Plumas de ángel

Resumen: Lo ocurrido con Jess todavía me causa una profunda tristeza. Un ONE-SHOT de cómo yo habría preferido que fueran las cosas. SPOILER ALERT for FBI Most Wanted 3x14 "Shattered".

Nota del autor: Quiero dedicar esta historia a misswritingobsessed, que fue quien me inspiró para escribirla, mientras comentábamos lo mucho que echábamos de menos a Jess, y cuánto nos habría gustado que todo hubiera ocurrido de diferente manera.


Estaban recorriendo el aparcamiento trasero del hospital, intentando encontrar a Lucy y a su desequilibrado ex-novio Harley, antes de que él le hiciera daño. Había sido un caso como otros tantos. Un agresor en fuga, víctimas, personas en peligro.

Sheryll vio a Jess, no muy lejos de ella, encontrar a la chica entre dos coches, ayudarla a levantarse. De pronto, apareció Harley, dando zancadas hacia ellos. Llevaba un arma en la mano.

Todo pasó en sólo un puñado de décimas de segundo.

Harley alzó el revolver. Por puro reflejo, Jess interpuso su cuerpo entre Lucy y su atacante.

—¡Harley, no! —exclamó, levantando la mano para intentar frenarlo.

Se oyó un tiro. Sheryll no dudó en disparar, Iván tampoco. Y Harley cayó abatido.

Sólo entonces se dieron cuenta horrorizados de que Jess había sido alcanzado en el cuello, y estaba tendido en el suelo, desangrándose.

·~·~·

Si Jess hubiera podido escoger una palabra para describir cómo se sentía, habría sido "perdido". Se encontraba flotando ingrávido, a la deriva en una interminable niebla perlada. Una nada inmensa y vacía. Sus dispersos pensamientos no parecían más poblados. No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado, ni siquiera si le importaba.

No sabría decir cuánto tiempo permaneció allí -porque allí el tiempo simplemente no existía- pero hubo un momento en que sintió que se acercaba una luz reconfortante.

Y sin transición, sintió allí mismo con él la añorada presencia de Angelyne, cálida, luminosa y cegadora. Jess dejó que su consciencia se solazara en aquella sensación inefable.

~No tendrías que estar aquí...~

No eran palabras, no como las conocía. Eran ideas, crudas, absolutas, inabarcables.

~TÚ... tienes que REGRESAR.~

Jess se encogió, sobrecogido por la enormidad del concepto.

Aquel "tú" no se refería al agente LaCroix, SSA de la Unidad de Fugitivos del FBI, ni a Jess desvelado padre de Tali y amante esposo de Sarah. Ni siquiera se trataba de él como varón humano adulto. No, se trataba de su entidad autoconsciente que era capaz de experimentar. De su ser.

El otro concepto, el de "regresar", era tan inaprehensible que quiso gritar de pura confusión. Pero no podía gritar. No tenía aliento. Ni garganta. Ni cuerpo. La desesperación que sintió fue de una enormidad abrumadora.

Un resplandor de comprensión, pero que no era suya, lo azotó como un golpe de viento.

Un parpadeo.

Jess se encontró sobre la arena, completamente desnudo. Era joven y era absolutamente feliz. Reconoció la situación.

Durante su luna de miel en una pequeña y perdida isla en Santo Domingo, una noche después de cenar, Angelyne y él habían dado un largo paseo por la playa, cogidos de la mano y admirando los reflejos de la luna en las olas el mar. Cuando estuvieron tan lejos que estaban totalmente solos, dieron rienda suelta al cariño y al ardor que sentían el uno por el otro. Hicieron el amor, allí mismo en la rompiente.

Los dos amanecieron abrazados en la arena de la playa y contemplaron juntos la salida del sol.

Era uno de los recuerdos más felices de su vida.

Jess suspiró. Aún se estremecía ante el recuerdo de la pasión que había recibido y entregado aquella noche. Podía oler el mar, percibir en la piel la arena debajo de él, el cuerpo de Angelyne acurrucado entre sus brazos.

—Te quiero, Jess —dijo la muy querida voz de Angelyne.

