En el que se relata la manera en la que los vikingos afrontan la posible amenaza que supone la Santa Alianza para ellos.
La Santa Alianza no solo era un tratado extremadamente joven, sino también que comenzó como la unión bélica de tres nuevos reinos: DunBroch, Corona y Arendelle. Corona necesitaba posicionarse en el mapa mediante enfrentamientos que infundieran temor en los reinos vecinos, DunBroch quería desterrar a los insistentes bárbaros y romanos que deseaban sus tierras y el fruto de estas; por otro lado, Arendelle estaba en un lugar delicado a causa de la muerte repentina del rey Runeard en su enfrentamiento con la mística tribu de la gente del sol, provocando así que las Islas del Sur rápidamente planearán ataques para conquistar las indefensas tierras de Arendelle. A pesar de su inmensa lejanía, la magia que estos tres reinos albergaban los unieron rápidamente, también lo hizo la rápida amistad que se formó entre los gobernantes de aquel entonces, el huérfano rey Agnarr, quien conocía el potencial de la magia de trolls, el mayor de ellos, el recién nombrado rey Fergus, quien había sido educado para derrotar vikingos y masacrar romanos; y el tranquilo príncipe Frederic, quien comprendía la magia del sol y experimentaba con ella con la ayuda de los alquimistas de su patria.
Se deshicieron de la amenaza de las Islas del Sur con mucha facilidad, la armada de Corona, los trucos de Agnarr y la estrategia de Fergus, todo ello marcó desde un inicio su absoluta victoria. Una victoria tan firme que colocó a las Islas del Sur en una posición de sumisión durante muchísimos años. Colocó en el salón de la fama a Corona y a sus guerreros, e intimidó a varias tribus bárbaras y contuvo por un tiempo a los romanos. Pero cuando los hombres se casaron, cuando las guerras se habían olvidado, cuando por el mundo se extendió la noticia de que el primogénito de Corona había sido secuestrado y que el pequeño futuro soberano de Arendelle había recibido el inmediato rechazo de la Santa Sede los ataques volvieron en contra de la alianza de las tres naciones.
Fergus fue obligado a vivir su vida en el campo de batalla por muchos años, dejando a su esposa sola en su reino, encargada de sus vástagos y de todos los pueblerinos; Frederic no recuperó el respeto de su gente hasta que la mujer que había secuestrado a su niño fue colgada delante de todo el mundo. Y la reina de Corona, Arianna, luego de que se le concediera la regencia de Arendelle por la repentina muerte de ambos gobernantes, aceptó el compromiso entre el pequeño Anne y la menor de las princesas de las Islas del Sur, haciendo así que los pueblos sureños se sumarán a la causa de DunBroch. No había sido hasta tres años atrás, cuando finalmente Murdoch tuvo diecisiete años, que finalmente los enemigos del territorio britano fueron dejados en paz.
La Santa Alianza se había mantenido con fuerza sobre el resto de naciones gracias a los rumores que los soldados asustados no dejaban de expandir por sus patrias: El nuevo rey de Corona tenía un poder que podía o curar cualquier herida o quemar tu carne hasta los huesos, al nuevo rey de DunBroch le seguían eternamente fieros osos que solo obedecían a sus palabras, y los espíritus de los bosques habían bendecido sus flechas de tal manera que jamás fallaban sus tiros, la reina de las Islas del Sur había experimentado con la brujería de tal manera que hasta el mismo diablo le temía, y, el peor de todos, el joven y sanguinario rey de Arendelle creaba a su antojo un hielo que resistía todo metal y todo fuego, formaba eternas nevadas y congelaba toda tierra que pisaba. Los nuevos soberanos eran el temor de unos países que no comprendían cómo era que cristianos habían conseguido una magia que se asemejaba tanto a los dioses paganos que tanto despreciaban.
La Santa Alianza era el terror de toda Europa, eran esos reinos que no deberías de enfrentar a menos que quisieras entregar todas tus tierras luego de una horrible carnicería. Pero eso, lamentablemente, no lo sabían los vikingos que aquella tarde se sentaban en una larga mesa para hablar sobre el compromiso que los líderes establecieron entre sombras y secretos. La idea de que la única alternativa fuese la guerra se le había pasado a todos los vikingos por la cabeza por eso mismo, porque eran vikingos, y como tales estaban más que preparados para todo aquello que quisieran poner los cristianos.
