-Feliz cumpleaños, hija mía.
Kohaku sonrió ampliamente cuando su madre apareció por la puerta de su habitación con las manos tras la espalda, aproximándose a ella lentamente. Ese día había amanecido bien, y a la niña le encantaba ver a su madre tan saludable como solía ser antes. Sin hablar, se sentó sobre su cama, esperando a que la mujer se sentase junto a ella.
-Buen día, mamá. -Kohaku se lanzó a abrazarla con delicadeza, consciente de su delicado estado.
-Ya son trece años. -la mujer sonrió apaciblemente, antes de mostrarle lo que escondía tras la espalda.
Se trataba de un lindo anillo con piedras brillantes. Era el mismo que le había visto usar a ella en ocasiones especiales, y Kohaku no entendía por qué últimamente su madre les daba sus cosas más preciadas a Ruri y a ella. Su ceño se frunció involuntariamente cuando la mujer colocó el anillo en la mano de su hija menor.
-Este anillo me lo regaló tu padre cuando tenía tu edad, como una promesa de que se casaría conmigo. Ahora es tuyo. Puedes usarlo cuando vayas a contraer matrimonio.
Kohaku refunfuñó. Esas cosas no le gustaban. Ruri sufría demasiado teniendo que elegir a alguno de los aldeanos para que fuese su esposo, y Kohaku agradecía que no tuviese que ser ella aún. Su madre simplemente rio al verla tan enfadada al respecto.
-Solo guárdalo. Quizás algún día signifique algo más para ti.
-Está bien. -la niña respondió de mala gana. -Gracias, mamá.
Kohaku volvió a abrazar a su madre, inhalando el aroma que, después de años, sería el que le recordaba a su hogar.
Habían ya pasado diez años desde el último cumpleaños que pudo vivir con su madre. A Kohaku le habría gustado que pudiese ver todo lo que había cambiado desde que llegó Ishigami Senkuu, a quien probablemente conocía por las milenarias historias de la aldea. El anillo que su madre le había regalado estaba ahora algo oscuro por el paso del tiempo guardado en una cajonera, y Kohaku se preguntó si alguna vez llegaría a usarlo o a encontrarle algo útil. Era demasiado grande para sus dedos, de todos modos, y no creía que pudiesen crecer más.
-¡Kohaku! ¡Ya es hora de que salgas! ¡Está todo listo para tu celebración!
Kohaku suspiró, poniéndose de pie y arreglándose el vistoso vestido que Yuzuriha le había hecho como regalo. Desde que Gen había celebrado su cumpleaños, todas sus amigas se habían propuesto hacer algo mucho mejor para ella, invitando a toda la aldea a una fiesta formal con comida deliciosa, baile y una gran torta de cumpleaños. La cazadora había accedido a hacer esto "solo por esta vez" sin esperar que sus amigas se tomasen todo en serio y montasen tal evento.
La fiesta comenzó con el saludo de todos los presentes, siguió con una cena, luego con música bailable en vivo, y terminó a eso de las tres de la mañana con una gran torta, mientras todos le cantaban la canción del cumpleaños y la felicitaban nuevamente por su nuevo año de vida. Dentro de toda esta celebración, estaban todos menos Ishigami Senkuu, su mejor amigo.
Kohaku rio cuando Gen comenzó a maldecir al científico por perderse tan emocionante evento, sabiendo que probablemente tenía cosas más importantes que atender. Usualmente, los saludos de Senkuu eran escuetos y discretos, acompañados de algún regalo hecho por sí mismo. La rubia sabía que no debía pedir mucho más, y sinceramente, apreciaba su manera de demostrarle que era importante para él; tampoco disfrutaba mucho de grandes eventos como el de ese día.
La joven se adentró al bosque aledaño a la aldea lentamente, dirigiéndose hacia el lugar donde su madre se encontraba enterrada. Era increíble que hubiesen pasado diez años desde su muerte, y la lápida aún se veía algo nueva comparada con la de los otros familiares. Kohaku se sentó frente a la tumba, tomando el anillo que había escondido en su escote.
-Sé que tenías las mejores intenciones para mí, mamá, pero aún no entiendo este regalo. -comentó la chica, apretando el objeto en su mano.
