En el que se relata la llegada de Hylla, jefa de Berk, a las tierras de Arendelle y los problemas ocurridos a causa de esto.
El príncipe Anne de Arendelle estaba inmensamente incómodo. Nunca antes, en toda su vida se había sentido de esa manera y, en ese preciso momento, no tenía ni la más mínima idea de qué era lo que debía de hacer, no sabía que debía ordenar y mucho menos sabía cómo era que tenía que organizar todo lo que ocurría a su alrededor. Miraba desesperado a la tripulación de su barco, a los guardias que habían venido armados de espadas, arcos y flechas, pero ellos tampoco habían llegado a la conclusión de qué era lo que tenían que hacer, pues eran solo soldados de bajo nivel, las bases más insignificantes pero más fuertes de lo que era el gran ejército de Arendelle, ellos no planeaban ni buscaban soluciones, ellos escuchaban órdenes, las entendían y las ejecutaban. Anne supuso que su hermano lo había hecho así para que nadie le faltara el respeto frente a los vikingos, pero todo había concluido penosamente.
Hylla Haddock, jefa de Berk, jinete y entrenadora de la grandiosa bestia que era el Furia Nocturna, la Mujer que les susurraba a los Dragones, la futura esposa del tirano de las nieves había accedido a subirse al barco principal de la flota de Arendelle, había intentado convencerlos de que era necesario que su círculo de amigos más cercanos le acompañaran, pero el príncipe Anne se había negado por completo, dejándole solo ser acompañada por su madre, la jefa emérita Valka Haddock y por Gobber el Rudo, el maestro de forja de Berk, maestro de Hylla y la mano derecha del difunto jefe de la isla. Tres vikingos no debieron de haber sido un problema, pero a esos dos adultos enfadados y amenazantes junto a una estresada joven se les añadió tres grandes dragones con unos colmillos capaces de destrozar todos los huesos del cuerpo humano con tan solo una leve mordida.
Si los vikingos estaban echando humo por la rabia figurativamente, sus bestias aladas lo estaban hacían de verdad. La manera en la que mantenían sus fauces entreabiertas, con luces de diferentes colores aguardando en el interior de su cavidad bucal como una constante amenaza dejaba bastante en claro a todos los cristianos que ni vikingos ni dragones estaban contentos con la idea de viajar tan apresuradamente al sur, al terreno de antiguos enemigos.
Anne mira constantemente el horizonte, deseando que todo aquello que planee su hermano salga tal y como él lo quiera, deseando poder comprender qué diantres pasa por la cabeza de su rey, deseando algún día poder tener algo más que órdenes y llegar a las explicaciones.
El viento marino le azota la cara, desordena sus cortos mechones naranjas, le obliga a entrecerrar un poco los párpados. Le recuerda, malamente, al accidente de sus padres, muerto ya hace demasiados años como para mantener un solo recuerdo de ellos. Anne quiere intentar relajarse, pero los pasos torpes y metálicos que se escuchan a sus espaldas lo ponen en alerta.
–¿Cómo es? –le pregunta Hylla, apoyándose en el barandal de la proa a su lado. Anne alza una ceja.
–¿Perdonad?
–Tu hermano, niño –Anne hace una mueca ante el término que la vikinga no deja de usar en su contra–, ¿cómo es el gran rey de Arendelle? –la indignación llega a Anne cuando nota el tono humorístico e irónico en la voz de la vikinga, por lo que se voltea de regreso al mar, con la cabeza en alto y una mueca de asco.
–Un gran hombre, un magnífico rey –responde como si aquello fueran palabras divinas, impuestas por Dios mismo.
–Sí, aja, me refiero físicamente. Tengo entendido que algunos reyes cristianos no son precisamente muy agraciados –contrataca apresuradamente, sin desprenderse de su tono jocoso. Anne regresa a mirarlo, escandalizado.
–¡Una dama no puede hacer ese tipo de comentarios!
–¿Eso significa que es feo?
Anne bufa rendido mientras se pasa una mano por la cara. Irritado, mira de reojo a la vikinga. –Un hombre no es quien para hablar de la belleza de otro hombre –explica con dignidad, ofendido de que le insistiera con ese tema–... pero no miento al decir que existen a lo largo de todo el continente bellísimas princesas o infantas que anhelan desposar a mi hermano por su apariencia. Mi hermano es agraciado de acuerdo a la mayoría de las damas y mujeres que conozco, jefa Haddock.
–Sigo sin saber que esperarme.
–¿No os gustan las sorpresas, jefa Haddock?
–No, realmente no mucho.
Anne sonríe con sorna en ese preciso momento.
–Perfecto –es todo lo que dice, antes de retirarse con las manos en la espalda y una sonrisa cruel, dejando con la palabra en la boca a Hylla, quien, un poco mosqueada, decide darle ese punto al pequeño y molesto cristiano.
Los recibieron con mucha más extravagancia y pomposidad de lo que el príncipe Anne había llegado a esperar. Es verdad que todo el camino desde el puerto principal de Arendelle hasta el palacio había estado completamente carente de celebración o de saludos de los habitantes del reino, seguramente porque todos ellos estaban terriblemente espantados por la idea de recibir a vikingos de verdad, gentes violentas que no habían pisado tierra arendelliana desde hace ya varios siglos, pero también era cierto que el recibimiento una vez llegaron a los portones del palacio había llegado a ser... excesivo.
