NA: ¡Holaaaa! Pues aquí está el segundo capítulo :) ¡Muchas gracias a todos los que le habéis dado una oportunidad! Espero que os guste :3


Capítulo 2.


Harry estaba eufórico cuando se lo conté. Me las había apañado para descubrir que Parkinson pensaba pasar la tarde del viernes en la biblioteca, y había logrado convencer a Draco para ir con ella en lugar de vernos en nuestro lugar secreto poniendo como única excusa que tenía que estudiar. Siendo yo quien era no había sido difícil hacer que me creyera. Y, por supuesto, mi amigo aparecería por allí unos minutos después y se uniría a nosotros como el que no quiere la cosa.

Algo fácil para empezar.

Draco tomaba mi mano firmemente mientras caminábamos por el pasillo en dirección a la biblioteca. Los demás alumnos nos miraban y cuchicheaban entre ellos, pero el hecho de que él estuviera tan seguro de lo que hacíamos era tranquilizador. Porque éramos de casas y castas diferentes, la pureza de nuestra sangre no era igual, éramos el día y la noche… pero también éramos él y yo contra el mundo, y de eso no había lugar a dudas. De hecho, me conocía tan bien que notó cómo mi cuerpo reaccionaba al pasar cerca de la puerta que daba a nuestro lugar especial.

—¿Has cambiado de idea? —me susurró al oído, y la calidez de su aliento en mi cuello me hizo preguntarme si de verdad tenía que empezar con aquel paripé ese mismo día. ¿No podía esperar un poco? Porque yo, desde luego, no podía esperar a volver a estar a solas con él.

La voz de la responsabilidad de mi cabeza me obligó a centrarme. Ya había dado mi palabra, y Harry se decepcionaría si lo pospusiera de repente. Además, últimamente había estado muy solo desde… bueno, desde lo que le pasó a Ron en aquel maldito bosque.

Recordar aquella muerte era tan doloroso que la tentación de estar con Draco se vio afectada.

Sacudí la cabeza para liberarme de los pensamientos tristes y concentrarme en mi misión. Draco, por supuesto, supo a la perfección lo que estaba pensando al no responder.

—Más tarde —me propuso, zanjando el tema para que yo no tuviera que hacerlo.

—Gracias —le dije, tirando un poco de su brazo para hacerle inclinarse y poder besar sus labios.

Alguien entre la gente murmuró un malintencionado «asesino», y luego otra persona le siguió con un poco amable «traidora».

Nosotros nos apretamos las manos con más fuerza.

La guerra no nos había roto, nos había unido. Y mientras él y yo fuéramos uno, todo estaría bien para ambos.


Cuando Harry llegó y yo le hice un gesto para que se acercara, se puso tan nervioso que se tropezó con sus propios pies y cayó de bruces al duro suelo. Draco contuvo la risa para evitar que me molestara, pero Pansy soltó una carcajada que hizo volverse a media biblioteca. La encargada nos miró con desaprobación y llamó al orden, pero Pansy siguió riéndose incluso después.

—Y así derrota uno al señor oscuro —se burló, pero por suerte Harry no alcanzó a escucharlo.

Estaba rojo como un tomate cuando se sentó a mi lado, frente a ella, manteniendo la cabeza gacha. La giró muy sutilmente hacia mí solo para decir en un susurro casi inaudible:

—Menuda cagada.

—Tranquilo —respondí en voz baja, frotándole la espalda disimuladamente.

Esperé un rato, fingiendo estar sumida en el estudio, hasta que me cercioré de que Harry se había recuperado del mal rato que le habían hecho pasar los nervios para entonces fingir desperezarme un poco y proferir un pequeño suspiro, como si necesitase un descanso.

—¿Qué estudias? —le pregunté a la chica.

Parkinson no levantó la mirada de su libro al responder:

—Herbología.

Le dediqué una fugaz mirada a mi novio para comprobar que ya había un atisbo de fogosidad en sus ojos, que estaban clavados en mí debido a la respuesta de su amiga. Desde que compartíamos nuestro lugar secreto para encontrarnos a escondidas, esa asignatura tenía algo de especial para nosotros.

Sin embargo, me recompuse, esbocé mi mejor sonrisa y me dispuse a mentir como buenamente pude.

—Vaya, Harry podría ayudarte con eso, ¿verdad, Harry? Es muy bueno en la materia.

