Disclaimer: Los personajes de «Shingeki no Kyojin» pertenecen exclusivamente a Hajime Isayama.

Aclaración: Esta historia participa en la semana LeviHan 2022 «Eres como eres». Organizada por la cuenta en Twitter LeviHan Squad.

Inspirada en el maravilloso cómic de la talentosa artista Luna Blanca Art. A quien le agradezco de todo corazón que me permitiera utilizar su arte para esta obra.


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Capítulo I


Reino del Oeste, 1700.

Se encontraba terminando de patrullar los límites del reino. Sus sirvientes lo acompañaban muy de cerca, ya que debían cuidar su integridad con su vida si fuese necesario.

Levi era el príncipe del Reino del Oeste y en poco tiempo se convertiría en su rey.

Desde que su padre murió, sabía cuál era su misión. Estaba consciente que al cumplir la mayoría de edad debía asumir el trono, pero él renegaba de lo que tenía que hacer para obtenerlo. No quería desposarse.

Siempre le habían parecido absurdas las normas impuestas por la aristocracia. Él era un hombre creyente de las reglas; sin embargo, algunas eran obsoletas. Una de estas era el matrimonio arreglado. Repudiaba la idea de tener que unirse a una mujer, simplemente, para asegurar su puesto dentro de la nobleza.

Su madre le decía cada día que el amor venía con la convivencia, pero él no estaba muy convencido. Juraba que nunca llegaría a experimentar tal sentimiento. Hasta que un día todo cambió.

Un ser misterioso se había adueñado de sus pensamientos.

—Soberano —le llamó con resto uno de sus lacayos—. ¿Soberano, me escucha?

—¿Eh? Sí, dime —respondió un poco desorientado, ya que su mente vagaba por otro sitio que no era en el que se encontraba—. ¿Qué sucede?

—Solamente deseaba avisarle que volveremos al castillo. La ronda de vigilancia está terminada y los guardias se encuentran en su posición —informó el joven a su majestad.

—Vuelvan, yo tengo un asunto que resolver —espetó con seriedad. Ya llevaba un buen tiempo que antes de caer el ocaso, les pedía a sus sirvientes que lo dejasen solo—. Prometo estar de vuelta en el castillo antes de la penumbra.

—Pero soberano, su madre… —musitó el sirviente con preocupación. Si algo le llegase a suceder, la reina los mandaría directo a la horca—. Tenga cuidado, majestad.

Levi asintió con un leve movimiento de su cabeza. Entendía a los sirvientes, pero él podía defenderse solo. Además, el sitio al que se dirigía cada tarde era parte de su jurisdicción, nadie que no desease una muerte tormentosa se atrevería a atacarlo.

Apretó las piernas en el lomo del caballo y soltó la rienda despacio para que el animal pudiera avanzar. Sus sirvientes, simplemente, lo vieron perderse en el horizonte.


Llegó hasta la playa. Las olas rompían con fuerza estrellándose contra las rocas y muriendo sobre la orilla.

Levi descendió de su caballo y caminó hacía el mismo lugar de siempre. Se sentó en una enorme piedra y, a lo lejos, divisó una silueta que le era muy familiar. Su preciosa sirena había salido de la profundidad a hipnotizarlo con su belleza.

Siempre creyó que ese tipo de criaturas solo eran una fantasía de la mitología. No obstante, lo que sus ojos veían no era una mentira. Los libros de historia se quedaban cortos ante la perfecta imagen de la sirena.

Él se perdería entre sus curvas y en el brillo de sus pupilas cuando sonreía. Ninguna otra criatura podría compararse con ella. Absolutamente, era perfecta.

Disfrutaría de su presencia hasta que el ocaso se lo permitiría. Antes de tener que regresar al castillo que, parecía una jaula de oro que le recordaba su triste realidad.

«Algún día me acercaré a ti, necesito saber quién eres» pensó el príncipe mientras observaba a placer a su sirena.


El día había transcurrido con calma. El viento movía, sutilmente, las aguas del inmenso océano. Obsequiando un panorama de tranquilidad que solo se experimentaba cuando el mar se encontraba en paz.

En el fondo del agua, los peces comían y nadaban con libertad. Se acercaban a los arrecifes de coral y disfrutaban de las algas que los nutrían. Era maravilloso cómo las especies podían convivir con tanta armonía.

A lo lejos, una preciosa criatura se encontraba sentada en una majestuosa roca, acompañada por varios delfines que escuchaban su canto. Hange era la sirena más hermosa de todo el océano. Su dulzura y belleza hacían caer bajo su encanto a cualquiera. Atributos que le permitían alejar a los marinos que se acercaban con la única intención de querer lastimar a sus hermanas.

