I want protect You

La cálida luz del crepúsculo se filtraba por el cristal de la ventana, acariciando con sus últimos rayos las frías paredes blancas del consultorio. La pareja de ancianos se encontraba sentada frente al escritorio, esperando pacientemente a que el médico llegará. De forma discreta, el hombre sostenía la mano de su esposa, en un intento por calmar sus nervios. Siempre había detestado los hospitales, el olor y el ambiente lo hacían sentir muy incómodo, pero hubo ocasiones en las que tuvo que sobreponerse ante su aversión y entrar al edificio, está era una de esas veces.

Hace un par de años, Hange había comenzado a tener pequeños problemas con su memoria, primero olvidaba trivialidades pero poco a poco comenzó a hacerlo con cosas más importantes, por lo que Levi la llevó al hospital y tras una serie de exámenes le detectaron Síndrome de Alzheimer, es decir que estaba condenada a ir olvidando toda su vida con el paso de los años. Afortunadamente, les había dicho el médico, el diagnóstico fue hecho a tiempo por lo que aún podían aminorar los efectos a base de medicamentos y una estricta vigilancia, por lo que cada mes acudían a consulta para que revisaran el avance de la enfermedad.

La revisión transcurrió con absoluta normalidad, exámenes físicos, muestras de sangre, y aunque el tratamiento estaba dando buenos resultados, el daño en el cerebro era ya considerable por lo que una mejoría era casi imposible. Salieron del hospital ya entrada la noche, ambos caminaron en absoluto silencio hasta el coche. Una vez se pusieron en marcha, Hange habló.

-Levi, creo que ya es tiempo de que consideremos lo de la casa de retiro.

Cuándo ella se enteró de su enfermedad, había comenzado a buscar diferentes asilos a los que podría ir cuándo fuera necesario, pero su esposo se molestó y le prohibió el siquiera mencionarlo.

-¿No fui lo suficientemente claro la vez pasada?

-Sí, pero la situación ha cambiado. Escuchaste al médico, desde éste punto es imposible que tenga alguna mejoría y mi estado solamente va a ir empeorando día con día.

-Lo sé, pero no estoy dispuesto a abandonarte en un asilo. Ni yo ni tú hijo lo haremos.

Hange no se molestó en insistir, sabía que era en vano ya que si algo caracterizaba a Levi Ackerman, además de su mal genio, era su terrible terquedad. Hacía más de treinta años que estaba casada con él, y hace mucho que había perdido la esperanza de hacerlo cambiar, pero el colmo de todo fue que su hijo saliera peor de necio que su padre, ante semejante par ella no tenía nada que hacer.

El camino de regreso transcurrió en paz y llegaron a su hogar sin ningún contratiempo. Al entrar en la casa, ella se dirigió a la cocina para preparar un poco de té mientras él revisaba los mensajes de la contestadora, todos eran de su hijo preguntando por el resultado de la revisión médica. Decidió regresar la llamada para informarle, levantó el auricular y marcó de memoria la serie de números. Un par de minutos después entró a la cocina y miró a su esposa que sostenía el frasquito de la azúcar.

-¿Qué pasa?

-Estoy tratando de recordar si ya les puse azúcar o aún no. -Respondió señalando las dos tazas humeantes que estaban sobre la mesa.

-Eso se sabe fácilmente. -Tomó una.de ellas y le dió un sorbo. -Aunque no le pones.

-En verdad odio esto. -Hizo un pequeño mohín de desagrado.

-Ya, no pasa nada, y no es tu culpa. -La tomó del brazo y la sentó a su lado.

-Lo sé, pero aún así me molesta. Me siento tonta e inútil.

-No pienses eso. Nuestro hijo va a venir éste fin de mes.

-¿Kuku y Lulu vienen también?

-Sí, ya salen de vacaciones.

-Genial, voy a hornearles sus pastes favoritos.

Se trataba de sus nietos, dos niños encantadores y juguetones a los que les encantaba ir de visita con los abuelos. Ambos adoraban a esos pequeños y procuraban siempre consentirlos cuando los tenían de visita.

Los días transcurrieron lentamente ante la espera de la visita prometida. Hange se esforzaba por mostrarse mucho mejor de lo que en verdad se sentía, quizá debido al saber que su enfermedad iba progresando, en éstos últimos días había tenido más episodios de olvido.

El día tan esperado por fin llegó. Ella estaba terminando de hornear las galletas favoritas de su hijo cuándo la puerta se abrió y entraron dos pequeños corriendo. Ambos niños abrazaron efusivamente a su abuela, y tras ellos entró un joven alto, de pelo oscuro y gafas gruesas tras sus ojos azules.

