Give Me Your Heart.

Érase una vez, en medio del bosque y alejado de toda civilización, una vieja mansión propiedad de los duques de Hans, de la que se contaban diferentes leyendas. Unas decían que el alma de una joven vagaba buscando a su amado, otras que ahí escondían a un ser monstruoso y otras más que ahí enviaban a morir a los hijos enfermos o ilegítimos. Lo cierto es que ninguna de las historias eran ciertas, al menos no del todo. En esa casa vivía Hange, la hija menor del duque quién había contraído el mal de Ymir, enfermedad que atacaba principalmente los pulmones provocando ataques de tos y llegando incluso a ocasionar que el afectado escupiera sangre. Ésta afección consumía paulatinamente el sistema respiratorio y dado que no había cura alguna era considerada una maldición de la diosa, de ahí el nombre.

La niña se contagió cuando aún era una pequeña, y cómo todavía no era presentada a la sociedad, los duques optaron por enviarla a vivir alejada de todos, evitando así que los demás se enteraran de lo sucedido. Desde eso hacía ya más de diez años, y ahora ella ya había crecido para convertirse en una joven mujer. De tez pálida, cabello castaño y ojos marrones, era poseedora de una belleza frágil que contrataba con su personalidad alegre y extrovertida.

Habiendo pasado la mayor parte de su vida en única compañía de un par de mucamas que la asistían y con las que no entablaba ninguna conversación dado que ellas temian contagiarse, desarrolló un gusto excesivo por la lectura y una imaginación muy activa. En su mente se creaba una y mil historias dónde ella podía de aquel bosque y recorrer el mundo, dónde podía vivir un amor apasionado cómo el de sus libros, donde no existía esa enfermedad que le consumía la vida poco a poco.

Regularmente salía a dar pequeñas caminatas por los alrededores de la mansión y cuidando que ninguna sirvienta la viera se aventuraba a adentrarse un poco en el bosque, bordeaba el pequeño arroyo que circundaba la casa hasta llegar a un pequeño claro dónde podía sentarse un momento y admirar el paisaje. Cierto día, mientras se entretenía hojeando un libro, sintió una extraña perturbación en la calma absoluta de la fronda. Intrigada se levantó y miró atenta a su alrededor tratando de encontrar la fuente de aquel cambio pero fue en vano, todo lucía igual que siempre. Estaba a punto de volver a sentarse cuando un olor demasiado similar golpeó su nariz helándole por completo, era el hedor metálico de la sangre. Con manos temblorosas recogió sus cosas y corrió lo más rápido que sus maltrechos pulmones le permitieron, al llegar a la casa se encerró en su habitación y se ocultó bajo las sábanas de su cama en un intento de calmarse. Debido al esfuerzo físico, tuvo un nuevo ataque de tos y las sirvientas, alarmadas, le llevaron el remedio que ella tomaba en esos casos. Tras unos minutos logró sosegarse y extenuada por la crisis se quedó profundamente dormida.

Afuera una tormenta azotaba con furia los postigos de la ventana, las doncellas cerraron todas las puertas y ventanas temprano y se retiraron a sus habitaciones, sólo una se quedaba de guardia en la recámara de al lado para estar al pendiente de la joven. Sin embargo el ruido de la lluvia les impidió percatarse de la sombra que se había filtrado dentro de la casa. Entre las penumbras de la noche, buscó refugio dentro de la mansión, debía descansar para recuperarse de sus heridas.

A mitad de la noche, Hange se despertó sintiendo el desagradable aroma de su sangre en su boca, miró en la mesa junto a su cama y vio que la jarra estaba vacía, a tientas logró encontrar una vela. Caminó cuidando de no hacer ruido para evitar despertar a las mucamas y se dirigió a la cocina, de regreso notó algo moverse entre las sombras y su curiosidad pudo más que su temor. Siguió por el pasillo dónde creyó haber visto algo y entró en una habitación desocupada, dentro la luz de la luna alcanzaba a iluminar los muebles lo vió, sentado en un sillón estaba un joven aproximadamente de su misma edad, tenía una herida en el hombro que sangra manchando su camisa blanca.

