Aegon I

Desembarco del Rey

307 D.C.

El día estaba completamente despejado sin una sola nube a la vista, por lo que se podría apreciar desde la distancia como el pueblo llano abarrotaba las calles cercanas al puerto en espera de la tan ansiada llegado de los representantes del llamado "Imperio de las cuatro Cortes" que había surgido después de una guerra civil en Essos que acabo con la práctica de la esclavitud y con las llamadas "Ciudades Libres"

-Ya están llegando -dijo Ser Jaime Lannister detrás de él, que en este día llevaba su armadura dorada destacando de entre sus otros cinco hermanos.

-Si, puedo verlos incluso desde aquí -confirmo su tío, el príncipe Lewyn Martell.

-Bueno, no es como si viniesen a escondidas -se burló Ser Oswell Whent

-Basta, guarden silencio -ordeno de forma abrupta el Lord Comandante Gerold Hightower, cuyo semblante estoico no menguaba con la edad.

Se encontraban todos en el muelle, habiendo miembros de muchas Casas Nobles de todos los Siete Reinos abarrotando el muelle no queriendo perderse de primera mano el encuentro entre los dos monarcas.

Su padre, el Rey Rhaegar, estaba unos pasos delante de ellos flanqueado por la Mano del Rey, Jon Connington y ser Arthur Dayne. Su corona, la que había pertenecido a Aegon III, brillaba tenuemente a juego con su cabello plateado a la luz del sol, contrario a su atuendo de color gris con ribetes de rojo.

La Guardia Real destacaba de entre todos ellos con su brillante armadura de color blanco y en especial ser Arthur Dayne, que había traido consigo a Dawn, el mandoble ancestral de la Casa Dayne.

Al parecer hoy todo se trataba de impresionar, siendo que el mismo llevaba su mejor túnica de color rojo y negro.

Aunque penosamente, no todos pudieron estar ahí.

La reina viuda Rhaella, su abuela, se había quedado atrás en el Fortaleza Roja custodiada por ser Jonothor Darry y su escudo jurado, ser Boniffer Hasty. Era la primera vez en una década que abandonaba Rocadragón y el viaje apresurado le había sentado muy mal, tanto que el Gran Maestre Marwyn la había tendio que dormir con leche de amapola para controlar sus dolores de cabeza.

También se había quedado en el castillo esa mujer, pero no valía la pena ni siquiera pensar en eso.

No paso tanto tiempo cuando las velas de los barcos se hicieron aun mas visibles y pudieron distinguir cada uno de los blasones que adornaban el mástil de los cuatro enormes barcos de guerra que representaban a cada corte y algunos otros que fungían como escolta.

Reconoció a dos de ellos, pues incluso sin haberlos visto, su fama era bien conocida entre los marineros de cada puerto de los Siete Reinos y la descripción no le hizo justicia a las impresionantes naves.

El Balerion y el Cazatormentas encabezaban la flota y avanzaban con suavidad por el horizonte, ambos barcos estaban pintados de rojo y negro y sobre sus mástiles ondeaba un blasón prácticamente igual, la diferencia radicaba en los colores puesto que el Cazatormentas tenía un dragón tricéfalo rojo sobre campo de sable y el Balerion tenía el dragón tricéfalo en negro sobre campo de gules.

-Así que era verdad -musito ser Barristan a su espalda -la Casa Blackfyre no termino con Maelys.

-Sobrevivió por línea materna -bufo ser Jaime -según dijo Varys, Maelys preño a la esposa de su primo antes de partir a la guerra y la dejo en Tyrosh con su familia. Después de que murió en batalla -un asentimiento a ser Barristan de respeto -el arconte quiso matar al crio para evitar una guerra con Poniente, pero la moza se escapó antes de que la mataran y se escondió en Pentos donde vivieron escondidos hasta el Gran Levantamiento.

-Así que son bastardos por todos lados -se burló ser Oswell con su típico humor negro.

Su padre volteo a ver al caballero y le dedico una mirada gélida, a lo que l caballero agacho la cabeza avergonzado.

Volvieron a caer en el silencio y el espero con impaciencia a las figuras que de verdad quería ver, pues aunque los barcos le apasionaban, no era lo más interesante que venía con el Imperio.

El sol estaba en su punto más alto cuando la flota se detuvo y echo anclas para después comenzar a desembarcar en pequeños botes.

- ¿Dónde están? -pregunto Aegon a nadie en particular -Varys dijo que venían con la flota.

Ninguno de sus guardias respondió, aunque ellos también parecían extrañados.

Miro a su padre y comprobó que él también estaba contrariado, le murmuro algo a la Mano y este saco un Ojo myriense y se lo entrego al rey.

El rey se puso completamente pálido y se tensó cual arco, después murmuro un nombre que no pudo escuchar pero que si lo hicieron los dos hombres que le flanqueaban, puesto que ambos también palidecieron y Jon Connington le arrebato el Ojo myriense a su padre de forma brusca, sorprendido a todos pues el hombre jamás le falto el respeto a su rey.

