Sonata en el silencio
Para la TodoDeku Music Week
Día 1: Canción Favorita / Música Clásica
La vida de Izuku se volvió un silencio continuo desde el accidente. Al volver del hospital tiró todas sus partituras, vendió su piano y viendo su futuro, todos sus sueños y anhelos desgarrados, decidió que nada valía la pena. Siguió adelante por su madre, porque había visto lo mucho que había sufrido cuando su padre los había dejado, y dejarla sola le parecía incluso más aterrador que seguir viviendo sin la música.
Entró a estudiar ingeniería porque fue lo que Toshinori, un amigo de su madre, le sugirió y le consiguió una beca para la prestigiosa universidad privada de la que era profesor y le aseguró que encontraría un nuevo motivo para el cual disfrutar los días. Lo dudaba, pues sin la música todo había perdido sentido para él, pero Inko se había alegrado tanto, que no había podido negarse.
Los días se pasaban como un acorde desafinado, por más que trataba de encontrar el tono correcto no daba a la nota. Iba a la universidad, tomaba las clases, hacía su tarea y el resto del tiempo lo pasaba mirando el vacío, era el tiempo que en otra época —en otra vida— usaba para ensayar.
Llegó el otoño y el frío hacía que su mano derecha le doliera más, fantasmas del dolor que sintió durante el accidente, sus huesos tronando al moverla. Eso lo ponía de peor humor, ni siquiera podía fingir que estar ahí era su decisión, que era lo que quería, porque las punzadas constantes eran un recordatorio de que lo había perdido todo.
Un día, caminando por la universidad buscando un salón donde sería la clase durante esa semana, escuchó algo. Se quedó paralizado, con el corazón desbocado y la nostalgia recorriéndole las venas. Una melodía lo atrajo hasta uno de los salones de ese pasillo: su canción favorita. No era perfecta, se notaba que quien la tocaba apenas la estaba aprendiendo, atorándose en algunas partes. Pero con cada nota su cuerpo se estremecía, haciendo que su corazón latiera en staccato. Se asomó.
Era un salón de música, algunos instrumentos acomodados en el fondo mientras no eran utilizados y las bancas con atriles, en el frente un precioso piano de cola emitía la música que un joven le transmitía con sus dedos. Izuku miró al pianista, su apariencia era peculiar pues tenía el cabello de dos tonalidades: mitad rojo y mitad blanco, su rostro era tan hermoso que, incluso con la cicatriz que le abarcaba una gran parte de él, era perfecto. No alcanzaba a ver sus ojos, pues estos estaban dirigidos a las partituras frente a él.
La canción se terminó e Izuku se fue antes de que el chico descubriera que había tenido público. Se apresuró a limpiarse las lágrimas antes de llegar a su clase, aunque al final no entró . No sabía si escuchar esa canción le había hecho bien o si le había hecho más daño la certeza de que nunca más sería él quien la haría sonar. Abrió y cerró su mano, apretándola, para que el dolor le recordara que la música ya nunca más estaría en su vida.
No pudo resistirse en volver a pasar por ahí al día siguiente y todos los días a partir de aquel. No siempre estaba el chico tocando el piano, a veces salía corriendo de ahí para no escuchar los ensayos de la clase de música, la única tortura que aceptaría sería la pieza de piano, no más.
Se aseguraba de que no lo viera, ocultándose recargado en el muro junto a la puerta. Deseaba poder ver cómo las manos se deslizaban y los dedos se movían sobre las teclas, pero el ángulo no se lo permitía. Mientras mejor sonaba la pieza, más triste se sentía, pero, al mismo tiempo, más lleno sentía su corazón. Un poco como antes, cuando podía sonreír.
—Puedes entrar a escuchar aquí, si lo prefieres.
Izuku se sobresaltó, pues nunca esperó que lo descubrieran. Consideró huir, consciente de que si lo hacía no podría volver a escucharlo, así que decidió que era mejor entrar.
Los ojos del pianista eran azules, aunque uno más gris que el otro; se clavaron en Izuku apenas entra, provocándole más vergüenza de haber sido descubierto, se sonrojó inevitablemente.
—Tocas muy bien. —Logró sacar la voz para romper el silencio que se hizo al dejar de sonar la música—. ¿Estás ensayando para algo?
El pianista negó, sonriendo, y su sonrisa provocó en Izuku exactamente lo que escuchar la canción había causado en él: anhelo.
—Es mi canción favorita, solo eso. —Cerró la tapa del piano—. Soy Shouto Todoroki, ¿y tú?
—Izuku Midoriya —respondió, esperando la reacción que su nombre solía tener en la gente que se dedicaba a la música, pero esta no llegó.
—Mucho gusto, Midoriya. ¿No eres del departamento de música? ¿o sí? No creo haberte visto antes.
