EN EL CAMPAMENTO
Por Cris Snape
Disclaimer: Kono Oto Tomare! Es una serie escrita e ilustrada por Amyū y publicada en la revista Jump Square.
Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.
TABLA 6: Tropos. Prompt: Rescate indeseado.
TABLA 7: Personajes. Prompt: Oveja negra de la familia.
TABLA 8: Técnica. Prompt: One-shot.
Cualquier cosa que pase con los estudiantes durante las actividades extra escolares es su responsabilidad. Suzuka Takinami debe ataviarse con el traje de súper héroe e impedir que esa loca termine envenenándolos.
—Te lo repito por enésima vez, Kudō, no puedes añadir los ingredientes al tuntún.
Suzuka ha caído en la cuenta después de que ella lo haya mencionado. La recuerda vagamente de sus años de instituto. Una chica de primer curso con mal carácter y honestidad arrolladora. Ahora comprende a quién ha salido su sobrino.
—¿Qué sabrás tú? ¿Acaso eres cocinero?
—Vivo solo desde los dieciséis años. Sé cómo alimentarme a mí mismo. Dudo que tú puedas decir lo mismo.
Isaki deja de pelar zanahorias. O de mutilarlas, más bien. Agita el cuchillo de una manera peligrosa antes de llevarse las manos a las caderas.
—Siempre has sido un listillo.
—¿Disculpa?
—Desde el instituto. Ibas por ahí con esa actitud de oveja negra. No has cambiado nada.
Se cruza de brazos, incrédulo.
—¿Oveja negra?
Isaki vuelve a alzar el cuchillo, pasándolo justo por delante de sus narices. Y no es que le apetezca demasiado tocar a esa mujer, pero su integridad física está en peligro.
—Oye, ten cuidado con esto.
Le arrebata el arma. Ella parece incluso más enfada que antes.
—¡No te voy a apuñalar! —Se cruza de brazos y baja considerablemente el tono de voz—. Aunque no será por falta de ganas.
Suzuka bufa. Está alcanzando el límite de su paciencia. ¿Por qué está tan ofendida cuando la única que está creando comida tóxica es ella?
—Eres insufrible.
A lo mejor no tendría que haberlo dicho en voz alta. Ella se revuelve y su voz resuena por encima de la música de los kotos de sus alumnos.
—¿Yo? ¿Insufrible? ¡Pues anda que tú!
—Lo único que estoy haciendo es rescatar a los chicos de una muerte segura.
De repente, el rostro de Isaki adquiere tintes de figura de manga. Una venilla surge en su sien. Le tiembla el párpado.
—¿Muerte segura?
—Cuando cocinas es muy importante tener en cuenta las proporciones. Tienes que lavar bien las verduras y no quemar el pollo. No es tan difícil, joder.
Ahí está su primera palabrota en ¿cuántos meses? ¿Cuatro o cinco?
Isaki se yergue ante él. De repente, parece veinte centímetros más alta. Señala la puerta, inquebrantable.
—Fuera de mi cocina.
—¿Qué?
—¡Que te vayas! ¡Ahora!
¡Ja! Se atreve a gritarle. Suzuka está demasiado ofendido como para discutir nada con esa mujer. Además, tiene que vigilar a los estudiantes. Cuando esté un poco más calmado. Abandona la cocina por la puerta trasera y decide dar un paseo por los alrededores antes de retomar sus labores como consejero del club de koto.
No piensa dirigirle la palabra a Isaki Kudō en lo que queda de campamento.
Primero escucha el sonido. Es un desastre. Bien. No le preocupa en lo más mínimo. Para eso han organizado el campamento. Los chicos necesitan ensayar para mejorar y pronto obtendrán buenos resultados.
Después, el olor inunda sus fosas nasales. Pone los ojos en blanco. No le extraña nada. Alza el mentón y entra en la cocina como el atleta que acaba de obtener una medalla de oro en los Juegos Olímpicos.
