Resumen: La historia de Cástor y Pólux forma parte de una grandilocuente tragedia griega convertida en leyenda, y en las estrellas todavía están entrelazados los destinos de estos hermanos, que fueron reencarnados en los Uchiha en la época del Japón feudal. SasuIno / ItaIno.

Nota de la autora: Los personajes de Naruto no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Está terminantemente prohibido cualquier intento de plagio de esta historia o de cualquiera de las que están bajo mi autoría. Las imágenes de portada no me pertenecen, reconozco los créditos a sus respectivos autores, si sabéis quienes son los artistas hacédmelo saber en un comentario para darles reconocimiento, pero la composición ha sido una elaboración mía.


Los hijos de las estrellas.

Canto II – Cástor y Pólux.

Cástor y Pólux fueron hermanos gemelos nacidos de la reina Leda, que a las orillas de un río había sido seducida por el adúltero Zeus, quien prendado por su belleza se transformó astutamente en una de sus formas animales, simulando la huida de una águila depredadora. Así Zeus, bajo la apariencia de un cisne, embelesó a Leda y consiguió que yaciera con él. Este nuevo amorío fuera del matrimonio desató una vez más la furia de su esposa Hera, aunque el todopoderoso padre de los dioses no era el único que cometía adulterio pues conocidos son los amoríos de Ares y Afrodita o el de Poseidón y Pélope. Esa misma noche Leda se unió conyugalmente a su esposo, el rey Tindareo de Esparta, engendrando como resultado a dos varones y dos hembras nacidos de huevos. Fue el caprichoso destino el que quiso que cada gemelo naciera de diferente padre. Leda agradecida clamó a los dioses por la bendición. Así el primer hijo se llamó Pólux, pues era tan poderoso que poseía la indómita fuerza del orgulloso Zeus, y como tal hijo de un dios su condición era de ser inmortal el resto de su vida. El segundo de los hermanos recibiría el nombre de Cástor y tendría la fuerza de mil hombres, pero a pesar de este excepcional don no era capaz de superar a Pólux en batalla, ya que había nacido del fruto de la unión de una mujer con un mortal. Esta unión medio divina y medio humana les otorgó la condición de semidioses y fueron exaltados como héroes pues gozaban del mismo honor que las más grandes deidades.

En su juventud los atléticos hermanos tindáridas fueron alabados y ensalzados con coronas de laurel como símbolo de la victoria y mayor honor por sus triunfos, pues eran un orgullo para Grecia y para el panteón olímpico. Ambos eran hábiles en batalla, Pólux era diestro como púgil en la lucha mientras que Cástor era un excelente jinete que domaba y montaba cualquier caballo por muy salvaje y bravo que fuera. Siempre permanecían en compañía, sin separarse el uno del otro, como muestra de la más sincera lealtad, cariño y fraternidad pues confiaban plenamente entre ellos. Tomaban las riendas de los soberbios equinos y recorrían la inmensidad del cielo y tierra al rápido galope, llegando a superar a Helios en su ardiente carro del sol tirado por una cuadriga de fuego, quien traía la luz de un nuevo día y regresaba cada anochecer. Los hijos de las estrellas eran imberbes, e iban desnudos por su condición divina, tocados con gorros frigios y con largas clámides que llegaban hasta el suelo, despertando a su paso los amoríos tanto de mujeres como de hombres por su deslumbrante belleza. Y así fueron inmortalizados en las obras de arte que se custodian en los templos, donde todavía se pueden observar sus griegas efigies y rectos perfiles.

Cástor y Pólux fueron hermanos de Clitemnestra, esposa de Agamenón, el conocido rey de Micenas por llevar a cabo el sacrificio de Ifigenia en Áulide. Clitemnestra y Agamenón, a su vez fueron los progenitores de Orestes y Electra, mujer atrida que incitó a su hermano a arrebatarle la vida a su madre para vengar la muerte de su padre y a quien tragedias enteras le han dedicado Eurípides, Sófocles y Esquilo. Los Dioscuros fueron también hermanos de la hermosa Helena de Esparta, de naturaleza inmortal al igual que Pólux, acusada de iniciar la guerra de Troya y raptada por el príncipe Paris, como capricho prometido por Afrodita a causa del juicio de la discordia con Atenea y Hera. Aquellos eran tiempos en los que reinaban los dioses egoístas y ociosos que solo se preocupan de sí mismos y de cumplir sus deseos carnales. Estos dos adúlteros amantes, Helena y Paris, se encuentran condenados al Infierno por su amor lujurioso donde perecerán el resto de los tiempos. En su juventud los hermanos tindáridas participaron en la caza del jabalí de Calidón, monstruoso ser enviado por la diosa Artemisa para devastar regiones enteras a su paso. Y la historia de los jóvenes griegos también se encuentra ligada a la hazaña de Jasón en su viaje a la Cólquida con los argonautas para obtener el vellocino de oro que allí se encontraba, héroe cuyo destino fue ocupar el trono de Yolco.