Mientras el pequeño príncipe presumido les guiaba, Hylla contemplaba todas las construcciones con gran asombro, con los ojos más que abiertos y reflejando todas las preciosas formas de aquel inmenso lugar, conteniéndose todos esos comentarios halagadores que se acumulaban en su garganta, porque no quería soportar por más días el orgullo de ese niñato y porque ni Gobber ni su madre estaban dispuestos a escuchar nada positivo referente a los cristianos, no en ese preciso momento. La arquitectura de Arendelle, no le dolía nada admitirlo, era sencillamente perfecta, columnas largas se alzaban con elegancia, tapices cálidos cubrían tiernamente cada pared cambiando dependiendo de cada sala en la que entraban, una representación minimalista de los azafranes, las flores nacionales de Arendelle, se encontraba en cualquier lugar que se mirase, los acabados de los capiteles eran delicados y detallados al milímetro, los techos eran cúpulas que se estiraban todo lo que podían hacia el cielo, armaduras que jamás había visto en su vida habían sido elegantemente montadas cada pocos pasos de los extensos pasillos del palacio, pasillos que estaban llenos de acción, acción ajena a los recién llegados.
Había sirvientas y sirvientes corriendo de un lado a otro, algunos de izquierda derecha otros de norte a sur, preparando decoraciones, saludando con miedo y respeto a los vikingos, arrodillándose y bajando la cabeza frente al príncipe y sus soldados y marines, expresando su alegría por la llegada de su príncipe de manera más que extremista, Hylla juraría que había llegado a ver a una que otra mujer llorar mientras saludaba al pequeño miembro de la monarquía. Intentó contenerse las risas mientras se imaginaba que sería de Berk si la recibieran así cada vez que volvía de un vuelo, o si al menos tuvieran ese desorden tan organizado, por todas partes correteaban sirvientes, pero ninguno se chocaba con ningún otro, ni uno solo se había metido en su marcha privada, Hylla, en Berk, nunca podía dar dos pasos sin chocarse con alguien o sin ver a alguien empezando una discusión por un golpe de hombros... lo que hacían estos cristianos era... impresionante.
Mientras observaba encantada cada nuevo pasillo del precioso palacio, escucho varias voces hablando con el príncipe o gritando luego de que él murmurase algo... Hylla daba por hecho que el principito consentido que les guiaba murmuraba, o al menos susurraba, porque no llegaba a escuchar absolutamente nada, a pesar de la cercanía.
–Informen de inmediato la llegada del príncipe a sus majestades y a la Corte –decía un hombro de anchos hombros, con nada de pelo y cara de amargado.
–Sí, su majestad, hemos sido honrados con la visita de otras familias reales –hablaba otro, inclinado detrás de Anne, con su negro cabello pegado al cráneo.
–Sus majestades ya han sido informadas –informaba otro, corriendo hacia quedar detrás de Anne, temblando cada vez que miraba por el rabillo del ojo a Gobber.
–Su majestad, ¿desea que preparemos a nuestros visitantes? –una de las pocas mujeres que no llevaba un delantal en la falda, una de las pocas que tenía un cuerpo exageradamente envejecido, habló con repugnancia, inclinada hacia el príncipe, mirando con ganas de vomitar a los vikingos.
–No les hagamos esperar –fue todo lo que logró escuchar Hylla de Anne, llegó a pensar que tenía prisas, pero, por su sonrisa, Hylla adivinó que aquel niñato estaba humillándola de cierta manera. Hizo una mueca mientras dejaba de admirar la construcción, se le habían quitado las ganas por completo.
Se quedaron unos cortos minutos en silencio, los cristianos resolvieron todos sus problemas y saludaron con cortesía, los vikingos estaban tan fuera de terreno, dos de ellos tan furiosos, que ni siquiera eran capaces de hablar entre ellos, incómodos por todo aquello que los rodeaba. Se quedaron quietos frente a las puertas de ébano más hermosamente pulidas que Hylla había visto en toda su vida. Grabados de lo que, dedujo ella misma, parecía ser la historia de Arendelle desde su origen se mostraban desde lo más alto de los portones hasta el suelo. Los detalles más importantes, al igual que los elegantes pomos, eran dorados, y algo le decía a Hylla que aquello era oro puro. A los costados de cada portón, había dos cuadros imponentes e hiperrealistas, tanto que la jefa de Berk pensó que en cualquier momento aquellos retratos cobrarían vida. Un hombre delgado de elegantes vestimentas, galardones de rojo y azul, hombreras de oro y una capa morada destacaba por sus ojos intensos de color azul, en la otra puerta, una bellísima mujer de leve sonrisa, vestido brillante, hombros descubiertos y pecosos y mirada entrañable se mostraba como la versión amorosa y caritativa del hombre del otro lado.
