Rhaella I
"Por los dioses, estoy vieja" pensó con ligero pesar al ver su reflejo maltrecho en el espejo. Las arrugas alrededor de sus ojos y boca eran mas pronunciadas que nunca y su cabello, antes plateado y brillante, ahora era de color blanco y sin brillo. Ni siquiera su corona podía arreglar eso. Sus ojos liliáceos aun poseían algo de luz, gracias a Bonifer, pero el estrés de los últimos días le había costado caro y unas bolsas moradas oscurecían su rostro pálido. Su vestido negro y rojo, el mejor que tenía, no hacía mucho para mejorar su aspecto.
- Su alteza, es la hora – anunció su dama de compañía, Lady Agnes Gaunt.
- Si, vamos – dijo ella alejando esos malos pensamientos.
- Se ve hermosa, su alteza – elogió su otra dama, Lady Jocelyn Harte.
- No es de buena educación mentir, niñas – les amonestó para diversión de sus jóvenes damas de tan solo 17 días del nombre.
- No es una mentira – dijo alguien desde la puerta –. Es un espectáculo para los ojos, abuela.
- Príncipe Aegon – dijeron sus damas de compañía e hicieron una perfecta reverencia, tal y como les había enseñado. Las sirvientas que le habían ayudado a prepararse también hicieron una reverencia y Ser Bonifer Hasty y Ser Jonothor Darry hincaron la rodilla ante el príncipe.
- De pie – ordeno su nieto con voz firme, una clara diferencia desde la última vez que lo había visto. Todos se pusieron de pie y fijaron su atención en el príncipe –. Abuela, he venido a escoltarla a su audiencia con la reina de la Corte del Agua.
Ella tan solo asintió y sin decir otra palabra tomo el brazo que le ofreció su nieto y salio de la habitación con su sequito tras de ellos al que se incorporo Ser Oswell Whent, que al parecer estaba asignado al príncipe este día.
El recuerdo de cuando despertó entre gritos y sollozos hace dos días aún estaba fresco en la memoria de todos, al parecer. Los cortesanos y sirvientes que se cruzaban por los pasillos le dirigían miradas que conocía bastante bien antes de bajar los ojos en reverencia, pero ella podía verlo claramente. La lastima estaba presente en todos ellos y no la necesitaba para nada. Había tenido suficiente de ella por muchos años.
Cada pasillo, cada ventana, cada piedra le evocaba un recuerdo horrible de este lugar. Por esa razón no había pisado la Fortaleza Roja desde hace una década, cuando la noticia que le dio su hijo Rhaegar estuvo a punto de hacer que perdiera la cordura como ese monstruo. Fue gracias a su nieta Rhaenys y a Ser Bonifer que se la llevaron a Rocadragón que evito caer en ese pozo negro al que muchos de sus antepasados habían sucumbido. Pero incluso eso no fue suficiente para sanar su ya maltrecho ser, puesto que el daño ya estaba hecho, y solo le quedaban pocas alegrías en la vida. Bonifer era una de ellas y ver a su nieta Rhaenys casarse con un buen hombre era otra.
- ¿Tu hermana aún no ha llegado? – pregunto ella – con todo lo que paso, olvide preguntar.
- Están en Darry, según el Gran Maestre – contesto Aegon – Lord Edmure Tully los acompaña con los señores de los ríos.
- ¿Lord Stark viene con ellos?
- No, mando a su hermano, el padre de Robb, y a unos cuantos señores del Norte, los Manderly entre ellos.
- Que descortesía de su parte no asistir – critico.
- A la luz de los nuevos acontecimientos, yo creo que mas bien fue acertado que no viniese – replico el príncipe con voz fría –. Lord Eddard Stark es un hombre mucho más sensato que Lord Brandon, así nos evitaremos problemas.
- Si, lo recuerdo brevemente de la boda de tu hermana en Rocadragón – dijo ella asintiendo en acuerdo con su nieto –. Lo único sensato que hizo que Brandon Stark fue nombrar como heredero a su sobrino Robb.
- Además, Lord Orys Baratheon viene también a la capital con todos sus hermanos y unos cuantos señores de las Tierras de la Tormenta – dijo él para su consternación -. Mi tío, el príncipe Doran, envió al príncipe Oberyn junto a otros señores de Dorne y llegaron ayer. Se presentaron en la corte hoy en la mañana y Quentyn se ha encargado de distraerlos, pero es cuestión de tiempo antes de que le den la noticia.
- Me sorprende que no se hayan enterado aun – comento con sorpresa.
