33. Hola! ¿Alguien por aquí? Madre mía, sí que ha pasado tiempo desde la última vez que subí un fic.
La verdad es que siempre he querido volver a escribir algo y digamos que no he tenido oportunidad hasta ahora. La vida ha estado…complicada, la verdad, por decir algo. Tenía (y tengo) muchas ideas para escribir, pero pocas ganas, y cuando las tenía, no tenía tiempo, o prefería descansar la mente y dedicar mi tiempo libre al manga, anime, videojuegos…
Tenía pensado escribir fics de algún otro fandom (Haikyuu, P5R, etc), pero al final, he terminado escribiendo uno de Genshin Impact, fandom en el que me estreno!
Albedo es uno de mis personajes favoritos, y la verdad es que me hubiera gustado escribir y publicar este fic cuando salió el evento Sombras de nieve y polvo de 2.3, que es cuando me surgió la idea, pero no me ha sido posible hasta ahora, y su trabajo ha llevado por falta de tiempo (la mayor parte de este fic fue escrito primeramente en el móvil XD)
A pesar de ser de mis favoritos, todavía no tengo a Albedo T-T Soy (de momento) f2p, y en fin… Tengo muy mala suerte y poco tiempo XD
Pues aquí traigo un oneshot Albedo-centric y Albether. Me ha encantado escribir este fic :)
Espero que le den una oportunidad a mí y mi historia! Muchas gracias por leer!
Disfruten!^^
Pd. También voy a intentar subir este fic en inglés en mi cuenta ao3 (también estoy como MitsukiWing). Ahora que parece que he vuelto a las andadas de escribir fics (aunque solo sea por ahora; porque leer leo muchos fics desde siempre XD), quiero probar cosas nuevas!
**..**
A FOOL´S MARK
Una de las primeras cosas que Albedo aprendió de los humanos fue a mentir.
Quizás fuera por el hecho de que era algo que presenciaba con frecuencia, y que resultaba tan sencillo como respirar.
Bueno, quizás esto último no fuera del todo cierto. Porque respirar implicaba vivir, y la vida, pronto descubrió, era de todo menos sencilla.
Pero no porque la vida en sí, como el respirar, fuera difícil, sino por las personas.
Las personas eran las que hacían la vida complicada e, intrínsecamente, interesante. Razón más que suficiente para vivir, supuso.
Los humanos eran, por ende, seres complicados. Y fascinantes, sumamente fascinantes, cada uno, individual o en su conjunto, a su manera.
Y Albedo no podía evitar preguntarse por qué.
Albedo se preguntaba. Mucho. Por todo. Desde siempre; desde que nació. Desde que fue creado, más bien, lo que venía a significar lo mismo.
Por eso su objetivo principal era desentrañar todo aquello que llamara su atención, porque no le gustaban las preguntas sin respuestas. Y porque era el cometido que le habían dado en su vida.
Un objetivo claro que perseguir en una vida que sino carecería de sentido. Había algo satisfactorio en descubrir pequeñas verdades. Y la vida, junto con las personas, estaba llena de ellas.
La percepción, el comportamiento, las interacciones de las personas van cambiando, paulatina o drásticamente, según el paso del tiempo. Según van creciendo.
Esto, aunque obvio, es un concepto que le costó asimilar.
Porque Albedo no tuvo infancia. O quizás sí la tuvo, y no la recuerda, aunque parece poco probable.
Por lo que no tiene constancia de los cambios que su percepción puede o podría haber sufrido de haber tenido un periodo de crecimiento propiamente dicho como el resto de los humanos.
En su caso, pasa de no conocer y no entender a conocer y entender. Puede conllevar más o menos pasos, más o menos tiempo, pero a la hora de la verdad, todo se simplificaba en eso. Aunque a él no es que le gustara simplificar.
Era interesante ver esos cambios en el mundo, en las personas, animales, plantas y el propio suelo bajo sus pies y el cielo sobre su cabeza.
Sí, las personas eran interesantes, para bien o para mal.
Quizás una de las razones por las que los humanos le resultaban tan interesantes es porque él no es uno de ellos.
Fue creado. Por partes. E insuflado de vida.
Como un globo. Alzándose al cielo. Y a punto de estallar por aquello mismo que llevaba en su interior.
La marca en su garganta es prueba de ello.
Más de una vez se ha preguntado si podría ignorar su origen y vivir a su modo, sin que le pesase las implicaciones del pasado y todo lo que eso suponía.
Su creadora y maestra. Su hermano.
Khaenri´ah. El cataclismo. La Orden del Abismo.
Como si Albedo fuera un necio.
Quizás sí lo fuera.
Quizás lo que tenía que hacer era simplemente buscar la verdad, sobre él, sobre el mundo, sobre lo que aconteció a una antigua civilización, y olvidarse de desear.
Eso fue lo segundo que aprendió de los humanos: Desear.
Desear ver mundo. Desear conocer personas.
Anclado en un mismo sitio, echando raíces cual árbol centenario, esperando a que sus hojas se sequen y sean pisoteadas, su tronco se pudra y se quede hueco. Hasta desaparecer. Hasta ser olvidado.
Sin vida. Vacío.
En un terreno inhóspito donde poca gente se atreve a adentrarse, donde lo que allí nace y vive, es un superviviente.
Se preguntó si él era eso. Un superviviente. A fin de cuentas, son aquellos que quedan los que cargan con las culpas de los muertos.
