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Capítulo III
Era su última noche en el castillo del Oeste y Hange se sentía cada vez más triste. Ese día, el príncipe apenas y la fue a visitar, ya que tenía muchos asuntos pendientes para su boda que realizar.
La sirena percibía un vacío en su corazón que no había experimentado antes.
Nadó por todo el estanque, hasta que el brillo radiante de la luna llena la hizo salir de su escondite para apreciar su majestuosidad. Ese satélite tenía una conexión con ella muy especial.
Se situó al centro del lago y sacó su cuerpo del agua. La mitad de su espectacular cola era iluminada por la luz del astro que apuntaba hasta donde se ubicaba la sirena.
Hange unió sus manos y con todo su corazón suplicó para que esa noche ocurriese un milagro.
—Luna llena, diosa de las sirenas. Te imploro que atiendas mi ruego —decía con todas las fuerzas de su espíritu—. Me he enamorado de un humano que va a desposarse con una joven de su especie —musitó sintiendo cómo una gota de agua comenzaba a descender de sus preciosos ojos—. Quizá te pareceré egoísta, pero si él es mi verdadero amor, te pido me ayudes a estar a su lado. Si su felicidad es el casarse, lo aceptaré y me iré sin protestar.
Hange no lo soportó más y comenzó a llorar. Su llanto era incesante, cargado de todo el dolor que sentía su alma. El amor de su vida se le iba de las manos como la corriente que fluía en el inmenso océano.
»—Te pido que me dejes siquiera cumplirle su deseo. Si me ayudas, te entregaré todas estas perlas para que aumenten tu belleza —expresó levantando sus manos frente al satélite que iluminaba con fuerza las lágrimas que brillaban entre sus palmas—. Diosa, ten piedad de mí.
Hange había expresado con sinceridad sus sentimientos, pero parecía que estaba pidiendo demasiado u ofreciendo muy poco. Estaba a punto de resignarse, quería hundirse hasta la profundidad del estanque y no salir de allí hasta que tuviese que marcharse. Comenzó a meter poco a poco su cuerpo en el agua cuando una luz la envolvió por completo. Dejándola ciega por algunos instantes.
Pasaron algunos minutos antes de que la sirena reaccionara, y cuando lo hizo, se llevó una sorpresa inesperada. La luna se había compadecido de ella y había atendido a su ruego. Otorgándole una única oportunidad para que luchara por su amor verdadero.
—De aquí en adelante, todo depende de ti —le susurró la diosa al iluminarle una vez más el rostro.
—Gracias, muchísimas gracias —dijo la sirena con una enorme sonrisa.
Tenía toda la noche para demostrarle a Levi que ella era la princesa que estaba esperando.
Se encontraba en su alcoba dando vueltas en el mismo lugar por la desesperación. Le dolía el reconocer que poseía sentimientos profundos por una criatura que no era de su especie, pero eso no era lo que lo conflictuaba, lo que realmente le dolía era el no poder amarla como él lo deseaba.
Toda su vida pasó renegando sobre el amor. Desde pequeño, estuvo al tanto que en su momento debía desposarse con alguna princesa que fuese de conveniencia para su reino. Al ser el único heredero a la corona, no tenía más opción que aceptar un matrimonio arreglado por simples estatutos políticos.
La mujer con la debía contraer nupcias era hermosa; sin embargo, él no la amaba y sabía que nunca llegaría a hacerlo. La había visto un par de veces cuando su madre, la reina Kuchel, lo comprometió con el reino vecino. La princesa Ninfa estaba ilusionada con el acuerdo, pero Levi lo único que deseaba era salir corriendo.
Detuvo su andar sin sentido y caminó hasta la ventana para tomar un poco de aire fresco. La luna irradiaba más de lo habitual esa noche, y de no ser porque debía evitar el contacto con la sirena, estaría contemplando con ella la belleza del satélite.
Se puso las manos alrededor de la sien, pues sentía que la cabeza iba a explotarle. ¿Por qué tenía que conocer a esa sirena? ¿Por qué tuvo que interesarse en ella? ¿Por qué no quería aceptar que se había enamorado?
«Hange, tú has confundido mi corazón. ¿Qué se supone que deba hacer ahora?» pensó mientras suspiraba y clavaba sus profundos ojos en la luna.
Esa sería una noche larga, en la que el frío le recordaría lo vacío que seguiría su corazón cuando él se desposara, y ella tuviese que marcharse para siempre.
Se alejó de la ventana y buscó su lecho. Parecía que lo más razonable era intentar dormir, aunque eso sería imposible. Se quedó sentado en la orilla de la cama y cerró los ojos por unos instantes. Si debía aceptar que nunca podría amar a plenitud a su sirena, por lo menos, quería imaginarla junto a él acunada entre sus brazos.
Sus pensamientos los llevaron a ese día en el que la encontró sobre la playa y por primera vez sonrió como nunca antes lo había hecho. Su imagen radiante lo acompañaría para darle calidez a su alma.
Estaba tan concentrado en rememorar los momentos junto a su sirena que no se percató cuando alguien más entró en su habitación. Y se quedó por algunos minutos apreciando su tranquilo semblante.
—Levi. —La voz le parecía un susurro. Realmente estaba en el paraíso de los sueños para escucharla tan claramente—. ¿Levi, estás dormido?
—¿Eh? —respondió sin pensar. Se frotó los ojos para acostumbrarse a la luz de la vela que descansaba a un lado de su mesa de noche. Y lo que vio, lo dejó sin aliento—. ¡¿Hange, eres tú?!
—He venido a pagar mi deuda contigo —dijo con una sincera sonrisa.
—¡¿Pero cómo es posible?! —el príncipe aún no podía creer lo que estaba observando—. ¿Desde cuándo tienes piernas?
La sirena se sonrojó y bajó un poco su mirada. Antes de cumplirle cualquier deseo debía explicarle qué hacía en su habitación, con piernas de humano, en el lugar que ocupaba su hermosa cola.
Continuará…
