5X23 NUESTRA HORA MÁS OSCURA
"Elige perseguir y matar en la oscuridad. No quiere que lo vean, ¿Por qué?"
(Emily)
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— ¿Por qué no quedamos más a menudo en tu casa?— Preguntó Emily. Desde el dormitorio de Morgan, se podía ver el jardín a través de un enorme ventanal. Emily tenía que admitir que Derek estaba creando un hogar realmente acogedor, tanto en el interior como en el exterior de la vivienda— Es mucho más agradable.
Derek la estrechó contra su cuerpo. Habían dormido allí, y no tenían prisa por levantarse. Era uno de esos escasos fines de semana en los que no esperaban ningún caso.
— Me gusta tu apartamento…— Se justificó él. Lo cierto era que Morgan consideraba que ella se sentiría más cómoda en su entorno, y realmente a él no le importaba, salvo por Clooney, que lógicamente exigía sus cuidados y mimos diarios. Ahora, con Sergio añadido como mascota, estaban en igualdad de condiciones, si bien los gatos no solían ser tan exigentes como los perros.
— Te gusta mi jacuzzi— Le corrigió Emily, mirándolo de reojo— Reconócelo.
Derek bajó sus ojos hacia ella, que sonreía.
— Me gustan las cosas que te hago en tu jacuzzi— La rectificó él a su vez.
A decir verdad, eso sólo había ocurrido en una ocasión, pero para Morgan había sido lo suficientemente memorable como para tener en mente repetirlo.
— Bueno… A mí también me gustan las cosas que me haces en mi jacuzzi— Bromeó ella haciendo un juego de palabras— Pero no deberías limitarte al elemento acuático.
Morgan se incorporó un poco, con expresión ofendida.
— No te escuché quejarte anoche, y no veo agua por ninguna parte…
Emily se echó a reír. Su compatibilidad sexual estaba fuera de toda discusión. Esa nunca había sido la preocupación de Emily.
— ¿Te olvidas de la ducha?— Le recordó ella.
Allí era precisamente donde habían comenzado los juegos preliminares, aunque definitivamente la cama había sido el lugar donde Morgan había desplegado toda su artillería. Y no, Emily no tenía queja alguna al respecto.
— Oh… Sí… La ducha— Rememoró Morgan.
En su rostro se dibujó una sonrisa endiablada.
— Oh… Sí… La ducha— Lo imitó Emily, conteniendo la risa— ¿Estás reviviendo algo en particular, Morgan? ¿Algo que desees repetir, tal vez?
Sin duda alguna, a ella no le habría importado repetir nada de la noche anterior.
Con un movimiento inesperado, Morgan se colocó sobre ella, dejándola atrapada.
— Diría que alguien está poniendo mucho empeño en averiguarlo…
Posó sus labios en los de ella, y se tomó su tiempo para intensificar el beso, profundizando en su boca, para luego hundirse en su cuello hasta conseguir arrancarle un gemido.
— Derek… Tenemos que levantarnos…— Trató ella de detenerlo, aunque cada reacción de su cuerpo la contradecía. Después de hacer el amor, se habían quedado dormidos abrazados, por lo que ambos estaban desnudos.
— ¿Por qué? Podemos quedarnos aquí todo el día…— Sus besos siguieron prodigándose por cada rincón de su cuerpo, hasta llegar al tatuaje de su cadera. A Morgan le encantaba detenerse allí, y recorrer las líneas de la luna en cuarto creciente— Puedo hacer esto todo el día…— Susurró.
Y Emily no albergaba duda alguna al respecto, al igual que sabía que podría permanecer en ese mismo lugar, martirizándola hasta que suplicara que continuara el recorrido natural de su cuerpo hasta hacerla estallar.
— Maldito seas, Derek Morgan…—Gimió ella, en medio de aquella tortura— Vas a ganarte un puto puesto en el infierno…
Aquello hizo reír a Morgan, que escaló por cada una de sus curvas hasta que llegó de nuevo a sus labios.
Emily resopló de pura frustración.
— Según tú, ya estamos condenados… Así que, ¿qué importa?— Se burló él. Su mano derecha viajó entonces al lugar que había dejado su boca, sólo que se adentró entre sus piernas sin previo aviso.
Y entonces, en esa ocasión su grito fue de puro placer.
— Oh, Dios mío…— Jadeó Emily.
Morgan se acercó a su oído, susurrándole.
— ¿Qué ocurre, princesa? ¿Problemas para elegir entre Dios y el diablo?
Ella le lanzó una mirada fulminante, sólo que duró únicamente lo que tardó Morgan en llegar al punto "G" con sus expertos dedos, ese lugar que casi ninguno de sus anteriores amantes supo nunca encontrar.