Pero en aquellos tres días, esos tres días en los que su madre y su mentor de herrería se limitaron a gruñir y berrear sobre aquel posible compromiso, Hylla estuvo mirando, a pesar de que en el primer segundo se supo descubierta, ella observó tanto como pudo, lo suficiente como para que su curiosidad se saciara. Las habilidades bélicas de esos soberanos eran algo que supera su comprensión: los misterios que rodeaban a Catriel, la fuerza inhumana de Murdoch, la rápida curación del cuerpo de Raphael a cualquier herida, y la magia de Ezra... Ellos no eran humanos, eran monstruos, de esa clase que sobrepasaba todo lo que la jinete del Furia Nocturna comprendía. Ella había visto toda su vida bestias capaces de hacer arder el mundo entero, pero aquello era diferente... y superior.
Se sentó aquel día al lado de sus compañeros de aventuras, donde se sentía a salvo, a cinco asientos de Ezra, quien seguía mirándola fijamente de una manera repugnantemente, pero impresionantemente disimulada, solo ella parecía notar esos ojos bañados en deseo puro, un deseo que definitivamente no comprendía pues en parámetros vikingos ella no era realmente la mujer de cuerpo o aspecto ideal.
–Comencemos, pues –comienza a hablar Ezra con elegancia y su tono insoportable–, con las discusiones que este compromiso parece merecer. Doy por sentado que los aquí presentes están en contra de esta unión, ¿me equivocó?
Nadie pareció querer contradecir al rey, a excepción de un hombre de espesa aunque organizada barba. El rey emérito Frederic suelta una tos falsa, haciendo que los desconcertados cristianos lo miraran de inmediato, su mujer le pregunta en un susurro qué está haciendo, y su hijo lo mira acusatoriamente, sabiendo perfectamente que él será quien tenga que aguantar a la realeza de DunBroch y su indignación cuando la conferencia acabe.
–Nunca es grato pronunciar esta sentencia, su majestad, pero me temo que os equivocáis –Ezra le dedica una sonrisa inmensa mientras los cristianos lo miran en una mezcla de asombro y ofensa, los vikingos se miran entre ellos, confundidos–. Si se me permite, su excelencia, me gustaría ser el primero en tener la palabra.
–Adelante, por favor, mi querido Frederic –responde Ezra de inmediato–, comparte con esta sala porque estás a favor de lo que muchos han llamado un capricho mío.
El hombre se levanta, colocando una mano en su pecho y la otra manteniéndola tras su espalda. Su postura es elegante, firme e infunde un gran respeto, no se nota muy bien por su oscura barba, pero tiene una leve sonrisilla formándose en su rostro, siempre es divertido tener enfurruñado a Fergus, sobre todo cuando con eso logra satisfacer al joven rey de Arendelle.
–No le niego a ninguno de los aquí presentes que la idea de juntar a un noble rey cristiano con una jefa vikinga parece ser un completo disparate –los vikingos, a regañadientes, concuerdan, mientras que los cristianos asienten con vehemencia–, también quiero dejar en claro que no me agarraré a la excusa de que esto es lo que querían los difuntos Agnarr e Iduna, que en paz descansen, pues mentiría si dijera que jamás cometieron error alguno. Eran humanos, fallaron como cualquiera de nosotros...
–Yo nunca fallo –bromeó Snotlout en lo bajo, haciendo que los jinetes se aguantaran las risas.
–Y la confianza que depositaron en Estoico el Vasto es prueba de sus errores.
Spitelout reaccionó de inmediato a ello.
–¿Qué insinúa con ello? –ladra enfurecido, amenazando con levantarse, siendo rápidamente detenido por Mulch–. No crea que permitiremos que pasen el nombre de nuestro querido jefe por el lodo.
Finalmente, el antiguo rey de Corona posa su mirada en los vikingos presentes, finalmente ellos son su público directo.
–¿Alguno de los presentes vikingos sabía algo sobre este compromiso? –cuestiona con simpleza, sabiendo ya la respuesta.