- Su historia es bastante interesante como para prestar atención a otros asuntos – dijo Aegon con el ceño fruncido. Ella asintió de acuerdo -. Pero no durara mucho, para esta tarde espera escuchar el alboroto que armara mi tío.
- Todo esto parece sacado de uno de esos cuentos que te leía a ti y a tu hermana de niños -dijo -. A veces siento que estoy en un sueño y que nada de esto es real.
-Conozco el sentimiento, abuela – dijo el príncipe con el semblante sombrío –. Tantos fantasmas que nos rodean que es imposible creerlo del todo.
No volvieron a hablar del tema y caminaron en silencio hasta el Torreón de Maegor, donde habían alojado a los del Imperio y donde le aguardaba una cita con una mujer que pensó duramente mucho tiempo muerta. Y a quien debía su vida y su libertad.
Al entrar en el Torreón de Maegor lo primero que noto fue a esos inquietantes guardias de negro que le habían contando protegían a los dignatarios. Lo segundo que vio fue a un nutrido grupo de cortesanos de la Corte que confraternizaba con los del Imperio en el Gran Salón, brindando, tomando vino y celebrando por cualquier motivo. Al parecer, las negociaciones iban bien.
- ¡Silencio todos! – grito una joven de piel oscura que vestía un intrincado vestido color rojo y negro, que hacia que el suyo pareciera el de una lavandera. Se acercó con una gracia magnífica y porte orgulloso -. Usted es la reina viuda Rhaella, ¿cierto? – preguntó con una sonrisa llena de alegría.
- Lo soy – contestó ella con sorpresa al ver como la joven sonreía aún más.
- Su alteza, es un honor conocerla – dijo ella haciendo una reverencia, los guardias que estaban presentes así como todos en la habitación le imitaron – soy Missandei de Naath, concejera de la Corte del Fuego y representante por el momento hasta que llegue Su Excelencia.
- Mucho gusto, Lady Missandei – dijo ella, sorprendida por tan efusiva bienvenida.
- He esperado por conocerla por mucho tiempo – continuo Missandei. La fiesta en el Gran Salón se reanudo, pero noto que ahora todos los ojos estaban puestos en ellos –. Su Excelencia me ha contado muchas historias de usted y de su infancia en Rocadragón.
- Espera, ¿Te refieres a…? – no pudo terminar la pregunta por el nudo que se le había formado en la garganta.
- Lady Missandei, tendrá que disculparnos – dijo su nieto rápidamente –. Tenemos una cita con la reina Lya y temo que vamos un poco retrasados.
- Oh, si. Por supuesto – dijo ella -. Su Alteza Real creo que se encontraba en el jardín. Ah, Greta sabe donde está. Ella los llevará – se dirigió a una de esos guardias de negro, que al parecer era mujer, y asintió haciendo un gesto para que la siguieran.
Sintió como su nieto la jalaba del brazo y le siguió con la mente hecha un desastre por lo que le acaban de contar. Dejaron atrás el bullicio del Gran Salón y siguieron a la mujer, Greta, por los pasillos del Torreón de Maegor. Sus damas tras de ella cuchicheaban entre risas sobre los caballeros del Imperio que habían visto en la fiesta. Ser Oswell, Ser Jonothor y Ser Bonifer no pronunciaron palabra alguna.
- Aegon, se refería a mi hija, ¿cierto? – preguntó con la voz rota, deteniéndose en seco.
- Si, abuela – respondió él amablemente – vamos, ya casi llegamos.
Volvieron a caminar en silencio siguiendo a Greta y llegaron al jardín del Torreón, donde una figura en vestido gris estaba sentada de espaldas a ellos en una mesita tomando lo que parecía una cerveza junto al Gran Maestre Marwyn. Dos guardias de negro, claramente hombres, estaban de pie tan rígidos que podían ser confundidos como estatuas del jardín.
El Gran Maestre fue el primero en notar su presencia y se levantó de la silla e hizo una reverencia, primero a su nieto y después a ella.
Lyanna Stark también se levantó de su silla y le hizo una breve y escueta reverencia, evocando el recuerdo de cuando la conoció hace tantos años en el día de su boda en Bastión de Tormentas.
- ¿Lyanna, eres tú? – preguntó con incredulidad al ver a aquella joven. Ahora entendía lo que quiso decir su hijo cuando le mencionó que su aspecto era increíble.
- Lo soy, su alteza – contestó ella y le mostró un collar familiar.
- Pero…si no has cambiado nada – murmuró estupefacta.
