Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son creación de Rumiko Takahashi. FF creado sin fines de lucro.

* Publicación: 02-08-22


EL CASO KITSUNE

Capítulo 01: Mascarada

Sus manos juguetearon con la elegante tarjeta de invitación. Los detalles en oro y el sello lacrado con un símbolo floral, le añadían aún más exuberancia. Con la máscara puesta, la sensualidad de Kagome fulguraba a través de la sangre que corría por sus venas. Con la mirada fija en su reflejo frente al espejo, recordó cuál era su misión esa noche: perder la virginidad.

¿Con quién? Aún no lo sabía.

Tras su último fiasco amoroso, decidió que su virginidad debía pertenecerle a un extraño. Sí. Alguien que no tendría ningún tipo de poder sobre ella y que jamás podría jactarse de ser el que le había arrebatado su "tesoro". Rodó los ojos ante el término.

Cuando Sango le entregó la tarjeta de invitación para la mascarada y prácticamente la convenció de que ir era una buena idea, supo que no debía desaprovechar el momento.

FlashBack

—Vamos, Kag —suplicó—. Es tu oportunidad de conocer a alguien de alto perfil. Además, ni siquiera sabrán quién eres a menos que tú se los digas.

Girando una taza de chocolate espeso entre las manos, Kagome observó los ojos marrones de su amiga. Estaban hinchados y rojizos por el llanto de la noche anterior.

—No lo sé, Sango. Se supone que tú y Miroku planearon ir a esa fiesta por meses.

Su amiga negó con la cabeza.

—Es un imbécil. ¿Coquetear con Koharu frente a mí? —empuñó sus manos—. No, lo he perdonado miles de veces y ese fue mi error. La invitación es tuya y me ofendería muchísimo que no la uses.

Los labios de Kagome se dirigieron hacia la izquierda en una mueca de reprobación. Finalmente, suspiró y tomó el sobre, resignada.

Fin del FlashBack

Ahora, sosteniendo una copa de vino que temblaba ligeramente por su nerviosismo y encandilada con el gran salón ambientado en la época dorada del romanticismo, se dedicó a escrutar a cada uno de los hombres que pasaba a su lado. La mayor parte de ellos iban acompañados, otros más conversaban con otras personas en grupos reducidos.

El vestido color azul profundo que traía se ceñía a su cintura y esculpía la curvatura de sus senos como si se tratara de una segunda piel. El cabello rubio que se entretejía en un complicado recogido, le daba un aspecto más fatal del que había esperado. Confiada en que su identidad estaba lo suficientemente protegida, sus ojos azules analizaron una y otra vez a los invitados. Esperaba una ¿señal? Un hilo, una tensión... un "algo" que le indicara con cuál de todos podría jugar su única carta. Pero ninguno parecía hacer conexión con ella.

Sin prestar atención a su camino e intentando evitar una coalición, retrocedió pisando a la persona que se encontraba detrás suyo. Al girarse, reconoció una máscara veneciana devolviéndole la mirada.

«"Interesante"», pensó.

Se disculpó y el hombre no hizo más que mirarla con molestia antes de darle la espalda.

«"Definitivamente, él no es"», decidió.

Muchos caballeros enmascarados intentaron sacarle conversación, otros fueron tan osados como para rodear su cintura o tomarla del brazo. Esperanzada, incentivaba a la gran mayoría, sin lograr sentir esa chispa.

Casi dos horas después de flirteos y coqueteos desabridos, su voluntad flaqueó... Pero, ¿en qué estaba pensando? Desde el inicio esta había sido una muy mala idea. « "Vamos, Kagome... No puedes estar tan desesperada"», se dijo. Decidida entonces a abortar la misión, dio media vuelta y chocó contra un gran, musculoso y muy... muy duro torso.

—Lo siento... —se disculpó, alzando los ojos para mirar a la persona en cuestión.

Bajo la máscara veneciana que traía el hombre, solo se dejaban ver unos labios muy finos, una mandíbula afilada y elegante. ¿Era el mismo al que había pisado? Sí. El cabello negro y corto que sobresalía en la cúspide de su cabeza, además de la hermosa máscara que traía puesta, lo confirmaron.

El hombre la miró fijamente desde toda su altura, sin decir una sola palabra —otra vez—, levantó la mirada e hizo como si fuera que no existía.