-Hola, ¿estás herido?

-Estoy bien, sólo debo descansar un poco. -Su voz era un poco hosca.

-Mi nombre es Hange Zoë, déjame ayudarte por favor.

-Necesito comer algo.

-Está bien, iré a la cocina y veré qué te traigo.

-No, no comida humana. -Hizo una pausa mientras clavaba sus fríos ojos azules en ella. -Necesito sangre.

-¿Sa-sangre? Claro, perdiste mucha por la herida. Yo estoy enferma, pero si no te disgusta…

El joven la miró sorprendido, no sólo no se había aterrado ante su petición, sino que también le ofrecía beber de ella cómo si fuera lo más normal del mundo. La necesidad lo apremió y levantándose del sillón caminó hasta llegar a su lado, era un par de centímetros más alta que él, estaba muy delgada lo que la hacía ver extremadamente frágil. Con una mano retiró los mechones castaños que cubrían su cuello y un leve destello le hizo retirar la mano.

-Quítatelo. -Ordenó señalando el collar de plata que llevaba. La joven obedeció sin dudar. -Desabrochate los primeros botones.

El blanco encaje que lo cubría se abrió revelando un cuello delgado, de piel pálida que lograba traslucir las venas que lo recorrían. Sin poder contenerse más, la inclinó y hundió sus colmillos en la dermis, la joven ahogó un leve quejido. Su sangre llenó su boca, paladeando además del sabor característico un deje amargo por la afección que la aquejaba, pero había algo más, algo que no lograba adivinar. Intrigado por ese gusto misterioso continúo bebiendo hasta que logró dilucidarlo, era sus deseos de libertad. En ese momento la consciencia volvió a él y se retiró apresuradamente.

-Te ves mucho mejor. -Alcanzó a pronunciar en un susurro antes de perderse en la inconsciencia.

Mortificado, la tomó entre sus brazos y la llevó a su habitación. Guiándose por su aroma no le fue difícil encontrarla, la recostó sobre la cama y comprobó su respiración, parecía irse extinguiendo de a poco. Con sus colmillos se hizo una pequeña incisión en el pulgar y dejó caer sobre los labios marchitos un par de gotas de sangre. Instantes después las mejillas, antes mancilientas, adquirieron un tenue sonrojo. Una vez que se aseguró de que ella había recobrado un poco de vitalidad, salió por la ventana perdiéndose entre la oscuridad de la noche.

A la mañana siguiente, Hange se despertó sintiéndose completamente renovada. Al verde recostada en la cama de su habitación, creyó que la visita de aquel joven extraño había sido solo un sueño. La puerta se abrió y la doncella encargada de asistirla entró.

-Buenos días señorita. ¿Cómo se siente el día de hoy? -Hizo la misma pregunta de rutina, que sólo era una mera cortesía hacía la joven, era imposible que su salud mejorará.

-Me siento muy bien, gracias.

La sirvienta se giró para mirarla detenidamente, su tez lucía llena de vitalidad.

-¡Alabada sea la diosa! Señorita, se ha curado.

-Tranquila, me siento mucho mejor, pero aún no podemos asegurar que esté curada. Ayúdame a vestirme, quiero salir al jardín.

El día entero se la pasó afuera, le encantaba sentir el sol calentando su piel, comió bastante a gusto provocando un par de lágrimas de felicidad en la cocinera. Al caer la noche se encontraba despierta, atenta a cualquier ruido que escuchará, aún tenía la esperanza de no haber soñado la visita de aquel joven. Alrededor de la medianoche escuchó el leve crujido de la ventana al abrirse, se había asegurado de no cerrarla antes de recostarse. Una figura entró y ella se levantó rápidamente encendiendo una vela.