-Mamá, ¿Cómo has estado?

-Udo, cariño. Bien, bien, ya sabes.

-Lucien, Kuchel ¿Saludaron correctamente a su abuela?

Los niños corrían por la cocina alegremente ante la vista amorosa de sus abuelos. Levi contemplaba la escena que se desarrollaba, amaba a sus pequeños nietos sin embargo sentía cierta predilección por la menor, y no era sólo por el hecho de llevar el nombre se su madre, si no más bien porque era una versión en miniatura de su esposa. Cabello castaño, ojos de color chocolate tras unos infantiles lentes, pero sobre todo esa personalidad alegre y extrovertida. Contrariamente a su hermano que había heredado el físico y la personalidad de la madre de ambos.

Siempre se había preocupado cómo fue Hange de niña, la imaginaba traviesa, platicona y muy risueña, pero desde que Kuchel nació tenía la seguridad. Udo también poseía ese carácter explosivo, y a Hange siempre le causó risa el hecho de que fuera físicamente parecido a él pero tan diferente en personalidad.

Los días transcurrieron en completa armonía, con los juegos y risas de los más pequeños y las conversaciones entre padres e hijo. Una mañana antes de marcharse, Levi llamó a su hijo al patio para poder conversar tranquilamente mientras Hange se encontraba jugando con los niños.

-¿Cómo está mamá?

-Bien a ratos. Últimamente ha comenzado a olvidar más cosas, pero tú presencia y la de los niños parece haberle hecho mucho bien.

-¿Entonces no hay nada más que hacer? Podemos consultar con otro medio, quizá haya algún tratamiento nuevo, no sé.

-Créeme que lo he pensado, pero el doctor fue muy claro. De aquí en más es imposible detener el deterioro

El menor se llevó la mano al rostro en muestra de su impotencia. Se negaba a aceptar que no podía hacer nada por ayudar a su madre.

-¿Sabes qué me dijo? Volvió a mencionar esa maldita idea del asilo.

-Te negaste, ¿cierto?

-Por supuesto que sí. No hay forma de que permita que ella esté en un lugar así. ¿Quién la puede cuidar y proteger mejor que yo?

-Nadie papá, pero también debemos considerar que es probable que en el futuro necesites ayuda. Se suponía que iba a ser una sorpresa, oemos estado hablando sobre esto, y tomamos una decisión. Voy a pedir mi traslado y nos mudaremos para estar cerca de ustedes.

-Me alegra oír eso. Sabes que tu madre los extraña mucho, y yo también.

La noticia la alegró muchísimo y de esa manera no se sintió tan triste con la despedida. El planear lo que haría cuando la familia de su hijo se mudará cerca la tenía muy animada.

Lamentablemente pocos días después de la visita, la salud de Hange decayó drásticamente. Una mañana se despertó completamente aturdida, no recordaba dónde estaba y eso la hizo sufrir un ataque de ansiedad. Levi, que estaba en la cocina preparando el desayuno, se alarmó al oír los gritos de su esposa. Rápidamente ingresó en la habitación y la vió en un rincón, echa un ovillo mientras miraba aterrada todo a su alrededor. Con cuidado de no alterarla más, se acercó y ella lo dejo hacer, había algo en él que la hacía sentirse a salvó. Poco a poco los recuerdos de su vida juntos comenzaron a llegar a su mente y se dió cuenta de que a pesar que sus memorias parecían desvanecerse en un instante, lo único inmutable dentro de ella era el inmenso amor que sentía por su esposo, deseaba que eso nunca cambiará.

-Tengo miedo Levi -Confesó la mujer mientras abrazaba fuertemente a su esposo. -Cuándo me diagnosticaron, creí que olvidar cosas cómo mi nombre y eso sería lo peor, pero ahora me doy cuenta de que no es así. Son las pequeñas memorias, cómo cuándo nos conocimos, la primera cita, cosas así, me va a doler mucho perder esos recuerdos.

-No pienses en ello. Si tú no eres capaz de recordar esos momentos juntos, yo los recordaré por los dos.

-¿Me lo prometes? ¿Prometes recordar cada instante de estos años y amarme cómo el primer día.

-Te lo juro, y te juro que cada día te amaré aún más.

-Y yo te juro que a pesar de no sea capaz de recordarte, te voy a seguir amando, aún cuándo seas un completo desconocido para mí.

-Nunca seré un desconocido, muy dentro de tu corazón sabrás quien soy, y eso será suficiente.

-Tienes razón, mi alma siempre te recordará.

-Y yo voy a protegerte por siempre.