Hola!

Escribí para un grupo de FB una pequeña escena basada en una imagine dramione que encontré en Pinterest y se me quedó corta. Así que escribí un poco más y salió un OS.

Lo dejo aquí para quien, algún día, lo encuentre y lo quiera disfrutar.

AJ

Disclaimer: Todo el mundo de HP es de Jk, yo solo trasteo con los pj's

...

Era Noviembre, el otoño había llegado a Hogwarts una vez más.

Aquella sería la última vez para Hermione y no sabía como sentirse al respecto.

La guerra terminó y tras la resaca de la victoria, todo fue cambiando hasta que ya nada parecía ser igual que antes.

Ellos no eran los mismos.

Ella no era la misma.

Contempló las hojas caídas que alfombraban la hierba bajo sus pies, apoyada en el tronco de un serbal. Así eran todos ellos, como hojas secas de otoño desprendidas de la realidad que habían conocido, esparcidas, marchitas, rotas.

Recomponer los pedazos que quedaron tras la guerra fue muy difícil, las pérdidas dejaron una herida irreparable que parecía no querer sanar.

Y ella regresó a Hogwarts porque necesitaba poner punto final a esa etapa que había quedado inconclusa antes de poder empezar de nuevo y avanzar.

Pensó que sería sencillo, un nuevo curso sin magos tenebrosos que quisieran acabar con la gente como ella, un año en el que centrarse en su mejora académica, cursar sus E.X.T.A.S.I.S y continuar hacia ese mundo adulto que la esperaba con los brazos abiertos.

Pero apenas dos meses después de regresar se había dado cuenta que nada sería sencillo de nuevo.

Él también había vuelto.

Draco Malfoy había regresado a Hogwarts y la persona que era distaba tanto de la persona que fue que Hermione terminó orbitando a su alrededor como un exoplaneta haría alrededor de una estrella.

Le observaba en la distancia, desde las sombras, tratando de entender qué había cambiado en él.

Siempre iba solo, siempre abstraído, tratando de mantenerse al margen de los demás para pasar desapercibido y la miraba.

Oh si, Hermione se había dado cuenta de las penetrantes miradas de Malfoy y se había hecho una experta en "sentirlas". En la biblioteca, en el comedor, en las clases compartidas…

Por eso, siendo la leona que era, le confrontó y nada le había preparado para eso.

Primero hablaron ¿Quien iba a imaginar que podrían hacerlo sin sacar la varita y maldeciese? Después discutieron, mucho. Más tarde empezaron a hacer las rondas de prefectos juntos, a veces en silencio, otras discutiendo sobre la utilización de la raíz de mandrágora o la luparia en las pociones curativas o la forma correcta de transmutar un ser vivo en un objeto inanimado. Al cabo de un mes fueron un día a las Tres Escobas a tomar una cerveza de mantequilla en una de las salidas a Hogsmade y a partir de ese momento no era extraño ver a Draco Malfoy y a Hermione Granger estudiar en la biblioteca o sentarse juntos para algún trabajo de clase.

Todo había cambiado.

Ellos habían cambiado.

Hermione empezó a tener miedo una tarde al salir de un aula de pociones en la que habían estado practicando para el siguiente examen. Ese día Draco estaba diferente, más callado y distante. Parecía perdido en sus propios pensamientos y ella lo dejó estar porque sabía que lidiaba a diario con sus propios demonios.

— Lo siento — dijo en mitad de uno de los pasillos de las mazmorras

—¿Cómo dices?

—Lo siento — repitió él agarrando el brazo que tenía marcado por la daga de Bellatrix Legstrange

Ella lo apartó repentinamente confusa por el contacto e incómoda porque él supiera de esa marca que había quedado grabada para siempre en su piel.

— No fuiste tú. No fue tu culpa

— Lo siento por todo — replicó arrastrando las palabras con suavidad — Hasta mañana, Granger.

Y después de aquello Hermione empezó a mirarlo más, a fijarse más en él. Recordaba el inocente contacto de su mano en su antebrazo, la intensidad con que la contemplaron sus ojos de mercurio líquido al disculparse. Comenzó a pensar en él como en un chico y no como el hurón abusón y estúpido con el que siempre le había relacionado y descubrió, muy a su pesar, que se sentía atraída por lo que veía.

Lo peor de todo fue darse cuenta de que no solo le atraía ese rostro serio y anguloso que había perdido las redondeces de la niñez, o sus ojos argénteos y misteriosos en los que era posible leer. Le atraía también la persona en la que se había convertido tras la guerra. Le atraían sus grises, su lucha constante para mantenerse en la línea y no caer de nuevo en la oscuridad que había regido su vida durante tantos años. Le gustaba la forma en la que seguía siendo él, altivo y autoritario a veces, astuto y complicado la mayor parte del tiempo, pero, en ocasiones, era capaz de apartar uno de los rebeldes rizos de Hermione de su rostro y colocarlo tras su oreja en un gesto incómodo pero lleno de algo parecido a la ternura.

Poco a poco Hermione había ido cayendo más y más en esa trampa que su propia curiosidad había forjado y allí estaba en ese momento, intentando entender cuándo, cómo o por qué se había enamorado de nuevo Draco Malfoy.

— ¿Hermione?

Ella alzó la vista y le miró, confusa, como si le hubiera invocado con su mero pensamiento.

—Hola Draco

Los ojos de ambos colisionaron y fue como si en ese infinitesimal segundo el mundo se hubiera parado solo para volver a girar cambiando absolutamente todo.

Como si fuera un Legeremante, Draco leyó en los ojos de Hermione el miedo, las dudas, la inseguridad y los sentimientos innombrables que estaban creciendo día a día y con un coraje más propio de los leones que de las astutas serpientes se arriesgó a hacer algo que le aterrorizaba por primera vez en su vida.

En un movimiento propio de un buscador de quiddich, inmovilizó a Hermione contra el tronco del serbal, aferró su cintura elevándola hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo y acarició sus labios en un beso inseguro y húmedo, un beso inexperto que en su imperfección alcanzó el cenit de lo perfecto. Duro apenas un instante y entonces, ambos abrieron los ojos y se miraron.

Un segundo. Dos.

Draco contuvo el aliento, esperando. Con el corazón bombeando furiosamente y el temor del rechazo trepando como la bilis a su garganta.

Pero entonces Hermione elevó su mano trémula hasta alcanzar la mejilla de Draco y perfilar su mandíbula, el arco de su oreja y el suave cabello liso de su nuca. Poco a poco dejó que sus párpados cayeran y sus dedos se curvaran en el cuello de él mientras buscaba una vez más su boca.

Sí. Ellos ya no eran los mismos.

Ahora era el momento de descubrir en qué se habían convertido. Juntos.

Y así, mientras las hojas secas caían sobre ambos empujadas por él viento frío que empezaba a arreciar en el norte de Escocia, Hermione se dio cuenta, sorprendida, de que al fin, después de los meses acaecidos tras la guerra, por primera vez se sentía completa. Como si aquel beso, aquel primer paso, fuera el pegamento que necesitaba para unir los pedazos que quedaron de su vida y recomponerlos.