Cuánto había echado de menos oírla.

Angelyne los cubrió a ambos con su enorme ala emplumada y resplandeciente. Pero... Angelyne no tenía... alas... ¿no? En ese momento no pudo estar seguro.

—Yo también te quiero, amor mío —contestó él, besándola con dulzura en la frente y acariciándole el brazo que descansaba sobre su pecho.

—Pero tienes que volver... —añadió Angelyne con suavidad.

—No. Quiero quedarme —replicó Jess con sencillez, sonriendo—. Ahora vamos a hacer el amor otra vez. Lo recuerdo.

Ella soltó una risita.

—Sí, es verdad... Pero no puedes quedarte a vivir aquí, Jess. Es un recuerdo. Tienes que volver. Tienes que volver y crear otros recuerdos. Muchos más.

Jess se sintió contrariado.

—¿Recuerdos tan buenos como éste? —preguntó desconfiado.

—O no. O malos. O mejores. Pero todos maravillosos, porque serán nuevos y únicos y se unirán a éste y a todos los demás. Tienes que volver.

La frustración hizo presa en Jess.

—Pero volver, ¿a dónde?

En un instante, ya no estaban en aquella playa de Santo Domingo. Se encontraban en el fondo de un barranco. De uno en particular.

Allá dónde se crio Jess, había este sitio donde los niños iban a jugar, aunque sus padres se lo tenían prohibido; una zona de árboles y matorral llena de sendas sin acondicionar y pegado a un barranco. Todos los chavales iban allí a subirse a los árboles y a desafiarse a sí mismos y entre sí a hacer cosas que a sus padres les pondrían los pelos de punta, como conducir sus bicicletas por el borde mismo del barranco, sin caer.

Aquel día de primavera, cuando tenía once años, Jess hizo novillos -¡la mañana era demasiado hermosa para pasarla entre cuatro paredes!-, y se fue al recorrer el borde del barranco con su bici, una y otra vez. Era divertido y emocionante. Lo era porque era peligroso.

Y por supuesto, Jess tentó tanto a la suerte, que se cayó. Afortunadamente, no se mató, ni se hirió de gravedad. Pero terminó en el fondo del barranco, magullado y aterrorizado. Y claro, solo.

Ascender sin ayuda por aquella pendiente escarpada, lleno de rasponazos, con una pierna echada abajo, tirando de su bici destrozada, y con la perspectiva de la riña y el castigo que le esperaban en casa, fue la experiencia más dura que Jess había vivido en su corta vida.

Ahora mismo se encontraba en el fondo de aquel barranco. Le dolía el cuerpo igual que le dolió entonces; lo invadía el mismo miedo.

De pie junto al vapuleado Jess de once años, vestida con su uniforme militar de faena, Angelyne señaló con el dedo hacia arriba, al borde del barranco.

—A allí —contestó a su pregunta de antes.

A una de sus alas le faltaban algunas plumas, pero ambas eran muy eran hermosas.

—No, no quiero —refunfuñó el Jess niño—. Yo quiero quedarme contigo. Quiero estar contigo siempre.

—Yo también quiero estar contigo, cariño —le dijo Angelyne con ternura—. Y lo estaremos, ya verás. Pero no ahora. Ahora tienes que subir.

Se esforzó por no hacerlo, pero los ojos de Jess se llenaron de lágrimas y se echó a llorar.

—¡Pero no puedo! Está demasiado alto. ¡Y pesa! —Zarandeó la bicicleta, que tenía agarrada con una mano por el manillar; aquella bicicleta que tan orgulloso había estado de haberse comprado con el dinero ganado haciendo recados, y que ahora sólo parecía chatarra—. ¡Y duele! —protestó entre sollozos.

Angelyne se arrodilló junto a él y lo abrazó, consolándolo.

—Sssh... Lo sé, lo sé... —Le acarició la cabeza—. No tengas miedo. Yo siempre cuido de ti.

Jess miró su ala algo desplumada y se sintió envuelto en una agradable calma porque supo que era verdad. Angelyne se separó y lo miró a la cara. Sus ojos tenían dentro todas las estrellas del firmamento.