- Es una larga historia – dijo ella sonriendo ligeramente -. Le prometo que se la contaré de principio a fin.
- Nada me gustaría más – le aseguró -. Mis damas de compañía; Lady Agnes Gaunt y Lady Jocelyn Harte. A Ser Bonifer me parece que lo recuerdas. Ahora es mi escudo jurado.
- Su Alteza – corearon ambas niñas haciendo una perfecta reverencia.
- Señoritas – dijo ella sonriéndoles -. Ser Bonifer, es bueno verlo otra vez.
- El gusto es mío, su alteza – respondió él, tan solemne como siempre.
- Si me disculpan, tengo pendientes que requieren mi atención – dijo el Gran Maestre -. Sus Altezas – Marwyn hizo tres reverencias y se marchó. Sus cadenas repiqueteando entre si con su habitual andar apresurado.
- Un hombre interesante, el Gran Maestre – comento Lyanna -. Nada dado a la sutileza.
- Su tipo de persona – espetó su nieto de mala manera. Estaba a punto de reprenderlo cuando Lyanna hablo.
- Si, es cierto – concedió ella. Si se sintió insultada por el tono, no lo demostró -. Por favor, tome asiento – pido Lyanna señalando una silla -. Usted también, príncipe Aegon.
- No tengo ningún motivo para quedarme… - estaba diciendo su nieto cuando le mandaron a callar.
- Silencio – ordeno Lyanna con voz fría. Todos se quedaron quietos ante el tono -. Otro insulto más y tendrás que responder ante tu padre. O te azotare las nalgas como cuando eras niño – una risa de Ser Oswell hizo que su nieto se pusiera rojo -. Te sentaras y no admitiré discusión alguna. ¡Ahora! – casi gruño esa ultima orden y su nieto obedeció, azorado.
- Gracias, querida -dijo ella sentándose. Su nieto se sentó frente a ella, enfurruñado -. Niñas, caballeros. Por favor, déjennos a solas, pueden unirse a la fiesta en el Gran Salón – ordeno.
Los dos caballeros de la Guardia Real comenzaron a protestar, pero ella no hizo caso y les volvió a ordenar que se fueran. Sus jóvenes damas estaban mas que ansiosas por ir al Gran Salón, por lo que delego su cuidado a Ser Oswell y Ser Jonothor, para su consternación, y a Ser Bonifer encargo que se cumpliera su mandato. Lyanna también ordeno a sus guardias que se fueran, o eso creía que les dijo, puesto que el idioma que empleo no era uno que ella conociera o hubiese escuchado hablar; los tres guardias de negro hicieron una escueta reverencia y se marcharan en silencio.
Se quedaron los tres solos, el único sonido que interrumpía el silencio era el ocasional trino de algún pájaro o el susurro de las hojas cuando soplaba el viento.
- ¿Por qué me ha pedido que me quedara, su alteza? – pregunto su nieto al fin. Su voz estaba más calmada y había recordado su cortesía -. Como le decía, no tengo motivos para estar aquí.
- Por supuesto que tienes motivos – replico ella -. Se lo que se dice de mí. Lo que tu tío Doran y tu tío Oberyn te han contado sobre quien soy, o mas bien, quien era en el tiempo que estuve muerta.
- ¿Acaso son mentiras? – cuestionó, enarcando una ceja.
- Esta vez seré yo quien te lo advierta, Aegon. Cuida tus palabras – le reprendió. Miro a los ojos a su nieto, un reflejo de los suyos, y le dijo con la mirada que se estaba excediendo.
- Los siento, abuela – contesto -. En aquella habitación, con los miembros del Concejo Privado, dijiste que hablarías con la verdead acerca de quién eres y tus intenciones. Pero no contestaste ninguna pregunta que se te hizo, en cambio, volviste a insultar a Lord Connington y a mi padre – sus ojos liliáceos se oscurecieron. Al parecer no podía refrenarse -. Y ahora me dices que todo lo que me contaron acerca de la ramera que separo a mis padres, que casi provoco que el reino fuese a la guerra y que por encima de todo no murió como merecía, es un artífice de mis tíos – su nieto se puso de pie y le fulmino con la mirada –. No quiera verme la cara de estúpido, su alteza.
- Esta bien, tenia previsto que esto pasaría – le dijo Lyanna al ver que estaba a punto de reñirlo como se merecía por su falta de respeto -. Le informare a tu padre lo que me has dicho, tal y como te advertí, pero antes escucharas la historia que tengo que contarte – dijo ella con voz uniforme, carente de cualquier emoción que estuviese sintiendo -. Le pedí a Rhaegar que vinieras con tu abuela por una razón. Ella puede dar veracidad a mi historia ya que estuvo presente en su mayoría.