Kagome enfureció. Sintió la opresión de su desprecio y la rebatió con una fuerte corriente de indignación que abandonó su cuerpo en olas. Esa no era la clase de energía que deseaba sentir esa noche.

—Que prepotente —masculló entre dientes.

Cuando se dio la vuelta, sintió una mano aferrándose a su muñeca. Inmediatamente, sintió una descarga de estática que la hizo tratar de zafarse de su agarre.

—¡¿Qué pasa contigo?! —preguntó desconcertada.

Sin mucho esfuerzo, el hombre la acorraló contra una columna y acercó sus labios hasta su oído.

—¿Qué es lo que pretendes, mujer? ¿Quién eres?

La voz de barítono que penetró sus tímpanos despertó cada una de las fibras nerviosas de su cuerpo y erizó los vellos de su nuca. Escudriñó al hombre con la mirada, deteniéndose en el tacto de su cuerpo fornido contra el suyo y sus ojos grises... ¿o eran verdes? Las luces le impedían distinguir el color. Por las facciones que se dejaban ver bajo la máscara y por la forma en la que el traje a medida se entallaba en su anatomía, podría deducir que era un hombre sumamente atractivo.

Tomando valor, Kagome tomó al hombre de la nuca con su mano libre y ladeó su rostro para robarle un beso. Fogoso. Ardiente. Salvaje.

Si el hombre estaba sorprendido, nada en él lo delataba. Por unos segundos pensó que la empujaría y la tildaría de loca. Pero pronto sintió las manos de él colarse hacia su cintura y su lengua introduciéndose en su boca tan agresivamente que las bragas de Kagome empezaron a humedecerse.

«"Es ahora o nunca."», se dijo.

Se separó de él, arrastrando un hilo fino de saliva. Se mordió el labio mientras le daba la espalda y comenzaba a caminar guiándolo hacia el pasillo, lejos del salón y del tumulto de gente. El hombre, que no parecía nada tonto, la siguió hasta los elevadores. Ahí, mientras aguardaban que llegara, la acorraló de nuevo contra la pared. Sin nadie más que la recepcionista del hotel observándolos, la besó con fiereza hasta que las puertas del ascensor se abrieron y ella lo arrastró hacia adentro sin dejar de luchar contra su lengua hambrienta.

Estaban completamente solos, en un espacio reducido, separados solo lo suficiente como para respirar a través de grandes bocanadas de aire, se observaron por varios segundos. Kagome sentía que sus piernas se volvían gelatina conforme el piso de suite se acercaba. ¡Estaba completamente loca! ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo se le había ocurrido? Aún tenía tiempo de-

Cuando sintió que el hombre recorría su cuello con sus dientes, la línea de pensamientos de Kagome se soltó. Con una deliciosa lentitud, subió a mordidas hasta sus labios y atrapó entre sus dientes el inferior. Con la atención de Kagome derramada sólo en él, la besó casi con desesperación hasta que se quedaron sin aliento.

Él tomó su pierna izquierda y la colocó alrededor de su cadera, acariciando cada centímetro de piel en el trayecto. La observó con ¿deseo, pasión, hambre? Kagome respiraba con pesadez, jadeando. Sentir su erección prácticamente pegada a su vientre comprimía su pecho y provocaba contracciones deliciosamente dolorosas en su entrepierna.

Un sonido anunció la llegada a su piso y despertó a Kagome del ensueño. ¿De verdad lo iba a hacer? ¿Iba a tener sexo con ese hombre petulante y condenadamente sexy? Se mordió el labio mientras él la aguardaba parado entre las puertas del elevador.

De pronto temerosa, Kagome se pegó a la pared contraria, sintiéndose un cervatillo acechado por un león. Toda su valentía se esfumó.

—¿Arrepentida? —preguntó él, casi con sorna.

Ella levantó el mentón indignada, negó con la cabeza y salió de ahí, dirigiendo sus pasos hasta la habitación que se encontraba al final del corredor. Sus manos empezaron a temblar mientras quitaban la llave magnética de su pequeño bolso.

Tan pronto como la puerta se abrió y la luz se encendió de manera automática, ella lo empujó y cerró la puerta con ambos dentro. Decidida a cumplir con su objetivo de esa noche, sin esperar, metió las manos dentro del saco de él y se lo quitó.