Hylla, luego de percatarse que al final de los cuadros rezaba una cita en alfabeto romano –lo cual le impedía leer lo que ahí ponía–, observa, confundida, como los cristianos se hacen la señal de la cruza frente esos dos cuadros. Sabe que esa seña se utiliza para comenzar una oración o buscar protección, supone que los cristianos ruegan por suerte una vez entren al salón que supuestamente aguarda con varios poderosos monarcas dentro.
Dos sirvientes se adelantan con las espaldas muy inclinadas, bajando la cabeza frente a su príncipe, que se coloca en medio de esos inmensos portones. Entran en la habitación, los escucha saludar apresuradamente.
Abren los pesados portones con una fuerza que Hylla no esperaba que tuvieran.
Y lo que allí encuentra es la meca de la extravagancia, el brillo y el derroche.
Una larguísima sala, con una alfombra rojo carmesí con detalles dorados, a cada costado habría al menos media centena de hombres pomposamente vestidos y peinados, con extraños aparatos similares a prismáticos, más delgados y elegantes, más pequeños –como los mismos cristianos a comparación de los vikingos, pensó Hylla– que rápidamente enfocaron a la joven jefa de Berk. Grandes candelabros con centenares de velas iluminando se imponían como astros reyes en el tejado lleno de las pinturas más espectaculares que ninguno de esos vikingos alguna vez había visto. Inmensos ventanales estaban colocados a lo largo de toda la pared derecha, dejando a las luces nocturnas colarse junto a la imagen de las nevadas montañas de aquel territorio. Mujeres viejas de vivos maquillajes se encontraban colgadas de los hombres más jóvenes, muchachos de frías miradas la analizaban con asco, damas de poca edad se ocultaban tras hombres y tras abanicos ocultaban sus expresiones, pero Hylla no tenía que verlas para saber que estaban asqueadas. Y al final de la sala, tres tronos brillaban como la joya de la corona, solo uno estaba ocupado, uno es más pequeño que los otros dos.
Avanzan hasta estar delante de siete figuras, seis de pie, una desparramada en el único trono ocupado. Entonces, un sirviente se coloca en una esquina de la larguísima alfombra, entre ellos y esas figuras desconocidas. Su madre y Gobber alzan los mentones, Hylla sigue analizándolo todo.
–Sus majestades, aquí frente a vuestras excelencias –dice con un potentísima voz que resuena por toda la inmensa estancia–. De regreso de su extenso viaje hasta las peligrosas y gélidas tierras paganas, su excelentísimo –se inclinó mientras apuntaba con su brazo al príncipe–. ¡El príncipe Anne, el Leal, del maravilloso reino de Arendelle!
Anne, para sorpresa de los vikingos, se inclina en una rodilla, con la cabeza bajada, frente a esas siete figuras. Sin vergüenzas, sin temor, con completa sumisión. Luego de unos segundos, el hombre desparramado sonríe hacía Anne y extiende una mano llena de anillos dorados.
–Alza la cabeza, querido hermano mío –Hylla tiembla al darse cuenta de que aquel hombre sonriente, pálido y de rasgos finos es el hermano mayor de Anne, de aquel niñato, por tanto, aquel hombre de negras ropas, rodeado de otras figuras igual de imponentes, es el rey de Arendelle, por lo tanto, aquel hombre que la desnuda con la mirada disimuladamente, es su futuro marido, el hombre al que su padre la entregó mediante una firma. El hombre entonces se levanta, extiende los brazos mientras Anne lo mira fijamente–. Bienvenido, Anne querido.
El niñato se levanta casi de un salto, con una sonrisa infantil y honesta. Camina con disimulada emoción hacia los brazos de su hermano, quien lo abraza con dulzura para luego acariciarle el rostro con delicadeza, procurando en no enredar sus grandes anillos en los mechones naranjas del más pequeño. Aquella figurita molesta y diminuta que era Anne parecía ser absorbida por completo por la extraña aura que desprendía aquel sujeto que ocupaba el puesto de rey de Arendelle. El príncipe se sienta en el trono más pequeño, a la izquierda del que ocupaba antes el rey.
Su piel era pálida como la nieve, sus ojos brillaban con un azul malicioso, sus pómulos eran marcados y algo puntiagudos, en sus mejillas enrojecidas por el candor de las velas descansaban diminutas pecas, sus finos labios destacaban por encima de su piel, como una manzana roja caída sobre virgen nieve, una manzana roja en forma de cruel y juguetona sonrisa. Su cabello era de un rubio platino que se podía confundir con facilidad con su piel y que le caía un poco por sobre los ojos. Su delgado y alargado cuerpo estaba cubierto de negras ropas extravagantes, tenía hombreras y un cordón dorado destacando levemente de sus ropajes, una capa negra de piel le caía desde los hombros hasta el suelo, y hasta las rodillas le llegaban unas botas de cuero negras con algo de punta.
Su voz era melosa, aunque fría y pesada, eso le había parecido al principio, pero cuando volvió a hablar Hylla confirmó que más bien aquella voz era juguetona y burlesca.
–Gerard, mi buen hombre –el sirviente se muestra firme y sumiso ante su rey–. Sé amable, querido amigo, y deja que estas buenas gentes conozcan a la realeza que tienen delante.
