Cuarto día de la #InuKagFluffWeek. Llegamos a la mitad. ¡YEIIII!
Porque todos recordamos ese PRIMER BESO, porque no importa qué lo desencadena o lo que ocurre después, en ese momento, la vida es perfecta.
Nota: Los personajes son de la grandiosa mangaka Rumiko Takahashi. La historia es un pedacito de mi inspiración que quise compartir con ustedes.
Quería despedazarlo todo. Inuyasha estaba plenamente convencido de eso. Quería destruirlo todo y luego perder la conciencia de sí mismo para seguir destruyendo y olvidando lo que había destruido.
Quería esa fuerza suprema que se había adueñado de cada parte de su ser, esa que lo hacía sentirse invencible. La había deseado toda la vida: la capacidad de olvidarse de todo lo que lo hacía débil, la habilidad para vencer a cualquier enemigo, para no seguir sintiéndose inferior. Para, al fin, ser aceptado.
Y la quería, realmente la quería, pero algo le impedía aceptarla por completo.
—¡INUYASHA! ¡INUYASHA!
Ese era su nombre. Era de lo único que tenía conciencia. Alguien lo llamaba y él conocía esa voz. Esa voz le recordaba a algo cálido y dulce, algo de lo que careció por muchísimo tiempo: ternura.
—¡A mí me gustas tal y como eres, Inuyasha!
No, eso no era cierto. A nadie le gustaba él como hanyō, NADIE nunca lo había aceptado como tal.
—Yo te amo como hanyō, Inuyasha.
¿Podría ser? ¿Podría ser, en serio, cierto? ¿Existiría realmente alguien que lo amara tal y como era? Sin desear que cambiara…, simplemente siendo él.
NO, la respuesta tenía que ser no. Porque si era SÍ, si existía alguien que lo amara como era…
Pero, de pronto, sintió algo suave que tocaba sus labios. A pesar de sus colmillos crecidos y de sus ojos rojos, alguien lo estaba besando.
Esa persona no sentía repugnancia de su aspecto monstruoso, ni de las afiladas garras que perforaban su piel… Esa persona lo besaba, desesperada, tratando de que regresara a la normalidad. Y solo había alguien que pudiera cometer semejante locura. Y su nombre vino a su mente como un fogonazo.
—Ka…go…me.
Logró enfocar su vista lo suficiente para verla: las lágrimas corrían por su rostro y sus ojos estaban fuertemente cerrados, como rezando una plegaria.
Y en ese momento, Inuyasha comprendió que no necesitaba convertirse en una bestia sin conciencia para ser aceptado. En ese momento comprendió que Kagome lo aceptaba tal y como era y que no deseaba que cambiara.
Y, mientras sentía que sus ojos regresaban a su color dorado natural, que sus colmillos se replegaban y que sus manos, lejos de herir a Kagome, la abrazaban como si no quisieran dejarla ir nunca, respondió a su beso.
Porque ella era todo lo que él, sin saberlo, había buscado toda la vida: porque junto a Kagome, nada lo hacía débil; porque a su lado podía vencer a cualquier enemigo; porque, con ella, él no era inferior ni se sentía como tal. Porque Kagome, al aceptarlo, le había enseñado a aceptarse a sí mismo. Y porque la amaba. Tan simple y complejo como eso. Y esa era su mayor verdad.
Adoro esta escena de la segunda película y, para mí, ese siempre será su primer beso.
