.

-Está muy bueno. -comentó la leona, lamiendo sus propios labios con lentitud.

Ah. Mierda.

Senkuu se puso de pie abruptamente.

-Iré al baño. Ya vuelvo. -el científico avisó gravemente.

Aunque fuese algo vergonzoso, era el único lugar al que sabía que Kohaku no debía acompañarlo por obligación.

Inmediatamente, Senkuu se lavó el rostro con furia, restregando sus ojos. Debía contenerse; parecía un maldito animal. La leona estaba prácticamente existiendo al lado suyo y él estaba babeando por ella. Mirándose al espejo, el peliverde comenzó a inspirar y expirar lentamente, focalizándose en su trabajo y en las cosas que faltaba completar, logrando -luego de varios minutos- calmar su erección.

Sin embargo, cuando salió de su encierro, las cosas empeoraron. Kohaku se encontraba apoyada en sus codos, inclinada mientras miraba por la ventana abierta del laboratorio, y Senkuu sintió su cuerpo calentarse por completo y al instante. Incluso, podía sentir el característico aroma de la leona desde allí: embriagándolo como si estuviese completamente alrededor de él.

Era la imagen más erótica que Senkuu jamás había visto.

-Tengo algo de calor. -se quejó ella, dándose algo de aire con la mano extendida mientras lo miraba de reojo.

El científico se limitó a gruñir por lo bajo, dejando que sus ojos exploraran a Kohaku sin ninguna vergüenza. Por alguna razón, la necesitaba, tal como estuviese sediento y ella fuese un vaso de agua fresca. Todo su cuerpo ardía por ella.

-Senkuu, ¿te sientes bien? -el aludido la escuchó preguntar, acercándose a él con lentitud. Sus mejillas estaban rojas y parecía estar sudando.

El peliverde avanzó hacia la leona como si lo estuviese llamando, sin responder a su pregunta. Su mente era una nebulosa y le estaba siendo imposible formular palabras, focalizando toda su concentración en simplemente estar más cerca de la fuente de todos sus deseos.

-Kohaku. -musitó Senkuu con la voz ronca, luego de sentir la palma ajena sobre su pecho, quemándolo.

Sin embargo, ella no lo detuvo. Simplemente lo miró a los ojos con una indescifrable expresión antes de llevar su mano al cuello del científico y atraerlo hacia ella.

Senkuu inhaló del aroma que lo volvía loco en el cuello de Kohaku, dejando su nariz descansar allí mientras guiaba sus toscas manos a la cintura de la rubia.

-Siento como si…

-Está bien, Senkuu. -la leona lo calmó, abrazándolo estrechamente y dejándole disfrutar una vez más de la sensación de su cuerpo pegado al de él.

No entendía qué le estaba haciendo. ¿Estaba intentando ahogarlo en sus propias sensaciones? Senkuu intentó despegarse rápidamente de ella, súbitamente consciente de lo inapropiado que estaba siendo, cuando Kohaku tironeó de sus cabellos para guiarlo a su boca, mordiendo sus labios sin delicadeza.

-Te necesito. -Kohaku explicó brevemente, empujándolo con ella sobre el escritorio antes de abrir sus piernas de par en par, invitándolo.

Era simplemente ridículo el giro apresurado de eventos, pero a Senkuu no pudo importarle menos. Miró fijamente a Kohaku cuando le subió el vestido hasta la cintura y le quitó sus lindas y nuevas bragas hasta dejarlas por el suelo, completamente húmedas con su excitación.

Y no le preguntó ni escuchó objeción alguna cuando se puso de rodillas como un hombre devoto solo para admirar el sexo desnudo e hinchado de la leona, pidiéndole ser devorado por completo. Senkuu decidió que era el mejor momento para agradecer y obedecer a la plegaria cuando escuchó a Kohaku gimotear por contacto, y aventuró su lengua por lo largo de su feminidad, lentamente probando su dulce néctar.

Las piernas de Kohaku atraparon la cabeza de Senkuu inmediatamente, manteniéndolo quieto en su lugar mientras ella movía su pelvis intentando reciprocar los movimientos de la lengua del científico, que de a poco comenzaba a ejercer más presión sobre su clítoris. Senkuu recordaba perfectamente sus puntos más sensibles como para hacerla sentir bien y, con suerte, lograr que se retorciera de placer mientras él disfrutaba el espectáculo.