El hombre asiente para luego extender su brazo hacia las figuras detrás de los tronos mientras el rey de Arendelle volvía a desplomarse en su asiento. Se inclina de manera que parece que se está dirigiendo a los tres vikingos, pero en ningún momento llega a posar los ojos en ellos, parece demasiado disgustado en su presencia como para hacerlo.
–¡Frente a ustedes! –los paganos notan como ellos no son llamados "vuestras excelencias" ni nada parecido–. Sentado en el respetado trono de Arendelle, con el poder de la Santa Alianza en sus manos, irguiéndose con el orgullo de nuestra sagradísima patria: El rey Ezra, el gran señor de las nieves, de Arendelle.
Hylla lo observa fijamente nuevamente, hace una mueca al verlo sonreír y alzar el mentón con orgullo y altanería. Seguía sin entender a que venía eso de las nieves, tampoco entendía porque su hermano le llamaba tirano pero aquel hombre le decía señor. No parecía ser un tema de resentimiento, era evidente que Anne adoraba a su hermano mayor.
–Desde las frías tierras inglesas, con tan solo un mar de lejanía de los terribles paganos que invadieron hace siglos nuestras tierras, el rey descendiente de aquellos quienes a los romanos sobrevivieron gloriosamente –Hylla pasa la mirada por todas las figuras masculinas, intentando adivinar quién era el inglés, ignorando los comentarios contra los suyos con más éxito que su madre y Gobber–. El nuevo rey de DunBroch, el hombre con la fuerza de cien osos salvajes, el arquero de los bosques escoceses, Murdoch, el rey oso.
Es entonces que lo ve mientras escucha los clamores de todos aquellos que parecen britanos. Un muchacho apenas unos años mayor que ella, con el cabello anaranjado corto y ondulado, la mirada azul ensombrecida por la repugnancia, de anchos hombros y fuertes brazos en los que cargaba un carcaj de cuero negro y un larguísimo arco lleno de runas y simbología escocesa.
–Acompañándolo, la gran mujer que lideró sola un inmenso reino, la unificadora de los diferentes clanes escoceses, la mujer que estableció las leyes y normativas de la Santa Alianza de nuestros reinos, la reina emérita, Elinor, la Sabia, de DunBroch.
Una mujer de mirada severa se agarró al brazo del joven rey de cabellos llameantes. Una gran corona dorada brillaba en su cabeza de negros mechones lisos, su vestido era mucho más sencillo de lo que los vikingos hubieran esperado de una mujer con tantos títulos y respetos a la que seguían aplaudiendo y aclamando con emoción. Aquella regia mujer eran tan firme y elegante que no se atrevía a mostrarles los gestos de asco que el resto de las señoras les mostraban, pero solo bastaba con fijarse unos segundos en esos ojos marrones intensos que tenía para afirmar sin lugar a duda que estaba haciendo un gran esfuerzo por no escupirles en la cara.
El hombre sigue presentando, esta vez da un paso al frente un joven muchacho, tal vez de la edad de Hylla, de dorados cabellos y sonrisa radiante. Parecía un divertido antítesis del rey de Arendelle, todo en aquel rey –así lo estaba presentando el hombre de Arendelle– irradiaba calma y candor, como un sol de primavera, tranquilo y cariñoso que solo está ahí para ayudar a que las más bellas flores crezcan en todo su esplendor. Le llaman Raphael de Corona, el astro rey, el hombre de la magia de Cristo, el regalo piadoso de Dios, aquel que bendice pues en su nacimiento fue bendecido.
–Acompañando al rey de Corona, la mujer que de nuestra patria y de nuestros gobernantes cuidó con el amor de una madre, la mujer que estableció la paz con los reinos sureños y mejoró la vida de los suyos –Hylla se fija en la mujer que toma el brazo del sonriente rey de Corona, ella también tiene una sonrisa resplandeciente, con dientes tan blancos que parecían perlas. Aquella mujer tiene una mano sobre el hombro de Anne, quien parece encantado por el toque de ella–. La reina emérita de Corona, Arianna, la Maternal.
–Me estoy aburriendo –murmuró Hylla contra el oído de su madre de la manera más disimulada posible, Valka la miró por unos segundos, apretando los labios de tal forma que su hija supo que se estaba conteniendo unas cuantas risas.
Se presentó entonces a una reina, Catriel, la Predilecta, de las Islas del Sur. Una mujer entrada a sus treinta años de rostro puntiagudo y rojizos labios que se habían mantenido firmes en una mueca desagradable desde la llegada de los vikingos. A diferencia de la reina emérita de DunBroch, aquella soberana se vestía con ropajes extravagantes y grandes joyas hacían que toda su figura brillara en diferentes colores. Catriel, reina de las Islas del Sur era lo más cercano que había en aquella zona de tronos a la idea que tenía Hylla de una reina cristiana.
Al lado de aquella mujer de mirada agresiva y asqueada, bajo el firme agarre de la reina de las Islas del Sur, una muchachita de naranjas cabellos y tembloroso cuerpo tenía la cabeza agachada y las manos apretadas sobre su vestido pomposo. Gerard, a quien Hylla lo había apodado el presentador oficial de aquella corte, la había presentado como la menor de las trece hermanas de las Islas del Sur, la infanta Hazel. Hylla abre los ojos sorprendida al oír que era la prometida del príncipe Anne.