Pronto, Kohaku sintió unos pasos lentos acercarse a ella, y se volvió a guardar el anillo en el escote, atenta a la nueva presencia.
-Leona. Pensé que estarías aquí. -Senkuu la saludó apaciblemente. El claro de luna alcanzaba a iluminar justo su rostro, sumamente cansado.
-¡Ja! No soy una leona. -Kohaku replicó con una amplia sonrisa.
-Como sea, feliz cumpleaños. -Senkuu se rascó la nuca.
La chica palmó un espacio junto a ella para que se sentase, y Senkuu siguió su sugerencia sin miramientos.
-¿Cómo sabes de este lugar?
-¿Mmm? Pues, vienes aquí cada cierto tiempo. -el peliverde respondió simplemente. -Es tu madre, ¿no?
Kohaku asintió levemente, mirando nuevamente hacia la tumba. No tenía idea de que Senkuu tuviese un registro de sus salidas, pero conociendo su meticulosidad, no parecía tan extraño.
-Perdona por no ir a la fiesta. Estuve todo el día ocupado. -Senkuu comentó.
-Tranquilo. Sé que tienes cosas mejores que hacer. -la chica sonrió con algo de tristeza, antes de mover su cabeza para apoyarse en el hombro de Senkuu, quien se mantuvo completamente quieto. -Un saludo me basta.
-Kukuku, ¿andas sentimental, leona? -el científico se burló, y comenzó a hurguetear en el bolsillo de su pantalón.
Se veía realmente bien con la ropa de su época. La camisa blanca y el pantalón negro le sentaban realmente bien con su bata científica.
-En realidad, estaba haciendo esto. -Senkuu acercó su mano empuñada a Kohaku y la abrió lentamente.
Era un lindo anillo plateado, con unas bellas piedras de un color miel adornándolo. Era idéntico al que le había regalado su madre diez años atrás, y Kohaku pensó que Senkuu le estaba gastando una broma.
Aunque, ¿por qué lo haría? Kohaku sacó el anillo que llevaba en el escote y se lo mostró al científico, de la misma forma.
-Ah, creo que alguien me ganó. -Senkuu comentó, extrañamente animado.
-Mi mamá me lo dio cuando cumplí trece. Dijo que mi papá se lo regaló a esa edad como promesa de matrimonio. -le explicó.
-Lo sé, Kohaku. -el científico simplemente replicó.
Esta vez, su mirada era seria y difícil de comprender.
-¿Cómo…?
¿Ruri le había dicho? No había otra forma de que…
-Pero te queda grande, ¿no? Toma este, y dame el otro a mí.
Senkuu tomó el anillo antiguo de su mano y le pasó el nuevo, sin perder la seria expresión que llevaba. Sin decir nada más, se lo colocó en el dedo, y luego tomó la mano libre de la joven, para colocarle el que le había regalado él.
-¿Por qué…? -Kohaku se miró el dedo, extrañada. No sabía cómo elaborar más la pregunta que le estaba haciendo, porque no comprendía qué estaba intentando hacer el científico.
-Es mi promesa. -Senkuu replicó simplemente.
Sin embargo, su expresión no era para nada simple. Tenía… ¿miedo? ¿angustia? ¿esperanza?
Kohaku respiró hondo antes de tomar la mano del peliverde en la suya, completamente aterrada de interpretar la situación como una extraña propuesta de matrimonio por parte del jefe de la aldea.
Senkuu se veía cada vez más abierto a dejarla abrazarlo o apoyarse en él cuando necesitaba algo de afecto físico. Sin embargo, era ella quien siempre lo iniciaba. Esta vez, la mano del científico se sentía completamente firme cuando acercó la de ella hacia sus labios y le dio un corto beso, que hizo que el corazón de Kohaku se desbocase.
-A-acepto. -la joven balbuceó, inmediatamente hundiendo el rostro en el pecho de Senkuu, avergonzada por su patética actitud, pero sabiendo que, con él, no debía sentirse insegura.
Senkuu era el hombre que ella quería. Lo había sido desde siempre. Lo había esperado por años.
Las palabras de su madre resonaron en la mente de Kohaku cuando Senkuu le regaló su primer beso, torpe y efusivo, escondidos de todo el mundo.
Por primera vez, comprendió el significado de su último regalo.
