Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

4

*Sakura*

En un tribunal se siente una energía justo antes de leer el veredicto, una estática que crepita en el aire. Es una tensión compartida que te deja sin aliento, la misma que los romanos debieron de sentir en el Coliseo mientras esperaban ver en qué dirección el César señalaría con el pulgar. El pulso aumenta, la sangre zumba y la adrenalina crece. Es emocionante.

Tan adictivo como sexo realmente fantástico. Del tipo que te deja marcada, adolorida, y agotada, y no puedes esperar para hacerlo de nuevo.

Siempre supe que quería ser una abogada. Desde niña, veía series como LA Law, donde las abogadas poseían ingenios punzantes, lucían trajes elegantes, peinados impecables, y trabajaban en oficinas de cromo vidriadas, en rascacielos.

La educación era la prioridad más alta para mis padres, ya que tuvieron un acceso limitado a ella. Mi madre salió de la pobreza de su pueblo natal en Pará para llegar a la relativa opulencia de Río de Janeiro cuando era una niña. Pero escapó del analfabetismo sólo después de conocer a mi padre, quien le enseñó a leer cuando tenía dieciséis años.

Juntos, emigraron a los Estados Unidos y se convirtieron en la definición misma del sueño americano: consolidaron un negocio próspero, elevándose a través de las filas de la clase media, hacia la riqueza próspera. Plenamente conscientes de las oportunidades que ofrecía su trabajo a sus hijos, nos inculcaron a cada uno de nosotros (a mis tres hermanos mayores y a mí) que la educación era la llave para abrir todas las puertas. Era un tesoro que nunca podría ser robado, la red de seguridad más duradera. No es casualidad que cada uno de nosotros fuera a buscar campos profesionales: mi hermano mayor, Juugo, se convirtió en médico; el siguiente, Sasori, en un contador público certificado, y Gaara, sólo un año mayor que yo, es ingeniero.

—Señora Encargada, ¿han llegado a un veredicto?

Nuestro cliente Pierce Montgomery no dirige su atención a la mujer que está a punto de anunciar el veredicto de su juicio, sino que descaradamente la dirige hacia mis senos. Me hace sentir sucia de una manera desagradable.

Tomaré una buena ducha caliente en el futuro, para limpiarme de la sordidez.

—Sí, Su Señoría.

Al entrar en la defensa penal, sabía que había una alta probabilidad de que tuviera que trabajar con cabrones como Montgomery, pero eso no me impidió hacerlo. Era la más joven de mi familia, y la única mujer, por lo que fui altamente protegida. Pero en lugar de restringirme, ese instinto de protección condujo a mis padres a asegurarse de que fuera capaz y estuviera preparada para lo que la vida pudiera lanzarme.

—Oportunidades —diría mi padre— hay que aprovecharlas con ambas manos, porque nunca se sabe si vendrán de nuevo.

Él fue quien me enseñó a no tener miedo.

Una oportunidad es todo lo que él siempre quiso para mí. Más que un marido o hijos, quería que yo tuviera la oportunidad de ir a cualquier parte. Hacer cualquier cosa.

Ser criada en Chicago me dio una ventaja. Es una ciudad hermosa, pero al igual que todas las zonas urbanas, tiene sus peligros. Aprendí pronto a moverme rápido, pero siempre manteniéndome firme, estando en guardia y, en general, desconfiando de personas desconocidas hasta que demuestren lo contrario.

En definitiva, una mirada lasciva del desagradable hijo de un senador, como lo es Pierce Montgomery, no me intimida. Si alguna vez tratara de tocarme con más que sus ojos, podría colocarlo de rodillas sólo con el giro de su muñeca.

Tan simple como eso.

—¿Cuál es?

Aquí vamos. Momento de la verdad.

Por el rabillo del ojo, veo los hombros anchos de Sasuke subir ligeramente mientras inhala y mantiene el aliento.

Al igual que yo.

El capataz recita el número de caso y los cargos, y entonces ella pronuncia las palabras mágicas: Inocente.

¡Infiernos sí! ¡Sii joder, siii! ¡Que los festejos mentales comiencen!