–Sus excelencias –dice ahora dirigiéndose a los monarcas cristianos–. Aquí, frente a vuestras majestades, se haya la jefa de Berk...
–Oh no, no hace falta –interrumpe rápidamente Hylla avanzando amenamente hasta la zona de los tronos. Escucha a sus acompañantes aguantándose las risas, a los cristianos soltando gritillos mudos, al pobre de Gerard empezando a balbucear y a Anne suspirando pesadamente–. Ya me presentó yo misma, que tengo muchos títulos y con lo lento que es nuestro querido Gerard nos quedamos aquí hasta las siguientes fiestas de solsticio –bromeó rápidamente mientras seguía caminando despreocupada hacia un sonriente Ezra, parecía que el rey paliducho estaba divirtiéndose muchísimo con el comportamiento poco común de Hylla.
La vikinga, por el rabillo del ojo, ve a Anne apretando los puños, escandalizado, y a la prometida del muchacho murmurándole algo a la reina de las Islas del Sur en el oído. La mujer de negros cabellos le observa las piernas, luego se inclina para murmurarle apresurada algo al rey de Corona. Ahora es el hombre de cabellos dorados que abre los ojos al completo, sorprendido, para luego mirarla en la misma dirección. La comunicación continúa, el hombre dorado se inclina hacia el oído de su madre...
Hylla choca a propósito su pierna de metal con el suelo, resonando a penas por la alfombra suave que separaba el material del piso con su prótesis. Sonríe cuando nota los ojos azules de Ezra percatándose en el artilugio que suplanta su extremidad faltante. A diferencia del resto de cristianos y para sorpresa de Hylla, el rey de Arendelle se limita a sonreír con diversión.
La jefa de Berk decide no achantarse frente a las rarezas de ese monarca, y extiende su mano derecha en dirección del hombre, dejándola a unos cuantos centímetros de su pecho. Él mira con diversión su mano mientras se acomoda recto en su trono, Hylla escucha a los guardias acercarse a pisotones y a su madre y a Gobber desenvainando sus armas. Ve al rey levantando la mano izquierda, los guardias se detienen de inmediato, pero con alguna que otra queja de por medio saliendo difícilmente de sus labios.
Toma aire y se prepara para soltar la larga lista de nombres que le dieron a lo largo de sus aventura con los dragones. –Hylla Haddock, jefa de Berk, hija de Estoico el Vasto y de Valka la Jinete Rebelde, tercera de mi nombre, jinete del Furia Nocturna, maestra de dragones, conquistadora de dragones, el orgullo de Berk, la mujer que le susurra a los dragones –voltea entonces para observar a Gobber–, ¿me ha faltado algo?
Colocando su mano de metal bajo su mentón, fingiendo pensar por unos pocos segundos, Gobber termina por hundirse de hombros y decirle que ya ha mencionado todo lo importante. Sonriente, Hylla vuelve a fijarse en el rey de Arendelle, que tiene a los siete miembros de la monarquía europea observándole acusatoriamente, y le reta con la mirada, le reta a seguir sonriendo a pesar de estar rompiendo todas las normas establecidas de los suyos.
Él le toma la mano con delicadeza, ella siente un escalofrío helado recorriéndole toda la espina dorsal en cuanto sus fríos dedos toman su mano derecha. Mientras la mano libre del rey se posa firmemente en su cintura escucha los gruñidos de su madre y su mentor, y las quejas y exclamaciones escandalizadas de todos los cristianos presentes. Él tira de ella mientras acerca su boca helada al dorso de su mano para dejar ahí un beso corto. Hylla tiembla al sentir el frío de su ser traspasando el cuero que la cubre y los ojos burlescos e hipnóticos de ese hombre carcomiéndola de pieza a cabeza.
–Es un enorme placer finalmente conocerte –le murmura contra la mano–, Hylla Haddock.
Ella le da un fuerte manotazo en la mano que empieza a subir y bajar por su espalda. Él la suelta con un siseo doloroso para tomar su mano enrojecida y verificar que tanto daño le habían hecho. Todos los cristianos están enloquecidos por el comportamiento de la vikinga y los acompañantes de esta estaban rabiosos por los tocamientos descarados del rey.
–No vuelvas a tocarme –gruñe ella dando unos pasos hacia atrás, alejándose todo lo posible del hombre que ahora se levanta con pesados y lentos movimientos. Demuestra todos los centímetros de altura que la sobrepasan, Hylla mide rápidamente por unos segundos mientras sigue retrocediendo lejos de él, es más alto que Aster, solo un poco más, pero lo suficiente como para que ella se remueva incómoda por lo pequeña que se siente teniéndole a dos pasos.
–Eso será complicado de cumplir, querida mía –le dice con esa voz juguetona y cruel–, debido a que te tomaré como esposa según el acuerdo de nuestras naciones.
Ella suelta una risa amarga. –De eso venía a hablarte –bromea mientras mira rápidamente hacia atrás para evitar tropezarse con nada, él aprovecha para acercarse más–, no pienso casarme contigo, ni muerta.