- Las cosas rara vez son como las cuentan, Aegon -dijo ella con voz cansada. Nunca antes había sentido el peso de sus años como ahora.
- ¿Qué es lo que sabes mí? – pregunto Lyanna mirando al príncipe a los ojos -. Me has llamado ramera, pero quiero saber qué es lo que hizo que pensarás en mí de esa manera.
Su nieto se pudo colorado ante la pregunta, sin duda avergonzado por su desliz.
- Mis tíos me contaron que sedujiste a mi padre – respondió Aegon – y que querías apartarla de su lado para quedarte con el título de reina.
- Debo darle crédito a Doran por inventarse tal estupidez – se burlo ella -. Esas son palabras de Varys, ni más ni menos.
- ¿Entonces lo niegas? – pregunto su nieto.
- Por supuesto que sí – dijo Lyanna para sorpresa de Aegon, que no se lo esperaba –. No seduje a Rhaegar ni quise apartar a Elia de su lado para ser reina. Mas bien fue todo lo contrario. Yo acerqué a tus padres y los saqué de la relación de mierda que tenían.
- Mientes – dijo Aegon.
- No miente, Aegon – intervino -. El matrimonio de tus padres era un arreglo, como la mayoría de la realeza, y si bien sentían algo de cariño entre ellos por ti y por tu hermana, el amor no estaba involucrado.
- Tenia quince años cuando me obligaron a casarme con Robert Baratheon – dijo Lyanna, cuya voz carente de emociones le provoco cierta tristeza -. Nuestro compromiso se anunció cuando tenia trece años y lo conocí cuando visitaron Invernalia para mi Dia del Nombre. Me entere de su reputación por muchos de los hombres que los acompañaron y de cómo hacían la vista gorda solo por que era un Gran señor. Incluso el honorable Jon Arryn – pronunció el nombre como una maldición -. No quería tal destino e intente escapar, pero mi padre me descubrió – su mirada se volvió oscura -. Un chico del establo, Jonathan era su nombre, me ayudo con el plan de escape y tenía mi caballo listo para irme. Incluso me dio unas pocas monedas que dijo me servirían en el camino, pero ni siquiera llegue a salir del castillo cuando los guardias me descubrieron – una sonrisa triste apareció en su rostro -. Intento encubrirme culpándose de todo, diciendo que me iba a secuestrar y que incluso había tomado mi doncellez. Pero mi padre no era estúpido; sabia que éramos amigos y que esto no era un secuestro, sino un escape, así que sin dudarlo decapitó a Jonathan en el acto y a mi me encerró en mi habitación con dos guardias vigilándome día y noche – sabia que Lord Stark había sido cruel con su hija puesto que esta le profería un gran rencor, pero nunca había escuchado esta historia por parte de Lyanna. Le tomo la mano en señal de apoyo y esta le sonrió un poco -. En menos de una luna estaba en Bastión de Tormentas lista para casarme. Mi padre no se arriesgaría a otro intento de escape.
- Yo la conocí allí – dijo ella a su nieto, que escuchaba la historia con gran atención -. Lord Baratheon celebraría un torneo por sus esponsales y muchas Casas Nobles del reino estaban invitadas. La Casa Targaryen no podía ser la excepción.
- Tus padres también asistieron – continuo Lyanna con su historia -. Aerys no asistió, por supuesto. Pero mando a tu abuela con cuatro miembros de la Guardia Real y su hijo en representación. Ahí conocí a tu madre y en pocos días nos hicimos amigas.
- Tu… ¿Eras amiga de mi madre? – preguntó incrédulo.
- Si, lo fui – contesto Lyanna -. Elia era una mujer que muchos pensaron como débil, pero esos tontos no sabían de la fuerza que se escondía bajo su aparente fragilidad. Cuando nos presentaron, se dio cuenta inmediatamente que no estaba de acuerdo con los esponsales y me llevo al Bosque de Dioses a platicar y sin saber por qué le conté lo que me paso en Invernalia e inmediatamente me hizo una propuesta que cambio todo.
- Por los dioses – murmuro ella con consternación, al fin descubriendo esa verdad que su hijo le había negado -. Así que fue su idea.