Los vikingos no se atreven a mirarse entre ellos, se limitan a apretar los puños con fuerza y cuestionarse, por millonésima vez, por qué Estoico el Vasto jamás le habló a nadie sobre ello. Frederic sonríe con suficiencia, gozando su victoria, continúa con sus preguntas.
–¿Alguno de los presentes vikingos era consciente que, al fallecer los padres de nuestro rey, era Estoico quien tenía la obligación de velar por él hasta su mayoría de edad?
El mismo resultado.
–¿Algunos de los presentes vikingos era consciente de que, al fallar Estoico el Vasto, mi mujer, la reina emérita Arianna, fue la responsable del cuidado de Ezra, rey de Arendelle?
Arianna alza su rostro con orgullo y mira con asco a los vikingos, los líderes de DunBroch gozan de la vergüenza que se pinta en los rostro paganos, la nobleza de las Islas del Sur contiene sus risillas y el rey de Arendelle se sigue cuestionando, con cierta alegría, por qué Frederic está de su lado.
–Teniendo todo esto en cuenta, ¿por qué deberíamos nosotros, víctimas de la negligencia de vuestro jefe, respetar en lo más mínimo su nombre? Nuestros queridos amigos, los antiguos reyes de Arendelle, viendo como ha concluido todo este asunto, no solo fallaron al confiar en el jefe Estoico, sino también que fallaron al no presentarle esta información a ningún otro monarca. Nuestros líderes fallaron, el vuestro también, creo que lo lógico es actuar correctamente teniendo todo ello en cuenta.
Frederic esperó por la respuesta de los paganos, pero se mantuvieron gruñendo y mirando con rabia.
–Teniendo en cuenta todo lo mencionado. Considero que hay una razón indiscutible para que estos dos líderes se unan en sagrado matrimonio –los presentes, tanto cristianos y vikingos exceptuando únicamente al rey de Arendelle, levantaron cejas incrédulas, incapaces de creer lo que decía el hombre–. Nuestras patrias han pasado por muchas guerras, Corona sigue en deuda por nuestras batallas, DunBroch ha vivido años sin su rey dentro de sus terrenos, las Islas del Sur son un reino pequeño, y Arendelle no tiene la fuerza bélica para una guerra contra los vikingos... negar este compromiso, romper este tratado de paz nos lanzaría de nuevo al campo de batalla –una mirada firme y algo acusatoria se pasea por el rostro de todos los jóvenes soberanos. Murdoch aprieta los labios con molestia, admitiendo en sus adentros que Frederic tiene razón, su familia estuvo a punto de la ruptura por la lejanía y el peligro constante que vivía su padre, simplemente no podía dejarse arrastrar hasta la furia de la guerra–, os pregunto, nueva generación ¿estáis seguros de que queréis batallar?
Catriel suspira pesadamente luego de ver que ninguno de los reyes se veía emocionado por la idea de épicas batallas sanguinarias en contra de paganos. –Este alianza se trazó para mantener la paz entre los reinos del norte de Europa, por mucho que esta unión me parezca... nos parezca incorrecta, creo que deberíamos de alejarnos de los enfrentamientos bélicos lo máximo posible. Y si eso significa aceptar este matrimonio, que así sea entonces.
Atemorizada, Hylla ve como los cristianos comienzan a asentir y ver con mejores ojos esta unión, escucha también al rey emérito de Corona mencionar algo acerca de las ventajas que supondrían los dragones en las sociedades cristianas, no puede evitar saltar en ese preciso momento.
–Berk y sus aliados no quieren entrar en guerra –se apresuró a asegurar Hylla, levantándose de golpe–. Mi gente está más que dispuesta a fingir que nada de esto jamás ocurrió. No queremos relacionarnos con ustedes en lo más mínimo, solo queremos seguir con nuestra vida.
–Hylla esta gente ha ofendido en repetidas ocasiones a tu padre –le recuerda Spitelout dando un puñetazo en la mesa–, ¿piensas perdonarles eso tan sencillamente? ¡Lucha por la honra de aquel que te dio la vida!
–¿Luchaba mi padre por mi honra cuando me entregó a un completo desconocido? –bramó la vikinga con el rencor formándole un nudo en la garganta–. ¡Y a menos que quieras hablar por la paz, Spitelout, mantente callado por el resto de la conversación!