Al igual que con los jugadores que realizan un touchdown en la NFL, la celebración excesiva en la sala del tribunal está mal vista, por lo que Sasuke y yo sólo nos damos resplandecientes sonrisas de felicitación. Pero ambos sabemos que esto es enorme, un triunfo que es un paso para tener la clase de notoriedad que gozan Cochran, Allred, Geragos, Abramson y Dershowitz —la Liga de "Todo el mundo sabe tu nombre".

Montgomery agradece a Sasuke con un apretón de manos, pero se las arregla para hacer que incluso su gratitud suene arrogante. Se vuelve hacia mí con los brazos abiertos, esperando un abrazo, por supuesto. Porque tengo una vagina. Y como tantos otros, tiene la creencia de que los penes se dan la mano, y las vaginas abrazan.

Éste no es el caso, amigo.

Extiendo un brazo inflexible, marcando mi punto y manteniéndolo fuera de mi espacio personal. Se conforma con el apretón de manos, pero añade un guiño lascivo. Y la ducha caliente cada vez se hace más atractiva.

Cuando damos un paso fuera de la corte, los periodistas están esperando. Son medios locales, no nacionales. Todavía no. Como he dicho, es el trampolín.

Sasuke, siendo el abogado principal, acapara las preguntas con una mezcla bien practicada de encanto y egoísmo (los abogados no son modestos). Pero me da crédito, refiriéndose a "nuestra" defensa, mencionando cómo "nosotros" estábamos seguros de los resultados desde el principio, destacando a nuestra firma como bien consolidada, y asegurando que todos los clientes de Adams & Williamson recibirían igualmente una representación estelar.

Mientras habla, me tomo un momento para admirarlo, porque es muy fácil de admirar. Sus ojos color jade brillan con el entusiasmo y el sol de la tarde, enmarcados por sus densas pestañas, sorprendentemente oscuras, del tipo que las mujeres matarían por tener. Unos mechones rebeldes de su cabello color dorado (el tipo de cabello que tiene Robert Redford en Legal Eagles) cae sobre su frente inteligente. Una nariz romana y pómulos altos le dan una apariencia noble, fuerte, aunque Sasuke Uchiha es todo un hombre, no un niño bonito. Creo que mi parte favorita es su mandíbula. Es digna de pornografía. Robusta y cuadrada, con la cantidad perfecta de rastrojos de barba rubia para conjurar imágenes de mañanas sexys y camas calientes.

Mide un metro ochenta, es aproximadamente unos diez centímetros más alto que yo y sus largas piernas y torso amplio son el sueño de un sastre. Es el tipo de cuerpo que se hizo para llevar un traje. Su voz es profunda, un barítono melódico con un pequeño indicio de acento sureño que durante el interrogatorio puede cortar como un bisturí o hipnotizar como un narrador de cuentos para dormir. Pero es su sonrisa lo que atrae, lo que desarma. Sus labios expertos hacen que quieras reír cuando él lo hace y provocan los más sucios pensamientos cuando se deslizan en una perezosa sonrisa ladeada.

La sonrisa y yo estamos bien familiarizadas.

—... ¿No es eso cierto, Señorita Haruno? —pregunta, y las miradas de los periodistas caen a mí, expectantes.

Mierda.

No tengo idea de lo que está preguntando. Estaba demasiado ocupada mirando la línea de su mandíbula, maldita sea, recordando cómo su rastrojo de barba raspaba mi muslo interno, haciéndome ronronear con la satisfacción de un felino que goza de rasguñar su poste favorito. Pero puedo recuperarme sin problemas.

—Absolutamente. No podría estar más de acuerdo.

Los periodistas nos agradecen, y mientras nuestro cliente se sube a su auto con chofer, Sasuke y yo decidimos caminar las pocas cuadras de regreso a la oficina.

—¿Dónde estabas allí? Te encontrabas ida —dice con un tono de diversión que me dice que ya lo ha adivinado.

—Te voy a dar los detalles más adelante —respondo cuando Sasuke abre la puerta de nuestro edificio para mí.

