Nota: No hay trama como tal, sólo metáforas.
A Ludwig no le gustan las flores.
Nunca ha entendido por qué a las personas les gusta contemplarlas o por qué las usan para adornar, si a fin de cuentas, una vez cortadas están destinadas a perecer.
Y ver las flores, sólo lo hace molestar; porque las flores, le recuerdan su fatídica situación y su posible final que, no quiere aceptar.
Elizabeth fue una flor cortada para posteriormente, ser entregada al emperador, una persona que la miró un par de veces y la dejó en un florero, desatendida y olvidada. Al menos, ese fue el significado que le dio al puesto de emperatriz.
La flor más hermosa que sería cortada del jardín para ser entregada a la persona más importante del país. El ser apreciada y cuidada o abandonada y desatendida eran opciones que el dueño elegiría.
Y él, ahora era una flor cortada con días contados. Aunque estuviera reacio a morir y acabar como su patética hermana, tarde o temprano, la muerte tocaría su puerta.
Tomó el florero y sin más, lo arrojó por la ventana con furia amarga.
Leonhardt levantó la mirada un segundo de los documentos, observando a Ludwig y después a la ventana antes de volverse al papel en sus manos.
– ¿Por qué lanzaste el florero? – preguntó, con su habitual indiferencia, pasando la página al documento.
Ludwig sólo atinó a sonreírle con fingida amabilidad.
– Odio las flores, su alteza.
Porque me recuerdan a mí.