—¿Qué? ¿Problemas con la comida?
Ahí está Isaki, con el pelo hecho un desastre y la ropa sucia de sustancias de diversos colores. A su derecha, una arrocera que contiene una extraña masa blanca y apestosa. Sobre los fogones, una sartén a rebosar de verduras y pollo abrasados. Kudō da un brinco en cuanto vislumbra su figura.
—¡Takinami!
Podría hacer leña del árbol caído, pero los muchachos necesitan alimentarse. Chasquea la lengua y se coloca un mandil oscuro.
—¿Cómo has podido cagarla tanto en tan poco tiempo?
La ve apretar los labios justo antes de contemplar su alrededor con incomprensión.
—No lo sé. Todo iba bien y entonces la arrocera empezó a echar humo y las verduras se pusieron negras.
La carcajada le sorprende incluso a él. Es capaz de disimularla en parte. Isaki escucha lo suficiente como para amenazarle.
—Como te burles, te meteré un cucharón por el culo.
Es inevitable. Suzuka se ríe a mandíbula batiente, sin ninguna clase de pudor. Isaki empieza a ponerse muy roja.
—Ya vale, ¿no?
El hombre alza una mano. Intenta controlarse. Resopla y estalla en risotadas.
—Dame un minuto.
Necesita calmarse si no quiere llamar la atención de los chicos. Mientras tanto, tira el arroz a la basura y observa las provisiones de la nevera. Una vez que regresa a la normalidad, se encara con Isaki.
—A partir de ahora, harás lo que yo te diga sin protestar.
Va a tomar las riendas de todo hasta que termine el campamento. No se espera para nada que Isaki se mese la barbilla y le guiñe un ojo.
—¡Uhm! Eso suena prometedor.
¿Qué?
Se le quitan las ganas de…
Bueno, se le quitan las ganas de todo. Ni siquiera comprende qué ha sido eso. Carraspea, rezando porque sea un mero producto de su imaginación, y se asegura de que las cosas estén preparadas para un nuevo envite culinario.
—Lava todas las verduras. Después, friega bien esa olla y las sartenes.
Puesto que ella se limita a hacerle caso, trabajan bastante bien el uno junto a la otra. Puede que Isaki carezca de talento para preparar un curri en condiciones, pero su labor como pinche es encomiable. Suzuka incluso llega a relajarse, hasta que Isaki decide romper el silencio establecido.
—Así que desde los dieciséis años.
¿De qué habla ahora? Suzuka la mira con una ceja alzada.
—Vives solo desde los dieciséis.
—¡Oh, eso! Pues sí.
—¿Por qué?
—Porque regresé a Japón para asistir al instituto y mi familia se quedó en Alemania.
No fue la etapa más feliz de su vida. Suzuka agita la cabeza. Isaki trabaja con la arrocera.
—Eras una oveja negra después de todo.
Lo dice con una sonrisa en los labios. Suzuka sigue sin entender ni una palabra.
—Quiero decir que podrías haber estudiado en algún colegio con un buen programa de música y viniste a nuestro instituto.
—¿Eso me convierte en una oveja negra?
—Todos en tu familia son músicos, ¿no?
Suzuka respira hondo.
—Recuerdo que renegabas de todo eso. Cada vez que alguien te pedía ayuda, los mandabas a la mierda.
—En mi vida he mandado a nadie a la mierda.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Isaki comienza a repartir porciones de arroz.
—Pero ahora has vuelto.
—Me vas a perdonar, Kudō. Eres demasiado críptica.
Para sorpresa de Suzuka, una mano femenina descansa sobre su hombro. Su primer impulso es el de apartarse. Logra mantenerse impertérrito.
—Has compuesto una canción extraordinariamente complicada para los chicos. ¿Por qué?
Es extraño, pero la frase hace que se sienta avergonzado en lo más profundo de su ser.
—Eso no es asunto tuyo.
Debería bastar para hacerla huir con el rabo entre las piernas.
—¿Por qué?