Esa sensación era como el frío que le atenazaba en Espinadragón.
Exhaló un suspiro, y vio la voluta de vapor que escapó de su boca.
Y es que Albedo se ha preguntado, más de una vez, como siempre, si, en el fondo, no estaría hecho de humo.
Un interior cuya alma, si es que tenía, se hallaba quemada hasta las cenizas, y esa humareda invisible escapaba cada vez que respiraba.
Se preguntaba, también, si llegaría un momento en que exhalaría un último lamento.
Como los humanos.
Los humanos vivían, crecían, se reproducían y morían.
Su paso por la tierra era finito, y de ahí sus ansias por vivir.
Observar su comportamiento y su manera de relacionarse entre ellos era un estudio en sí mismo, y se descubrió queriendo formar parte de esa comunidad, con la investigación de la vida como pretexto, pero sabiendo que en el fondo había algo más...irracional. Visceral.
Puede que solo quisiera ser uno de ellos porque, al igual que los humanos, no tuvo voz ni voto en su nacimiento (si es que se podía llamar así), y también era capaz de cometer errores. Además, también había monstruos con piel humana. Albedo lo sabía bien.
Como también sabía moverse entre humanos, o por lo menos eso creía. ¿Cómo iban a dejar una pequeña criatura a su cargo, sino?
Todo, como siempre, tenía origen en su maestra, creadora y madre, Rhinedottir (Oro), una mujer estricta y comprometida con su trabajo y su poder, que contactó a una amiga para que a Albedo le fuera más fácil integrarse con las personas, y así poder tener un laboratorio donde investigar y llevar a cabo experimentos, y tener alguna clase de objetivo en la vida, porque ella debía saber tan bien como Albedo que, sin eso, Albedo se consumiría como una vela, no encendida con una leve llama para alumbrar y calentar e ir poco a poco llorando cera, sino como una vela tirada a una hoguera, cera derritiéndose y adoptando una forma extraña, hasta que no queda nada. Extraña y oscura. Inexistente. Como su naturaleza.
Le dio un objetivo, puede que imposible de cumplir en una vida.
Quizás solo era una excusa para dejarle.
Alice era una mujer excéntrica, cuanto menos, aunque Albedo no estaba seguro de que él pudiera juzgar ese aspecto; y a Albedo no le gustaba no estar seguro de algo. Porque las cavilaciones y conjeturas podían llegar a la verdad, o a algo mucho peor, una verdad de la que uno prefería ser ignorante.
Se preguntó si así es como tenía que ser una madre. Probablemente no. Aunque tampoco podía opinar sobre eso. No sabía realmente nada de su madre, ni lo que eso suponía para él.
Klee, por otra parte, se le antojaba... Preocupante. Sí, preocupante sería una palabra acertada. A fin de cuentas, pronto descubrió, tras conocerla, que no podía evitar sentir esa sensación de vértigo cada vez que creía que estaba en peligro... O ella era el propio peligro.
Albedo no pensaba que fuera a sentir apego por nadie, más allá de un nivel superficial como había hecho hasta ahora con el resto del mundo. Pero aquella niña era una explosión de admiración, curiosidad y adoración, casi literalmente.
Y Alice le había dicho que la considerara como una hermana pequeña.
Pero Albedo no estaba seguro de que eso fuera buena idea. No lo era, pensando en la relación, más bien inexistente, con su "hermano". Su concepto de familia estaba contaminado.
Por eso puso en práctica lo primero que aprendió de los humanos: mentir.
Porque los humanos mentían para bien o para mal, pero no porque el hecho de mentir en sí fuera bueno o malo, sino que dependía de la percepción de cada uno. Muchas veces era sencillo decir aquello que los otros querían escuchar, aunque fuera una mentira.
Quería complacer a Alice y a Klee, porque es lo que haría una persona normal para amoldarse, y porque a fin de cuentas, por extraño e ilógico que le pareciera, sentía afecto por Klee. Eso no era una mentira.
Adoraba a aquella niña, igual que ella parecía adorarle a él. Y quizás fue entonces cuando Albedo empezó a sentirse humano: cuando creyó tener corazón.
Esa fue la tercera cosa que aprendió de los humanos: Amar.
Y en aquel momento, era suficiente. Parecía suficiente.
Eso no impidió que creara una nueva categoría en su interior.
Porque a Albedo le gustaba compartimentar las cosas. Era algo metódico y ordenado, y eso era algo que le gustaba. Había claridad en el orden.
Por lo que Klee entraba en el cajón de familia, en un cajón de "familia" totalmente distinto en el que se encontraban Oro y Durin, y pensaba guardarla con cariño ahí dentro.
Aun si sentía que se le escapaba vida por la boca con cada exaltación que le provocaba al hacer una bomba o coger alguno de sus viales con líquidos y efectos bastante cuestionables.
Aunque eso le consiguió un puesto entre los Caballeros de Favonius (junto con una carta de recomendación de Alice), así como más métodos y utensilios de investigación, e incluso hasta ayudantes, a los que, contra todo pronóstico, disfrutaba enseñando.
Parecía una buena forma de pasar su vida, intentando no pensar en lo que se pudría en las altas montañas heladas y que colgaban de sus hombros como una capa cada vez más pesada, arrastrándose por la nieve. O como una soga.
A fin de cuentas, crear era divertido. Y peligroso.
Esa era una de las razones por las que le gustaba la alquimia.