Él ladea la cabeza con una mueca.
–¿Romperás las promesas firmadas por tu padre? –pregunta decepcionado, Hylla quiere golpearle en la cara por mencionar a su difunto padre–. ¿Dónde está, por cierto? Tiene muchas explicaciones que darle a mi patria y a mí.
–Muerto –anuncia Anne desde su trono, Ezra se detiene para voltear a verlo con una ceja alzada, Hylla quiere golpear nuevamente a ese niñato.
–¿Muerto? –cuestiona colocando sus manos tras su espalda. Anne asiente con desdén, como si aquello no fuera importante, nuevamente, parece que los cristianos hablan de que sus padres se ha tomado unas vacaciones para no hacerse cargo de sus obligaciones–. ¿Hace cuánto, Anne querido?
–Hace apenas unos meses según lo que me han dicho los vikingos, hermano.
Ezra asiente sonriente y vuelve a mirar a Hylla.
–Que conveniente –se burla con una larga sonrisa que la vikinga quiere quitar a base de hostias–, morirse antes de tener que explicar nada o pagar la cuenta correspondiente por sus errores. ¿No sería Estoico el Vasto el hombre más afortunado de tus tierras, querida Hylla?
–Vuelve a pronunciar el nombre de mi padre y te arrancó la cabeza –gruñe sacando y encendiendo Inferno con rápidos movimientos. Él observa su arma sonriente, suelta risillas mientras tantea las llamaradas con sus dedos, como si quisiera quemarse, sus ojos azules reflejan la danza macabra que el fuego lleva a cabo, el hombre se ve incluso más terrorífico de lo que es–. No tienes derecho de hablar de mi padre, era un gran hombre, un buen jefe.
–Y un mentiroso aparentemente –le corta con sorna él, aun mirando el arma que se alza en su contra–, y alguien que ocultaba muchos secretos, ¿no es así? ¿Alguna vez te habló de tu compromiso conmigo?
Hylla aprieta los dientes con rabia, negándose a darle la razón a ese idiota. Él espera unos segundos por una respuesta que sabe desde un inicio que jamás llegará.
–Me lo suponía –le murmura mientras toma el hierro llameante de su arma. Hylla da unos traspiés hacia atrás esperando algún tipo de quejido o aullido de dolor, pero nada de eso se escucha, aguarda por el inconfundible olor de la carne humana quemada, pero tampoco llega. Espera por la sangre y los chillidos... nada de eso.
Mira la mano intacta del rey de Arendelle y mira el hielo que rodea su Inferno, un hielo absoluto y abrumador que avanza con una infección por todo el arma, llega a rozarle la piel levemente y ella deja caer su arma, temerosa a ese hielo repentino e inexplicable.
El arma se congela por completo cuando cae al suelo, y se parte en miles de pedazos cuando el rey pone su pie sobre ella y aprieta con fuerza contra el suelo. Hylla teme por su seguridad cuando ve todos sus años de trabajo, todas la habilidades y todos sus batallas ganadas siendo destrozadas bajo esa bota negra de cuero. Escucha a su madre llamar su nombre, preocupada, pero el rey de Arendelle suelta una risilla que corta los quejidos y los gritos, sería un sonido inocentón y dulce si no fuera por la cruel sonrisa del hombre que ahora, mientras sigue impactada por lo ocurrido, la sujeta de la cintura y la mueve con prisas y cariño hasta el trono desocupado a la derecha de todo.
–¡Su majestad! –lo regaña la reina emérita de DunBroch al verle colocando a la vikinga en el trono pensado para la reina de Arendelle.
–¡No puede dejar que se siente en el trono de su madre! –ruge indignada la reina de las Islas del Sur, quien recuerda con gran amor a la reina Iduna–. ¡Ese es el lugar de una soberana cristiana, no de una vikinga pagana!
Hylla no puede hacer otra cosa que seguir mirando aterrorizada su arma partida en pedazos congelados en el suelo.
–Mi madre, la reina Iduna, está muerta –dice con simpleza y desdén el rey de Arendelle mientras se aleja para admirar a Hylla–, ¿para qué quiere una muerta un trono? Además –añade antes de que la boca abierta de la reina pudiera soltar algo–, ella misma eligió que algún día esta muchacha se sentará en su trono –la mirada azul del rey reta tenebrosamente a Catriel–, dígame, su majestad, ¿acaso está considerando equivocado el criterio de mi difunta madre?
La mujer de negros cabellos agacha la cabeza. –No, su excelencia.
Él vuelve a sonreír. –Perfecto, es bueno saber que mis padres siguen infundiendo el respeto que se merecen –regresa su mirada a Hylla quien está aferra a los reposabrazos del elegante trono, con el cuerpo temblándole con rabia y los ojos aún fijos en el suelo. Ezra hace una mueca, avanza hasta ella y toma con gentileza su mentón, moviéndolo de manera que la obligaba a mirarlo directamente a los ojos–, ¿tan importante era para ti esa arma, querida?
–¿Cómo hiciste eso? –gruñó contra él, intentando levantarse, sintiendo rápidamente las manos de Ezra empujándola de regreso al trono.