Por la manera en la que Pansy alzó lentamente los ojos para mirar a mi amigo un instante, y acto seguido a mí misma, era evidente que a la chica no le gustaban las interrupciones. Su cara era de pocos amigos cuando espetó:

—No necesito ayuda, ni suya ni de nadie.

—Oh… De acuerdo.

Harry me dedicó una mirada llena de preguntas y yo me encogí de hombros a modo de respuesta. ¿Qué otra cosa podía hacer? El implacable carácter de Parkinson era de conocimiento público en el castillo, pero una cosa era saberlo y otra cosa era sufrirlo de primera mano.

Tal vez por eso, a pesar de que hacía ya dos meses desde que Draco y yo habíamos hecho pública nuestra relación, nunca me había planteado siquiera intentar llevarme bien con ella… lo cual, pensándolo bien, era un poco desconsiderado de mi parte. Ella era su mejor amiga, pero… ¿quién iba a culparme por ello? Ni siquiera Draco había sugerido tal cosa. Y es que Pansy Parkinson siempre transmitía vibras muy intensas, y no precisamente en el buen sentido. Y podía estar equivocada, pero me daba la sensación de que todo, absolutamente todo en ella, estaba pensado para repeler a la gente; la sombra negra que contorneaba sus ojos verdes y el labial de color burdeos oscuro, además del colorete que siempre llevaba y resaltaba sus pómulos más de lo normal y que, junto con el piercing negro en la nariz, le proferían un aspecto de chica mala. El hecho de que siempre estuviera mascando chicle y de que su expresión fuera de hastío incluso cuando los elfos preparaban los platos más deliciosos para el almuerzo. Su ceja arqueada a cualquiera que intentara hablar con ella que no fuera de su círculo de amigos, y la forma en la que ponía los ojos en blanco y que hacía sentir estúpido hasta al que pasaba por allí de casualidad.

En resumen, no era precisamente alguien con quien diera gusto entablar una conversación.

Pero juzgar a mi amigo por su secreta obsesión con ella habría sido hipócrita a más no poder, ya que Draco también había sido de esa manera una vez… con la única diferencia de que él solo se había comportado así conmigo, y como un modo un tanto patético de ocultar lo que realmente sentía por mí. Pansy era desagradable con todo el mundo. Pero ese halo de misterio característico de los Slytherins, esa aparente aversión por todo lo que no tuviera que ver con ellos mismos y esa frialdad en la mirada que te estremecía hasta el alma… eran cosas que, sin saber por qué, enganchaban. Al menos eso era lo que parecía pasarnos a los de Gryffindor. Estaban tan cerrados en sí mismos que llegar a ellos era como un reto para nosotros. Y a los Gryffindor nos gustaba más un reto que una tarta de melaza. Teníamos que luchar para ir quitando capa por capa hasta llegar a su verdadero yo, que por norma general estaba muy, muy abajo. Pero una vez que llegabas ahí y la barrera de lo "socialmente aceptado" caía, podías comprobar que tras aquella dura fachada que se esmeraban por sostener, eran tan vulnerables como cualquiera. Y unos amantes excepcionales en todos los sentidos, según las estadísticas basada en la información que yo misma había recabado mediante la observación: Parvati había quedado tan maravillada con el repentino "glow up" de Goyle tras la guerra que ahora solían pasarse horas y horas morreándose en cualquier aula abandonada del castillo, y Zabini incluso había renunciado a volver a Hogwarts con tal de quedarse con Ginny y apoyarla en su duelo tras la pérdida de sus hermanos.

Imaginaba que Pansy sería igual de apasionada cuando encontrara a la persona correcta.

La miré de reojo.

Harry tenía buen gusto. Después de todo, era bastante guapa.

Que se levantara bruscamente de su sitio en ese preciso momento me hizo pensar, por alguna estúpida razón, que de alguna forma había podido escuchar mis pensamientos. O al menos adivinarlos, lo cual era una soberana tontería.

—¿A dónde… vas? —pregunté rápidamente al ver que se disponía a irse, sonando un poco más intrusiva de lo que me hubiera gustado, y ganándome una mirada poco amable de su parte en respuesta.

—¿Qué te importa? —espetó, y Draco le lanzó la pluma que tenía en la mano como si de un dardo se tratase, no acertándole de lleno en el ojo izquierdo solo porque la chica lo esquivó en el último momento.