—Es verdad —continuó—. Pesa. Y duele. Pero tienes que subir —insistió con un tono dulce, y firme.

A Jess se le escapó un hipido, pero ya no lloraba.

—¿Por qué? —protestó con una chispa rebelde.

Angelyne le limpió las lágrimas de las mejillas. Se puso en pie. Sus alas eran enormes y despedían una brillante claridad llena de amor. Las desplegó con un chasquido que sonó como un millar de campanillas. Algunas plumitas quedaron flotando en el aire.

—Porque allá arriba —dijo Angelyne con una cálida sonrisa aún más deslumbrante que sus alas—, te esperan tus amigos, tu familia. Sarah y Tali... Y más personas que aún no conoces pero que vas a querer mucho. Allí arriba te espera el resto de tu vida, Jess.

El niño Jess miro hacia arriba, amedrentado. El barranco parecía el triple de alto de lo que había sido aquel día... Negó con la cabeza.

—No puedo... —dijo derrotado.

—¡Sí, sí puedes! —le replicó Angelyne con entusiasmo—. Sí puedes porque esta vez, Jess, sólo tienes que... desearlo.

Jess se quedó estupefacto. Ah... Claro. Pensó en Tali y en Sarah. En su padre. En Clinton y los padres de Angelyne. En Sheryll, Hana y Kenny; En Isobel y en Jubal; Iván y Kristin... En todas las personas que lo querían y apreciaban...

De pronto volvía a ser adulto. Miró a Angelyne. Y dudó; no quería separarse de ella. La sonrisa que había en su rostro se sintió como un abrazo lleno de una ternura inmensa.

—Y yo... te estaré esperando —declaró Angelyne, encogiéndose de hombros.

Jess asintió, comprendiendo, las lágrimas rodándole por las mejillas, con el corazón rebosante de su luz.

Lo deseó... y regresó.

·~·~·

Con un jadeo, Jess abrió los ojos a la consciencia del mundo físico. Había sido como volverse cada vez más pesado al tiempo que caía hacia arriba, a toda velocidad. Fue inmediato y eterno y agotador.

A su alrededor, la habitación de hospital estaba en penumbra, llena de los sonidos de las máquinas de soporte vital.

—¿Jess? ¡Jess! ¡Gracias al Cielo!

Alguien le cogió la mano y el antebrazo. Con un esfuerzo que le resultó titánico, él giró la cabeza y encontró a Sheryll junto a su cama. Estaba ojerosa, tenía los ojos enrojecidos.

—¿Jess? Jess, ¿me oyes?

Él quería contestar, pero no podía; tenía algo metido profundamente en la garganta. Intentando calmar la obvia ansiedad de Sheryll, Jess hizo otro esfuerzo para apretarle la mano y asentir con la cabeza. Lágrimas de alegría y alivio llenaron los ojos de ella.

Y se fue corriendo a buscar un médico.

·~·~·

—Madre mía, Jess. Por lo que más quieras, no vuelvas a darnos un susto como éste —suplicó Hana, la aflicción manifiesta en toda su cara.

—Los médicos han dicho que te has salvado por un pelo (the skin of your teeth) —añadió Sheryll con la garganta agarrotada—. Dos milímetros más a la izquierda y habrías muerto en el acto.

—Y si no hubieras estado justo al lado de urgencias de un hospital —dijo Iván—, no habrían llegado a tiempo de salvarte...

Los tres, de pie alrededor de su cama, lo miraban como si, a pesar de tenerlo delante, consciente y alerta, todavía no hubieran podido recuperarse del susto. Jess quiso contestar, pero tenía la garganta demasiado castigada. Apoyada en el marco de la puerta, Kristin levantó una mano para saludarlo, sus rasgos profundamente preocupados también. Jess le devolvió el gesto e intentó una sonrisa tranquilizadora para todos.

Logrando adoptar una expresión más entera, Sheryll le informó:

—Sarah y Tali están de camino. —Le apretó la mano—. Deben estar a punto de llegar.

—Kenny y Clinton también vienen para acá —le dijo Hana.