O no.
Suzuka suspira. Comprende que no se librará de ella con tanta facilidad.
—Los considero capaces de tocarla. Eso es todo.
Isaki le observa, como planteándose la posibilidad de que no esté siendo sincero. Tal vez no sepa que Suzuka siempre dice lo que piensa. Al final, sonríe y le palmea la espalda.
—Como sea, creo que esto ya está.
Han logrado preparar un curri medianamente aceptable en un tiempo récord. Suzuka consulta la hora. Es momento para un descanso. Justo antes de avisar a los chicos, siente una mirada insistente en su trasero. Al mirar a Isaki, la descubre contemplando los paneles de la pared.
Habrá sido cosa de su imaginación.
No es que fume mucho, pero de vez en cuando necesita un pitillo. Suzuka se aleja del edificio principal de la pensión y termina apoyado en el tronco de un árbol que tiene la mitad de las ramas secas. Se pregunta si será un mal presagio.
—¡Ah! Dame un cigarro, anda.
La llegada de Isaki le sobresalta. Cuando la mira, considera adecuado apartar los ojos de su figura. Lleva una camiseta demasiado escotada y un pantalón que ni siquiera es digno de recibir ese nombre. Le da el cigarro. Ella se recuesta contra el mismo árbol, a su derecha.
—Chika y Kōta salieron hace un rato. Están por allí.
Isaki alza un brazo y señala vagamente algún lugar ubicado en la distancia. Suzuka lucha por no mirarla. Se centra en los muchachos.
—Deben estar practicando con los kotos de cartón.
—¡Ja! ¡Qué tontería! Tienen kotos de verdad.
—Es medianoche, Kudō. La gente está durmiendo.
—Tú no.
—No.
—¿Por qué no?
Es tan cotilla. Suzuka chasquea la lengua.
—Podría preguntarte lo mismo.
Isaki se encoge de hombros.
—Pues hazlo.
Mujer insufrible. No piensa concederle el capricho.
Al cabo de casi un minuto de silencio, Isaki comprende que no le seguirá el juego y cambia de tema.
—¿Deberíamos ir a buscarlos?
—Será un esfuerzo inútil. Supongo que, a estas alturas, ya conoces a tu sobrino.
Isaki emite un ruidito como de ternura. Suzuka la mira de reojo, procurando obviar su camiseta de tirantes. La cara. Hay que mirar a la gente a la cara, sobretodo mientras hablas con ellos.
—No pretendo ser entrometido…
De verdad que no. Isaki le interrumpe.
—Pues no lo seas.
Suzuka traga saliva. Tal vez sea buen momento para ser fiel a sus propias palabras. La curiosidad pesa más.
—¿Qué haces ocupándote de Chika? La Isaki que recuerdo era demasiado irresponsable.
Y tenía solo quince años. Y ningún problema a la hora de regar con batido de chocolate a un novio infiel.
Está convencido de que recibirá una respuesta hostil. Tal vez se la merezca. Sin embargo, ella permanece tranquila.
—No tiene a nadie más.
Suzuka, es momento de parar.
—¿Sus padres?
Ahora sí, es inevitable fijarse en ella. Isaki se le ha plantado delante, con los brazos en jarra y sacando pecho.
—¿Nunca se lo has preguntado?
—No me ha parecido conveniente.
Ni siquiera es asunto suyo. Isaki Kudō le está mirando muy fijamente. Tarda lo suyo en responder. Parece analizar la situación con sumo cuidado antes de decidir si es digno o no de obtener esa información.
—Mi cuñada desapareció del mapa hace mucho tiempo. Mi hermano es un puto cretino.
Suzuka sonríe de medio lado. Isaki agita la mano, pidiéndole otro cigarro. Cuando Takinami le da fuego, llena los pulmones de humo tóxico.
—Mi padre me pidió que cuidara de Chika. No siempre ha sido fácil, pero no me arrepiento. Es un niño adorable.