- ¿Qué está pasando? -exigió saber cuándo se acercó a ellos, notando que su padre permanecía clavado al suelo -su alteza, ¿Qué pasa? -pregunto con preocupación. Noto por el rabillo del ojo que la Guardia Real tenia intenciones de acercarse pero él les hizo una seña para que no lo hicieran, no queriendo causar un alboroto.

-No puede ser, es imposible -murmuro Jon Connington, dejado caer el Ojo myriense que rodo por el muelle y cayó al mar.

Aquello estaba rayando en la locura. Aquel hombre jamás se impresionaba con nada y mucho menos actuaba de esa forma tan extraña.

-Por los Siete Infiernos, díganme que carajos pasa -dijo en voz baja pero firme, mirando a los tres hombres delante de él.

-Es un fantasma, hijo -respondió el rey con voz trémula y su rostro adquirió una profunda tristeza que no había visto desde hacía tiempo.

Aquello no hizo más que confundirlo aún más, pero lamentablemente no pudo insistir debido a que los botes estaban a una corta distancia.

Eran solo cuatro y en cada uno venían personas representativas de su Corte y lo que parecían ser sus guardias que vestían completamente de negro, incluso usaban una máscara de un material extraño que solo dejaba a la vista una rendija donde se apreciaban los ojos.

En ninguno de esos botes estaba la mujer que había estado esperando.

Ni las criaturas que la hicieron leyenda.

Aunque de entre todos ellos destacaba una mujer con vestido azul que se le hacía extrañamente familiar, aunque no sabía de donde podría haber visto a esa mujer extranjera.

Los primeros en bajar fueron los guardias vestidos de negro que adoptaron una posición de defensa y se sorprendió al ver que entre ellos había unas figuras claramente femeninas, muy destacables de sus contrapartes que eran muy imponentes con su estatura y robustes. Eran tan altos como Sandor Clegane e igual de fuertes a juzgar por su apariencia, aunque las mujeres eran solo una cabeza más bajas y por alguna razón parecían más amenazantes.

Dos de esos guardias se quedaron atrás de su formación y ayudaron a subir a las otras personas que habían quedado en los botes, un verdadero grupo variopinto compuesto de hombres y mujeres.

La última en subir la muelle, una mujer muy joven de piel oscura que estaba vestida con un vestido negro con bordados rojos y que portaba un dragón de tres cabezas de plata en su vestido, se adelantó a los otros cortesanos y camino hacia ellos con pasos firmes con dos guardias detrás de ella.

-Saludos, Rey Rhaegar -dijo con voz musical y suave. Sus ojos de color dorado brillaban junto con su sonrisa e hizo una pequeña reverencia -soy Missandei de Naath, concejera de la Corte del Fuego y representante de la misma hasta la llegada de Su Excelencia. Ellos son miembros de la Zōbrie Egros, muy parecida a su Guardia Real -hizo un ademan señalando a sus dos guardias detrás de ella y a los otros -y pertenecen a la Orden de Protectores del Imperio y serán nuestros guardias el tiempo que permanezcamos aquí.

-Saludos, Missandei de Naath -dijo el rey Rhaegar -por favor, es costumbre en el reino ofrecer el pan y la sal a un invitado -su padre hizo una seña a un sirviente y este se adelantó para darle un pequeño cuenco con una hogaza de pan fresca y sal de mar -con esto, estará bajo mi protección de cualquier daño o amenaza bajo mi techo y garantizo su seguridad como la de sus compañeros.

-La ley de hospitalidad -dijo la chica con una ligera sonrisa -agradezco el gesto, Rey Rhaegar, y es mi honor recibirlo en nombre de mis compañeros y de la Corte del Fuego -tomo un poco de ambos y lo comió -ahora, le presentare a mis compañeros.

El primero de ellos en avanzar era un hombre de mediana edad, canoso y con el rostro curtido por el viento salado, un marinero de pies a cabeza, incluso estaba vestido como tal con sus pantalones y camisa holgados.

-Ser Davos Seaworth -dijo su padre y él le miro sorprendido de que supiese quien era el hombre -ha pasado tiempo.

El hombre también parecía sorprendido de que le reconociese.

-Su alteza -dijo ser Davos e hizo una pequeña reverencia, muy parecida a la de Missandei de Naath -me honra que recuerde mi nombre después de tantos años.

-Ser Davos es el almirante de la flota del Imperio -dijo Missandei para sorpresa de su padre y de la mayoría por lo que pudo ver, pues incluso la Mano se quedó estupefacto -concejero de la Corte del Agua, Héroe de la Batalla del Golfo de las Penas y miembro de Orden de…-pero la chica fue interrumpida por un ser Davos bastante azorado.

-No hace falta que menciones todo eso -dijo con una risa nerviosa -solo soy un marinero que tuvo mucha surte.