-Hola, volviste.

-Hola. -Me devolvió el saludo. -Solo venía a ver cómo estás.

-Muy bien, muchas gracias. En el día entero no tuve ni un solo acceso de tos, además de que puedo respirar sin sentir que me ahogó.

-Ayer dijiste que estás enferma ¿Qué es lo que tienes?

-La llaman la enfermedad de Ymir, se creé que es una maldición de la diosa cómo castigo por algún pecado.

-¿Y por qué estás aquí y no en algún sanatorio?

-Por que a la gente no le agrada estar cerca de personas enfermas como yo, dicen que puede ser algo contagioso. -Hizo una breve pausa. Lo siento, debí decirte esto ayer. Seguramente ahora me debes odiar y no te culpo por ello.

-No, no tengo motivos para hacerlo.

-Pero te puse en riesgo, bebiste mi sangre y puedes haberte infectado.

El razonamiento de la castaña le causó risa, ella se preocupaba por haberlo contagiado de la enfermedad, pero no sé cuestionaba siquiera el hecho de que él hubiese tomado de su sangre. En verdad era una chica bastante extraña.

-Estaba pensando, si continúo mejorando pronto podré reunirme con mis padres y pedirles que me dejen salir de aquí.

-¿Te prohíben hacerlo?

-Cómo te decía, a muchas personas le desagrada estar cerca de enfermos, así que por esa razón vivo aquí alejada de todos.

-Supongo que tus padres vienen a menudo a verte.

-Buenos, no tanto cómo quisiera. La última vez que ví a mi familia fue en mi cumpleaños antepasado.

-¿Hace cuánto que estás aquí?

-Diez años, desde que enfermé fue que me enviaron aquí.

-¿Cuántos años tenías? Cinco o seis.

-Jeje, tenía once. Ahora voy a cumplir veintidós el próximo mes.

-Eras tan pequeña.

-Sí, y sorprendentemente he logrado vivir tanto tiempo a pesar de la enfermedad. Por eso quiero salir y conocer el mundo. -Ella lo miró en silencio. -Por cierto, no recuerdo tu nombre.

-No te lo he dicho. -La miró con un deje sonriente. -Levi Ackerman.

-¿Ackerman? No recuerdo tu apellido. ¿Eres extranjero?

-Algo así.

Los días siguientes tanto su salud como su estado de ánimo fueron notablemente mejores. La jefa de las mucamas escribió a los duques reportando la sorprendente mejoría de la joven, y acordaron una visita el fin de semana siguiente. Levi había dejado de visitarla desde esa última noche, pensaba que tal vez sí se había asustado por su enfermedad.

El tiempo continúo transcurriendo y una mañana despertó sintiéndose más débil que de costumbre, la repentina vitalidad que había llenado su cuerpo parecía haberla abandonado nuevamente. Las sirvientas comprobaron que no sólo su salud había decaído, si no que parecía estar mucho más débil que la última vez. Ahora ni siquiera tenía fuerzas para levantarse de la cama.

-Señorita por favor, debe comer algo. -La doncella le ofrecía una cucharada de sopa.

-Gracias, pero no tengo hambre. -Su voz era apenas audible. -Déjame dormir un poco por favor.

Con un dejo de tristeza se retiró de la habitación con la charola de comida intacta. Durante los días siguientes, era más el tiempo que permanecía dormida que el que estaba consiente. Sus padres cancelaron la visita y en su lugar enviaron a un médico, quién determinó que el desenlace era inminente.