—¿Qué te he dicho sobre ella? —le dijo mi novio con seriedad para después añadir entre dientes—: Sé amable.

Miré a Draco, sorprendida por que se hubiera molestado en hablar con ella sobre «ser amable» conmigo.

—Sí, lo siento, no es que hayamos hablado mucho desde vuestra "salida del armario" y he olvidado tu mortífera advertencia —dijo con un tono que daba a entender que no lo sentía en absoluto. Después de eso se volvió hacia mí y, dedicándome una sonrisa más falsa que los torposoplos, dijo—: Voy a mear, Granger. ¿Por qué? ¿Te quieres venir?

—Esto…

—¡Sí! —exclamó Harry con más excitación de la cuenta, y algunos alumnos cercanos se giraron para mirarlo mal. Al parecer, ni siquiera el hecho de ser «el niño que vivió» salvaba a uno de la furia de los estudiantes cuando había exámenes de por medio. Y es que ya estábamos a las puertas de diciembre y algunos aún no habían terminado de examinarse o todavía debían terminar algún que otro trabajo antes de las vacaciones. Así que mi amigo bajó tres cuartas el volumen de su voz y añadió—: ¿El zumo de arándanos del desayuno? A Hermione le encanta, siempre se bebe tres vasos hasta arriba.

—¿Qué? —Bastó con que Harry me diera pisotón por debajo de la mesa para entender su propósito—. ¡Es cierto! Por eso yo también necesito ir al baño, claro.

Me levanté de un salto y fui tras ella, ya que había empezado a caminar en dirección a la salida.

—La pregunta era puro sarcasmo, por si no te habías dado cuenta. No necesito compañía para ir al baño —masculló en cuanto llegué a su lado—. Además, es muy rarito lo que sea que te traigas con Potter, lo sabes, ¿verdad? Si Draco intentara decirme cuándo tengo o no tengo que ir a mear le hundiría la cara en el retrete.

Me reí de puro nerviosismo. Caminar a solas por los pasillos con la única compañía de Pansy Parkinson era extraño e intimidante a partes iguales, además de totalmente nuevo para mí. Traté de controlar la risa.

—No, no, te equivocas —me apresuré a decir, pensando a toda velocidad para encontrar algo que transformara aquello en algo bueno—. No está tratando de controlar mis… idas y venidas del baño, de verdad. Él no es así. Tan solo… digamos que me conoce demasiado bien. Ya ves, es un chico atento.

—Bien por ti, supongo —dijo, y luego hizo una pompa con el chicle que estaba masticando y la estalló sin dejar restos en su boca.

Aparté la mirada tan pronto como me di cuenta de que me había quedado mirando sus labios, cuyo delineado seguía perfecto a pesar de todo.

Sacudí la cabeza y añadí:

—No, en serio. Harry es genial.

Ella rodó los ojos.

—Sí, creo que a todos nos ha quedado claro con los tropecientos de artículos sobre él que salen cada día en los periódicos y revistas. Como para no enterarse, joder. ¡Que viva san Potter! —dijo en tono burlón mientras lanzaba las manos al aire.

Su afilado sarcasmo rozaba lo insultante, pero lo pasé por alto.

—Bueno, al fin y al cabo es el chico que salvó a toda la comunidad mágica de la destrucción más absoluta, ¿no? —comenté, tratando de que mi voz sonara algo así entre melosa e impresionada mientras hablaba de él.

Y como estaba bastante nerviosa, y cuando estoy nerviosa tiendo a hacer cosas sin pensar, se me ocurrió que era una buena idea darle un toquecito con el codo en las costillas en un gesto que decía a gritos un gran «mi amigo es un buen partido, ¿eh?». Pero lo único que conseguí con esto fue que la chica me fulminara con la mirada ante tal atrevimiento.

—Tu devoción por Potter es de lo más extraña, ¿lo sabías? —Abrí la boca para contestar, pero ella volvió a hablar de nuevo—. Además, ¿por qué todo el mérito se lo lleva él? Estoy segura de que Voldemort habría conseguido matarlo durante su primer año en Hogwarts de no ser por ti, y apenas te dedican un párrafo en las noticias que salen constantemente en la prensa. ¡En algunas ni siquiera se te menciona! Y ni hablar del chico Weasley, que ni habiendo dado la vida por la causa ha conseguido dejar de ser opacado por Potter ni un segundo. Si tú apenas eres relevante para los periodistas, él ya ni te cuento.