-Me alegro que el tiempo no le haya cambiado, ser -dijo ser Arthur con una ligera inclinación de cabeza.

Ser Davos se puso aún más colorado si era posible.

-Su modestia es famosa incluso en el Imperio -dijo la voz de un hombre que se acercó detrás de los guardias, vistiendo una túnica con capucha color carmesí.

-El gobernador de Myr, nacido como el Príncipe Quentyn Martell de Dorne -dijo Missandei.

Así que este era el fantasma que había visto su padre.

No podía creer lo que había escuchado, aunque su incredulidad pronto se convirtió en un jadeo en conjunto cuando su primo se quitó la capucha y su rostro maltrecho los miro fijamente.

Su piel, una vez de color oliva, ahora era un tono rosado enfermizo que indicaba que todo su rostro había sido brutalmente quemado y cuando miro más abajo descubrió que parte de cuello estaba en la misma condición al conjunto que sus manos.

-Por todos los dioses, Quentyn -murmuro su tío Lewyn a quien no había escuchado acercarse - ¿Qué te paso?

-Nada quema tanto como el Fuego de Dragón -contesto con voz sombría y una mirada oscura.

-Aunque eso fue lo que forjo el Imperio -dijo una mujer que poso sus manos sobre los hombros de su primo. Era muy hermosa con su larga cabellera negra como la noche y su piel oliva parecida a los Dornienses -soy Tyana, su esposa -se presentó.

Esto sí que era una grata sorpresa, pues no esperaba que su primo pudiese estar casado con una belleza como ella.

-Sean bienvenidos, ambos -dijo mirando a su primo diciéndole con la mirada que hablarían más tarde, a lo cual este asintió.

Se hicieron mas presentaciones, conociendo a miembros prominentes del Imperio de los que solo habían escuchado hablar por rumores a lo largo de los años, tales como la Gobernante de Volantis, llamada Trianna Vaeresys, una mujer de complexión delgada y cabello negro corto como el de un hombre que había sido considerada bella de no ser por las terribles cicatrices que bajan verticalmente desde sus ojos hasta su barbilla.

-Era una esclava de cama, así que me tatuaron lagrimas cuando me vendieron a mi primer cliente -la crudeza con lo que dijo esas palabras estremeció a todos, incluso a Jon Connington, que aparto la mirada, avergonzado, con la que había visto a la mujer desde que se presentó -cuando inicio el Gran Levantamiento, tome un cuchillo y me las borre de la cara -saco un cuchillo de acero de entre su vestido y lo agito alegremente ante ellos -y con este mismo mate a cada proxeneta de la ciudad. Es casi como un hijo -acto seguido dio un beso al lado plano de la hoja y se rio.

Dos guardias detrás de ella igual se rieron.

Una risa muy oscura.

Ciertamente los rumores de su ferocidad no habían sido exagerados.

El próximo en ser presentado fue un lyseno llamado Lysarro Maetrys, hermano del Gobernador de Lys, Fredo Maetrys, quien se disculpo en nombre de su hermano por no poder asistir en persona y que esperaba con esta visita forjar nuevos lazos con el reino de Poniente que se habían roto durante la guerra. Era un hombre de risa fácil y actitud despreocupada, su cabello oscuro realzaba sus ojos color violeta, pero en su mirada había una frialdad inquietante que le hizo pensar que no había nada despreocupado en sus actos.

Los próximos no eran tan importantes como los Gobernadores, sin embargo algunos dirigían pequeñas ciudades y eran guerreros y generales que habían luchado en toda la guerra y habían sobrevivido a todos los horrores. Eran miembros de las cuatro Cortes, hombres y mujeres, y cada uno de ellos ofreció una pequeña reverencia a su padre expresando sus buenos deseos.

Al final solo quedaba la mujer del vestido azul, que les había dado la espalda todo el tiempo y miraba hacia las nubes.

-Su Alteza Real, Reina de la Corte del Agua, Madre de los Rhoynar y Señora del Rhoyne, la gran Instigadora, el demonio de Qohor, General de los Mercenarios, Rompemaldiciones…-siguieron otros tantos títulos que perdió la cuenta y se sorprendió realmente de que Missandei de Naath pudiese recordarlos -…la reina Lya, la Loba Dorada.

La mujer al fin aparto la mirada del cielo y sus fríos ojos grises se clavaron en todos ellos.

Su padre dejo escapar algo parecido a un jadeo.

Miro a todos los presentes y cada uno de ellos tenía la misma mirada de desconcierto y total asombro, como si no creyesen lo que sus ojos estaban viendo. Incluso algunos de los nobles que estaba detrás de ellos no ocultaron su sorpresa y más de uno se fue del muelle con dirección al castillo.

-Nacida Lyanna de la Casa Stark -pronunció con voz clara la reina Lya.

"Por todos los putos dioses…Un fantasma, de hecho" pensó sombríamente.