Seguía un proceso más o menos complejo, más o menos largo, pero tenía su explicación y un fin en sí mismo. Obtener algo a través de ese proceso transformando algo más. Crear a partir de algo. Así debió ser como él nació.
Tenía sentido.
Por eso lo primero que le suscitó la primera vez que vio al viajero fue: confusión pura y sin adulterar. Un misterio de principio a fin. Su existencia no parecía tener sentido en ese mundo.
Una vez más, Albedo se preguntó.
Se preguntó si sería de mala educación pedirle al viajero una muestra de su sangre para estudiarle. O un mechón de pelo. O una uña. O un trozo de piel. O un ojo.
Puede que no. Por su experiencia, aquello no parecía muy socialmente aceptable.
Albedo ya había intentado desentrañar algunos de los misterios con respecto a su persona como mejor sabía: experimentando.
Supo que sangraba igual que los demás humanos. Que sentía dolor. Que a pesar de que su alma teóricamente no era más que vida insuflada en un cascarón hasta entonces vacío, podía sentir emociones en mayor o menor medida.
También podía soñar, aunque no tenía modo de experimentar ni estudiar algo tan intangible. Quizás soñar fuera una de esas cosas que tendría que ver con más detenimiento en algún momento, aunque no veía que pudiera sacar nada fructífero de ello. Por ahora.
Experimentar podía ser doloroso, cuestionable, y con pocos resultados.
Seguramente su maestra lo miraría con ojo crítico, y puede que Alice le juzgara un poco por ello para luego encogerse de hombros, pero Klee se entristecería mucho de saberlo, por lo que también podía mentir sobre ello. Y centrarse en otras cosas.
Como el viajero.
Quizás sería más adecuado preguntarle por su nombre primero.
-Aether-respondió.
Aether. Éter. Etéreo.
Tenía el nombre de un fluido invisible que, por definición, llenaba el espacio y transmitía energía. Y según algunas antiguas civilizaciones sobre las que Albedo había leído, incluso podía considerarse un elemento en sí mismo. Algo intangible, sutil.
Albedo pensó que le definía perfectamente.
Era, cuanto menos, interesante.
-¿Tu nombre?-le preguntó el viajero a su vez.
Y le hacía ver a Albedo que nunca se había interesado por el origen o significado de su propio nombre.
-Albedo.
Más allá de la definición de reflejar una proporción de luz sobre una superficie.
Puede que eso es lo que fuera. Reflejaba todo aquello con lo que se encontraba, y se adaptaba para mostrar lo que la persona delante de él quería ver. Con mayor o menor éxito.
Aether sería la luz.
La nieve reflejaba mucha luz.
Otra de las razones por las que Albedo parecía no poder desvincularse de Espinadragón.
Albedo también era justo el proceso intermedio en una reacción de transmutación alquímica.
También le definía bien. Siempre sería algo a medias.
Aether le sostuvo la mirada cuando le dijo su nombre, para después ver cómo se dirigía ligeramente hacia abajo, y terminaba por apartar la mirada tras un leve asentimiento de cabeza.
"Ah"
Su mirada se había posado en su garganta. En su marca.
Resultaba curioso que alguien, aparte de él mismo, le resultara intrigante.
Puede que incluso le contara la verdad.
Además, a Klee parecía gustarle mucho aquel viajero misterioso, lo que le granjeaba puntos a su favor.
No fue hasta mucho después que Albedo cayó en la cuenta de algo. Algo primario que hizo tambalear los cimientos de su ordenada organización.
Aether le había resultado mucho más interesante que la acompañante de éste. Lo cual quizás debería alarmarle. Porque era una criatura flotante extraña que nunca antes había visto.
Y sin embargo, sus ojos apenas se habían posado en ella; no cuando estos volvían a buscar los de Aether inconscientemente, una y otra vez.
Albedo no sabía cómo clasificarle.
No era familia. Tampoco amigo exactamente, dado que Albedo aún no terminaba de discernir los límites de esa palabra. Compañero quizás, como el resto de Caballeros. Tampoco podía considerarle un extraño. No cuando ya se habían presentado. No cuando Albedo no quería otra cosa que no fuera conocerle más.
Puede que Albedo tuviera que replantearse las cosas.
O puede que, simplemente, Aether no podía ser categorizado.
O puede que entrara en todas las categorías.
Así pues, necesitaba conocerlo más.
Le gustaba buscar el conocimiento y alcanzarlo. Eso sí era propio de él.
Otra cosa que le gustaba, contra todo pronóstico (o no tanto), era la pintura.
Había algo...terapéutico en ello.
Dejar la mente vagar mientras se replicaba un paisaje, un objeto, una persona. O un monstruo.
O visualizar físicamente las imágenes que proyectaba su imaginación. Aunque eso era más complicado.
Era porque a Albedo siempre le había gustado dejar plasmado, ya sea por imágenes o por escrito, lo que observaba y estudiaba.
Y así dejar constancia de su existencia.
Puede que todo se resumiera en eso.
Un pequeño compendio de su vida que se iba agrandando poco a poco según pasaba el tiempo.
Y Albedo sentía la imperiosa necesidad de incluir al viajero.
-Me gustaría dibujarte algún día-le confesó una vez.
Aether le miró con esa mezcla de confusión y sorpresa que solo se reflejaba en sus ojos, para luego dedicarle una pequeña sonrisa afable.
-Me gustaría verlo-respondió.