Y sí, Emily tenía problemas, pero nada tenían que ver con sus creencias religiosas, sino más bien con su incapacidad para resistirse a Derek Morgan, que bien podría haber encarnado a Lucifer, el ángel caído que había regresado a la tierra sólo para tentarla a sucumbir en el pecado de la lujuria.
Disfrutaba de aquella lujuria con cada mínima parte de su ser.
— Morgan… — Lo amenazó Emily en un momento de lucidez— Como te sigas burlando de mí… Te juro…
No hubo tiempo a culminar el ultimátum. El teléfono de Morgan sonó con un breve tono, indicando que había llegado un mensaje, y entonces fue él quien maldijo en voz alta su mala suerte al comprobar que se trataba de J.J.
Emily, aún con Morgan sobre ella, suspiró resignada.
— ¿A dónde?
— No lo dice— Respondió él— Parece que ha sido cosa de Strauss…
— No puedo creerlo…— Se quejó Emily— Mi teléfono está en la sala, será mejor que le conteste a J.J., si no comenzará a llamar— Se habría levantado, pero con el peso de Morgan encima de ella, le era prácticamente imposible— Derek… No puedo moverme.
Morgan torció los labios en actitud reflexiva.
— Tienes ropa aquí para cambiarte, ¿no?
Ella lo miró, confundida.
— Claro… Ya lo sabes.
Era una norma establecida entre ellos para asegurarse de que podían pernoctar toda la noche en casa de uno o de otro sin temor a llegar demasiado tarde al trabajo.
— Entonces aún tenemos algo de tiempo…
Emily le dirigió una mirada de advertencia, mientras contenía una sonrisa. Al parecer Morgan no tenía intención de dejar a medias lo que había empezado.
— Aún tenemos que ducharnos…— Le recordó Emily.
Morgan frunció el ceño, meditando de nuevo.
— Podemos terminarlo en la ducha— Le propuso con un guiño.
Ella se echó a reír.
— ¿En serio, Morgan? ¿Qué te pasa con el agua? ¿Es una especie de fantasía sexual o algo así?
En lugar de responder, Morgan se echó a un lado, dejándola libre. Pero sólo un momento, porque acto seguido la tomó de la mano arrastrándola hacia el baño.
— Ahora te lo cuento…
Ya sin oponer resistencia, y claramente dispuesta a averiguarlo, Emily lo siguió hasta la ducha donde efectivamente Morgan respondió a su pregunta, con todo lujo de detalles.
Casi una hora después, y entre miradas cómplices, llegaban a Quántico. No había rastro del equipo. Emily temió que aparecer de nuevo tarde y juntos, los terminara delatando.
— Derek… Voy a matarte…— Le regañó Emily— Todos están ya dentro.
Pero entonces repararon en que Reid también acababa de llegar y se dirigía a la sala de reuniones.
— ¡Reid!— Lo llamó Morgan, alertándolo de su presencia. El joven se volvió hacia ellos, y los esperó. Morgan se acercó entonces un poco a Emily— ¿Lo ves? Te dije que teníamos tiempo— Le susurró al oído.
Ella le dio un codazo, sólo por el placer de borrar esa autosuficiencia que Morgan demostraba en ocasiones.
— Tú y tus juegos acuáticos – Le reprendió de nuevo como si fuera un niño pequeño — Un día nos van a costar un disgusto.
Emily resopló cuando, lejos de mostrar el mínimo arrepentimiento, Morgan alzó una ceja con expresión diabólica. La morena, podría protestar lo que quisiera, pero él había comprobado por sí mismo que lo había disfrutado tanto como él.
— ¿Habéis venido juntos?— Preguntó Reid, mientras se encaminaban hacia la sala de reuniones.
Emily se quedó sin aliento. ¿Cuántas veces había surgido ya esa pregunta en boca de alguno de los miembros del equipo?
— Se ha vuelto a dejar las llaves en el contacto… — Mintió Morgan, utilizando una excusa más que probable. Todos estaban enterados de cada una de las veces que esto había ocurrido, normalmente gracias a Morgan.
Reid miró boquiabierto a su compañera. ¿Cómo podía ser tan precavida para unas cosas y tan descuidada para otras?
— ¿Te has quedado sin batería otra vez?
Emily dejó los ojos en blanco, resoplando. Habría querido asesinar a Morgan allí mismo, pero claramente a Hotch no le habría gustado.
— Ya ves… Menos mal que siempre está Morgan para salvar el día— Dijo con ironía— No sé qué haría sin él.
Un pensamiento cruzó entonces por su mente justo al entrar en la sala de reuniones.
Ni el cielo, ni el infierno.
Estaba en el maldito purgatorio, y por decisión propia.
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