—No, estudio ingeniería. Sólo pasaba por aquí y escuché la canción, también es mi favorita.
—Oh, ¿sabes de música, entonces?
«No tienes ni idea».
—Un poco, sí.
Todoroki volvió a sonreír, una sonrisa pequeñita, apenas la comisura de su boca. A Izuku le dieron ganas de tocarla para robársela para sí mismo.
«¿Cómo es posible que una sonrisa tenga música?»
—Puedes… ¿puedes tocarla de nuevo?
Llegó antes que Todoroki. Sin él, el salón estaba demasiado vacío y el piano se burlaba de él. «Nunca podrás tocarme de nuevo», parecía decirle. «Aunque tomes terapia física o te operes, el daño a tus tendones es demasiado», repetía lo que los doctores le habían dicho en el hospital.
Lo que no habían dicho es cómo le dolerían los dedos con el frío, o que habría días que incluso sostener un libro le costaría trabajo. Tampoco habían dicho cómo sería el vacío, el silencio desgarrador, el no poder hacer más lo que amaba.
«Te odio», le gustaría decirle al piano, «no te extraño». Pero serían mentiras.
Se sentó frente al piano. En un segundo llegaron a su mente recuerdos de la calidez de las teclas bajo sus expertos dedos, acariciándolas; de las melodías llenando sus oídos, la vibración de las cuerdas al compás de su corazón; de los aplausos y de las sonrisas que provocaba con su música. Del accidente: del niño a punto de ser aplastado y del impulso que lo había llevado a correr para salvarlo, antes de que siquiera lo pudiera pensar en las consecuencias. Del dolor excruciante de los huesos al romperse, la sangre, los gritos, el llanto. Y, después, el silencio.
—Puedo enseñarte si quieres.
La voz de Todoroki lo sacó de sus recuerdos. Izuku se paró rápidamente y retrocedió unos pasos, alejándose del piano.
—No, no es necesario. Estaba hum… —Se sonrojó—. Esperándote.
—Siento haber tardado, mi profesor de composición me retuvo más de la cuenta. Me alegra que no te fueras.
Izuku sonrió nervioso, alejándose un poco más mientras que Todoroki se acercaba y tomaba asiento en el banco del piano, abrió la tapa, se quedó unos minutos mirando las teclas, luego volteó a ver a Izuku y se recorrió un poco en el banquito, palmeó el asiento.
—¿No te quieres sentar aquí?
—¿Ah? —El color subió por todo su rostro— No, gracias. —Se cruzó de brazos—. Así estoy bien.
Todoroki sonrió y comenzó a tocar. Izuku no había escuchado nunca esa canción, pero era hermosísima. Normalmente, para disfrutar una pieza al cien, cerraría los ojos, pero no quería dejar de ver al pianista que tocaba como si la vida se fuera en ello, sus hábiles dedos, delgados y perfectos, sus hombros moviéndose ligeramente al tocar, su rostro concentrado, la sonrisa pequeñita… Sentía como si un hilito tirara de su corazón hacia él, al ritmo de la música. La canción paró, no parecía el final y, sin embargo, Todoroki había dejado de tocar.
—Es lo que llevo, ¿te gusta?
—¿La estás escribiendo tú?
Todoroki asintió ligeramente ruborizado.
—Me gusta mucho —dijo sinceramente— es preciosa. Toca más, por favor.
Esta vez sí cerró los ojos deleitándose con lo que la música lo hacía sentir, e incluso, disfrutando la punzada de dolor que le provocaba. Se limpió las lágrimas con la manga de su chamarra. Quizás algún día dejaría de doler, y ya sólo quedaría lo lindo.
La siguiente canción la escuchó con los ojos abiertos, de nuevo observando a Todoroki, tratando de definir si eso que sentía tan fuerte era por la música o por el chico. Antes de cada concierto sentía una mezcla de nervios, emoción y, en sus dedos, un cosquilleo de ansias por tocar; así se sentía en estos momentos, pero en todo su cuerpo, quería estar cerca de Todoroki.
—Ya lo pensé mejor, ¿me puedo sentar? —preguntó al terminar la canción.
Todoroki se recorrió de nuevo para hacer espacio y esperó a que Izuku se sentara para comenzar la siguiente canción.
Fue una mala idea, terrible. Todo se intensifico. Ver tan cerca las teclas y no poder tocar nada, tener a Todoroki a lado, sintiendo el calor de su cuerpo y su respiración; la vibración del piano, la música tan intensa, el latido de su corazón, el dolor de su mano… Era demasiado. Cerró los ojos, mareado. Pero no funcionó, recurrió a sobar sus manos en su regazo y concentrarse en su respiración.