Su misión primordial era proteger a todos sus seres queridos.

La sirena desconfiaba mucho de los humanos, le parecían arrogantes y malvados. Sin embargo, había una persona que llamaba mucho su atención. Era un hombre de mirada profunda y semblante serio, con un sedoso cabello negro y un porte tan elegante que, la hacía desear ser tocada por sus manos. Nunca le había llamado la atención alguien de esa especie, pero él tenía algo que lo hacía diferente.

Cerró sus ojos y se concentró en su canto. Pasó sus manos por su cabello y lo peinó con las yemas de sus dedos. Los delfines giraban a su alrededor felices por estar escuchando su dulce voz.

Todo era perfecto, hasta que una sombra opacó la luz que le brindaba los rayos del sol.

Un barco acaba de anclar en medio del mar, era enorme y por los gritos que podía escuchar —gracias a su perfecta audición—, se dio cuenta que sus intenciones era acabar con todo el arrecife de coral.

Los peces comenzaron a nadar con desesperación para salvar sus vidas, de estos intrusos que con una red y armas que no conocían, invadían su hogar para acabar con ellos.

Hange estaba indignada, esa crueldad inmensa que profesaba la raza humana era la que detestaba. La sirena estaba consciente que no podía detenerlos ella sola. No obstante, su valor y determinación eran más grandes que sus temores. Se levantó de la roca y nadó en dirección a esos malditos que estaban dañando su hábitat.

Se quedó a una distancia prudencial y con todas sus fuerzas emitió un grito que dejó sordos a los marinos. Esa era una de sus habilidades mejor desarrolladas. Los vio descender como hojas que caían de un árbol, y sonrió al notar que los otros a los que no les perturbó directamente su ataque, nadaban con mucha rapidez hacia la orilla.

Se sentía orgullosa de sí misma por salvar a sus amigos; así que, comenzó a cantar sin darse cuenta que un par de marinos se habían protegido de su canto. Hange estaba tan feliz que no pudo prever cuando uno de esos dos hombres la tomó por los brazos, mientras el otro trataba de meterla dentro de la red.

Hange forcejeó con ellos con todas sus fuerzas e intentó gritar para poder dejarlos inconsciente, pero uno de los hombres le puso una mordaza en la boca para silenciar su voz. La sirena movió su cola lo más rápido que pudo para generar un remolino que la ayudara a escaparse.

Los delfines que eran sus más fieles amigos intervinieron, mordiendo a esos malditos humanos para que ella pudiese salvarse. Fue una lucha ruda entre la especie marina y la terrestre. Hasta que; por fin, Hange pudo soltar sus manos y quitarse la mordaza que tenía en la boca. Tomó aire y con las pocas fuerzas que le quedaban, lanzó un grito desgarrador que mandó a sus agresores al fondo del océano.

La sirena sonrió mientras se desvanecía en el lomo de uno de los delfines. Todo su mundo se había vuelto negro.

Los peces, rápidamente, nadaron a la superficie para llevarla a la orilla de la playa, y con cuidado la dejaron descansar sobre una roca para que el aire fresco le devolviera un poco de su energía. Los mamíferos eran muy diferentes a ella, ya que no poseían esa parte humana que las sirenas tenían.

Se alejaron un poco para poder vigilar que nada malo pudiese pasarle. Por mucho que lo desearan, los delfines no podían estar fuera del agua; así que, la cuidarían a una cierta distancia.

Pasaron las horas y los rayos del sol cambiaron sutilmente de color. Un profundo naranja brillaba sobre el firmamento e iluminaba la desnuda espalda de una preciosa sirena que yacía inconsciente en la orilla.

Un ruido desconocido alertó a los delfines que, agudizaron sus sentidos al observar a un animal que con rapidez se acercaba a la playa. La bestia se detuvo en la orilla y de esta, bajó un hombre con un aspecto muy diferente a los marinos que los habían atacado.

Se comunicaron entre ellos para ir a rescatar a la sirena cuando un gesto del humano los hizo detener su nado sincronizado.

El hombre tomó entre sus brazos a la sirena y con delicadeza acarició su rostro. La levantó de la orilla y con mucho cuidado la subió al caballo para llevarla lejos de ese lugar. Los delfines no pudieron hacer más de mirar toda la escena y rogarle a sus dioses porque su amiga se encontrara en buenas manos.

Los mamíferos no entendían cuál era la razón por la que ese hombre les generaba tanta calma.

Continuará…