Porque él era así. Porque parecía ser todo lo que Albedo había intentado ser durante toda su existencia.
Complacer a los demás y que estos le admiraran.
No... Que le necesitaran. Que le echaran de menos.
Y sin embargo, Albedo sentía cómo ese anhelo le corroía por dentro.
Nunca había sentido algo así y no sabía cómo gestionarlo.
-Es como si me quemara por dentro.
Esa fue la respuesta que le dio Aether cuando bebió uno de sus viales a petición suya para comprobar, o más bien, confirmar, una sospecha.
Puede que ese fuera el símil más cercano para describir lo que sentía cada vez que los dos compartían el mismo espacio.
Albedo sentía que se quemaba de dentro a fuera.
Una vez más, pensó en que estaba hecho de nada más que cenizas de un fuego extinto tras haber arrasado con todo. Polvo. La forma más básica de vida compleja.
El confirmar que Aether no era solo un viajero, sino un viajero de otro mundo, Albedo no experimentó el alivio que esperaba sentir al confirmar esa teoría.
No. Sintió algo similar al pánico.
Porque, si Aether era de un lugar muy lejano, fuera de Teyvat, ¿cómo se suponía que Albedo podría alcanzarle una vez que Aether hubiera encontrado a su hermana y nada lo retuviera aquí?
No fue una sensación de vértigo como solía sentir cuando algo le preocupaba.
Fue directamente como caer al vacío.
Cortante. Sin aliento. Aterrador. Y resignación ante lo inevitable.
Se preguntó si eso significaba ser humano.
Albedo tenía una Visión. Algo poco común, pero no tanto como ser un homúnculo.
Le gustaba su Visión. Geo. A fin de cuentas, no era sino otro medio para crear. Para descubrir. Ese era su objetivo en la vida, aquel que le había sido encomendado por su creadora. Por tanto, su Visión no era más que una herramienta para cumplir esa meta.
Aun así, le costaba entender por qué iba ningún dios a darle tal poder. Él era insignificante. Un copo de nieve en una ventisca. Frío y letal. Destructivo.
Le preocupaba que llegara un día en que, más que crear, destruyera.
Como su madre.
Se preguntó, también, si acabaría como su hermano, Durin.
No llegó a conocerle. Y puede que fuera lo mejor. Porque si no, no sabía si sería capaz de asentarse y caminar sobre sus restos.
Podía sentirlo. Verlo en cada peñasco, en cada roca, en cada árbol moribundo.
Si se asomaba por uno de los muchos barrancos, puede que encontrara respuestas en la muerte.
Un contacto cálido le recorrió el brazo. Desvío la mirada. Una mano agarraba su brazo. Alzó la mirada. Aether le miraba fijamente.
-Lo siento-se disculpó, incómodo-Estás muy cerca del precipicio. Creí que te ibas a caer-explicó, dejando caer la mano.
Un latigazo de anhelo, cálido como esa mano, recorrió el cuerpo de Albedo.
-¡Sí! Ten cuidado, Albedo, ¡tú no puedas flotar como Paimon!-exclamó su compañera, que se encontraba un poco más adelante.
-... Mis disculpas-dijo, echando un último vistazo al abismo, para separarse del borde.
Aether era un ancla para él en ese mundo, desde que lo conoció. Y al parecer, en un sentido bastante literal.
Albedo se preguntó qué pensaría Aether si supiera su verdadera naturaleza.
Puede que solo necesitara un empujón para que lo supiera. Un empujón que amenazaba con lanzarle montaña abajo en forma de impostor.
Debería sentirse preocupado. Habría sido lo normal. Pero lo único que sentía era resignación. Como si siempre lo hubiera esperado.
Y aun así, cuando Aether supo distinguirle claramente del "otro" Albedo, volvió a notar esa calidez en su interior que le proporcionaba una paz que ni siquiera sabía que necesitara, o más bien, que mereciera.
-No tiene la marca-dio Aether como explicación.
Una marca del necio, como la consideraba Albedo. Porque era un claro recordatorio de que nunca sería como los humanos. Y eso podía ser algo tanto bueno como malo. No es como si importara, porque era algo que no podía cambiar.
Podía ver la pregunta en los ojos de Aether. Quería preguntarle a Albedo por la marca.
Aether siempre se expresaba mejor con esos ojos y algún gesto que con palabras, en contra posición de la verborrea que siempre soltaba su flotante compañera.
Albedo sentía cierta... Irritación hacia Paimon.
Tardó un tiempo en identificarlo, puesto que era algo que no creía haber sentido en mucho tiempo. O en absoluto.
Envidia. Celos.
Tenía celos de Paimon porque Albedo era el que quería estar a esa poca distancia de Aether a todas horas.
Otro pensamiento irracional.
La sensatez tendía a abandonarle cuando se encontraba en el mismo espacio que el viajero.
Quería responderle. Contárselo. Y aun con todo, el primer instinto de Albedo fue mentir. Porque era lo primero que había aprendido hacer. Porque era fácil. Porque era seguro. Porque era un mecanismo de supervivencia. Porque no soportaba la idea de quedar expuesto, ser vulnerable, porque así es como las personas se aprovechaban las unas de las otras, y ese era uno de los aspectos que Albedo más aborrecía de la humanidad.
Pero Aether no era así. Se merecía algo mejor que una mentira que detectaría de inmediato.
Miró a Aether a los ojos, y como si estuviera contando un cuento, algo ajeno a él, se lo contó. Su marca. Su origen.