–¡No puedes hablarle así a mi padre! –gruñó Snotlout.
–¡Dejad de hablar como si fuera vuestra libertad la que está en peligro! ¡Soy yo la que terminará rodeada de estos estirados si nos equivocamos hoy día! –se defiende rápidamente, señalando con desdén a los cristianos para luego mirarlos con furia–. Yo no quiero entrar en guerra con ustedes, incluso estoy dispuesta a asegurarme que ningún aliado de Berk jamás os ponga en peligro... solo quiero seguir con mi vida tal cual era hace unas semanas, hacer como que esto jamás ocurrió.
–¿Hacer como que nada ocurrió? –repite Murdoch, algo burlesco–. Así no funcionan las cosas aquí, jefa Hylla. Si no queréis guerra, lo que queréis es este compromiso, no hay otra opción, pues vuestro padre aceptó nuestras formas al firmar aquel tratado de paz –al ver que Hylla se mantenía callada y con la mirada llena de furia y desesperación, el rey de DunBroch le dedicó una sonrisa burlona mientras se levantaba–. Tal y como ha dicho la reina Catriel, no deseo más enfrentamientos para mi gente, la guerra sin sentido no es mi objetivo. Si así debe ser, entonces DunBroch vota a favor de este matrimonio.
Las miradas entonces se posaron en el rey de Corona, quien sonrió cariñosamente a sus compañeros gobernantes, soltó un suspiro como si fuera un padre dejándose llevar por los caprichos de sus niños y se levantó con calma.
–Corona vota a favor de este matrimonio –dijo con calma antes de volver a sentarse.
Hylla empieza a respirar con dificultad mientras mira fijamente a Ezra, quien sigue sonriendo y desnudándola con la mirada.
–Ha salido tal y como has querido, ¿no es así? –le pregunta directamente, obligándolo a mirarla a los ojos–. No... ha salido como lo querían tus padres, tan enfermos como tú.
–¿Cómo osáis...? –empieza a gritar alguien, pero Hylla no intenta siquiera adivinar quien es.
–Dejar a Berk sin opciones, arrinconarlo... No querían el matrimonio, quería a los dragones y nuestras tierras.
Ezra se hunde de hombros con una sonrisa ladina.
–No conozco la mente de los muertos, esa no es mi magia, querida Hylla.
Aster mira con miedo a su pareja, que no deja de temblar y de respirar con dificultad. Intenta estirar una de sus manos hacia ella, pero Hylla rechaza el contacto. La mujer cierra los ojos, estira un poco su cuello para relajar la tensión y suelta suspiro pesado tras suspiro pesado. Finalmente se pone recta, retando a Ezra con la mirada.
–Si me niego a casarme contigo, con toda tu alianza a favor del compromiso, te estaré dando permiso para invadir mis tierras y las tierras aliadas.
–Así lo establecieron mis padres, sí –asiente Ezra, Hylla vuelve a preguntarse por qué demonios su padre había estado de acuerdo con ello... seguramente había llegado a pensar que podría beneficiarle a él.
–Y la diferencia sería los derechos que podría mantener... si ahora me niego, si ahora te rechazo el día de mañana podrás hacer conmigo lo que quieras –Ezra vuelve a asentir.
–¡Deja de decir tonterías Hylla! –brama Mala, finalmente entendiendo lo que ocurría–. ¿Realmente crees que perderíamos en una guerra contra ellos? ¡Hemos vencido peores cosas!
Con rabia acumulada, Hylla observa al rey amigo.
–No, Mala... nosotros nunca hemos visto algo como esto.
Dagur se levanta bruscamente, dejando caer su silla, intenta incluso acercarse a Hylla. –¡No puedes casarte con este sujeto! ¡Toda tu gente está en contra! ¡Tus aliados están en contra!
–Artículo 16 del Tratado de Paz entre Berk y Arendelle, si los miembros de la Santa Alianza se interponen en el cumplimiento de este compromiso, Arendelle tendrá derecho a conquistar las tierras de sus antiguos aliados pues se comprende que su falta de apoyo cuenta como un incumplimiento del apartado 23 del Tratado de la Santa Alianza –pronuncia Hylla de memoria, mirando fijamente a Ezra. Los cristianos observan al rey con los ojos desorbitados, este se limita a asentir con inocencia.