El hombre, al que prefería no ponerle nombre, la detuvo cuando Kagome se proponía a desprender su cinturón. Él la miró de forma críptica. Ella tragó saliva.

—¿Sabes lo que estás haciendo?

Parecía leerla como un cristal. Kagome tensó la mandíbula. No. Ella no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba haciendo o lo que debía hacer. Apartando la mano de él, terminó por desabrochar el bendito cinturón. Él, entendiendo la silenciosa respuesta, desabotonó su camisa dejando que Kagome se deleitara con su torso desnudo. ¡Mierda! Cada músculo parecía haber sido moldeado para incitar al pecado. Kagome se sonrojó aún más cuando él tomó sus manos y las colocó sobre su abdomen.

Tenía permiso de tocar, explorar, recorrer... Así que lo hizo. Adoró el tacto de su cuerpo caliente bajo la yema de sus dedos, se fascinó con la forma en que su piel se erizaba con sus caricias y delineó cada fibra muscular bajo la intensa mirada gris del hombre. Decidida a seguir explorando, desabrocho el cinturón y los pantalones, dejando que se deslizaran por sus largas —larguísimas— piernas. Cayeron al piso con un fuerte TUD, quebrando el silencio y deteniendo el tiempo alrededor de Kagome.

Él no se movió. La miraba intensamente con la cabeza inclinada hacia la derecha, atento a cada movimiento que realizaba. Con determinación y la mayor elegancia que pudo, metió la mano dentro del bóxer azul oscuro y sacó a la vista el gran miembro erecto del hombre. Ella esperaba —muy dentro suyo— que él no notara el ligero temblor en sus manos y la inexperiencia de sus labios. Con gran expectativa, ella estrujó la cabeza suavemente, explorando con el pulgar la textura húmeda y caliente del falo. Vio cómo el hombre echaba la cabeza hacia atrás. Se lamió los labios y, sin quitarle la vista a sus reacciones, se acercó a él para engullirlo con el mayor cuidado posible. La humedad salobre fue recibida por su boca y de inmediato pensó en él como en un helado de agua, lamiendo, subiendo y bajando por toda su longitud, succionando hasta acabar con él. Sintió la mano del hombre posarse sobre su cabeza, guiando el compás de sus movimientos mientras ella intentaba —sin éxito— engullir por completo su longitud. ¡Era muy grande! Lo miró una vez más. Sus ojos brillaban en la oscuridad, mirándola con una inexplicable letanía. Impulsada por los sonidos de placer que escapaban de él, Kagome decidió probar el tacto de su miembro con los dientes y fingiendo una mordida arrastró apenas los dientes superiores sobre su piel.

Un sonido —más cercano a un rugido que a otra cosa— fue todo lo que Kagome percibió antes de sentir su espalda sobre la cama. Él se abalanzó sobre ella a una velocidad sobrehumana, besándola mientras con una mano bajaba la tira de vestido y exponía sus senos.

El tacto frío de los dedos de él contra sus pezones erectos hizo que Kagome arqueara la espalda. Tan perdida estaba en las nuevas sensaciones que ardían en su entrepierna, que no captó el brillo carmesí que pasó como una ráfaga en los ojos del hombre al cual pensaba entregarse.

¿Debería avisarle? Se preguntó cuando la sentó apenas lo suficiente como para quitarle el vestido por encima de la cabeza. Mientras retiraba la prenda, su boca apresó primero uno de sus pezones y luego el otro succionando, mordiendo y acariciándolo con la lengua con una fogosidad épica; ayudándose siempre con la mano para apretarlos y masajearlos. «"No"», pensó Kagome. Era mejor no decirle nada. Otra vez, sus pensamientos se perdieron en el instante en que sintió como él deslizaba una mano por su monte de Venus completamente depilado. Él la miraba directamente, sosteniendo sus ojos azules. Kagome no podía contener la excitación que le provocaba no saber quién se encontraba bajo la máscara, con su seno entre sus labios y su atención entera enfocada en ella. Cuando los largos dedos de él se metieron entre sus pliegues y empezaron a acariciar su clítoris, Kagome gimió. ¡Dios! Cada parte de su cuerpo tembló bajo él, sentía como su propia humedad se escurría entre sus piernas, haciendo que los dedos moviéndose sonaran como si se encontrasen chapoteando en medio de un lago.