- ¿Y de quien, si no de Elia? – replicó Lyanna -. Rhaegar jamás se habría atrevido a proponerlo y mucho menos sabiendo el riesgo que eso conllevaba. Ni siquiera habíamos intercambiado palabra alguna más allá del saludo cordial.
- ¿De qué están hablando? -cuestiono su nieto confundido.
- Te hare una pregunta y quiero que respondas con sinceridad -dijo ella mirando a su nieto seriamente -. ¿Sabias de los gustos de tu madre? – algo parecido a un jadeo y su repentina palidez fue suficiente confirmación.
- En ese entonces no sabia mucho del sexo ni nada relacionado salvo a que solo un hombre puede poseer a una mujer – dijo ella sonriendo ligeramente. Tanto ella como su nieto se pudieron colorados -. No sabia de mujeres que anhelaban esas mismas pasiones o que incluso las pusieran en práctica. Tuve una introducción al mundo del sexo nada corriente; sin duda Elia era una mujer que gozaba de vasta experiencia. Y no lo digo en afán de insultarla – explico ella ante la incomodidad de su nieto -. Fue un poco violento estar hablando de como estaba a punto ser usada para el placer de ese bruto y después ser besada por una mujer que acaba de conocer.
- Por todos los dioses, no quiero detalles – se quejó su nieto, atónito ante lo que estaba escuchando.
- No te los daré, descuida – dijo Lyanna – el caso es que me propuso algo para desquitarme de lo que me habían hecho, una venganza silenciosa en contra de Robert y mi padre.
- ¿Y de qué tipo de venganza se trataba? -pregunto Aegon, curioso.
- A los hombres como Robert les interesa sobre todo el dominio que creen tener de la mujer, la sensación de poder que les da desvirgar a una doncella y reclamarla como su propiedad – cada palabra la decía con mas veneno que la anterior -. Así que yo se lo iba a negar.
- ¿Y que papel juego mi madre esto? – su nieto estaba pálido, temeroso de la respuesta.
- Uno muy importante, sin duda – contesto Lyanna -. Pero aquí es donde entra tu padre.
- Por los siete infiernos – maldijo el príncipe Aegon y negó con la cabeza, como tratando de sacarse esa idea de la mente.
- Pensé lo mismo que tu al principio – asintió Lyanna de acuerdo –. Pero mi ira hacia mi padre, hacía Robert y hacía toda la maldita situación nublo mi juicio y acepte.
- Mi madre…ella… -parecía que su nieto no encontraba las palabras adecuadas -. ¿Te ofreció…a mi…padre? – termino de preguntar casi en un susurro.
- No solo lo hizo – respondió Lyanna –. De alguna manera lo convenció de hacerlo y lo coló un día antes de la boda en mi habitación. Se suponía que solo mis doncellas podían dormir conmigo, pero Elia se las arreglo para emborracharlas en la fiesta y convenció a Lord Arryn y a mi padre que ella podía quedarse conmigo. Ninguno de esos dos viejos tontos sospecho que ella era el verdadero peligro a mi virtud – una sonrisa cariñosa se extendió por todo su rostro –. No te diré lo que paso esa noche, podrás adivinarlo por tu cuenta – dijo –. Pero desde ese entonces nos convertimos en más que amigas. Yo no quería reemplazar a Elia, por el contrario, sentía mucho cariño y admiración hacia tu madre y jamás pensé en hacerle daño.
- Esto es demasiado – murmuro Aegon y se puso de pie –. Te creo, y no solo por que mi abuela no niegue tu historia sino por que conocía el gusto de mi madre por las mujeres y… - de repente se puso más pálido de lo que estaba y volteo a todos los lugares, escrudiñando intensamente el jardín.
- Temes a los espías de Varys, pero no hay nadie aquí más que nosotros – aseguro Lyanna –. No me arriesgaría a hablar libremente si supiese que hay ratas en las paredes. O en los arbustos.
- Muy bien – dijo su nieto –. Pero me temo que tengo que retirarme. Sin embargo, escuchare el final de la historia en otro momento. Por ahora, necesito pensar y asimilar todo lo que me ha dicho.
- Por supuesto – concedió Lyanna –. El día que elijas estaré disponible y te contare el resto de la historia.
- Le agradezco – dijo su nieto e hizo una reverencia – su alteza, abuela – acto seguido el príncipe se marchó, dejando solas a las dos mujeres.
Observaron como su nieto cruzaba rápidamente el jardín rumbo al Torreón de Maegor y tuvo la certeza de que este día iba a beber como si no hubiese un mañana. Sin duda lo necesitaría.