–¡Si tenían un apartado como ese –comienza a decir Elinor– debieron de habernos informado del compromiso!
–Palabras de mis padres –es todo lo que dice en ese momento–. Artículo 16 del Tratado de Paz entre Berk y Arendelle, apartado primero, cualquier berkniano que se interponga en el cumplimiento del Tratado de Paz entre Berk y Arendelle será exiliado de la isla y tachado inmediatamente de Renegado.
–¿Renegado? –repite furioso Spitelout, interrumpiendo a Ezra–. ¿Iba a mandarnos con Alvin el Traidor si nos negamos a este disparate? ¡Tu padre debió haber perdido la cabeza en ese momento!
Ezra prosigue luego de una toz falsa. –Si, por otro lado, los aliados de Berk son los que se interponen en el cumplimiento de esta alianza, Berk tendrá derecho a invadir sus tierras y reclamar todas sus fortunas.
–¡Un tratado así sin duda alguna cuenta como traición! –ladra Dagur enfurecido–. ¡Tu padre debió informarnos!
Los ojos azules de Ezra se encuentran con los ojos verdes de Hylla en medio de todo ese griterío. Hylla sigue repitiéndose lo mismo: su padre fue a rogar por esa paz –o eso se dejaba claro en el tratado–, los reyes vieron una gran oportunidad perfecta para quedarse con todas las riquezas de Berk –que no eran muchas, pero sí muy exóticas para los cristianos– y decidieron aprovecharse de la desesperación de Estoico para imponer normas que les convenían mucho más a ellos de lo que le convenía a Berk... o a esa conclusión había llegado teniendo en cuenta el incumplimiento del segundo artículo.
Los ojos azules de Ezra brillan mientras ella frunce el ceño, Hylla siente que le están leyendo la mente.
Artículo 2 del Tratado de Paz entre Berk y Arendelle: Cada primavera, Estoico el Vasto junto con su hija, Hylla Haddock, viajarán hasta Arendelle para que los niños puedan relacionarse entre ellos y facilitar así su compromiso. Ambas partes se comprometen a asegurarse que los niños estén contentos con este matrimonio.
¿Qué hubiera cambiado si ese u otros apartados se hubieran cumplido correctamente?
–Hylla –la llama Aster mientras, finalmente, logra sostener con ternura su mano–, Hylla, podemos buscar otra...
Ella le corta colocando en el pecho la copia del tratado que consiguió, una copia de la versión escrita con el alfabeto vikingo.
–Búscala, pues –masculla acusatoriamente, presionando su hombro para sentarlo de nuevo en su asiento–. Busca esa alternativa, adelante.
Aster observa por unos segundos todos esos escritos con el corazón desbocado y la respiración alterada, sus ojos se oscurecen bajo su ceño fruncido y en su rostro se pinta la impotencia. Deja los papeles en la mesa y la mira fijamente a los ojos.
–Podemos ganarles en la guerra –afirma con severidad, con la voz suficientemente alta como para mandar a callar los demás. Hylla no lo ve, pero sabe que Ezra tiene una sonrisa ladina en esos momento y sabe que ha alzado una ceja con la que desmiente la seguridad del vikingo que ella ama.
–¿Qué guerra, Aster? –cuestiona desesperada mientras toquetea los papeles con rabia–. Si nos negamos a esta boda cuando ellos están a favor –apunta al lado de los cristianos con desdén, ellos ignoran aquella falta de respeto por la diversión que encuentran en ese enfrentamiento–, tendrán todo el derecho del mundo a reclamar nuestras tierras como suyas, a repartirlas a su placer y a reclamarme a mí como un puto trofeo de guerra, y entonces no seré una esposa, seré una jodida esclava a su voluntad –gruñe señalando con asco a Ezra, sin siquiera mirarlo–. No sé tú, pero a mí eso no me hace ni puta gracia. Si tengo que estar amarrada a ese tío, que sea por lo menos mientras sigo siendo tratada como un ser humano.