Suzuka resopla. Bajo la luz de la luna, puede contemplar a esa mujer desde otra perspectiva.
—Tiene mucho talento.
Isaki sonríe. Su rostro se tiñe de melancolía.
—Sí. Mi padre se dio cuenta en cuanto lo escuchó tocar la primera vez. Yo pensé que exageraba, que le podía el orgullo de abuelo.
—Estaba en lo cierto.
Isaki le da otra larga calada al segundo cigarro.
—A veces creo que entre todos lo echamos a perder. Debimos darnos cuenta de que algo no marchaba bien.
Suzuka no tiene nada que decir. Ignora demasiados detalles como para comprender el alcance de sus palabras. Isaki suspira y mira hacia el cielo.
—¿Qué hubiera pasado con él si hubiese empezado su formación musical desde pequeño? Mira a Hōdzuki. Es maravillosa. Tal vez, Chika…
Se calla. Suzuka capta la amargura y la culpa en su voz. Prefiere no plantearse cómo fue la infancia de su alumno. No tiene ningún sentido imaginar universos alternativos.
—Es inútil hacer eso. La única certeza que tengo es que el chico aprende rápido. Nunca he visto a nadie a igual.
Isaki sonríe, orgullosa.
—¿Verdad que no?
Suzuka bufa.
—Pareces creer que tienes alguna clase de mérito en ese asunto.
A lo mejor no ha podido resistirse a la tentación de meterse con ella. Mirándola a la cara, eso sí. El cuerpo desde el cuello para abajo ni siquiera existe.
—Me gusta pensar que mi apoyo le es de utilidad. Idiota.
Sonríe. En serio. No quiere mirarla. Isaki está más cerca que un segundo antes.
—Al final no me has dicho por qué estás despierto a estas horas.
Gira la cabeza para verla bien. Emite un aura extraña. ¿Qué está tramando?
—¿Por qué estás despierta tú?
Tiene la sensación de haberse metido él solito en la boca del lobo. Isaki Kudō le guiña un ojo por segunda vez en un día.
—Los fines de semana suelo estar con hombres. Han pasado tanto desde la última vez.
Está…
Está…
Atónito.
Indignado.
Quiere salir corriendo.
A duras penas, logra mantener la compostura. Apaga la colilla del cigarro contra el tronco del árbol. Se incorpora.
—Suerte con eso.
No mira atrás, pero sabe que Isaki le está mirando el culo. Otra vez.
La palabra es incómodo.
Isaki Kudō consigue que se sienta total y absolutamente incómodo.
Le observa con los ojos entornados y Suzuka juraría que hay segundas intenciones en ese "Buenos días".
La ayuda a preparar el desayuno. Está decidida a preparar unos onigiris y se muestra un poco menos torpe que el día anterior. Parece contenta y sonríe todo el tiempo.
—Mi padre cocinaba todas las mañanas. Lo recuerdo con la bandana en la cabeza y las zapatillas con dibujos que le regalaba por su cumpleaños. Claro que en aquel entonces no sabía apreciar lo que tenía.
Insiste en hacer comentarios personales. Íntimos. Sí. Incómodos. Suzuka resopla.
—¿Tus padres te preparaban la comida?
Carraspea.
—En casa teníamos una cocinera. Era alemana. Preparaba muchas salchichas.
La recuerda bien. Una mujer enorme, rubia, imponente. Aterradora. Durante la infancia, tuvo unas digestiones de mierda. Seguro que por su culpa.
—¡Ja! Así que eres un niño rico.
Suzuka tuerce el gesto, irritado.
—Claro. Niño rico, oveja negra. ¿Qué otros calificativos encuentras para mí?
Lejos de cortarle el rollo, Isaki sonríe con malicia. Se lleva un dedo al labio inferior.
—¡Uhm! ¿Hombre aburrido? Eres profesor de matemáticas, ¿no?
No dignificará sus palabras con un comentario.
—¿En qué trabajas tú?