Sin dejar de mirarla, el hombre bajó hasta su entrepierna y de un movimiento demasiado lento pasó la lengua por su clítoris, hinchado, rojo, receptivo. Kagome no podía creer que tenía a un ¡COMPLETO DESCONOCIDO! explorando lugares que nunca había permitido a nadie más visitar. Lo peor era que, en lo profundo de su cabeza, debía admitir que esto era lo mejor que le había pasado en la vida —hasta ese momento—. Sintió como él cuidadosamente introducía un dedo en ella y comenzaba a moverlo, sin dejar de lamer, succionar, morder... ¡Oh, diablos!

Con aparente experticia, el hombre metió otro dedo y luego uno más, aumentando el ritmo conforme su propia ansiedad por alcanzar el clímax se incrementaba. Fue así como Kagome llegó a su primer orgasmo, que no aplacó la calentura que sentía por dentro... Al contrario. Él se apartó y ágilmente se colocó sobre ella, llevando sus dedos húmedos hasta la boca de Kagome, haciéndola probar sus propios jugos, pero pronto los reemplazó por su boca incluso antes de que retirara sus extremidades por completo. El beso fue hambriento, cargado de anticipación. Kagome hundió las uñas en su cuero cabelludo al sentir la mano del hombre pellizcando su pezón contraído e hinchado por el manoseo. Tan sobrecargada estaba por las sensaciones que la invadían, que no notó cuando él acercó su miembro a su vagina. Apenas logró verlo separarse lo suficiente como para comerse un último gemido antes de tomarla del mentón.

—¿Quieres esto? —preguntó él.

La voz del hombre sonaba casi como un ronroneo, su mano libre hacía círculos suaves en la curva de su cintura.

—S-Sí... Sí, sí... por favor... —respondió Kagome, jadeando.

Sin pensarlo, Kagome lo miró con súplica, mordiéndose el labio, completamente rendida a él.

El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza, bajando la mano del mentón hasta su nuca y tomando su miembro con la mano que antes estaba en su cintura para lubricarlo con los propios fluidos de Kagome al frotarlo contra ella. Kagome sintió un nudo en la boca del estómago, obligándola a retener el aire en sus pulmones. Con delicadeza, él se introdujo con una estocada limpia, lo suficientemente rápida como para atravesar la barrera de su pureza y lo suficientemente delicada como para no partirla en dos. A pesar de todo, el destello de dolor que atravesó a Kagome la hizo soltar un gemido lastimero que él detuvo entre sus labios. Sin moverse, esperó lo suficiente como para que ella se acostumbrara al tamaño de su miembro viril antes de salir y entrar suavemente. Ese movimiento no solo trajo consigo la sangre roja vibrante diluida por los jugos de Kagome, el único vestigio que quedaba de su virginidad, sino que también robó un sonido gutural de él.

Alentada por el gemido de su ahora amante, la mujer de hermosos ojos azul profundo clavó sus uñas en la espalda del hombre, movimiento poco a poco sus caderas contra las de él. Y así, el hombre inició una danza rítmica que iba ganando velocidad y potencia de embiste. Aunque Kagome intentaba, no podía atajar los sonoros gemidos que abandonaban sus dientes. Sentía cada poro y cada centímetro de piel ardiendo. Sus mejillas, sus pechos, su vientre, su centro mismo... todo tomaba rubor conforme él y su aparente basta experiencia la llevaban al otro lado del placer. Antes de llegar a su siguiente orgasmo, de un ágil movimiento —sin salirse de su interior— él la levantó y la dejó a horcajadas encima suyo. Kagome, casi instintivamente, comenzó a subir y bajar su cuerpo, siendo cien por ciento consciente de la atenta mirada del hombre sobre su cuerpo. Tenía la vista perdida en sus senos, mientras los acariciaba con las manos de forma circular. Kagome arqueó la espalda, sosteniendo el peso de su cuerpo con las manos sobre los muslos de él, echada hacia atrás. En ese ángulo, podía sentir cómo su pene picaba la entrada de su útero y se arrastraba sobre la pared superior de su canal vaginal; todo mientras sus músculos internos lo succionaban más y más hacia el fondo. Los fluidos de Kagome caían mojando los testículos que golpeaban su perineo con insistencia. El sonido de piel contra piel se mezclaba con sus gemidos y el incesante siseo de las sábanas bajo ellos. Kagome nunca pensó que tan solo con escuchar a alguien gemir podría experimentar tanta excitación.