Sus palabras habían sido tan crudas e inesperadas que me quedé sin habla por un buen rato.

—Tú… ¿Lees los periódicos?

Era extraño, ya casi nadie leía los periódicos. Yo había dejado de leer las noticias desde la guerra, en parte porque la responsabilidad de salvar a todo el mundo de las garras de Voldemort me había dejado exhausta, y en parte porque quería desconectar de todo eso y, por qué negarlo, tampoco necesitaba leer al respecto. Lo había vivido en mis propias carnes. Lo que nunca imaginé fue que, si lo que decía Parkinson era cierto, no me dieran el mismo crédito que a Harry.

No es que mi ego fuera frágil y necesitara un aluvión de aplausos o halagos por lo que había hecho, pero creía que merecía el mismo reconocimiento que él. ¿No era lo más justo? Y, por supuesto, Ron también. Porque había sido un trabajo en equipo. Habíamos sido tres los amigos que habían recorrido juntos un camino lleno de dificultades, miedo y dolor hasta el final, donde no todos habían salido bien parados.

Se me encogió el corazón al pensar en Ron, pero traté de aparcar mi pesar para más tarde, cuando tuviera un momento a solas y pudiera llorarlo bien. Sacarlo todo fuera.

—Todos nosotros leemos los periódicos —respondió, trayéndome de nuevo al presente—. Los alumnos de Slytherin, quiero decir. A veces, cuando hay suerte, escriben algún pequeño apartado en el que hablan de nuestros padres. Es la única manera que tenemos de saber que están bien.

Me estremecí. Gran parte de los Slytherins (y decía gran parte porque por muy poco no me atrevía a afirmar que era la totalidad de ellos), habían quedado "huérfanos" tras la batalla, ya fuera porque sus padres habían muerto luchando contra nosotros o porque habían sido lanzados de cabeza a una mugrosa celda en Azkaban de por vida.

De una manera u otra, habían perdido a sus padres para siempre. Y sin darme cuenta de repente me encontré simpatizando con ella. Al fin y al cabo acababa de descubrir que teníamos algo en común.

—Yo también perdí a mis padres —dije casi sin pensar, sintiendo inmediatamente después la necesidad de dar explicaciones al respecto, a pesar de que no tenía por qué hacerlo—. Les lancé un "Obliviate" cuando la cosa se puso fea y tuve que irme a buscar los horrocruxes que quedaban.

Si mi historia la conmovió, no mostró signos de compasión. Pero tampoco puso una de sus caras de asco o rodó los ojos como si no le importara, así que suponía que era un pequeño avance en nuestra recién estrenada "relación de amistad".

Por muy poco no me reí de mi propio pensamiento.

Si ella hubiera podido escucharlo, estaba segura de que, como mínimo, habría hecho algún comentario para hacerme sentir estúpida.

Casi podía escucharla.

«¿Desde cuándo tú y yo tenemos una "relación de amistad", Granger? No seas ridícula».

Pero debíamos tenerla si quería que el plan de Harry saliera bien. Tenía que ganarme su confianza, su "amistad", y así hacer que nuestras conversaciones siempre derivaran a Harry Potter, lo buen chico que era y lo soltero que estaba… lo cual sería pura publicidad subliminal.

Pero estaba claro que aún no habíamos llegado a ese punto, así que decidí dejarlo estar por ese día.

Sin duda alguna, la visita al baño fue más breve que el camino de ida.

Parkinson aprovechó para retocarse el ya perfecto pintalabios y ambas volvimos a la biblioteca, aunque esta vez sumidas en el silencio más absoluto.

Harry no se decepcionó cuando, durante la cena, le conté los nulos avances que había tenido con ella en nuestra visita conjunta al baño. De hecho, se mostró optimista y me aseguró que la cosa iría mejor con el paso de los días. Que confiaba ciegamente en mí.

Y después de eso, con sus palabras retumbando en mi cabeza como un eco constante, empecé a sentir el terrible peso de la responsabilidad sobre mis hombros.

Tal vez fue por eso que, durante nuestro encuentro nocturno, Draco dejó de besar mi cuello apasionadamente para pasar a mirarme con una ceja arqueada.

—¿Qué te pasa? —inquirió—. Nunca estás tan distraída cuando te beso.

