"No eres tú..."

Le dio un largo sorbo a su lata de cerveza antes de subir a la cama, con el cómodo pijama de gato y las alpargatas de enormes garras que tanto le gustaron. Acarició la tapa del ordenador antes de echar a andar los dos terabytes de ram, mientras se ajustaba los lentes para acomodarse frente a la pantalla, dispuesto a pasar un buen rato conectado en su sitio "locacienciaparati". Sus seguidores estarían esperando la grabación que ella compartiría cada semana.

Era una noche perfecta para Hangi, respondiendo a las consultas que le dejaban en el sitio, desde inquietos niños de primaria en adelante. Sumergida en su tema favorito, no acertaba a reparar que su teléfono móvil reclamaba su atención, hasta que una notificación entró por el chat del sitio, escrito con mayúsculas y emoticones - "¡Haaangi, amiga! ¿Por qué no me contestas?! ya ¿Te secuestraron los extraterrestres?". Era Ilse.

Apurada tomó el móvil, y leyó los mensajes que, entre bromas y disculpas, le pidió ayuda con un tema, al que calificó como muy importante. Pero antes que encontrara una coartada para negarse, entró con escándalo la llamada al móvil.

-Hola Ilse – dijo resignada - ¿no estabas en una cita hoy?... ah! verdad, el sujeto al que invitaste…. ¿cómo?, ¿en serio? … ¿qué dices?... pero ¡cómo se te ocurre! – Ilse acababa de arruinar su noche.

-No puedo pedírselo a nadie maás – decía la amiga por el móvil - Te he contado toodo, no notará la diferencia ya que sólo hemos hablado por teléfono. No… te juro que no me insinuó, ni siquiera sabe que lo espiaba. No amiga, es muy serio…. Por favor, ya me excusé una vez. Por favor.

No había 'pero' que valiera para Ilse, así era siempre ella, persuasiva y manipuladora, como toda buena gestora inmobiliaria.

-Pero ya estoy acostada… sí, ya sé que es temprano ¿y qué? – un poco molesta la encaró - Oye loca, no será que vas a juntarte con ese patán, ¿verdad?

-No, estoy decidida a dejarlo. Ya te lo diije - había bufado para sonar más convincente, provocando una ligera sonrisa al otro lado de la línea - Hangi, alcanzas a cambiaarte, a ponerte boniita y hasta a hacer un cultivo de hongos. Levi llegará al restaurante de la cuarta avenida, a sólo unos minutos de tu edificio, recuerda que me debes una…

-Ya hablaremos acerca de eso. No, no me interesa si está guapo, no tenemos los mismos gustos – dijo alegre, recordando a los patas con los que la otra solía involucrarse - mándame la foto, sólo para no llegar a sentarme con un sujeto equivocado.

A pesar de su férrea oposición, Ilse sabía que Hangi era de fiar, incluso en una situación como esa. Y sonriendo complacida se terminó de delinear las cejas, para acudir a la cita de último minuto que le había propuesto el sujeto que había arruinado los planos. Iba para reconciliarse, aunque después de la refriega amorosa vendrían los reproches y se separarían enojados. El volvería a casa con su mujer y la llamaría unos días más tarde, buscando otra reconciliación. Nada iba a cambiar.

En pocos minutos, Hangi se miró al espejo para reparar el barniz de sus labios. Odiaba las citas y las rechazaba con la rapidez de un conejo. Además, con un sujeto del que tenía muy poca información, sólo un nombre y una foto que acababa de recibir. Con rapidez tecleó el nombre en el buscador, pero no tenía redes sociales y sólo referencias en páginas sociales que no alcanzaba a rastrear ahora. Se había animado, con la idea de usar esta experiencia como un experimento social, confirmando su teoría, si lograba controlar las variables. Sus lentes habían brillado ante la idea.

Sin embargo, cuando se enfrentó a las puertas del edificio art decó, unos minutos más tarde, estuvo a punto de girar en reversa y volver a casa, si no fuera porque la palabra empeñada actuó como un ancla, conteniéndola en su impulso de huída. Pero la inseguridad seguía ahí, haciendo mella en su autoestima, gritándole con crueldad que sus uñas sin pintar lucían dispares y poco femeninas.

Luchando contra sus nervios, se acercó a la mampara con la vista fija en el salón. La mayoría de las mesas estaban ocupadas, las miró atentamente y no vio a nadie parecía al sujeto. Se le hizo un nudo en el estomago. Pero se calmó, pensando que la invitada era Ilse.