—…ya, ¡Midoriya!
Todoroki le estaba gritando, ya no había música y lo miraba con preocupación, y la mano de él en su hombro.
—Midoriya, ¿estás bien?
—Me tengo que ir.
Sin dar explicaciones se paró y salió corriendo del salón rumbo al baño más cercano. Donde se encerró. No estaba bien. Había pensado que así podría volver a escuchar música, a tenerla en su vida, aunque no fuera producida por él, pero parecía que no. El gesto de preocupación de Todoroki grabado en su mente lo hacía sentir culpable.
«Quizás debería regresar, disculparme. Debería explicarle… No».
No se atrevía.
Resultó que mantenerse lejos del salón de música, lejos de Todoroki, era más difícil de lo que pensaba. Extrañaba más eso que tocar, extrañaba pasar rato con él, verlo tocar y, claro, escuchar las canciones. Habían pasado 20 días desde que salió corriendo sin explicación, y de pronto su vida volvía a ser tan vacía como antes, incluso peor. Pero no podía volver, merecía el castigo de sufrir la distancia por haber sido tan egoísta y pensar que podía tener eso. Además, le daba vergüenza.
Sin embargo, no pensó en la posibilidad de que fuera él quien lo buscara primero. Se encontró de frente con Todoroki al salir de clases. No tuvo ni siquiera forma de fingir no velo y huir porque se acercó a él rápidamente.
—Midoriya, ¿podemos hablar?
Lo siguió hasta las jardineras que había en uno de los patios del campus, donde se sentaron ambos.
—Lamento si hice algo que te ofendiera —dijo Todoroki—. Me gustaría ser tu amigo, si me lo permites.
—No hiciste nada, fui yo. Siento haber salido corriendo, sí quiero ser tu amigo. Es solo que…
—No tienes que explicarme.
Izuku se sacudió su cabeza lentamente.
—Déjame contarte, somos amigos, ¿o no?
Todoroki trazó con suavidad las cicatrices de la mano de Izuku con sus dedos, provocándole estremecimientos y que su corazón latiera en corchea. La miraba con el ceño fruncido y consternación.
—¿Y no hay nada que puedas hacer para recuperar la fuerza?
Izuku negó con la cabeza y retiró su mano.
—Nada. Y créeme, consulté muchos doctores.
—Ahora entiendo por qué lucías tan triste siempre que me mirabas tocar. —Izuku asintió despacio—. Si te hace tanto mal escucharme, no tenemos que vernos en la sala de piano, podemos hacer otras cosas.
—No me importaría escucharte otra vez. Podemos hacer otras cosas, sí, pero… —pensó en cómo decirlo—. Me gusta cómo tocas.
—Seré tus manos ahora, ¿de acuerdo? Si hay algo que te gustaría escuchar, dímelo. —Sonrió por primera vez en toda la conversación—. De hecho, hay algo que me gustaría mostrarte, ¿tienes tiempo ahorita?
Izuku no se atrevió a sentarse a un lado, se quedó de pie frente a él, a un lado del piano mientras que Todoroki se acomodaba para tocar.
—No sabía si valdría la pena acabarla, por ello de que no venías más, pero igual lo hice.
Al instante la reconoció, era esa canción que había tocado la última vez que se vieron, la que estaba componiendo. Esta vez la toco completa, cada nota era como un martilleo y una caricia, como un bálsamo que, aunque curaba, ardía un poco. Estaba llena de nostalgia, de anhelo, de tristeza y, al mismo tiempo, de una emoción profunda de deseo.
Aplaudió lo más fuerte que sus manos lastimadas le permitieron. Todoroki habló sin voltear a verlo.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! Es hermosa, creo que es mi nueva canción favorita y no lo estoy diciendo para adularte.
Por fin lo volteó a ver, los ojos brillantes de alegría.
—Me alegra mucho. La escribí para ti.
Izuku se sonrojó, al tiempo que Todoroki lo hacía.
—¿Uh?
—Quiero decir. —Aclaró su garganta, nervioso—. La empecé a escribir el día que te conocí, y luego… pensando en ti. Ah, qué cosas estoy diciendo. —Volteó a ver el piano, hasta las orejas las tenía coloradas—. Has de cuenta que no dije nada, por favor.
En el silencio sólo se escuchaba el tic tac del reloj del salón y la respiración de ambos chicos. Ambos demasiado aturdidos por los sentimientos como para hablar.
—Gracias —susurró Izuku.
Todoroki lo miró de nuevo y sonrío, aliviado. Izuku se sentó en el banquito, incluso si no había mucho espacio y lo abrazó.
—Gracias —susurró de nuevo, sin soltarlo y sintió cómo Todoroki se estremecía en sus brazos—. Nunca alguien había hecho eso por mí. No sé cómo retribuirlo.