Solté una risa apagada al darme cuenta de que era verdad lo que decía. Aquel plan de Harry había conseguido que, por primera vez desde nuestro noviazgo, mi cabeza estuviera en otra parte en lugar de en lo ardientes que eran sus besos y en todo lo que me ponían.

Me incorporé y me quedé sentada sobre la cama, en silencio, bajo la atenta y preocupada mirada de Draco.

¿En qué momento había accedido a eso? Ahora me preocupaba no ser capaz de conseguirlo y decepcionar a mi amigo. Porque poner todas tus esperanzas en alguien significaba que, si la cosa no salía bien, el varapalo solo sería peor.

Miré alrededor para intentar aclarar mis ideas.

Nuestro lugar secreto era un invernadero abandonado al cual se accedía a través de un pasadizo subterráneo cuya puerta estaba oculta tras unas escaleras cerca de las mazmorras. Según me había contado Draco, era el invernadero privado de un antiguo profesor de Herbología, el que les había dado clases a sus padres en sus primeros años en Hogwarts. Sin embargo, aunque este lugar estaba destinado para experimentos con fines académicos, el profesor en realidad cultivaba plantas… no muy legales. Plantas extremadamente venenosas o directamente mortíferas que luego vendía de contrabando a magos oscuros y maleantes.

Según lo que sus padres le habían contado a Draco, y a pesar de que hoy en día nadie se acordaba de esto, fue un completo escándalo cuando se descubrió en su momento. Por supuesto, este profesor fue despedido y el invernadero clausurado, utilizando el director un hechizo para evitar que fuera visible desde el exterior. Por eso cuando nos encontrábamos allí, un sitio que Draco había adecentado, en el que había colocado una enorme cama con dosel en el medio y donde había puesto hechizos para que apareciera la ilusión de cientos de plantas y flores rodeando la cama, sabía que estábamos seguros.

Y aunque lleváramos solo dos meses de relación oficial, hacía más de dos años desde que habíamos empezado a tener encuentros esporádicos que poco a poco habían ido escalando hasta convertirse en momentos necesarios para nuestra supervivencia.

Había tanta guerra a nuestro alrededor, tanta pena, tanto miedo… que sin ese pequeño escape de la realidad que nos habíamos dado mutuamente y a escondidas, estaba segura de que habríamos terminado volviéndonos locos. Yo por la responsabilidad de salvar al mundo, él por el terror de vivir con el enemigo en su propia casa, de tener que fingir que estaba del lado equivocado para que no lo mataran.

Y, bueno, cuando tuve que irme a buscar los horrocruxes… el tiempo que pasamos separados fue horrible.

Pero Draco me esperó, y cuando volvimos a encontrarnos después de la batalla, después de su juicio y después de que Hogwarts reabriera sus puertas… volver a este sitio nos había dejado una sensación gloriosa en el cuerpo, porque ambos lo habíamos conseguido: habíamos sobrevivido a la barbarie. Y habíamos sufrido tanto sin saber del otro que ya no nos importaba mostrar nuestro amor en público, porque afortunadamente ya no había nada que temer.

Pero, de repente, yo volvía a tener miedo.

Un miedo mucho menos visceral, por supuesto, pero un miedo profundo al fin y al cabo.

Sabía cuánto amaba mi amigo a esa chica, y el solo pensamiento de poder fallarle me estremecía hasta las entrañas.

Después de todo lo que habíamos pasado…

—¿Te encuentras bien? —quiso saber Draco, que se había cansado de mi silencio y se había colocado frente a mí, cubriendo mis manos con las suyas. Dije que sí con la cabeza, la cual acto seguido atrajo hacia sí y besó—. Sabes que estaba a punto de arrancarte la ropa, ¿verdad?

Me reí y le dediqué una mirada pilla.

—¿Es eso una amenaza?

—Pues sí —admitió sin mayor problema—. Pero antes de llevarla a cabo… ¿Se puede saber en qué pensabas? Me tienes preocupado.

Suspiré.

De acuerdo, tenía que admitir que si quería salir victoriosa de aquello necesitaría la ayuda de mi galante novio. Al menos indirectamente, porque Harry no me perdonaría nunca si le confesaba a Draco que me había pedido ayuda para conquistar a su amiga.

—Pensaba…

—¿Sí?

—Pensaba en tu amiga —confesé al fin.


NA: ¿Qué tal hasta ahora? ¿Os pica un poquillo la curiosidad o aún no? :P

¿Me dejas un review? :D
Cristy.