Una marca como en forma de estrella que a pesar de no ser más que una mera imperfección en un producto final, se asemejaba a los ojos de la antigua civilización de Khaenri´ah.
Un origen en parte incierto. Un hermano podrido. Una creadora avariciosa y desaparecida. Un cataclismo del cual no puede evitar pensar que tuviera algo que ver con ello.
Albedo pensó que los ojos de Aether se enturbiarían, pero fue casi lo contrario. Como si una bruma se levantase. Como si, por fin, viera a Albedo. Le viera de verdad. Y cualquier duda que podría haber tenido sobre él se esfumó, como una voluta de vapor.
Aether sonrió y asintió, como si todo estuviera bien.
Como si Albedo se mereciera esa comprensión. Esos labios formando una sonrisa.
Albedo se preguntó qué se sentiría al tener los labios de Aether en la garganta, sobre la marca. Sus manos en la garganta, apretando hasta asfixiarle.
Se preguntó si, al besarle, su aliento se introduciría en él y le insuflaría vida. Si impediría que Albedo malgastara su vida en suspiros. Si eso entrelazaría sus vidas. Si les definiría.
Compartir y ser parte de la vida de otra persona. ¿Podía ser eso algo factible para alguien como Albedo?
A Albedo le gustaba pensar que sí.
Como cuando preparó comida y aquellos a su alrededor la comieron y expresaron su agrado. Es como si él hubiera pasado a formar parte de ellos de una manera más intrínseca. Como si se hubieran comido parte de su alma. Aunque sabía perfectamente que eso no era más que una mera ilusión y que terminaría abandonando sus cuerpos. Pero, por un instante, la ilusión le abrazó con susurros melancólicos.
Albedo no pudo sino sonreír.
Aun así, se preguntó entonces si esa estúpida marca le definía. Que, sin ella, no era él. ¿En eso se basaba su existencia?
Miró a Aether, mientras éste escuchaba a Paimon con aire pensativo. ¿Sería Aether capaz de diferenciarle si no llevaba la marca? ¿O si el "otro" la llevaba?
Era más fácil pensar en él como el "otro" para evitar pensamientos intrusivos como que él mismo era el otro. ¿Acaso era real? ¿Más real que el otro, solo por haber sido creado antes? ¿Solo por haber vivido las experiencias y conocer a las personas que le han definido?
Volvió a mirar a Aether.
Si Albedo desapareciera, ¿le echaría de menos? ¿Le lloraría?
A Albedo le aterrorizaba pensar que no.
¿Qué sentido tenía la vida si no hallaba esa gran verdad que buscaba, si no dejaba atrás grandes descubrimientos e investigaciones legadas, si no quedaba nadie que fuera a recordarle?
En ese momento, ante la imposibilidad de hallar consuelo en Aether, añoró tener a Klee a su lado. Al menos tendría a alguien a quien abrazar y que le hiciera sentir con los pies sobre la nieve y no pendiendo de un precipicio.
Tal vez debería fingir resbalarse para que Aether volviera a tocarle.
-¿Pasa algo?-Aether se había separado de Paimon, que ahora hablaba con sus otros compañeros de expedición.
-¿Tendría que pasar algo?
Aether enarcó una ceja.
-Pareces preocupado.
Albedo apretó los labios en una fina línea.
-Suelo estarlo.
Un momento de silencio, mientras la nieve crujía bajo sus pies. Pronto se convertiría en hielo, y sería una trampa mortal. Como él. Quizás no le quedaba mucho para convertirse en hielo, a pesar de que Aether se empeñaba en ser una llama constante a su lado a pesar de que Albedo era una advertencia andante.
-Por tus investigaciones. Por misterios que te intrigan. Pero ese no parece ser el caso ahora-observó Aether, con ojo crítico.
-¿Tan bien me crees conocer?
Una de las comisuras de los labios de Aether se levantó.
-¿Qué crees tú?
Albedo sacudió la cabeza. Y decidió ser honesto.
-Solo pensaba...que me gustaría que Klee estuviera aquí.
Solo esperaba que, donde quiera que estuviera ahora, no estuviera causando demasiados problemas... Aunque eso era como no querer mojarse estando al descubierto bajo la lluvia.
Un breve instante de silencio, otra vez, y entonces, un extraño sonido que Albedo no había escuchado hasta ahora.
Oh.
Era la risa de Aether.
Nada más que una pequeña exhalación, que había intentado camuflar con la mano, con menos éxito del que se esperaba, estaba seguro.
-Lo siento-se disculpó, como si aquella melodía gutural pudiera significar algo malo si iba dirigida a Albedo; nada más lejos de la realidad.
Quizás había interpretado su sorpresa y confusión con malestar.
Ya no reía, pero una sonrisa que no había visto hasta ahora se había instalado en su rostro. Era más amplia, más brillante. Incluso podía verle un poco los dientes.
Oh.
Albedo decidió en ese momento que esa sonrisa pasaba a ser su sonrisa favorita.
- ¿Por qué me miras así? -le preguntó Albedo, intentando discernir qué era lo que había causado esa risa y consecuente sonrisa. Aether parecía más relajado. Y Albedo quería saber poder replicar esa situación siempre que quisiera escuchar esa risa, ver esa sonrisa.
-Nada, es solo... Así que tú también te preocupas por tu hermana pequeña, ¿eh?
Ah.
-Sí-asintió. Le miró de reojo-Y la echo de menos.