Ni si quiera le importó sentirse ahogado en Kohaku cuando la observó desnudarse y dejarle ver sus redondos pechos libres, con los pezones ya completamente endurecidos, mientras la mujer lo miraba con los ojos ennegrecidos de la pura lujuria. Senkuu podía sentir su molesta erección queriendo ser liberada, pero la necesidad por hacerla correrse superaba cualquier contratiempo. Con la lengua comenzó a zigzaguear sobre la vulva de la mujer, dándole siempre mayor atención a su botón nervioso, mientras introdujo dos dedos en ella, haciéndola chillar su nombre.

Mierda, sí que la extrañaba. Su momento sobre una palmera había comenzado a parecer más un sueño febril que una realidad.

Kohaku tironeó con fuerza de los cabellos de Senkuu, guiándolo de un momento a otro de pie frente a ella para besarle los labios con furia, mientras con sus manos le deshacía torpemente el pantalón. Estaba siendo lo suficientemente agresiva como para dejar marcas en su cuerpo, pero el científico no podía ni pensar en las consecuencias de eso cuando la rubia rodeó su miembro con la mano y lo guio rápidamente a su entrada.

-Ahora. Te necesito ahora. -la leona ordenó, como si fuese un asunto de vida o muerte.

Y lo era. Desde que se hundió en ella, de una sola estocada, Senkuu sentía que estaba jugándose su propio destino: quería perderse en ella, y quedarse para siempre allí. Kohaku clavó sus uñas en la espalda del peliverde, aferrándose a él, y le llevó los labios al cuello para marcar su piel.

La leona se corrió alrededor de él a los pocos minutos, luego de unas erráticas y violentas embestidas por parte del científico. Su interior estaba completamente húmedo, casi goteando, y sumamente caliente. Senkuu no tuvo tiempo de perderse en la sensación de sus paredes estrujándolo porque pronto Kohaku se apartó de él y se colocó de espaldas, levantando su culo a la altura de la entrepierna del peliverde.

Y aunque probablemente estuviese sensible por el orgasmo, la rubia recibió a Senkuu con un grave sonido de satisfacción, mientras lo miraba por el rabillo del ojo y se sostenía de uno de sus brazos con fuerza.

-Mierda. Te amo. -Senkuu balbuceó, llevando una de sus manos a la coleta en el cabello de Kohaku para tirar de este y acercarla más a su cuerpo.

Sentía como si una corriente eléctrica los estuviese uniendo en ese momento. La presión era tan abrumante que a Senkuu le pareció necesario decirlo, de una vez por todas, y terminar con toda incertidumbre. Embistió a Kohaku con fuerza, preocupándose de estimular su botón nervioso con los dedos, ansioso por verla deshacerse nuevamente alrededor de él. Se sentía mucho más intenso en la medida que él mismo construía su propio orgasmo, y Kohaku comenzaba a contraerse con más violencia a su alrededor.

Senkuu se corrió dentro de Kohaku profusamente, cuando su interior comenzó a estrujarlo con una increíble fuerza. Y mientras navegaba el orgasmo de ambos, con jadeos y palabras de amor entrecortadas, sintió que sus piernas dejaron de sostenerse por sí mismas y cayó rápidamente sobre su silla, a unos pasos de donde estaban ambos, llevándose a la leona con él.

Kohaku simplemente se sentó en su regazo, semidesnuda y con el cabello hecho un desastre, mirándolo fijamente.

-Y-yo también. -murmuró, con el rostro rojo de vergüenza, como si no hubiesen estado en la más comprometedoras de las posiciones hacía solo unos minutos.

Pero, aún así, en lugar de burlarse de ella, como solía hacerlo, Senkuu solo sonrió de oreja a oreja, indudablemente feliz. Kohaku respiró hondo antes de apoyar su rostro en el hombro del científico.

-Dime, Senkuu, ¿quién te dio ese té?

Senkuu abrazó a la rubia, apoyando su cabeza en la de ella, confundido con la pregunta.

-François me lo trajo. Dijo que…

"Lo trajo Gen de su viaje a Sudamérica."

El científico palideció momentáneamente, maldiciendo por lo bajo. Quizás qué mezcla de hierbas había puesto en ese té, y desde cuándo estaba planeando algo como esto. Gen se las iba a pagar.

Sin embargo, cuando sintió a Kohaku reír, estremeciéndose, Senkuu decidió llegar a una silenciosa tregua con el mentalista.