–¿Qué? No, no, no... no puedes.
–Rey Ezra –le llama con calma y firmeza, con una mirada que llameaba por la rabia, él se levanta sonriente.
–¡Jefa, no puede hacer esto! –aúlla Bucket.
–¡Hylla, no te atrevas! –brama Dagur golpeando la mesa.
–¡Podemos ganarles en una guerra! –replica Atali desenfundando una de sus espadas.
–¡Ellos no simbolizan amenaza alguna! –apoya Hunter a la doncella alada.
Hylla no los escucha, solo sigue mirando al rey, quien le sonríe con ternura y burla, no tiene ni idea de cómo, pero logra reflejar ambas cosas a la perfección.
–Mi pueblo accede a este matrimonio –sentencia firmemente.
–¡Eso no es cierto! –ruge Ruffnut–. ¡No puedes casarte con él!
Hylla se limita a caminar hasta el rey, su madre le aprieta el brazo para detenerla.
–Hija, ellos tienen razón, podemos derrotarles, podemos pelear.
La jefa de Berk se suelta con fiereza del agarre de su madre. –No has visto lo que yo –gruñe Hylla, rabiosa e impotente, para luego tomar aire–, mamá... esto es algo que nunca hemos visto... no podemos hacer nada, créeme, esto es lo mejor.
–Pero, hija...
Hylla le da un rápido abrazo y le promete que estará bien en un leve susurro que solo Valka escucha, su madre insiste con que no puede ofrecerse de esa manera, Hylla tiene tantísimas respuestas llenas de rabia y rencor aguardando en su garganta, pero no pronuncia ni una sola de ellas, solo se separa y sigue caminando hasta el rey.
Se detiene con toda las miradas sobre ella, a cuatro pasos de él, extiende su mano derecha, dispuesta a sellarlo todo con un apretón de manos. Él, para su sorpresa, la admira por unos segundos con lo que parece ser una sonrisa genuina que intenta esconder de su mirada. Toma con delicadeza su mano, logrando así que un nuevo escalofrío la recorriera de pieza a cabeza, obligándola a apretar los labios y contenerse los gritos de frustración cuando lo ve hincarse en una rodilla y volviendo a acerca el dorso de su mano a sus labios.
Mirandola fijamente, gozando de su victoria absoluta, apreciando cada centímetro de su figura, Ezra deja otro beso en los nudillos de la jefa de Berk, uno más delicado, uno más duradero, más tierno. Sopla levemente sobre uno de sus dedos, conjurando un trozo de hielo de perfectos cortes que rodea su anular en forma de anillo de compromiso.
Se levanta lentamente, acercándose cuanto puede al cuerpo de la vikinga, aguantándose las risas al ver como ella intenta alejarse y evitar que sus miradas se encuentren. Pasa uno de sus brazos por la cintura mientras la otra mano sigue sujetando los dedos de ella con una firmeza que le deja muy en claro que no tiene permitido alejarse. Mientras se acerca al oído de la muchacha, posa los ojos en los vikingos presentes, en toda esa gente que ha sacado sus armas y esperan por la oportunidad para matarle, se centra en el vikingo de rubios cabellos y ojos azules, en ese que parecía más desesperado que nadie por impedir la boda. Supone que es su amante, por lo que le sonríe directamente a él mientras aprieta más la cintura de Hylla y la apega a su cuerpo.
–Me muero de ganas por jugar contigo, querida –susurra contra su oído con un tono lujurioso mientras comienza a acariciarle la espalda–. Haz hecho lo correcto, Hylla –dice mientras deja un beso en su mejilla. Se aleja un poco, suelta su mano solo para sostener su mentón y obligarla a mirarle fijamente a los ojos. La mirada que se recibe es una verdosa combinación entre ira y desesperación, entre enojo y miedo, se relame los labios por ello–. El bueno de Estoico estaría orgulloso por la buena elección que tomaste, querida –se burla acariciando el labio inferior de ella.
Lo aleja de ella de un empujón en sus costillas, se le va el aire por un momento, retrocede unos pasos pequeños, y ríe sin desenfreno mientras la ve irse dando un portazo.