La sonrisa de Aether se tornó triste, distante. Albedo no sabía que se podía sonreír de esa manera. No parecía entrar en la definición de sonrisa que conocía. No era un gesto que se usara para denotar tristeza, melancolía.
Y, sin embargo, Albedo aprendió a identificar esa sonrisa. Era la que Aether siempre le dedicaba a su hermana. Una sonrisa cargada de amor, de nostalgia. De dolor.
-Lumine…-empezó a decir Aether, pero su voz se apagó antes de que susurrara nada más que su nombre.
-¿La echas de menos?-le preguntó Albedo, aunque ya sabía la respuesta; por supuesto que la sabía.
Aether miró a la alto, a las cumbres escarpadas, frías y traicioneras de Espinadragón, como si esperara encontrar la respuesta ahí.
Aether exhaló.
-Siempre.
"Siempre"
Albedo también quería ese "siempre" de Aether. Lo deseaba de una forma tan fuerte que casi parecía un dolor físico. Le dejaba sin respiración. Le apretaba la garganta y el pecho.
Él no debía desear. Desear era de humanos. Y parecía solo traer desgracia.
Pero Albedo deseaba, una y otra vez, lo mismo, o más cosas, pero siempre sobre lo mismo: Aether.
Deseaba que, algún día, ocupara un lugar en su corazón tan grande como su hermana. ¿Era egoísta pensar así?
Al principio, lo primero que quiso Albedo tras conocerle, fue ser él quien encontrara a su hermana. O hallar alguna pista importante sobre su paradero. Algo que ayudara de verdad a Aether. Pero pronto descubrió que no era tarea fácil. Era más bien frustrante hasta decir basta. ¿Cómo podía soportar aquello Aether?
Albedo tan solo había querido ser útil para él, y así que éste le necesitara. Darle una excusa para volver a él una y otra vez.
Quería esa calidez, esa sonrisa, ese amor, de una forma tan visceral que Albedo apenas podía reconocer aquel anhelo como algo inherente a él. Era como un parásito que había anidado en su interior el momento que su mirada se cruzó con la de Aether.
Y su primer instinto, por supuesto, fue negarlo. Mentir. Mentirse así mismo sobre aquellos pensamientos y sentimientos que no era capaz de gestionar. Era asfixiante, estresante. Sentía que se ahogaba en su propio cuerpo.
-Lumine…es mi hogar-declaró Aether, con la voz teñida de cariño-Un sitio al que siempre volver. Donde sabes que quieres estar, por mucho que cambien las cosas-Aether le miró-¿Lo entiendes?
A Albedo le gustaría decir que no. Pero en el fondo, sabía que no era cierto, que eso también sería mentir; y no le gustaba mentir a Aether, al menos no de forma consciente y sobre algo que era tan importante para él. Albedo sentía que aquella conversación era importante. Y aunque no lo fuera, Aether estaba hablando más de lo que solía hacer, y su atención estaba centrada única y exclusivamente en Albedo. Y Albedo quería que eso durara lo máximo posible.
-Sí-terminó por contestar, pensando en lo que él entendía por hogar.
Su primera asociación a la palabra, tiempo atrás, fue a su creadora, pero eso terminó desdibujándose como el reflejo de algo en aguas turbulentas, a pesar de darle un significado y, junto con Alice, un objetivo en su vida. Pensó en Espinadragón, que le daba cobijo y le daba un abrazo frío esperando como su descanso final.
No, su hogar… Su primer hogar fue Klee.
Cuando fue consciente de ello, lo primero que hizo fue dudar de su juicio.
Se suponía que un hogar era un sitio, aquel en el que se vivía. Una vez más Espinadragón le vino a la mente. Incluso su lugar en los Caballeros de Favonius. Pero no.
Tras moverse de aquí para allá, viendo parte de un extenso mundo, y conociendo a muchas personas y monstruos, Albedo siempre volvía al mismo punto, y su mente solo era capaz de pensar cómo estará Klee desde la última vez que la vio.
Klee, una pequeña criatura llena de amor y curiosidad, que le abrió su corazón a Albedo cuando no tendría que haberlo hecho, cuando Albedo ni siquiera sabía cómo comportarse para parecer un humano agradable.
Así que, sí, Albedo lo entendía. Y creía entender también el dolor que empañaba el corazón de Aether.
Lo veía cada vez que preguntaba por su hermana a cada nueva persona con la que se encontraba, para luego mostrar esa expresión de resignada decepción, como si siempre esperara ya una negativa cada vez que preguntaba por ella. Casi como si hubiera perdido la esperanza.
Pero Albedo sabía que eso no era cierto.
Porque Aether seguía hacia adelante a pesar de no obtener ningún tipo de recompensa personal por todo lo que estaba haciendo por el mundo y por todos con los que se cruzaba. Había ayudado a Albedo mismo, y no había sido capaz de compensárselo de igual modo, lo que ya era frustrante en sí mismo.
Porque la convicción de Aether podía flaquear, con el paso del tiempo, pero nunca romperse. Nunca. Albedo lo sabía bien. Y por eso sabía que, tarde o temprano, daría con su hermana. Significara lo que significara eso para Albedo. Si significaba que no volvería a verlo nunca más.
Albedo prefería no pensar en eso.
-Sí, lo entiendo-reiteró.
Aether sonrió ante su respuesta, casi como si esperara ese tipo de respuesta. Puede que Aether también le conociera más de lo que dejaba entrever.