Las manos de él, ahora posadas sobre sus caderas, la ayudaban a subir y bajar, aumentando cada vez más el ritmo. Para ella, el mundo estaba a instantes de explotar. Todos sus sentidos y pensamientos se habían perdido en el presente, el hombre entre sus piernas, los sonidos y el calor que provenían su cuerpo sudoroso. Él pasó una mano por su espalda, pegando el torso de Kagome al suyo, antes de tantear sus labios y morderla con un movimiento brusco. Una hebra de sangre salió, llenando sus bocas con el sabor a hierro. El sonido gutural que escapó de la garganta del hombre hizo que Kagome inclinara la cabeza hacia un costado, apoyando la frente sobre su hombro y rodeando su cuello con los brazos.

Sintió entonces como los labios de él se posaban sobre su cuello expuesto y el filo de sus dientes se asentaba en ese lugar antes de recorrer la curvatura de su piel. Su aliento ardiente humedeció la superficie antes de succionarla con vehemencia. Lo sintió tensarse bajo ella.

¡Lo mataría si le dejaba un chupón! Pero, luego de...

Los pensamientos de Kagome se cortaron. Todo su sistema nervioso se concentró en la sensación de cómo él se estremecía en su interior, como su miembro se ensanchaba y volvía aún más caliente, palpitando dentro de las paredes de su núcleo. El ardor mismo que surgió de ella le sorprendió. Él la besó en medio del clímax, dejándola sentir el calor de su simiente brotando y bañando su interior. La sensación era simplemente indescriptible.

Kagome apoyó la cabeza en el pecho del hombre, su respiración agitada e irregular. Tenía los ojos cerrados y los brazos abrazando al desconocido que ahora le acariciaba los cabellos. Cuando recuperó el aliento, se separó lentamente él, sintiendo el escozor en sus partes íntimas. Con una ligera mueca de dolor se dejó caer boca abajo en la cama.

«"Probablemente se irá ahora..."», pensó. Sobre todo después de notar la enorme mancha de sangre sobre las sábanas blancas que ella misma había visto antes de ocultar su rostro entre los cabellos rubios de su peluca y la almohada. Una punzada de dolor la hizo removerse inquieta. Era normal, se dijo. ¿No podría haberle tocado un hombre más... promedio para su primera vez? Se sonrojó al recordar el enorme miembro del desconocido y volvió a excitarse. ¡Maldición!

Fuera de todo predicamento, él se acostó a su lado y la giró. Todavía traía la máscara, pero sus ojos grises la miraban de una forma indescifrable. Con más cuidado del necesario, Kagome sintió como él abría sus piernas.

—¡¿Q-Qué haces?!

Él la ignoró mientras llevaba la cabeza hacia sus partes íntimas.

—¡P-pero deja que limpi- Ahhh...

Kagome se cubrió la boca. ¡Pero si acaban de...! El hombre, sin importarle los restos de su último encuentro —sangre incluida—, comenzó a lamerla con suavidad. No se explicaba cómo; si eran las atenciones del hombre o la excitación que volvía a erizar sus pezones; pero el escozor desapareció y fue reemplazado por una necesidad aún mayor a la que sentía antes y una vez más, se mojó para que él la pudiese tomar el resto de la noche.

.

Despertó pasadas las tres de la tarde del día siguiente. Acurrucada entre sus sábanas, con su gato acomodado junto a sus pies. Kagome chilló al recordar todo lo que había hecho tan solo horas antes. Se sentía maravillosa, salvo por el dolor que tenía en todo el cuerpo... como si un tren le hubiese pasado encima. ¡Y vaya qué tren...!

Kagome se mordió el labio suavemente y apretó las piernas.

El escozor que había sentido al principio había desaparecido. Sin embargo, le dolían músculos que ni siquiera sabía que existían.

—Es hora de un té.


¡Una nueva propuesta para sacudir un poco el polvo en mi cuenta...! u/u Las que me leen desde hace años saben que mi fuerte no son los lemons, así que estoy aquí abierta (para Sessh también ;P ) y para aprender de ustedes uwu ¿Qué tal les pareció?

PD: No abandonaré mis otros fanfics...