–Su majestad –la voz de la reina emérita Arianna hace que ambos se fijen en ella–. Usted nos prometió que su compromiso con esta –la mujer mira con asco a Hylla, Valka y Gobber gruñen al notar aquello–... pagana, sería correctamente debatido entre los miembros aquí presentes de la Santa Alianza. ¿Nos encaminaremos en estos momentos a un salón más privado o debemos entender que vuestra palabra no tiene valor alguno?
Ezra suelta el rostro de Hylla lentamente mientras sigue mirando a la reina emérita de Corona, la vikinga cree poder saborear la posibilidad de no estar amarrada toda la vida a ese completo lunático, esa emoción se le nota en la mirada que dirige rápidamente a su madre y a su mentor.
Gobber, entonces, se encamina rápidamente hacia los monarcas.
–Si un debate debe llevarse a cabo, lo justo es que esté presente los miembros del Consejo de nuestro pueblo y los líderes aliados de Berk –sentencia firmemente, retando con la mirada al rey de Arendelle, que hace una mueca mientras lo observa–. Esta unión no solo os altera a vosotros y vuestras alianzas, sino también a las nuestras. Es lo correcto, su majestad –masculla lo último con asco, de la misma forma que los cristianos pronuncian la palabra pagana.
–Si os casáis seréis señor de las tierras vikingas, su majestad –le dice con una voz dulce el rey de Corona, dando cortos pasos en su dirección, sin alejarse en verdad de su madre–, lo correcto sería conocer vuestras nuevas alianzas y permitir que el resto de los soberanos os conozcan.
Ezra bufa aburrido a la par que rueda los ojos. –Ya veo que no tenéis intención de dejarme jugar a gusto con mi nueva adquisición –gruñe colocando nuevamente su mano en el mentón de Hylla, sin mirarla en esta ocasión, provocando los gruñidos de Valka–. Llamad, entonces, a vuestras alianzas –le ordena a Gobber con desdén–, que lleguen lo más pronto posible y concluyamos las discusiones con respecto a este matrimonio de una buena vez. No quiero más distracciones ni retrasos en los deseos de mis difuntos padres.
Gobber, apretando su puño con rabia y con el cuerpo temblándole por la impotencia, se limita a asentir con una mueca.
Mandan varias cartas con el dragón de Valka, una por cada isla. En cuanto llegó a Berk la primera carta, los jinetes tuvieron que aguantar a un Aster lleno de furia y prisas por recuperar a su pareja, Gothi se quedó a cargo de Berk mientras varios adultos acompañaban a los jinetes hacia el ahora detestado reino de Arendelle. Una carta fue hacia la isla Berserker, donde Hunter y su hermano mayor, Dagur, recibieron con indignación y escándalo el anuncio del repentino compromiso de su buena amiga; otra carta se dirigió a la isla de los defensores del Ala, donde su líder, la reina Mala, quedó enmudecida por completo mientras leía el mensaje enviado por el dragón de la anterior jefa de Berk, cuando pudo reaccionar a lo que se le pedía mandó de inmediato a llamar a sus consejeros para establecer quien lideraría Caldera Cay en su ausencia; otra carta fue enviada a Atali, la líder de las doncellas aladas, quien fue una gran aliada de Berk durante la guerra contra los cazadores de dragones, incrédula de que la gran jinete Hylla Haddock hubiera sido comprometida a un completo desconocido tan repentinamente, Atali tomó provisiones y viajó junto a Minden hacia aquel misterioso nuevo reino.
Los demás soberanos también enviaron cartas, las reinas eméritas cristianas vieron apropiado que sus maridos también formaran parte del importante debate que marcaría para siempre el futuro de la Santa Alianza. Fergus, rey emérito de DunBroch, el hombre que junto con sus lores por muchos años estuvo en una eterna guerra contra las invasiones de diferentes tribus bárbaras, se presentó en Arendelle completamente convencido que aquella boda era la peor de las ideas; el rey emérito, Frederic, por otro lado, luego de haber leído toda la información que pudo a cerca de las maravillas del comercio de dragones, llegó al gran palacio de Arendelle plateándose los beneficios de ese compromiso.
Todos ellos demoraron a penas tres días en arribar de una forma u otra a Arendelle. La gente de a pie quiso salir a saludar a los reyes cristianos recién llegados, para la espantosa cantidad de vikingos presentes les obligaron, nuevamente, a encerrarse muertos de miedo en sus hogares, sobre todo porque esos paganos no eran como los tres anteriores, no, esos en cuestión estaban furiosos y con las armas en mano, listos para hacer arder el grandioso palacio de su honorable patria.
Fergus gruñó contra los vikingos, estos respondieron de la misma manera, con sus bestias escamosas y aladas como apoyo incondicional, Frederic le dio unas palmadas en el hombro antes de que el hombre inglés saltara a una lucha innecesaria con los invitados del soberano de Arendelle. Le recordó que si ellos habían dado un paso atrás y permitido que las nuevas generaciones tomaran el liderazgo antes de tiempo fue para mantener con vida la Santa Alianza, aquella unión que parecía mantenerse mejor con los ideales de los más jóvenes miembros de la monarquía de aquellos lares.