¿Alguien habría avisado a su padre? Tendría que averiguarlo después.

Entonces Sarah y Tali entraron en tromba en la habitación. Venían acompañadas de Isobel y Jubal, que se quedaron junto a la puerta. El equipo de Jess se apartó para dejar sitio a las dos personas más importantes de su vida. Tali y Sarah se detuvieron al borde de su cama. No sabiendo si le harían daño si eran demasiado efusivas con él. Jess abrió los brazos. Con lágrimas en sus rostros, Sarah y Tali se abrazaron a él con mucho cuidado. Jess las estrechó a ambas contra su pecho. Lo invadió el irracional deseo de no soltarlas nunca.

Los demás dejaron la habitación para darles intimidad.

—Oh, Jess —murmuró Sarah acongojada—. Cuando vinieron a buscarnos, ni siquiera sabíamos si ibas a superarlo-

El modo en que su voz se quebró le partió el corazón a Jess.

Tali sólo podía sollozar desconsoladamente, con la cara enterrada en su pecho y aferrando puñados de su bata de hospital.

Sin ninguna clase de aviso previo, un inmenso peso cayó aplastante sobre Jess como una gigantesca losa. He podido morir hoy. Lo dejó sin aire, sin movimiento... Y lo aterrorizó hasta lo más hondo de su ser.

Tomó consciencia de hasta qué punto había estado jugando con fuego.

Santo Cielo, Jess, se dijo a sí mismo. Podías haber dejado a Tali completamente huérfana, obligarla a superar una pérdida como ésta por segunda vez; viuda a Sarah, con el corazón destrozado, tal vez de forma irreparable; a papá sin una de sus razones para luchar contra su enfermedad...

Las apretó más fuerte contra él, sin aliento, intentando controlar la sensación de que no dejaba de caer.

·~·~·

Al cabo del rato, Sarah salió de la habitación y le dijo a Isobel que Jess quería hablar con ella. Isobel la siguió y las dos entraron juntas. Jubal las acompañó, como un perro guardián.

Sentándose en una silla junto a la cama, Isobel le cogió la mano a Jess, sus ojos llenos del cariño fraternal que siempre había habido entre ellos.

—¿Cómo estás...? —preguntó con suavidad.

Con Tali todavía acurrucada sobre su torso, Jess le devolvió el apretón y le dedicó una pacífica sonrisa. Jubal e Isobel lo miraron exasperados, los dos pensando que él no se había tomado en serio todo aquello.

—Esto ha estado demasiado cerca, compañero (That was a too close call) —dijo Jubal, sombrío, cruzándose de brazos.

—Te has salvado prácticamente de milagro —añadió angustiada Isobel.

De milagro, efectivamente.

Los dos parecían francamente alterados. Después de lo ocurrido con Rina, Jess podía entenderlo perfectamente. Sabía que habría sido para ellos un golpe muy duro perderlo a él también...

—Lo sé, creedme —contestó Jess con la voz ronca, pero particularmente serena.

Su pecho todavía seguía constreñido por las consecuencias del ataque de pánico, pero Jess se maravilló de la claridad de mente que sentía en ese momento.

Jubal lo siguió amonestando con su ceño fruncido. Isobel, sin embargo, pareció calmarse bastante. Pero entonces lo miró con ojos entrecerrados, como si percibiera algo extraño en los de él. Se echó hacia atrás.

—Vas a retirarte.

No era una pregunta, ni un comentario. Era una certeza.

—Así es.

Una firme declaración. La decisión estaba tomada.

Los cuatro lo miraron con sorpresa. Sarah y Tali quedaron desconcertadas. Isobel fue la primera en recuperarse, haciendo un gesto de comprensión.

—Pero Papá... —empezó Tali.

—Jess, por favor, no- no tomes decisiones precipitadas... —dijo Sarah

—Te encanta tu trabajo... —murmuró Tali, consternada.

Jess les sonrió a ambas con calidez.