—Desarrollo gráficos para videojuegos en una empresa tecnológica. Me pagan bastante bien.
Suzuka no sabe qué decir. No esperaba algo como eso. En realidad, no esperaba nada porque jamás ha pensado en la profesión de esa mujer. En todo caso, no tiene aspecto de dedicarse a la informática.
—¡Qué interesante!
A tenor por su expresión, ella es incapaz de dilucidar si es sarcástico o no. Ni el propio Suzuka lo sabe.
—No te creas. Al principio fue una mierda. Mi superior intentó meterme mano, así que me las apañé para grabar lo cerdo que es y amenacé con publicarlo en redes sociales. Desde entonces, todo fue como la seda.
No sabe mucho sobre videojuegos, pero tiene toda la pinta de ser un mundo de hombres.
—¡Qué taxativa!
—Era eso o pegarle una patada en los huevos. Y en la empresa están prohibidas las agresiones físicas.
—Es una opción interesante. En el instituto, ¿no le rompiste la nariz a alguien?
Para su sorpresa, Isaki gruñe. Parece hastiada de esa vieja historia.
—Eso es una leyenda urbana, Takinami. Es cierto que le metí un puñetazo al conserje, pero sólo sangró un poco. No le rompí nada de nada.
Suzuka intenta hacer memoria.
—¿El conserje no era un tipo chepudo y sin dientes?
—Un pervertido. Eso es lo que era. Una vez arrinconó a mi amiga Rin en el armario de las escobas y le tocó las tetas. ¡Qué puto asco!
—Es verdad que había muchos rumores al respecto. No entiendo por qué no lo echaron.
Isaki aprieta con mucha fuerza su bolita de arroz, como si la indignación del pasado hubiera regresado.
—En cambio, a mí me expulsaron durante una semana entera. Menos mal que papá me felicitó.
Takinami alza las cejas. Por lo que sabe de los Kudō, no le extraña nada.
Es extraño, pero, casi sin darse cuenta, ha empezado a sentirse un poco más cómodo. Tal vez por eso formula la siguiente pregunta. O a lo mejor tiene fiebre.
—¿Y tu madre?
Un halo de tristeza oscurece los ojos de la mujer durante un breve instante.
—Mamá murió cuando yo era pequeña. Papá tuvo que cuidarnos a mi hermano y a mí. Creo que lo hizo bastante bien, aunque él salió un poco… torcido.
Suzuka asiente. No hay que ser muy perceptivo para captar el profundo desprecio que esa mujer siente hacia el padre de Chika Kudō.
—¿Hablas con él?
Otro planteamiento estúpido. Está loco.
—Lo justo y necesario. Me gusta llamarle para hablarle de Chika. Le fastidia un montón, así que lo llamo bastante a menudo.
Tiene que reírse.
—Mira que eres mala.
Isaki aprieta otra bola de arroz.
—¡Ja! Si se piensa que puede vivir como si no fuera un cabrón de mierda, va listo.
—Se nota mucho el afecto fraternal.
—¿Verdad que sí?
Intercambian una mirada. Suzuka se siente casi cómplice. Y es mucho mejor mirar a Isaki cuando está vestida. Incluso si hace comentarios inadecuados.
—Tú no ves a tu familia muy a menudo, ¿verdad? Tengo entendido que todos están en Europa.
Puede que esté bajando la guardia con esa mujer, pero aún conserva un mínimo de cordura. Y es un tipo reservado. Sabe cómo oponer resistencia.
—Siempre nos quedarán las video llamadas.
Isaki bufa.
—Mira que me das poco material para cotillearte.
—Porque no estoy interesado en algo como eso. ¿Qué beneficio me reportaría?
—Eres un hombre egoísta, pensando únicamente en las recompensas.
Suzuka se encoge de hombros.
—Bueno, Kudō. A nadie le amarga un dulce.
Ella le mira con los ojos entornados durante unos segundos. Al final, le sonríe.
El desayuno ya está listo.
