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Capítulo II
El trayecto de vuelta al castillo fue mucho más corto de lo habitual. Levi conocía cada rincón de su morada y, por lo tanto, ingresó por un área poco vigilada. Bajó de su caballo y con la sirena en brazos caminó hasta su estanque privado.
El sitio era un hermoso lago, cubierto por frondosos árboles y bellas flores.
El príncipe se sentó en la orilla y con una de sus manos comenzó a humedecer el delicado rostro de esa criatura que tanto le gustaba. La sirena empezó a reaccionar, poco a poco, hasta que logró abrir sus preciosos ojos.
Hange no sabía dónde estaba. Lo último que recordaba era haber luchado contra esos marinos que querían capturarla. Su visión estaba un poco borrosa; sin embargo, sobre su mejilla sentía un cálido contacto que le reconfortaba el alma. Sonrió al disfrutar de la caricia, hasta que descubrió que quien la estaba mimando era un ser humano.
Quiso alejarse de su depredador, pero este la sostuvo con más fuerza entre sus brazos. Hange quería escapar; así que, tomó todo el aire que pudo para aturdirlo con su canto. Infló sus pulmones y cuando estuvo a punto para soltar su ataque, notó la profundidad de su mirada, aludiendo que esos ojos que la veían se le hacían familiares.
—¡Cálmate! No pienso lastimarte, mujer pez —espetó el príncipe con el ceño levemente fruncido—. Solamente quiero ayudarte.
—¿Mujer pez? —¿Así era como la llamaban los humanos? Qué nombre más feo le habían dado—. Soy una sirena, no una mujer pez. Me llamo Hange —dijo con una enorme sonrisa. Era la primera vez que hablaba con él, pero desde que lo vio, le gustó tanto que, quería seducirlo; no obstante, no le haría lo mismo que a los otros marinos. Este hombre tenía algo diferente—. ¿Tú quién eres?
—Mi nombre es Levi, soy el príncipe del Reino del Oeste. Mucho gusto —expresó sin un ápice de emoción. Aunque en la profundidad de su ser, su corazón palpitaba fuertemente—. Te encontré en la orilla de la playa y te traje a mi castillo para que pudieses descansar. ¿Te ocurrió algún percance?
—Unos marinos atacaron nuestro arrecife de coral, yo simplemente quería defender a los peces. Los humanos son seres sin sentimientos que destruyen todo lo que tocan —espetó apretando uno de sus puños—. Intentaron capturarme, pero con la ayuda de los delfines me pude escapar. Creo que fueron ellos los que me llevaron a la playa.
Levi escuchaba atento el relato de la sirena. Se veía tan hermosa al pronunciar cada palabra, pues demostraba en su timbre de voz, determinación y entrega. Característica que lo hacían sonreír para sí mismo. ¿Por qué se sentía tan feliz? ¿Qué era esa calidez que albergaba en el pecho?
El príncipe siempre había querido una oportunidad para conversar con ella. Y ahora que la tenía ahí, entre sus brazos, sentía un hormigueo que le recorría cada fibra de su cuerpo.
El monarca clavó sus ojos en los orbes chocolate de su sirena para grabar en su memoria el precioso brillo de sus pupilas.
—Siento mucho lo que te pasó. Concuerdo contigo en que los humanos destruyen todo a su paso; sin embargo, algunas personas nos preocupamos por cuidar a todas las criaturas —confesó con sinceridad—. Este es mi estanque privado. Mientras te recuperas, puedes quedarte aquí. Yo estaré pendiente de tus necesidades y nadie vendrá a molestarte.
—Eres muy amable y apuesto, Levi. Aunque un poco serio —comentó Hange con picardía—. Por la ayuda que me estas brindado, te puedo cumplirte un deseo, el que tú quieras. Como por ejemplo —acarició con delicadeza su rostro—: acunarte en mi pecho.
—¿Un deseo? No suena mal —musitó desviando la mirada a otro lugar que no fuera el pecho desnudo de la sirena. Levi era un caballero, pero ella le hacía arder en deseo—. Lo voy a pensar y te digo. —La vio de reojo asentir mientras le volvía a acariciar la mejilla—. Solo algo más.
—Dime.
—Tendrá que ser por pocos días, porque… —hizo una pequeña pausa. Por mucho que deseara tenerla ahí, a su lado, le era imposible. El príncipe tenía un compromiso que debía cumplir, pues su madre ya había dado su palabra—. Tengo un asunto importante qué realizar.
La sirena no comprendió del todo sus palabras. A pesar de hablar el mismo idioma, existían cosas que ella no entendía. Sonrió y asintió con la cabeza. No importaba si era mucho o poco tiempo, Hange se encargaría que esos días fueran inolvidables, al punto de hacer caer a ese apuesto príncipe en sus brazos. Parpadeó con rapidez al percatarse de la profundidad de sus pensamientos. ¿Eso era lo que muchas sirenas contaban que era el amor? No lo sabía, pero si era el mismo sentimiento, deseaba con todo su corazón poder vivirlo.