–¡Que mujer tan encantadora! –dice alzando los brazos–. Qué maravilla más grande, que regalo tan bonito del bueno de Estoico –entonces, una de sus miradas burlonas y sádicas se dirige al furioso vikingo rubio–. Que pena por ti, pagano asqueroso, mira que perder a una mujer tan buena... que patético.
Aster se sube de un salto en la mesa y avanza hacia él con su hacha en mano.
–¡VOY A MATARTE! –ruge con la cara roja de ira, avanzando apresuradamente.
El hielo creado en sus piernas lo detiene de golpe, congelando su cuerpo de una forma cruel. Los ojos de Ezra brillan con diversión mientras una larga sonrisa dolorosa se extiende por todo su rostro.
–Buena suerte con ello, mugroso vikingo –masculla en su contra sin parpadear ni un solo segundo, haciendo que algo de miedo llegue a reflejarse en la iracunda mirada del vikingo. El rey mira por unos segundos a todos los vikingos, presentándoles el mismo reto a cada uno de ellos, al no ver nada se hunde de hombros para luego retirarse entre risas de la habitación–. ¡Será la boda perfecta! –asegura sonriente, dejando a su hermano menor preocupado por todos los vikingos presentes y sus ansias de acabar con su vida–. ¡Sacad a esta gentuza de mi palacio! ¡No los quiero aquí! –ordena a los guardias que entran rápidamente a la habitación, dispuestos a sacar a patadas a cualquier que no estuviera dispuesto a colaborar con los deseos del rey.
Ezra entra en la habitación de Hylla sin llamar a la puerta, la vikinga da un respingo desde la ventana en la que se apoyaba y voltea rápidamente hacia el intruso. Bufa al ver de quién se trata y se aleja de la ventana al notar que él intenta acercarse.
–¿Qué quieres? –cuestiona bruscamente mientras se tira en la cama.
–Vuestros amigos parecían muy seguros de que podrían derrotarnos en una guerra –menciona mientras su rostro se refleja en la ventana, ganándose un sitio entre la imagen del exterior: los barcos extranjeros llenos de vikingos que se marchan de Arendelle a regañadientes y con mucha sed de sangre–, vos, por otro lado, no –la mira fijamente a los ojos, con una expresión tranquila, casi neutra–. Tenéis dragones, armadas que han sobrevivido a multitud de enfrentamientos proclamándose victoriosas... ¿por qué no os visteis preparada para vencer a reinos endeudados y cansados del arte bélico?
Hylla tomo aire tan solo para soltarlo con cansancio de inmediato.
–La espada que congelaste y volviste pedacitos el día que nos conocimos –comienza con rabia acumulada. Ezra la interrumpe por un momento.
–¿Era importante para ti? –pregunta con un tono que casi le hace creer que es tierno y comprensivo–. Lamento que se me haya ido la mano en aquella ocasión, comprenderás que... solo quería proteger mi integridad y salud, querida.
Hylla lo mira con rabia... esa forma de hablar le sonaba, le recordaba un poco a Viggo, el hombre contra el que batalló tantos meses. Recuerda a la perfección las excusas de siempre, las excusas que presentaba cada vez que su sadismo se liberaba por completo: No es que él fuese malo, sino que ella le forzaba a hacer cosas malas porque no quería colaborar; no es que él quisiera esa guerra, era ella quien lo provocaba todo... sí claro, como si ella fuese a caer en esa mierda de culpabilidad irracional.
–Sí –dice firme, retándolo con la mirada–, era muy importante para mí. Inferno representaba mis luchas, mis derrotas y victorias, mi progreso como guerrera... representaba a cada uno de los enemigos que derroté, a cada uno de mis aliados, cada ocasión que sobreviví por los pelos. Y tú solo lo destruiste, como si nada, como si fuera solo un bicho insignificante, destrozaste en un abrir y cerrar de ojos toda mi carrera bélica... ¿Cómo esperabas que te mirase a los ojos y te dijera que podríamos vencerte? No te hace falta ningún ejército, eso de que estáis débiles es una tontería, tú solo te bastas y te sobras para hacer caer a mi gente.
Ezra le sonríe de oreja a oreja, con un orgullo que le da ganas de escupirle en la cara. Da unos pasos hacia ella, a lo que Hylla rápidamente retrocede, intentando huir todo lo posible de él. Su mano se mueve donde antes enfundaba su espada de fuego, le duele que no esté ahí.