La primera vez que acudió a unas aguas termales, tenía diecinueve años. Fue un tanto traumático. Se coló sin querer en la sección femenina y terminó con media cara hinchada y en el cuartucho que tenían los tipos de seguridad. Tal vez por eso, no sean su lugar favorito del mundo. Las visita muy de tarde en tarde y se asegura de no meter la pata.
Si lo analiza con frialdad, no están nada mal. El agua caliente relaja y bañarse al aire libre es agradable. Cierra los ojos, disfrutando de la soledad. Vivir rodeado de música le ha hecho amar el silencio. De cuando en cuando, lo necesita. Respira hondo, sintiendo el vapor aliviar la tensión de sus pulmones. Podría quedarse dormido allí mismo.
—Hola, Takinami.
¿Qué puñetas…?
Pega tal brinco que está a punto de salir del agua. Gira la cabeza hacia la derecha y, no, no han sido imaginaciones suyas.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Isaki Kudō envuelta en una toalla diminuta y con el pelo sujeto en un moño.
Bueno, no.
Isaki Kudō desnuda y metiéndose en el agua.
—Me baño.
No puede hablar. Ni siquiera puede pensar. Sólo es capaz de mirarla con cara de pasmo mientras su corazón late a mil por hora.
Está desnuda.
¡DESNUDA!
No es como si su ropa habitual dejara demasiado a la imaginación, pero es…
Es…
¡Mierda!
Desliza la mirada hasta su propia entrepierna. Eso no puede estar pasándole.
Maldita sea.
Necesita respirar varias veces y darle la espalda para recuperar un poco la compostura.
—¡No puedes estar aquí!
La voz no le sale tan aguda como cabría esperar.
Isaki está bastante calmada.
—¿Por qué no? Los baños son públicos.
No tiene palabras.
—¡La zona de las mujeres está allí!
Señala la valla de madera que separa ambas partes. No puede ver que Isaki está bastante relajada en su lado de la piscina, con los ojos entornados y una sonrisa maliciosa en el rostro. Debe pensar algo así como "a grandes remedios, soluciones drásticas".
—Me gusta la vista desde aquí.
—¿Qué vista, por Dios?
No puede más. Agarra su toalla y sale del agua. Necesita huir, no escuchar burlas.
—No sabía que fueras tan tímido.
—Ni yo que fueras una acosadora.
Pretende sonar ofensivo. Ella se ríe.
—¡Ah! Lo has notado. ¡Qué mono!
¿Mono?
Suzuka acierta a cubrir su masculinidad y, ahora sí, se gira para enfrentarla. Gracias al cielo, no se le ve nada. O casi nada. La figura femenina se vislumbra deformada por las ondas acuáticas.
—Estás loca.
No es una pregunta, ni un insulto, ni nada parecido. Es la constatación de un hecho. Puede notar como las mejillas le arden y la polla le tira ahí abajo. Puta madre.
—Veo que llevas mucho sin echar un polvo.
¿Cómo ha podido saberlo?
No. No es momento de sentirse avergonzado.
Indignación.
Es el sentimiento adecuado.
—¡Kudō!
No le sorprende que ella se ponga en pie. Ahora sí que está bien jodido. Isaki tiene todo justo donde tiene que estar. Y es bastante bonito.
Mierda.
—Suzuka. Somos dos personas adultas. Estamos solteros y no tenemos compromiso. ¿Por qué no pasarlo bien?
Porque…
¿Por qué?
Porque él no hace esas cosas. Porque se supone que están cuidando de un montón de adolescentes. Porque están en un lugar público y cualquiera podría verlos. Porque Isaki es la tía de uno de sus alumnos y no parece demasiado cuerda.
¿Por qué está tan cachondo?
Joder.
—Estás loca.
Comienza a acercarse.
Peligro.
Sal corriendo, Suzuka.
—Eso ya lo has dicho antes.
Está pegada a él.
Huye, insensato.
—Quieta.