- Le mentiste – dijo ella tan pronto como su nieto estuvo fuera de la vista –. Elia no tuvo que convencer a mi hijo para que te tomará. El te deseo desde que puso los ojos en ti – murmuro acusadoramente.
- Torcí un poco la verdad, es cierto – admitió sin parecer culpable –. Pero la parte en la que fue idea de Elia si fue cierta. Aunque no sé de donde sacas que me deseo tan pronto me vio – Lyanna puso los ojos en blanco –. Elia nos presento y le propuso la idea, obviamente le despertó la lujuria.
- Por favor, querida – dijo ella entrecerrando los ojos –. Ambas sabemos que es solo una excusa que te dices a ti misma. Eras hermosa incluso a los quince años, mi hijo me confeso que te deseo desde que te vio.
- Como sea – dijo ella quitándole importancia –. Mi relación con Rhaegar y Elia no es lo único que tienes que preguntarme.
De repente, sintió como un balde de agua fría le recorría todo el cuerpo y las palabras que pugnaban por salir de su boca no era capaz de pronunciarlas en voz alta.
-Tranquila, se lo que deseas preguntarme y no te haré esperar – dijo Lyanna amablemente –. Tu hija esta viva. Ella es quien gobierna el Imperio.
Miles de emociones le recorrieron todo su ser. De la más absoluta felicidad hasta el miedo más profundo, de ese tipo de miedo que paraliza el cuerpo y que anula todo pensamiento coherente, remplazándolo por una urgencia de huir al lugar más apartado del mundo y poder languidecer ahí en soledad.
-Su alteza…. Su alteza… ¡Rhaella! – no se dio cuenta de que la estaba sacudiendo y fue solo el aguijón de dolor en su mejilla lo que la regresó a la realidad –. Por la Madre, creí que habías muerto – suspiró Lyanna con alivio.
- Que… ¿Qué pasó? – preguntó tocándose la mejilla adolorida.
- Te quedaste quieta como un cadáver – dijo ella frunciendo el ceño –. No vuelva a hacer eso. Lo único que me falta es que usted muera mientras está conmigo. – bufo.
- Trataré de no hacerlo – espetó ella. Así que volvió a pasarle, tal y como dijo el maestre Marwyn –. Lo siento, solo me sucede cuando recibió emociones fuertes. – se disculpo. Y vaya que recibió una.
- ¿Sabe lo que es? – preguntó ella enarcando una ceja.
- Marwyn dice que esta relacionado con la enfermedad de los temblores, aunque solo la había visto en los Hombres Rotos, esos soldados que están muertos en vida – contestó.
- Si, tiene razón el Gran Maestre – estuvo de acuerdo –. Hay una forma de controlarlo y hasta puede erradicar el problema, pero eso será otro día – dijo Lyanna al ver que estaba a punto de pedirle que se lo dijera –. Tenemos temas más importantes que tratar.
- Si, es verdad – respondió, sintiendo como las lágrimas pinchaban sus ojos.
- Antes de que te diga más, tengo que pedirte una disculpa – dijo ella con voz trémula. Le tomo fuertemente de las manos y le miro directo a los ojos –. Yo mate a tu hijo Viserys.
Quiso sentir algo, tal vez un poco de tristeza o arrepentimiento, pero esas emociones no estaban destinadas a él. A ese monstruo que le robo a su niña.
-¿Fue rápido? – preguntó con voz fría.
- Lo fue.
- Bien – se limitó a responder.
- No te digo esto para causarte más dolor – explicó Lyanna –. Lo que voy a contarte es todo lo que me pasó desde que fingí mi muerte y por qué jamás le escribí a Elia o a Rhaegar desde la última vez que nos vimos – sus manos aún sostenían firmemente las suyas y aquellos ojos grises en esa cara joven se veían como los de alguien que había vivido mil años –. Te diré toda la verdad, sin excepciones, y no empezaré con la historia ocultando algo tan importante.
- Lo entiendo – dijo ella.
- Bien – le soltó las manos y las metió dentro del corsé de su vestido, sacando una botella que ella sabía era alcohol y le dio un gran trago –. Todo comenzó en mi última visita, hace 17 años – una sombra cruzo por su rostro –. Robert se enteró de lo mío con Rhaegar y Elia.
Incluso en sus sueños más salvajes, no tenía previsto aquella revelación. Oh, por los siete infiernos….
-Mierda – maldijo.
Frente a ella, Lyanna estuvo de acuerdo. Jamás había maldecido en su vida, pero esto fue una ocasión más que merecida.