–Eres muy lista, querida –es todo lo que dice cuando finalmente acepta que no podrá acercarse mucho más a la vikinga... por ahora, algún día logrará dar más pasos en su dirección–. Mañana mismo comenzaremos con los preparativos, hay muchas cosas que hemos de organizar para que todo salga perfecto, y vamos con cuatro años de retraso.
Él comienza a caminar con elegancia hacia la puerta, con las manos tras la espalda, con esa sonrisa gigantesca que le ponía de los nervios, camina dejando una leve brisa helada por allí donde estaba, está a punto de irse, pero se detiene cuando tiene el pomo de la puerta entre sus largos dedos. Se gira para verla nuevamente, con algo de brusquedad, como si acabara de recordar algo que no podía esperar más tiempo.
–Mandaré a alguien para que te muestre el palacio entero, me he enterado de que has tenido problemas ubicando diferentes salas, querida. Me aseguraré de que no vuelva a pasar, después de todo, este es tu nuevo hogar.
Hylla gruñe mientras asiente, él le regala unas risillas que a ella le parecen estresantes antes de irse. Se queda pensando en lo que acaba de decirle, su hogar, un palacio inmenso que por muy precioso que le parezca es un completo infierno que aguarda las miles de tortura que vivirá por el resto de su vida... aquel precioso palacio es un poco como el mismo Ezra, piensa mientras se tira en la cama.
Ezra es atractivo, no piensa negar algo tan obvio como eso. No se asemeja en lo absoluto al estándar de belleza masculina de los vikingos, pero sus facciones son de ese tipo que traspasa los límites de las culturas. Hay algo en él, algo que no sabe definir, que sencillamente atrae, como si fuera una luz y el resto del mundo mosquitos obsesionados con su figura. Ezra es bello de una forma que Hylla nunca antes había visto... pero es un completo demonio sádico que parece disfrutar como un crío el sufrimiento de aquellos que lo rodean. Es una brillante y despampanante trampa para bichos ingenuos que morirán nada más lleguen a él. Una prisión dorada llena de diamante, no puedes salir, no puedes disfrutarlo, solo puedes admitir sus belleza y dejarte morir allí.
Suspira pesadamente a la vez que se pregunta qué tanto podía empeorar su vida a partir de ese punto.
Luego de varios pesados y larguísimos minutos, alguien llama a su puerta, invita a pasar a quien sea con un gruñido. La persona que entra es la princesa de las Islas del Sur que está comprometida con el niñato de Anne, Hylla se da cuenta de inmediato que se ve mucho menos tímida y preocupada que hace unos días. La mira con desdén e incomodidad, Hylla tiene que aguantarse el enojo pues solo se trata de una niña.
–Su excelencia, el rey Ezra, me ha pedido que os muestre el palacio –informa mientras le entrega una leve reverencia. Hylla suspira pesadamente.
–De acuerdo, vamos –asiente mientras se levanta.
–Su excelencia, el rey Ezra –empieza a decir mientras salen de la habitación–, también me ha comentado que debería de conseguiros un sastre para que os confeccione ropas dignas de vuestro nuevo estatus.
–Mis ropas están bien –responde ella rápidamente, cortando a la muchacha, quien la mira por el rabillo del ojo solo por unos segundos, pero puede captar por completo su desprecio.
–No para una corte cristiana –le responde de inmediato–. Los pantalones que lleváis solo se excusan si vais a practicar equitación, las telas que usáis están descoloridas y degastadas, necesitáis unas mejores para los vestidos que confeccionen para vos.
–¿Y cómo se supone que caminaré correctamente?
La niña le mira con burla, Hylla hace una mueca ante eso, lo que la menor considera extremadamente poco femenino.
–Es fácil, mi señora, solo imite a las mujeres que tiene a su alrededor, si ellas pueden, siendo solo cristianas delicadas y sumisas, ¿por qué usted, una fuerte vikinga guerrera, no podría? –le dedicó una sonrisa burlona antes de retomar sus pasos y comenzar con la presentación de todas las salas básicas del lugar.