Le rodea el cuello con los brazos.
Mierda, Takinami. Idiota.
—¿Seguro que quieres eso?
Le da un beso. Nada de medias tintas. Apenas le roza los labios y ya está explorando su boca con la lengua. Es suave y áspera al mismo tiempo. De alguna manera, las manos de Suzuka han tomado vida propia y están sujetando a esa chiflada por la cintura.
Es un fracasado, pero tiene condiciones.
—Vamos dentro.
Ella sonríe. Le otorga la libertad durante unos segundos, el tiempo justo para cubrirse de nuevo con la toalla. Después, agarra su mano y lo arrastra al interior.
Nunca un viaje escolar resultó tan gratificante para Suzuka Takinami.
Hay una araña en el techo. Es pequeña y lleva un buen rato sin moverse. ¿Estará muerta? Intenta distraerse inventando la historia vital de ese bicho repugnante, pero al final se acuerda de lo que acaba de pasar. Se tapa la cara con las manos.
—Mierda. ¿Qué hemos hecho?
Es un lamento patético.
—Se llama follar.
Isaki está sentada a su lado, fumándose un cigarro y con el móvil encendido.
Demonios.
—Cállate.
Necesita estar en silencio. Ella le mira de reojo.
—No seas tan susceptible.
—¿Qué quieres que haga?
—No sé. Podrías relajarte un poco.
Podría hacerlo. Después de todo, Isaki tiene razón. Son dos personas adultas y han actuado libremente. No necesitan dar explicaciones a nadie y, sin embargo, no puede evitar pensar en él.
—Tu sobrino duerme a unos pocos metros de distancia.
Si ella comprende sus reparos, finge no hacerlo.
—¡Uhm! ¿Crees que nos habrá escuchado?
No. Han sido bastante silenciosos. Suzuka se sienta en la cama.
—¡Kudō!
Isaki debe ser consciente de su consternación, puesto que frunce el ceño.
—No pongas esa cara o acabarás con toda la diversión.
—¿Eso es lo único que te preocupa?
Se lo piensa durante un instante.
—Casi siempre. Sí.
Genial. Está con una loca inconsciente. Y eso que se jacta de ser un hombre responsable y serio. Maldita sea.
—Por si te tranquiliza, no hablo con Chika sobre mi vida sexual. Al pobrecillo podría darle un infarto. Es tan inocente.
Sí. Ya. Claro.
Takinami apoya la cabeza en la pared.
—Esto no puede volver a pasar.
Isaki deja el móvil. Parece haber captado su atención.
—¿Por qué no?
¿En serio?
—Es obvio.
—Te equivocas. No es para nada obvio.
—¿No?
—No es que seas el mejor amante que he tenido, pero no ha estado mal. ¿No te apetece una segunda ronda?
Coloca la mano en su entrepierna. Da un respingo y se aparta de inmediato.
—¡Oye, tú!
Isaki chasquea la lengua.
—Eres un viejo aburrido.
—¿Viejo?
No es viejo en absoluto.
Isaki le da unas palmaditas en el hombro.
—Te preocupas demasiado, Suzuka.
Para nada.
O tal vez sí.
A esas alturas, sólo sabe que no sabe nada. Y también que mirar los pechos de esa mujer endiablada ha vuelto a excitarle. Ni que fuera un adolescente salido.
Bien. Al menos es una oportunidad para demostrar su valía. Sin más preámbulos, se abalanza sobre Isaki y la obliga a recostarse. Devora su boca.
—Te voy a demostrar de lo que es capaz este viejo.
Ella sonríe sin dejar de mirarle a los ojos. Se lame los labios.
—Te lo suplico.
Hija de puta.
Bien. Si quiere guerra, guerra tendrá.
La mejoría de los chicos no le sorprende. El campamento ha sido breve, pero han conseguido sacarle bastante provecho. También han tenido ocasión para presenciar la actuación de una escuela rival. Suzuka puede sentir el miedo de los muchachos, así como su competitividad y las ansias por mejorar en pos de la victoria. Es muy pronto para apostar por ella, pero no le cabe la menor duda de que lo darán todo para alcanzarla.