-Mm-asintió con la cabeza mientras retomaba la marcha-Claro-murmuró para sí; volvió a mirarle, y esbozó otra sonrisa. Aether parecía sonreír más últimamente, en su presencia; ¿o era solo lo que Albedo deseaba ver? Pero esta sonrisa era distinta. No era triste. Era casi…esperanzadora-Siempre he pensado que somos similares, ¿sabes?
Aquella afirmación hizo que Albedo se parara en seco. Casi resbaló con la nieve apelmazaba bajo sus pies.
-¿Similares?-su voz denotaba la confusión que sentía. Nunca se le había pasado por la cabeza.
¿Cómo iban a ser similares?
Aether era como el sol en otoño, cálido y bajo el que te cobijabas con la cabeza hacia él y los ojos cerrados notando su caricia en la cara mientras pisabas hojas secas. Era como el agua fría en un verano caluroso, para bañarse en sus brazos o beber con una exhalación de alivio. Era como una chimenea encendida en plena ventisca invernal, arropándote para dormir sin pesadillas. Era como un campo lleno de flores de vivos colores en primavera, atrayendo a personas, bichos y animales, con un embriagador olor que se te pegaba en la piel.
Aether era exactamente lo que necesitaras en ese momento. Como un espejo de tus deseos. Pero bien hecho, no como Albedo, quien se preguntó si Aether era consciente de ello. Quizás no. Y eso era lo que le hacía ser una presencia tan luminosa para el mundo.
Albedo, en cambio, sería un invierno constante y perpetuo. Inminente. Un frío que te calaba hasta los huesos, haciéndote temblar y abrazarte a ti mismo, pero nunca devolviéndole el abrazo al frío.
No podía ponerlo exactamente en palabras, aunque su mente intentara darle sentido, pero no lo entendía.
No podían ser más distintos.
Aether lo era todo, y Albedo anhelaba ser todo para Aether.
Una esquirla de hielo buscando derretirse para convertirse en agua, agua que caerá en la tierra y hará florecer algo. Pero no en este suelo poco fértil. Aquí no crece casi nada. Aquí todo se marchita.
-Sí-Aether acompañó la afirmación con un asentimiento de cabeza-Aunque pareces no verlo.
Aether le dirigió una mirada como si le retara a llevarle la contraria. O quizás solo era para decirle que más vale que retomara la marcha, o se quedaría congelado en el sitio.
-No-admitió, aunque Albedo odiaba admitir no saber algo. Le faltaba información y contexto. ¿Se refería únicamente a sus hermanas, aunque la situación fuera completamente distinta?
Albedo quería indagar, saber la razón, como siempre hacía cuando no sabía algo, pero una parte de él no quería que, al preguntar, desembocara a que Aether retirara esas palabras, se diera cuenta de cuán equivocado estaba. Porque Albedo quería que pensara así. Si Aether pensaba que se parecían, aunque fuera algo nimio, eso les conectaba, y toda pequeña conexión que atara a Albedo a Aether era poca.
No se le ocurría otra forma de atar a Aether a él que con palabras.
Aether no le necesitaba. Aether podía vivir perfectamente sin él. Podía ir y venir sin que eso le pesara en el alma.
Todo lo contrario que Albedo. Aunque esas eran unas palabras que no se veía capaz de pronunciar y romper la difusa ilusión de la amistad que les unía.
Albedo se preguntó, una vez más, si realmente tenía alma. Si esta no desbordaba de su cuerpo con cada respiración, con cada suspiro, con cada sonrisa que Aether le dedicaba. Si llegaba a quedarse vacío, y de algún modo pudieran volver a llenarle como hizo su maestra, ¿seguiría siendo el mismo? ¿Seguiría deseando a Aether de aquella manera?
Puede que lo mejor fuera que su vida terminara extinguiéndose, como la nieve cuando sale el sol, como el polvo llevado por el viento. Puede que así, no tuviera miedo de convertirse en algo que no quería ser. Puede que así, no tuviera que destruir nada. Puede que así, Aether no tuviera que matarle.
Oh.
Puede que, si no podía tener el amor de Aether en un abrazo, ni su aliento en sus pulmones, al menos podría darle muerte.
Era un pensamiento reconfortante. Si terminaba corrompiéndose, si terminaba siendo un peligro para el mundo que ansiaba conocer y para las personas que habían entrado en su vida y le habían hecho, aunque solo fuera un poco, quererse a sí mismo, era un consuelo pensar que Aether le detendría. Porque lo haría, estaba seguro.
Aether era un héroe. Un confidente. Un hermano.
Y Albedo no era más que un recipiente, la sombra de una vida que no debería haber sido, con la marca de un necio como recordatorio de lo inútil e imperfecto que era.
Y moriría a manos del héroe. Ya sea por la oscuridad que le abrazaba, o por el amor que le ahogaba.
-Creía que eras listo-comentó Aether.
Albedo frunció ligeramente el ceño.
-Me gusta pensar que lo soy.
-Y aun así, dices que no lo entiendes.
-Es que no tiene sentido.
-Lo tiene. Solo que no quieres verlo.
Albedo pensaba volver a replicar. O pedir que le diera alguna explicación para que lo entendiera, pero no tuvo ocasión.
-¡Aether!-una voz se alzó entre ellos, reverberando entre las montañas-Vamos, ¡tenemos que irnos!-exclamó Paimon, varios metros por delante de ellos-Además, ¡Paimon tiene hambre!