—No te preocupes, será el tiempo que tú decidas —expuso con alegría—. No olvides que tienes derecho a un deseo.
—Lo tengo presente —susurró antes de meterla al estanque—. Descansa un momento. Volveré en un rato para hacerte compañía.
Hange observó hipnotizada como su príncipe se alejaba. Cruzó sus brazos en la orilla del lago y recostó su rostro sobre ellos. Esos días parecía que serían los más felices de su vida.
Era la tercera noche que pasaba en el estanque del castillo del Oeste. Todas esas horas las había disfrutado en compañía de Levi. El hombre pasaba a su lado desde la tarde hasta que se anunciaba el alba. Y se retiraba solamente porque sus responsabilidades lo obligaban.
El príncipe se encontraba a una distancia prudencial de la sirena mientras le leía un cuento para niños. Él evitaba acercarse mucho para que sus sentimientos no lo dominaran y lo arrastran a cometer alguna locura de la que pudiera arrepentirse.
Hange ponía mucha atención a sus relatos y preguntaba cada vez que no comprendía. El monarca le explicaba de una manera sencilla para que su sirena pudiese comprender sus palabras.
A lo largo de sus charlas, la sirena aprovechaba para contarle cosas de su reino. Levi estaba tan emocionado por descubrir cómo se desarrollaba la vida en las profundidades que, prestaba mucha atención a cada una de las historias que le compartía la castaña.
El príncipe deseaba que las horas que pasaba a su lado fuesen eternas; sin embargo, su cuento de hadas pronto tendría que terminar, y no precisamente, con un final feliz.
—¡Ese lobo era un rufián! Me alegra que los cerditos pudieran vivir tranquilos —comentó con una linda sonrisa en el rostro—. ¿Me cuentas otro? Por favor.
—Este es el último de esta noche —espetó con la mirada perdida en el horizonte—. Hange, debo decirte algo.
—¿Eh? ¿Qué sucede? —Una punzada en el pecho le advertía que escucharía de sus labios algo que le dolería—. ¿Qué vas a decirme, Levi?
—Recuerdas que te comenté que podrías quedarte aquí, solamente, un par de días. —La vio asentir mientras sus ojos se clavaban a los suyos. Suspiró pesadamente antes de proseguir—: Mañana será el último día en el que puedo tenerte en el castillo. Mi madre me… —Su corazón dolía por lo que iba a decirle, pero debía continuar. El acuerdo ya estaba hecho y nada lo iba a cancelar— me comprometió con la princesa del Este. Ella y yo nos casaremos. Por esa razón tú debes marcharte.
Hange bajó su rostro y hundió su cuerpo en el agua, dejando solamente sus ojos en la superficie, los cuales veían directamente a la nada.
Las sirenas poseían un encanto innato, un poder que las hacía envolver entre sus brazos a los humanos o a las criaturas que deseasen; sin embargo, en esta ocasión, Hange no quería seducirlo para lastimarlo o embrujarlo. Ansiaba amarlo y demostrarle que, sin importar que fueran de mundos diferentes, el amor no conocía prejuicios. Eso era lo que su corazón más anhelaba.
Lastimosamente, su deseo tendría que quedarse con ella, pues su príncipe ya estaba prometido para otra criatura de su misma especie.
«Por eso no te acercas a mí» pensó mientras sacaba pequeñas burbujas de agua con su boca.
Levi, por su parte, se sentía muy mal. Él no deseaba lastimarla, pero tenía que cumplir con su papel. La realeza había esperado mucho por esta unión y por ninguna circunstancia podía romperse ese acuerdo, sin importar que eso le rasgara el alma.
—Hange —musitó con dulzura en su tono voz. Su timbre sonaba como un soplo de viento que le embriaga el corazón—, perdóname. Es un matrimonio arreglado al que mi reino no se puede negar. ¿Lo comprendes?
—Supongo. Si tú eres feliz yo estaré bien —expresó con una fingida sonrisa en los labios—. Te deseo un buen matrimonio.
—Gracias —espetó de la manera más fría que alguna vez imaginó pudiese responder.
Hange se alejó y buceó hasta la profundidad del estanque. No quería seguirlo viendo, no podía seguirlo viendo. Su alma dolía y su corazón se hacía mil pedazos. ¿Eso era el amor? ¿Un dolor punzante en el pecho? Se preguntó mientras las primeras lágrimas caían de sus ojos para convertirse en preciosas perlas.
Por primera vez en toda su vida, deseó poder ser: una simple humana.
Continuará…