Esperó cinco minutos largos, y cuando giró para irse, se topó de frente con el hombre de la fotografía. No tuvo ninguna duda, sus rasgos eran inconfundibles, el cabello negro, los ojos inquisidores y hasta llevaba el mismo cravat, como si la foto la hubieran tomado en ese instante. Se cruzaron las miradas, pero él pasó de largo y ella decidió seguirlo, después que lo viera entregar la chaqueta a un empleado.

Se acercó a la mesa como Ilse, luciendo una ligera sonrisa en el rostro, y tomó asiento como ella, incluso creyó notar que tendía a alargar las sílabas como ella lo hacía. Y de ahí en adelante, fue Ilse.

Relataba como propios los logros laborales de su amiga, que iba adornando con sus conocimientos de arquitectura, referencias históricas, curiosidades geográficas y cuanto dato curioso almacenaba en su memoria privilegiada. Teniendo presente en todo momento, hablar en primera persona, para no hacerle preguntas personales, que posiblemente su amiga ya había hecho. Así estuvo hasta que, habiendo vaciado la copa de vino, cruzó las manos frente al rostro, dándose permiso para ser Hangi, al percibir el destello de interés en los ojos grises azulados de Levi.

El en tanto, que hasta minutos antes de abandonar su edificio, dudaba en asistir al restaurante, se sintió extrañamente cómodo en compañía de la risueña mujer, incluso su parloteo le agradaba. Porque cada cosa que decía era lógica y con fundamento, opinaba con seguridad y era ocurrido. Mientras la analizaba, había notado que esquivaba los temas personales, lo que le había decepción al suponer que no estaría interesada en él. Pero le intrigaba la disparidad entre esta mujer en persona con la que le hablaba al teléfono. Y mientras más la observaba, más fascinado se sentía.

-Perdóname, no te dejó hablar. Ahora ya conoces uno de mis peores defectos… incluso en el colegio, los maestros huían de mí.

Les sirvieron un postre caramelizado que no probaron, y Levi le pudo salir a la terraza, ya que la noche estaba estrellada y la brisa era cálida. La guió del brazo, espiándola al caminar, mientras se le antojaba ceder al impulso primitivo de raptarla y esconderla en su caverna. Y es que, la fuerza de la atracción había tomado el mando, haciéndolo luchar contra el deseo de abrazarla al cubrir los delicados hombros con su chaqueta.

Se demoró en entender la primera pregunta personal que ella le hacía, y le tomó varios segundos hilar un relato coherente acerca del negocio que administraba y la sobrina, a quien había criado. Era su única familia y se había casado, hacía sólo unos meses.

Mientras escuchaba, Hange se apoyó en la balaustrada para quitarse los tacones. La vio poner cara de alivio cuando sus pies pisaron el frio suelo. No se veía más baja, sus piernas seguían siendo maravillosamente largas y torneadas. Y Levi hubiera vendido el Ferrari para recorrerlas.

Era el turno de Hangi de observarlo. Tanto el gesto de su rostro como esos ademanes estudiados, sumados a su aspecto varonil, le hacían sentir un vivo deseo por conocerlo más. Se aclaró la garganta nerviosa, creyendo que se ponía en evidencia y sonrió avergonzada. Llevó una mano al cuello y disimiló lo mejor que puso, notando que la vista de él permaneció fija en sus labios.

Reconoció el contraste entre las ásperas manos masculinas, y las suyas. Se las había atrapado cuando él se acercó, liberando el cabello que aplastaba la chaqueta alrededor del cuello. Nadie dijo una palabra, mientras la mirada azul permaneció detenida en su delgada clavícula.

-No nací con el negocio. Tuve que trabajar desde joven para merecerlo. Mi tío creía firmemente que trabajando se forma el carácter, así que he sido chofer de grúa, pescador de navío, cortador de leña, estibador, vendedor de seguros… he hecho de todo.

- Eres muy interesante, Levi. Pero lo que no logro entender, es cómo no tienes pareja.

- Ya te dije que estaba ocupado trabajando.

-Sí, pero….

-Lo mismo te pregunto. ¿Cómo es que nadie te ha cazado? – eso sonó casi como un halago y Hangi disimuló que no lo había captado.

-Oye Levi… cuéntame tu peor secreto… algo que te avergüence.

-Tengo historias sórdidas que te podrían asustar. Y luego, no querrás volver a verme.

-Estoy seguro que cualquier cosa que cuentes… no supera las mías.

-Pruébame.

-Maté a una persona… - se arrepintió apenas lo dijo, por la cara que él puso.