Todoroki lo rodeó con sus brazos, devolviendo el abrazo y lo estrechó contra sí.
—Con esto basta.
Todos los días Izuku iba a escuchar a Todoroki tocar, cada vez era más fácil olvidarse de que había perdido algo (la posibilidad de tocar), pues había ganado mucho al encontrarse con él. Un día, mientras escuchaba la canción que Todoroki había creado para él, se dio cuenta que, aunque no podía ser quien diera sonido a las notas, igual podría crear música.
Lo pensó mucho al principio, el montón de hojas escondidas en el folder de su mochila. Todoroki lo miraba desde el otro lado de la mesa de la cafetería donde estaban, la ceja del lado sin cicatriz ligeramente levantada.
—Algo te pasa —adivinó—. Estás muy pensativo, ¿todo bien?
Izuku se sonrojó al verse descubierto.
—Hay algo… —sacó el folder de su mochila y se lo pasó a Todoroki.
El chico levantó una ceja y comenzó a abrir el folder y revisar las hojas mientras que Izuku lo miraba expectante. Pasaron cuatro minutos más en lo que Todoroki revisaba las hojas una por una. Agonizantes cuatro minutos.
—¿Y bien?
Todoroki dejó las hojas a un lado de su plato y sonrío.
—¿Tú escribiste esto? —Izuku asintió, nervioso—. ¿Quieres venir a mi casa después? Para probarlo en mi piano.
La casa de los Todoroki era enorme, una mansión más bien. Al estilo antiguo, resaltaba con el resto de las casas a su alrededor. Cohibido, Izuku siguió a Todoroki por el jardín tradicional, con todo y laguito de carpas.
—No hay nadie en casa. Mi padre trabaja hasta noche, mi hermana fue a ver a mi madre y mi hermano está en sus prácticas, es médico.
Izuku respiró aliviado de no tener que encontrarse con ellos en esa ocasión. Ya bastante tenía con su estómago revuelto de ansiedad por estar en casa de Todoroki y por lo que iba a ocurrir a continuación. Perdió la cuenta de las puertas que pasaron antes de llegar a una habitación donde estaba el piano de cola y unos silloncitos en la otra esquina con una mesita.
Todoroki dejó su mochila junto a la puerta y se acercó al piano, lo acarició con una sonrisa a medias.
—Es un piano muy hermoso —«y caro».
—Es de mi madre, ella me enseñó a tocar. —Se sentó y movió la mano para indicarle que se acercara—. Pásame las partituras y siéntate aquí conmigo.
Izuku no preguntó sobre su madre, aunque le intrigaba porque siempre que hablaba de ella lo hacía con un dejo de tristeza, en cambio nunca hablaba de su padre. Le pasó las hojas y se sentó, sintiéndose cada vez más ansioso. Todoroki comenzó a tocar.
Mientras lo hacía se dio cuenta de algunas partes que le gustaría cambiar, pero en general, le parecía que era una buena canción. Y era suya. Suya y de Todoroki, porque la había escrito por él, para él. Cuando terminó, tomó una pluma e hizo los cambios que había pensado, mientras el pianista lo observaba con una sonrisa que, cada que Izuku veía, lo hacía sentir mariposas.
—Prueba ahora.
Esta vez le gustó mucho más. Sentía su piel erizada por la emoción y el corazón desbocado. Todoroki acabó de tocar y lo miró de tal forma que pensó que el subidón de la canción no se había pasado, por cómo lo hizo sentir.
—Te dije que sería tus manos ahora.
No sabía que contestar, las emociones desbordadas subiendo por su garganta y los ojos picándole. Todoroki alzó su mano y con su dedo acarició la mejilla de Izuku, limpiando una lágrima que se había escapado. Tembló ante el contacto, pero deseó más.
—Izu… Midoriya, yo…
—Llámame Izuku, está bien.
Quería oír su nombre dicho por él.
—Izuku.
—Shouto —se arriesgó a decirle por su nombre, y la sonrisa que recibió a cambio fue alentadora.
—Izuku. Hay algo que quiero hacer, si no quieres puedes negarte, prometo no volver a mencionarlo nunca, pero… ¿puedo besarte?
Los ojos de Izuku se abrieron lo más que podían. Shouto Todoroki quería besarlo.
—Sí —dijo prácticamente en un susurro.
Shouto no esperó más antes de tomar su rostro con sus manos perfectas y besarlo. Un estallido de música sonó en su cabeza mientras que los labios de Todoroki y los suyos se unían. La vida de Izuku ya no estaba en silencio, ni vacía. Había encontrado de nuevo la música, y se había enamorado de ella otra vez, así como se había enamorado de Shouto. Para él ya eran lo mismo.
