Todoroki Shōto se limpió el sudor de la frente con su antebrazo, ya que sus manos forradas en guantes de jardinería estaban llenas de tierra.
Era verano, por lo que el calor se servía con cada comida y ni las numerosas limonadas o pedazos de sandía podían aliviar este mal.
Y debido a este mismo calor, las tiernas matas de tomate que crecían en el pequeño invernadero de la casa necesitaban atención diaria o perecerían.
Dentro del plástico protector del invernadero casero, que cubría un poco más de un cuarto del patio trasero, se encontraban las matas adultas de las cuales unos rojos y redondos tomates sobresalían rogando por ser cortados.
Shōto regó con la manguera cuidadosamente tratando de mojar únicamente los tallos a su paso, recordando la voz de su hermana mayor en su mente que repetía los cuidados de las plantas una y otra vez. Fuyumi esa mañana decidió desaparecer misteriosamente, arrastrando a sus otros hermanos con ella, no sin antes dejar una nota en el refrigerador diciendo que regresarían pronto, justo por debajo de la otra nota de sus padres que ponía que estaban muy enamorados en una cita y que no les esperaran.
– Shōto –llamó la persona que no escapó de él, de las obligaciones en la casa, ni del infernal calor de la ciudad–. Hice limonada.
– Esta es la quinta en el día, ¿no nos pasará nada?
– El limón desintoxica tu cuerpo con regularidad –explicó–. Falta un poco para la comida; mientras tanto, este es el momento ideal para tomar limonada, puesto que los órganos depurativos son más activos. Además, la Vitamina C es un potente desintoxicante –recitó cual revista de belleza–. Eso y que tienes muchos limones en la nevera.
–¿Es tan tarde ya? –se quitó los guantes con cuidado, limpió su frente con la bandana que traía atada al cuello y tomó el vaso sudado por el hielo que le ofrecía Tenya, dándole un largo trago.
– Estoy a punto de preparar el almuerzo –sonrió–, comeremos soba fría.
Shōto asintió. Luego reparó en la pequeña bandeja que traía el chico en sus manos, otra bebida para él y pedazos de sandía cortados en triángulos; se sentó en el suelo de madera del pasillo e invitó al otro a acompañarlo.
En esos momentos de calma, una suave brisa toca el papel de la campanilla de viento, ocasionando su característico sonar.
–Me iré luego de la comida, Tensei me pidió que le ayudara un par de horas en la clínica.
–Pensé que era tu día libre –trató de sonar plano, y si no fuese por la íntima relación entre ambos, lo sería. Pero un mísero dejo de decepción se colaba su tono.
–Lo siento. –respondió con una media sonrisa invadida en culpa.
Tenya alzó su mano y quitó el sombrero de paja que llevaba su pareja, ya bajo la sombra del techo no lo necesitaría.
El cabello rojo y blanco era un pequeño desorden que intentó peinar con los dedos, empapándose las puntas de éstos con sudor, sin tener éxito alguno en hacer recrear el estilo de peinado que solía llevar.
Shōto ni se inmutó, contemplando las iris índigo con profundidad y cerrando por obligación los párpados cuando un mechón de cabello picaba muy cerca de ellos.
Se llevaba a cabo la técnica patentada por la familia Iida en medicina natural para buscar el estado zen: Acariciar con sumo cuidado y dedicación el cuero cabelludo. Era bastante obvio que, siendo bombero, y tal cual como el mismo Tenya sabía de sobra, en el trabajo había días relajados tanto como los había ajetreados y esto podría traer efectos adversos en su salud.
Recién hace dos semanas, Shōto tuvo que cancelar la única cena que habían podido programar desde hace un mes debido a sus agendas, y todo porque algún perturbado decidió incendiar un pequeño bar en el corazón del barrio bajo.
Esa vez, el corazón de Tenya no encontró un pulso estable hasta que Shōto le mandó un mensaje de texto a las tres de la mañana diciendo que pudieron controlar las llamas.
–No sé cómo haces para que se vea esponjoso, libre de frizz y ordenado a la vez. –se rindió luego de cinco minutos completos moviendo las hebras de un lado a otro. Secretamente, Tenya aprovechó el tiempo que consideró prudente para deleitarse con el fino y suave tacto del cabello.
Los dedos sumergidos en la melena viajaron hasta las mejillas de Shōto, apartando los cabellos rebeldes de su cara y poniendo varios de ellos atrás de las orejas, las cuales adquirían un suave tono rosa.
Nada podía hacer el bicolor para evitar el rubor, los años que tuvo que vivir con una cara sin pizca de sentimiento se volvían polvo cuando los vasos sanguíneos le jugaban una mala pasada, mostrando aquella vergüenza secreta de la que su expresión no seguía el paso.
–No es... nada en especial –retomó la conversación sin ningún tono en específico, entrecerrando su mirada a medida que la cara de Tenya se aproximaba a la suya.
Shōto guio una de sus manos sin pensar a la nuca de su pareja cuando sus labios se encontraron entre sí, y apoyó la otra en la superficie más próxima para tratar de impulsarse hacia adelante con el fin de profundizar el beso.
Falló en esto último, derramando la bebida que antes de eso seguía intacta en la bandeja.
Realmente ninguno le habría dado importancia si no fuese por las voces en la entrada de la casa. Los hermanos habían vuelto.
Tenya, antes de levantarse, deposito un rápido beso en el párpado derecho de Shōto, sobre la roja marca de una vieja quemadura, antes de contestar el llamado de Fuyumi con un "bienvenidos".
