Sexto día de la #InuKagFluffWeek.
Llegó el momento que todos esperaban (o, al menos, yo lo hacía. Culpa de la romántica incorregible que habita en este cuerpo): la PROPUESTA DE MATRIMONIO.
Antes de decidirme por esta historia, se me ocurrieron un montón (dejé todas esas otras ideas para desarrollarlas en un futuro), pero me decidí por esta (era como que obvio porque escribí esta para celebrar el penúltimo día).
Nota: Los personajes son de la grandiosa mangaka Rumiko Takahashi. La historia es un pedacito de mi inspiración que quise compartir con ustedes.
—¡INUYASHA! ¡INUYASHA! ¿Dónde se habrá metido?
Kagome llevaba buscando a Inuyasha desde esa mañana. Se había ido muy misteriosamente al alba, pensando que ella no había notado su huida precipitada, pero lo había hecho. El problema había sido que cuando salió tras él, ya había desaparecido (por su velocidad incrementada de hanyō).
Había decidido en ese momento olvidarse de sus tareas del día y de sus clases con Jinenji y con la anciana Kaede para salir a buscarlo. Y eso había ocurrido hacía horas, y seguía sin encontrarlo.
Les había preguntado a todos los aldeanos que había encontrado en su camino, incluso había ido a la cabaña de Sango y Miroku, para averiguar si este último sabía algo, pero, aparte de una sonrisita ladeada y con cierto toque malévolo, no le dijo nada.
Al final optó por gritar como loca maniática para ver si su desarrollada audición (otra de sus ventajas como hanyō) le hacía saber que ella lo estaba buscando y que, a cada minuto que pasaba, se molestaba más.
…
Lo sintió más que verlo a su espalda. Nunca había comprendido muy bien el por qué, pero sentía su presencia. Tal vez tenía mucho que ver con el amor que le tenía y que la hacía hiperconsciente de él, de lo que sentía y de lo que experimentaba. Y, sabiéndolo detrás de ella, se giró molesta y preocupada.
—Llevó horas buscándote, se puede saber dónde estabas. Estaba preocupada por ti.
—Ven conmigo.
Inuyasha ni siquiera le dio tiempo a contestar. La cargó en brazos y se la llevó rápidamente en la dirección opuesta de la que ella había tomado mientras lo buscaba.
El viaje no fue de larga duración. Casi inmediatamente, Kagome se vio rodeada por una explosión de color rosa suave y por millones de pétalos de flores de sakura. Ni siquiera había recordado que esa era el tiempo de florecimiento de los cerezos y nunca se hubiera imaginado que en esta época florecieran tan hermosamente. El toque salvaje que tenía este bosquecillo lo hacía incluso más encantador si cabía.
—Inuyasha, esto es hermoso. —Kagome había olvidado ya toda su molestia anterior y miraba extasiada la lluvia de pétalos rosados.
—Pensé que te gustaría.
—Me encanta. En mi época representaban la belleza de la naturaleza y el renacimiento de la vida.
—¿Existe alguna posibilidad que representen la buena fortuna a la hora de pedirle a alguien que se case con otro alguien? —preguntó Inuyasha, rojo como su traje.
—Nunca he escuchado acerca de esa significación, —comentó Kagome confundida—pero, ¿por qué te interesarí…? —preguntó girándose al fin, aguantando el aire y rezando para no estarse equivocando.
—Pues…, bueno…, yo… —Inuyasha había recuperado su elocuencia característica.
—Inuyasha… —el tono de Kagome denotaba emoción contenida.
—Yo… yo quería… Kagome… si tú… AAAHHH, qué difícil… —Inuyasha exudaba frustración de cada poro de su cuerpo. Nunca había sido bueno a la hora de demostrar emociones, pero conocerla lo había ayudado a ser más abierto. Estos nervios eran producto de esas malditas dudas. Ella podía decirle que no.
—Inuyasha, por favor, solo cálmate. Respira y dime. —sabía que estaba siendo un poco injusta, pero necesitaba escuchárselo decir. Necesitaba saber que no eran sus esperanzas y deseos los que la hacían escuchar lo que ella quería escuchar.
—Kagome, yo… te traje aquí hoy porque quería… quería regalarte algo bonito y —tragó— y preguntarte si te gustaría… si tú querrías… casarte… conmigo.
—¡SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ! Una y miles, millones de veces SÍ.
Y un segundo estaba en el suelo frente a Inuyasha y al siguiente estaba entre sus brazos. No podían ser más felices ni estar más emocionados. Había tomado algo de tiempo, pero eso no importa cuando tenían la vida por delante para estar juntos, para apoyarse, para ayudarse, para compartir, para quererse siempre y amarse con el mismo ímpetu con el que ahora se besaban rodeados por el suave viento, el perfume y las caricias de los pétalos de las flores de cerezo que, a partir de ese momento, también significaban amor eterno e invencible.