Ezra los esperaba a las puertas de su hogar, con una sonrisa juguetona y con guardias cada dos pasos. Los tres vikingos de Berk estaban alejados del grupo de aristócratas parados tras el rey y el príncipe de Arendelle.
–Mi querida gente –saluda el hombre con los brazos extendidos, bajando los pocos escalones de la entrada para acercarse al gran cumulo de gente presente–, es un gran placer teneros a todos aquí reunidos para...
–Sí, sí, lo que digas cristianito estirado –cortó con un gruñido Dagur dando varios pasos hacia el rey, los tres berkianos que llevaban más tiempo en Arendelle rápidamente se acercaron al jefe de la isla Berserker para impedir que hiciera alguna locura–, ¿qué mierda es todo eso de que te casarás con nuestra Hylla?
El rey se limitó a hacer una mueca mientras alzaba una ceja.
–¿Usted es...?
–¡Dagur! –ladró el vikingo alzando su hacha hacia el rey–, ¡Dagur el desquiciado, jefe de los Berserker! Y si tú, niñito estirado, te piensas que alguno de nosotros se va a quedar aquí con los brazos cruzados mientras fuerzas a nuestra Hylla a casarte contigo estás muy, pero que muy equivocado, chaval.
–¿Cómo osáis a hablarle de esa manera al rey de Arendelle? –brama Fergus, sacando su espada de su funda y acercándose mediante pisotones al vikingo de rojo cabello–. ¡No sois más que un asqueroso bárbaro! ¡Mostrad el respeto debido!
–Señores, señores –intercede Ezra, colocándose entre ambos hombres con una sonrisa comprensiva y melosa–, no hace falta entrar en términos de violencia. Aquí os habéis presentado el día de hoy...
–Para cortártela, capullo –gruñe Dagur colocando su hacha en el cuello de Ezra. El rey se limita a alejar el arma de su cuerpo con un dedo y los labios apretados para evitar reírse.
–Para debatir todo lo referente a mi compromiso con la señorita Haddock aquí presente –concluye mientras que con una mano señala a Hylla, quien lo mira con los brazos cruzados y el ceño fruncido, refugiada en la protección de sus aliados–. Además, jefe Dagur, yo no soy el culpable de este compromiso.
El rey comienza a alejar, mientras los vikingos se miran entre ellos, confundidos.
–Si queréis reprender a alguien por esto que consideráis una mala elección –comienza a hablar, burlesco, avanzando lentamente hasta Hylla, quien empieza a retroceder para mantenerse lejos del rey de Arendelle–, podéis extender un dedo –continúa, pasando entre vikingos, esquivándolos, escuchando las llamadas alertas de los cristianos y las amenazas paganas–, y señalar –finalmente llega a alcanzar a Hylla, tomándola de la muñeca, sacándole un quejido, tirando de ella hacia su cuerpo– al padre de esta muchacha –señala con su mano libre a la vikinga que intenta huir de su agarre– ¡Culpad a Estoico el Vasto que, por derecho, esta mujer me pertenezca!
Atali se acerca hecha una furia, con Minden por detrás desenfundado su arma.
–¡Hylla Haddock no es de vuestra pertenencia! –vocifera obligándole al rey a soltarla de golpe mientras su acompañante apunta su espada contra el pecho masculino. Ezra se limita a reírse un poco, dedicándoles una sonrisilla de fingida inocencia.
–Bueno, todavía no.
–¡Ni nunca lo será!
–En algo podemos estar de acuerdo –ríe Murdoch acercándose, su madre intenta frenarlo, pero no logra su objetivo–. Parece que estas gentuzas y nosotros concordamos con que no os podéis casar con esta mujer, su majestad –los vikingos gruñen contra el nuevo sujeto petulante que se acerca a donde está el rey de Arendelle. Murdoch, aprovechándose un poco de su amistad, pasa un brazo por los hombros del frío rey–. Venga, su majestad, dirijamos a un lugar más adecuado en el que os podamos explicar tranquilamente por qué este capricho vuestro no puede ser cumplido.
Los aristócratas asienten con firmeza en repetidas ocasiones mientras el rey de DunBroch intenta alejar todo lo posible al soberano de Arendelle de los vikingos a su alrededor, aquellos que lo miran a la vez que planean las mejores y más dolorosas maneras de matarlo.
No hace falta pedirle a los paganos de tierras lejanas que sigan la marcha de los cristianos, aquel mensaje queda bastante claro cuando todos los soberanos comienzan a andar en la misma dirección. Mientras se adentran, Hylla descubre, avergonzada, que ni uno solo de ellos se ha detenido ni un solo segundo a admirar la belleza de la construcción cristiana, ni uno solo de ellos quiere admitir que los cristianos saben lo que hacen cuando se trata de decorar sus hogares de las mejores maneras posibles.
Aster intenta llegar a ella, consolarla, alejarla para siempre de aquel lunático, pero Hylla necesita espacio, necesita pensar en qué demonios planeaba su padre con todo ese compromiso, por qué no cumplió ni uno solo de los artículos de la alianza y por qué nunca le habló de ello.