- ¿Cómo que mataste a una persona?

-Ocurrió dos veces.

- ¿Lo quieres contar?

-Le disparé a un sujeto durante un asalto. Me deslicé por la alfombra del auto y tomé el arma que papá ocultaba bajo el asiento. Tenía entonces siete años. - Levi sintió muchas cosas en ese momento, pero sólo acercó su mano hasta la de ella, pero no la sujetó.

-Y hace unos años, en el piso treinta y seis del edificio Flyer, cuando llegó el ascensor, le di el paso a un señor que parecía apurado. Me hice a un lado sin mirar, y él cayó al vacío.

-Eso fue un accidente.

-Lo sé, pero después de volarle la cabeza a una persona, muchas cosas rondan por tu mente.

-Eras una niña. ¿Estuviste en terapia?

-No. Pero me planteé seriamente el ingreso a las fuerzas policiales.

Levi había mirado su reloj por segunda vez en cuarenta minutos, lo que a Hangi no se le había escapado. Y con pesar, concluyó que estaba apurado por irse. Su instinto de conservación se activó entonces para blindarla de una nueva desilusión. Le expresaron entonces, que caminaran hasta la puerta de su edificio. Ya tendrás más tiempo adelante de buscar una excusa por el tema de Ilse.

Levi, sin embargo, insistió en llevarla en su Ferrari, descolocando a la castaña cuando ingresó a los estacionamientos, inventando una excusa para no dejarla en la acera. Después, no le pareció tan raro que subieran juntos el ascensor, pero pareció descompuesto porque demoró un día entero en llegar al piso doce, y ese silencio entre ellos sólo empeoraba las cosas.

Una vez afuera del departamento, los números dorados de la puerta se le antojaban irreales a Hangi. Miró a su acompañante para comprobar que no había estado soñando y puso las llaves en la puerta. Se volteó despacio quitándose la chaqueta que aun llevaba sobre los hombros, y se la acercó.

-Lo pasó muy bien, Levi. Me alegra haberte visto – Miró su semblante serio e inquisidor. Una pregunta revoloteaba en el aire, pero ninguno de los dos se animaba a atraparla. Quiso decir algo más, pero como ella se había dado de baja entre las adictas a las decepciones, se contuvo.

- Antes de que desaparezcas tras esa puerta, quiero saber cómo te llamas. Tú no eres Ilse – la voz sonó autoritaria y grave.

Ella iba a sonreir fuerte y negarlo, comoba hacer cuando la pillaban mintiendo. Pero esta vez, no pudo. Aun con las sensaciones a flor de piel, le puso extrañamente feliz que él notara la diferencia entre su provocada amiga y ella.

-Si pasas, te lo puedo explicar mejor.

Cuando se separaron al día siguiente, ya se conocieron un poco más. Por suerte, Hangi había crecido en una familia inglesa, y en su despensa había suficiente té, con el que amenizaron esa noche inolvidable.

Las sábanas desordenadas eran el único testigo de lo que ahí había pasado, porque ni siquiera Levi con su fobia social, ni Hangi con las secuelas de una educación rígida, podrían resistirse a la embestida de esa arrolladora atracción.

Hangi había besado y acariciado el cuerpo desnudo de un hombre en su primera cita, y Levi se había dejado llevar por el deseo. No lo habían planeado, pero había sucedido, y estaban contentos del resultado.

Lo cierto es que, desde ese día, ya no volvió a separarse y Hangi unos meses después publicó un artículo retractándose de sus dichos en contra de las citas a ciegas en general y de las personas que recurren a ellas, en particular. Y aunque le costaba responder a sus conocidos el cómo se habían conocido, pasado un tiempo lo contaba entre risas, formando parte de sus mejores anécdotas, porque se encontró con el amor de su vida.

Con el tiempo, después que nacieran sus hijos, Levi le confesó que supo enseguida que ella no era Ilse cuando llegó al restaurante, porque su amiga andaba siempre atrasada. También le dijo cosas más íntimas, acerca de cómo le molestaba su ardiente amigo erecto mientras ella no paraba de hablar, y las apuestas que se hacía en secreto pensando en su ropa interior, el color de su tanga y su sabor de mujer. Aunque, se reservó el cuadro febril que casi le hace volar la cabeza, al imaginarse desnudo y rodeado por sus hermosas piernas. Pero esa es otra historia, y se relatara en un cuento caliente de esta querida pareja de Aot.

Espero les haya gustado. Leí por ahí que es la semana del Levihan y por eso me divertí escribiéndolo.

Saludos a todos.