—Os quiero mucho más a vosotras —replicó él, con sencillez—. No es un sacrificio. Es mi elección. Quiero tener tiempo para que estemos juntos. Quiero poder disfrutaros. Quiero estar ahí. —El gélido aliento de la muerte subrayó poderosamente aquellas dos últimas palabras—. Y tendré por fin tiempo para escribir el libro aquél del que te hablé —le dijo a Jubal, en un tono más ligero, sacando a su amigo de su estupor y haciéndolo reír quedamente.

Mientras que Sarah y Tali seguían sin habla, Isobel asintió, dándole a Jess otro afectuoso apretón más en la mano.

—Descuida. Nosotros nos ocuparemos de todo —dijo levantándose.

Jubal también hizo un gesto afirmativo. Él e Isobel cruzaron entre sí una mirada cargada de significado. Jess pudo ver en el rostro de ambos que, sin querer, había sembrado ciertas incertidumbres personales en sus corazones. Tal vez estaban reconsiderando algunos de sus planteamientos vitales. De todos modos, cuando se volvieron de nuevo hacia él fue evidente que se sentían felices por él.

Tali y Sarah aún parecían confusas, pero Jess estaba seguro de que después se alegrarían mucho.

—¿Sabes? —se volvió Isobel justo antes de salir—. Todo esto me recuerda a una cosa que decían mi madre y mi abuela... Era algo como "Un ángel se ha dejado aquí las plumas", esto es, protegiendo con su ala. ¿Entiendes? Protegiéndote.

Por unos instantes, a Jess le pareció sentir un leve roce, como el de una pluma, acariciándole delicadamente la mejilla. Asintiendo levemente, sus labios esbozaron una sonrisa misteriosa.

—Sí lo ha hecho, sí.

·~·~·

=Aeropuerto Internacional de Denpasar, Bali, Indonesia. 4 meses después=

Sarah y Jess se bajaron del avión cogidos de la mano. Había mucha humedad en el aire, pero menos calor del que Jess se había esperado. En realidad, se estaba muy bien.

Caminaron juntos, muy sonrientes. Él se temía que tal vez habían provocado una subida de azúcar a todo el pasaje, de lo mimosos que habían estado el uno con el otro durante el vuelo, pero en realidad le daba igual.

De hecho, en cuanto estuvieron en la terminal, Jess agarró a Sarah y le dio un largo y apasionado beso. Últimamente, no podía quitarle las manos de encima...

La gente pasó a su alrededor soltando risitas.

Atrás quedaban los meses de rehabilitación de Jess, que sólo le había dejado una leve cojera que debería terminar curándose, y las ajetreadas semanas invertidas en mudarse a Canadá, a una casa cercana a la escuela de Tali. Jess incluso había podido empezar ya a trabajar en el libro que quería escribir sobre sus casos en el FBI.

Ahora sólo les esperaba recorrer la isla, el sol, la playa... Disfrutar el uno del otro y pasarlo lo mejor posible durante aquellos próximos diez días.

Cuando Jess dejó de besarla, Sarah protestó mirando a su alrededor, ruborizada, pero feliz.

—¡Jess!

Él ni siquiera se justificó. Sólo le sonrió con una malicia que logró sonrojarla aún más.

Después de recoger su equipaje, Jess llamó a Tali y tuvo una breve videoconferencia con ella. Tali prometió, otra vez, que se portaría bien en su ausencia y les deseó, una vez más, contenta que lo pasaran muy bien.

Al pasar junto a una de las tiendas del aeropuerto, Jess se detuvo junto a un stand de postales. Las miró un momento antes de decidirse, y empezó a escoger una por una. Para Tali, para papá... Para Clinton, Marielou y Nelson. Para Sheryll, para Hana. Kenny. Iván y Kristin. Para Isobel, Jubal y sus hijos...

Cogió unas cuantas más por si acaso. Llevó entusiasmado el montón hasta la caja.

—¿Pero qué haces, Jess? ¿Queda acaso alguien que siga mandando postales hoy en día? —le preguntó Sarah, riendo.

Jess se encogió de hombros, muy sonriente. Yo pienso mandarlas todas.

~.~.~.~

Nota del autor: ¿Qué tal? Espero que no haya quedado demasiado ñoño. Me encantará saber qué os ha parecido.