EPÍLOGO

La promesa de volver a tocar sus tetas si vencía a Ultrón, fue el principio de todo. Una mera excusa a la que accedieron por placer. Al poco rato, según recordaba, llegaron las primeras citas y los primeros besos. A los meses, puede que semanas, formalizaron su relación secreta. Stephen y Wong les dieron su grata aprobación. A los pocos años, llegó el pequeño Olaf, y al año siguiente su hermanita, Hela. Pronto, muy, muy pronto, se casarían. Pero ahora, tocaba despertar.

—Naruto —lo llamó una melodiosa voz, desde la distancia.

—¿Mmm? —El rubio entreabrió sus ojos.

—Necesito que veas algo, cariño.

—Más tarde, mi vida. Más tarde…

—Naruto. —Wanda aseveró el tono de su voz.

—Bien, ¿qué es? —Odinson se sentó, se desperezó y miró a su mujer, despeinada, un poco ojerosa, pero aún así, divina—. Por cierto, qué guapa estás.

Ella le sonrió.

—¿Incluso con esta panza? —Señaló su vientre prominente.

—En esa pancita crece nuestro bebé, mi vida. El hermanito de Olaf y Hela. ¿Cómo carajos osaría pensar en ti, la madre de mis hijos, como una mujer fea? ¡Dios, no! ¡Ni lo pienses! Te ves jodidamente hermosa. Y sexy. Nunca me cansaría de verte todas las mañanas al despertar. Nunca jamás, Wanda Maximoff.

Wanda Maximoff era un tomate. Ardía de felicidad. Ardía de excitación. Sujetó al rubio por sus mejillas y le pegó un beso tan bueno que, cuando se separó, lo dejó atolondrado por varios segundos. Sí, nunca jamás se cansaría de ella.

—Quiero que veas algo. —La mujer se levantó de la cama, vestida solo con un camisón ancho, que dejaba mucho a la imaginación del joven asgardiano—. Ayer no tuve tiempo de mostrártelo. Los niños nos dejaron exhaustos. Ya vuelvo.

Al volver su mujer del baño, el joven rubio tuvo que soportar la incontrolable cólera de la perversión animal que chocaba contra sus calzoncillos. Wanda vestía, ya no un camisón, sino un bodysuit de encaje. Uno negro. Uno transparente. Lencería en su naturaleza más pura. Lencería lasciva sobre el delicado y perfecto cuerpo de su amada futura esposa. No dijo nada. Simplemente se acercó a ella y la apretó contra él. Era cuestión de segundos para que ambos empezaran a follar como dos conejos salvajes. Sonrieron y se besaron. Se besaron y acariciaron.

En la distancia, de súbito, se oyó el llanto de Hela.

Y la joven pareja solo pudo reír.

—Yo me encargo —dijo Naruto, risueño.

El Odinson era afortunado. Era feliz. Hacía tantos años, en New York, atrapado en Queens por el hechizo de Strange, aquella realidad solo habría cabido en su imaginación indómita. En sus sueños. Ahora, era padre, futuro esposo de la mejor mujer del mundo, amigo de muchos, y vivía una gran, gran, vida.

FIN