Los tindáridas eran invencibles, y así fueron conmemorados y honrados a través de trofeos, ofrendas, poemas épicos y esculturas, y cuya fama se extendió desde el Ática hasta los confines de la península itálica. Pero a pesar de su condición semidivina y semihumana, no eran ajenos a las pasiones de los hombres pues sucumbieron a la más peligrosa y mortífera, aquella capaz de acabar con los más poderosos y hacerlos caer en desgracia. Cástor y Pólux se enamoraron perdidamente de Hilaria y Febe, las hijas de Leucipo, príncipe de la región de Mesenia, y su amor por ellas fue tan desmesurado que decidieron secuestrarlas con ayuda del pequeño Ero para desposarse con ellas. Fue un extraordinario genio flamenco quien siglos más tarde retrató con sus pinceles estos hechos que acaecieron que ahora os estoy describiendo. Por este motivo los prometidos de las muchachas, Idas y Linceo, sobrinos de Leucipo e hijos de Poseidón, atacaron a Cástor y Pólux sin dudarlo, pues no consintieron aquel deshonroso acto pero finalmente fueron aniquilados con brutalidad. Pólux dio muerte a Liceo pero ese aciago día, Cástor fue herido de muerte al batirse en duelo contra estos rivales, siendo Idas el que le asestó el golpe mortal con una lanza, al igual que Héctor fue asesinado a manos de Aquiles. Fue su hermano Pólux quien intercedió por él ante los dioses, arrepentido por iniciar la afrenta y cegado por su ira, el que le rogó a su padre Zeus que le concediera a su hermano el don de la inmortalidad, pues no era capaz de vivir sin él. Pólux no concebía la vida en la tierra sin Cástor y desgarrado por el dolor, clamó la más tortuosa muerte si su petición no era concedida, a fin de acabar con su propia vida. Morir era mejor que vivir soportando aquella culpa. No soportaría vivir sin él y menos sabiendo que era el culpable de su muerte. Aunque era consciente de que los dioses no podían morir y aquello lo sumió en una profunda tristeza, y en su desdichado llanto maldijo a sus padres y su condición inmortal. Y lloró desesperado durante horas sobre su cadáver sin vida esperando una señal de los cielos.

Zeus afligido al ver la desolación de su semblante, accedió cumpliendo su anhelo con la condición de que ambos hermanos vivirían separados y alternándose como dioses en el Olimpo y a la vez como mortales en el Hades, allí donde moran las almas y rige el tenebroso Señor de los Muertos con su consorte Perséfone, donde gobiernan las profundidades del lúgubre Inframundo. Aquel reino del mal que se encuentra tras los campos Asfódelos donde solo se escuchan llantos y alaridos, del cual Heracles regresó en vida al igual que lo hicieron Teseo y Perseo, que a Medusa decapitó. Allí donde no se permite la entrada a los vivos, donde los muertos son conducidos por el psicopompo Hermes y juzgados por el rey Minos. Aquel espantoso lugar del cual Orfeo pudo regresar al son de su melodiosa cítara pero sin su amada esposa Eurídice, y donde todavía se pueden escuchar sus lastimosos sollozos. Así como el músico poeta descendió a los Infiernos por amor, Dante lo hizo acompañado del docto Virgilio hasta la dulce Beatriz, viendo con sus propios ojos los pecados y placeres que en vida acometían a los hombres y atormentaron en otros tiempos pasados. ¡Oh, mortales! ¿Acaso existe un acto de amor más grande? ¿Acaso Pólux no amó tanto en vida a su hermano que descendió a los Infiernos y renunció a su inmortalidad por él? Solo los más grandes héroes podían acceder al Averno por sus virtudes antes de morir. Ni siquiera la muerte fue capaz de separarlos.

El omnipotente Zeus compadecido de Pólux, se conmovió tanto por el dolor de su hijo, que también decidió llevarlos al firmamento por el merecimiento de sus actos, conformando la brillante constelación de Géminis, más arriba del cinturón del gigante cazador Orión. No sin antes de que Pólux bebiera el agua cristalina del río Leteo para olvidarse de la pena sufrida y de su vida pasada. Y así fue. Así está escrito en las viejas odas de los poetas cantadas en honor de los tindáridas, como en los himnos homéricos, los de Píndaro o los versos del sabio Virgilio, ya que los Dioscuros fueron venerados tanto por griegos como por romanos. Si observáis el firmamento con atención podréis identificar fácilmente la constelación por su inmensurable brillo que luce por encima de las demás, Pólux posee un intenso color anaranjado mientras que Cástor brilla con un tono azul resplandeciente. ¿Los veis allá arriba en el oscuro manto de la noche? Allí permanecen ahora en eterna compañía uno con el otro como fue en un principio. Zeus también permitió que aquellos nacidos bajo este signo de aire fueran bendecidos por las ágiles alas de Hermes y fueran poseedores de la dualidad contradictoria de los gemelos, con su habilidad de versatilidad, elocuencia y mutabilidad. La historia de los tindáridas está escrita en las estrellas que se unen en el cielo conformando dos figuras unidas, fruto de la fraternidad que sentían el uno por el otro. Y sus nombres están inmortalizados en la historia al lado de Ave César, Octavio César Augusto, de origen divino y del mismo Virgilio. Era tal la devoción que sentía esta nueva estirpe itálica por los hermanos de Géminis que se les concedió el honor de ser los guardianes de Roma, donde aguardan para honrar su honor de la herida en el último combate y celebrar las nupcias con las hijas de Leucipo. ¡Zeus salve a los hermanos tindáridas, caballeros de raudos corceles y auxiliadores de marineros! ¡Cantad, oh musas, a estos hijos del olímpico padre y a su madre Leda! Que yo me acordaré de Cástor y Pólux para seguir entonando mi canto.

Continuará…


Nota de la autora: Hola de nuevo. Aquí está la segunda parte de los "Los hijos de las estrellas" narrando el mito de los hermanos Cástor y Pólux. He tratado de ser fiel a la historia original pero evidentemente otras cosas son de mi invención. En el próximo canto que será el capítulo final publicaré la historia de los hermanos Uchiha. Escribidme en los comentarios que os ha parecido. ¡Nos vemos pronto!