Aether soltó un sonido que se parecía sospechosamente a un bufido. Un gesto de frustración, tal vez.
-Cuándo no…-murmuró, más para sí mismo que para Albedo-¡Voy!-dijo luego, alzando la voz.
Ah, y aquí estaba otra vez. El momento de la separación. El momento en que el corazón de Albedo le subía a la garganta y le atenazaba, como una sensación de caída. Y Albedo no quería caer.
Ni siquiera habían acabado su conversación. O lo que fuera. Le daba igual. Solo quería prolongarlo, pasar más tiempo con él.
Aether echó una última mirada a Albedo, porque él siempre parecía comunicarse mejor con la mirada, moviendo la cabeza en señal de que se pusieran en marcha para terminar de bajar la montaña, donde sus caminos volverían a separarse, y retomó la marcha.
Albedo contuvo el aliento.
Echó a andar. Con paso apresurado.
Su mano se cerró en uno de los brazos de Aether, haciendo que este se detuviera y se girara para mirarle nuevamente.
Albedo exhaló. El vaho le nubló la vista momentáneamente. Cuando se disipó, la expresión de sorpresa de Aether ante su repentina acción fue reemplazada por una sonrisa. Era pequeña. Íntima. Albedo nunca la había visto. Puede que ésta pase a ser su favorita ahora.
Aether miró su mano en su brazo. Albedo aún no la había retirado. No estaba seguro de por qué. Ni siquiera había procesado todavía el hecho de haber corrido hasta él y agarrarle. Como si su cuerpo fuera más rápido que su mente. No tenía sentido.
Debería soltarle.
Pero no quería hacerlo.
Albedo apretó los labios, buscando palabras que le rehuían para explicar su arrebato, mientras soltaba su brazo.
Entonces, cuando iba a retirar la mano, Aether le agarró de la muñeca con su mano libre.
Albedo podía sentir la calidez de su mano, incluso a través de la tela del guante. Le miró, una vez más, sin entender.
-¿Me echarás de menos?-le susurró Aether.
Acarició su muñeca hacia arriba, hasta su mano. Entrelazó sus dedos, y dio un pequeño apretón.
"Siempre"
Pero antes de que Albedo pudiera responder en voz alta, mentira o no, Aether soltó su mano, y amplió su sonrisa.
-No te daré tiempo a que me eches de menos.
Sonaba casi a promesa. Una promesa a la que Albedo pensaba agarrarse para no caer al vacío.
"Te esperaré", pensó Albedo, porque sabía que no podía detenerle, ni acompañarle, por mucho que le doliera, por mucho que lo deseara.
Entonces, justo antes de volver a echar a andar, esta vez fue Aether quien alargó la mano y, con una delicadeza que no parecía propia de las manos de un guerrero, le acarició la marca de la garganta. Tan solo un roce. Tan solo un instante. Albedo se sintió desfallecer.
-Nos vemos pronto.
A falta de poder articular palabra alguna, Albedo asintió con la cabeza.
Aether asintió a su vez, aún con una sonrisa en sus labios, y volvió al lado de su compañera de viaje, que ya estaba hablando sobre a dónde iban a ir ahora y qué iban a comer. Aether sacudió la cabeza y rio.
Y así el sol se despidió de la nieve, dejándola esperando, acumulándose, hasta la próxima vez que viniera para derretirla poco a poco hasta que no quedara nada.
Albedo se tocó la garganta y se preguntó, no por primera vez, lo que significaba querer a alguien.
Albedo se preguntaba. Mucho. Por todo. Desde siempre. Estaba en su naturaleza cuestionarse las cosas, incluso cosas que no parecían tener una respuesta lógica y clara. Quizás había cosas que era mejor dejar que sucedieran, sin más.
Aunque siempre podía mentir si sentía que era demasiado. Para protegerse. Como siempre había hecho.
Porque una de las primeras cosas que Albedo aprendió de los humanos fue a mentir. Porque era fácil.
La segunda cosa que aprendió fue a desear. Porque era difícil.
La tercera, a amar. Porque era imposible.
Albedo se preguntó cuál sería la última.
…Quizás la muerte. Porque era inminente.
Como un cuenco vacío que se estrellaba contra el suelo y se rompía en mil pedazos, incapaz de ser reconstruido. De ser llenado.
Albedo mentiría si dijera que no era así como se sentía cada vez que tomaba aliento.
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Espero que les haya gustado! Dejen sus comentarios para que sepa su opinión!
Albedo tiene un crush muy grande con el viajero y me encanta XD Y en este fic los dos están pilladísimos el uno con el otro aunque Albedo no parece darse cuenta :P Me hubiera gustado que se dieran al menos un beso pero no ha surgido jajajaja Además, adoro la relación que tienen Albedo y Klee. Me parece super adorable y wholesome :)
Albedo me resulta uno de los personajes más interesantes y con mayor trasfondo de Genshin. Imposible que no me gustara jajajajaja
Juego como Lumine, y no sabía si ponerla a ella en este fic, pero me gusta tanto el Chilumi que al final este ha acabado siendo Albether XD Kaeluc también es de mis ships favoritos del fandom :P Y Dainsleif *chef kiss*
Quizás no sea una lectura muy veraniega (?), pero espero de corazón que les haya gustado!
Muchísimas gracias por leer y comentar!
Espero que nos veamos pronto!
Bye~!^^