Podría decirse que todo marcha bien, pero Suzuka se siente inquieto. Durante el viaje de regreso, no ha dejado de observar a Isaki. Se comporta como si nada hubiera ocurrido y supone que debería hacer lo mismo. Sospecha que un par de polvos no son nada importante para ella y, en realidad, tampoco deberían serlo para él. No es como si mantuvieran una relación estrecha. Podría olvidarse de lo ocurrido y seguir con su vida como si nada. Siente que es lo correcto y, sin embargo, llama su atención cuando llegan a la escuela.
Los chicos se han marchado, preparados para compartir una hamburguesa en algún establecimiento de comida basura. Akira se ha despedido inclinado la cabeza. Suzuka ha notado algo en su expresión. ¿Acaso lo sabe? No puede ser. Prometieron ser discretos. En cualquier caso, es Isaki la única que le interesa. La aborda cuando se dispone a subirse en su vehículo.
Está guardando las maletas. Tiene el ceño fruncido. Masculla para sí misma.
—Este niño. Se piensa que soy su criada. Maldito mocoso.
—Oye, Kudō.
Ella da un respingo.
—¡Ah, Takinami! Estás aquí.
—¿Necesitas ayuda?
La bolsa de viaje parece pesada. Ella niega con la cabeza.
—Para nada. Estoy bien. Que se noten las horas de gimnasio.
—¿Vas al gimnasio?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso no se nota lo en forma que estoy?
Marca sus bíceps. Suzuka se lleva una mano al cabello, recordando lo flexible que es esa mujer. Procura mantenerse serio.
—Tenemos que hablar.
Isaki cierra el maletero. Suspira con fastidio.
—Justo lo que me temía.
Camina hacia la puerta del conductor, como si pretendiera salir pitando. Suzuka se interpone en su camino.
—Insisto. Necesitamos aclarar la situación.
Ella pone los brazos en jarra.
—¿A qué situación te refieres?
Suzuka suspira. Procura aclarar sus ideas antes de hablar.
—No espero que hagamos manitas a partir de ahora, pero tampoco podemos obviar lo ocurrido.
Isaki también respira hondo. Se frota el puente de la nariz. Cuando le mira, hay determinación en sus ojos.
—Mira, Takinami. Imagina que has pasado el fin de semana relajándote en el campo. Allí has conocido a una mujer guapísima y súper simpática, habéis tenido sexo medianamente aceptable y se os ha olvidado intercambiar los números de teléfono. No tienes manera de contactar con ella. Estarás cachondísimo durante unas cuantas noches, al recordarla, pero al final terminarás conociendo a otra persona y la olvidarás. ¿No te parece genial?
Así que lo tiene todo pensado. Su historia no suena nada mal. Quedan libres de remordimientos, compromisos y futuro. Se mete las manos en los bolsillos. Encoge los hombros.
—Supongo.
—Perfecto, entonces. Si me disculpas, tengo que irme a casa.
Ahora sí, le permite acceder al coche. Isaki se mete dentro, se ajusta las gafas de sol y le dirige una última mirada.
—Si hay algún problema con Chika, no dudes en decírmelo.
—Por supuesto.
—Hasta luego, entonces.
—Adiós.
Se despide alzando una mano. Isaki Kudō abandona el estacionamiento quemando rueda. Ha sido un campamento de verano francamente interesante, pero es momento de centrarse en las cosas importantes. Falta poco para las nacionales. Los chicos aún tienen mucho margen de mejora. Los vigilará de cerca y velará por sus intereses. Y, por primera vez en mucho tiempo, disfrutará haciendo algo que tiene que ver con la música. Él ha dado al club de koto una composición fantástica. Esos muchachos le han devuelto la ilusión. Nunca podrá dejar de agradecérselo.
FIN
