CAPÍTULO II

¡SORPRESA!

El rubio había despertado aquella mañana empapado en sudores gélidos, entre quejidos que lo asustaron a él mismo. Fue una pesadilla. Fue una revelación. Alguien quería matarlo. Alguien fuerte. Algo aberrante y oscuro.

Pues el cabrón se iba a tener que esperar, pensó, fuera quien fuese, porque no pensaba morir hasta que perdiera su virginidad.

«Todavía eres joven —le había dicho aquel anciano—. Te espera una gran, gran vida en Queens. Y, quién sabe, puede que formes hasta una familia».

Sí, claro, una gran vida y una familia. Se lo habían vendido como el destino idílico al que todo desertor desea llegar. Como el paraíso que un joven semidiós merece obtener luego de tanto dolor. ¡Sorpresa! Gracias al maldito hechizo de ese mago de fiestas infantiles, Steven Strange, nada de eso pasó. ¡Nada!

«Este hechizo te hará pasar desapercibido por unos días —le había dicho, el muy mamón—. ¿Cuántos días? Pues unos tres, más o menos».

Sí, claro, tres días, más o menos. ¿Llamaba tres días a seis putos años? Habría dado su vida misma por haber encontrado su fea morada de hechiceros y consumar así su justa venganza por tantas injusticias. Lo habría dado todo por una vida normal, siquiera. Lo habría dado todo por algo de buen sexo, inclusive. Lo habría dado todo por no haber caído en el Sanctum Sanctorum, mejor.

Ah, si un día ese hechicero de pacotilla decidiera aparecerse por su casa, ese día, ese gran, gran día, le cortaría las pelotas con un cuchillo oxidado.

Naruto soltó un suspiro. Miró sus manos fantasmales, las ahuecó un poco y las inclinó hacia delante, imaginándose unos pechos regordetes. Cerró sus ojos. Eran los de la chica del Starbucks. Tenía unos pechos perfectos. Casi perfectos. Pensar en esos magumbos siempre le valía. Eran su dosis diaria de oxitocina.

De repente, oyó algo, un zumbido, pero también sintió algo, un escalofrío, y la excitante y reconfortante sensación de estar masajeando por primera vez un par de tetas enormes aumentó por mil veces. Eran unos pechos suaves y perfectos. No le cabían en las manos. ¡Jesús, de aquello se había perdido toda su vida!

Alguien carraspeó.

—¿Todo bien por ahí? —quiso saber la voz de un hombre.

El rubio abrió al instante sus ojos. Vio a su derecha al mago de pacotilla, Steven Strange, y en frente suyo, con el entrecejo fruncido, a la Bruja Escarlata.