Levi había regresado de un viaje al que su tío lo había arrastrado, y antes de reunirse con los miembros de su familia decidió hacer una visita a la joven del bosque. Al llegar notó cierta cautela en el ambiente, la ventana del cuarto de la joven estaba cerrada por lo que tuvo que buscar otra entrada. Dentro de la mansión las sirvientas habían dejado encendidas algunas velas de los pasillos y todos los espejos y cristales de las paredes lucían cubiertas con cortinas oscuras, un mal presentimiento lo alcanzó y se apresuró a ir a la habitación de Hange. Al entrar apenas y pudo sentir el aroma y la calidez de la castaña, parecían haberse extinguido por completo dejando sólo los residuos. Entonces la vió, más pálida que nunca recostada en la cama, se acercó con cautela y comprobó su corazón, apenas y latía.

-Hange… -Deslizó sus dedos por la fría mejilla, provocando que despertara de su sueño.

-Levi, volviste. Gracias, deseaba tanto volverte a ver una vez más.

-Lo siento por haberme ido sin despedirme.

-No importa, es bueno que hayas vuelto a tiempo. Parece que no voy a poder cumplir mi sueño de conocer el mundo, pero estoy feliz de haberte conocido a ti.

-¿Quieres hacer ese sueño realidad?

-Me encantaría, pero ya no es posible.

-Lo es, hay una manera. Puedo cumplir ese sueño, pero deberás entregarme tu corazón y permanecer a mi lado por la eternidad, ese sería el precio.

-Acepto, nada me gustaría más que estar por siempre a tu lado…

Él se inclinó sobre ella y depósito un suave beso sobre los labios fríos. Una sonrisa se dibujó en ellos al tiempo que su corazón se apagaba. Se tomó un pequeño momento para calmar sus emociones, sentía un gran dolor atravesar todo su ser. Abrazó fuertemente el cuerpo inerte de la joven permitiéndose derramar un par de lágrimas.

Entonces comenzó los preparativos, asegurándose de no dejar señales evidentes en el cadáver, el tiempo era de vital importancia para que el resultado fuera el indicado. Una vez que terminó se aseguró de limpiar absolutamente todo y antes de marcharse depósito otro beso sobre los labios de la chica. En el pasillo tiró un estante provocando un estruendo que despertó a las sirvientas, alarmadas acudieron a la habitación de la joven y se dieron cuenta de lo sucedido. Grandes llantos rompieron la quietud de la noche, su señorita había fallecido.

A la mañana siguiente una procesión de carruajes llegó a la mansión y de ellos descendieron varias personas vestidas de luto, una mujer ya mayor lloraba amargamente mientras era sostenida por un hombre igual de afectado. Levi, que observaba todo desde el rincón más oscuro de la casa, intuyó que esa pareja eran los padres de Hange y que el remordimiento los estaba haciendo pedazos. El funeral se llevó a cabo sin ningún contratiempo y el féretro fue depositado en el jardín trasero, dónde tanto le gustaba caminar a la castaña.

Por la noche, cuándo todos se habían marchando, las mucamas salieron con su equipaje y cerraron la casa, sin su señorita no había motivos para continuar ahí. Levi salió de su escondite y caminó hasta la tumba, y tras cavar un poco pudo alcanzar el ataúd. Lo abrió y sacó el cuerpo de la joven, volviendo a colocar todo cómo estaba se marchó con ella en brazos. Llegó a un castillo montaña arriba y entrando en uno de los cuartos esperó pacientemente a que sucediera. A la noche siguiente Hange abrió los ojos, sorprendida ante el sitio en el que se encontraba.

-Estas despierta.

-Levi, ¿dónde estamos?

-En tu nuevo hogar. ¿Recuerdas lo que sucedió?

-Sí, estábamos en mi habitación. Me prometiste cumplir mi sueño a cambio de que estuviera a tu lado para siempre.

-Eso es lo que ha pasado, ahora eres libre. Te llevaré a recorrer todo el mundo.

-Mi enfermedad…

-Ya no está, se ha ido. Has dejado atrás toda enfermedad y muerte.

-¿Lo dices en serio?

-Sí, tú corazón ahora me pertenece.

-Fue tuyo desde el primer momento.

-Espero que no te arrepientas de estar conmigo por la eternidad.

-Nunca.