Abrams & Williamson es uno de los bufetes de abogados más antiguos de DC. El edificio en sí tiene diez décadas, adhiriéndose a la altura de los edificios de la Ley de 1910, que prohíbe la construcción de nuevas estructuras que fueran más altas que la cúpula del Capitolio, salvo algunas excepciones limitadas. Pero lo que le falta de estatura lo compensa en grandeza histórica. Las superficies caoba pulidas brillan bajo las luces intensas, diseñadas para destacar las molduras artesanales que decoran todas las paredes. Una chimenea de mármol restaurada da la bienvenida a los visitantes mientras caminan hasta el enorme escritorio de nogal de la recepcionista, con su luz permanente.

Vivian, la recepcionista desde siempre, tiene unos cincuenta años, luce un traje blanco impecable y un moño rubio, proporcionando una primera impresión perfecta de elegancia y experiencia para todos los que entran.

Ella sonríe cálidamente.

—Felicidades a los dos. Al Señor Adams le gustaría verlos en su oficina.

Las noticias vuelan en DC, haciendo que la dispersión de chismes de la secundaria se vea tan lenta como las llamadas por Internet. Así que no es de extrañar que las noticias de nuestra victoria ya hayan llegado a la mesa de nuestro jefe. Sin embargo, impresionante victoria o no, Sarutobi Adams, socio fundador de nuestra firma y descendiente directo de nuestro segundo presidente, nunca baja de su posición privilegiada en la última planta para ofrecer felicitaciones. Él nos llama para que subamos.

Durante el viaje en ascensor, el mismo entusiasmo burbujeando en mí interior emana de mi colega en el crimen. Inmediatamente somos acompañados a la oficina de Sarutobi, quién se encuentra es su posición detrás de su escritorio, deslizando con rapidez carpetas en un maletín de cuero gastado. Su parecido con su ancestro fundador es nada menos que asombroso: un abdomen abultado complementado con un antiguo reloj con cadena de oro saliendo de su bolsillo, gafas redondas equilibradas sobre una nariz puntiaguda, y mechones de pelo blanco peinados en un intento por cubrir la corona calva de su cabeza, que es tan brillante como el piso de madera sobre el que estamos de pie.

Si alguna vez se retira, las empresas de recreación histórica se desgarrarán en piezas por tenerlo.

Sarutobi ha impartido clases en las mejores instituciones legales y es considerado una de las mentes más brillantes de nuestro campo. Pero al igual que muchos intelectuales dotados, exhibe un temperamento ajetreado, despistado, que te hace pensar que siempre está perdiendo las llaves del auto.

—Entren, entren —llama mientras acaricia sus bolsillos, aliviado al encontrar los elementos que obviamente estaba esperando que todavía estuvieran allí— Me voy en un momento para una conferencia en Hawái, pero quería felicitarlos por el caso Montgomery.

Se mueve detrás de su escritorio y estrecha nuestras manos.

—Excelente trabajo, no fue una victoria fácil. Pero el senador Montgomery está muy agradecido.

—Gracias, señor —responde Sasuke.

—¿Cuántas son para usted, señor Uchiha? ¿Ocho victorias al hilo?

Sasuke se encoge de hombros, sin modestia.

—Nueve, en realidad.

Sarutobi asiente mientras se quita las gafas y las limpia con un pañuelo.

—Impresionante.

—Es todo por el jurado, señor Adams —dice Sasuke— Nunca conocí a uno que no me guste.

—Sí, muy bien, muy bien. ¿Y usted, señorita Haruno? Todavía invicta, ¿eh?

Con una sonrisa, levanto mi barbilla con orgullo.

—Sí, señor, y seis de seis.

Las mujeres profesionales han recorrido un largo camino, nuestros pies están ahora firmemente en la puerta de los clubes previamente dominados por los hombres en los campos políticos, legales y de negocios. Pero aún nos queda un largo camino por recorrer. El hecho es que la mayoría de las veces, cuando se trata de promociones y oportunidades profesionales, somos la última elección, no la primera consideración. Con el fin de llegar a la vanguardia en lo que se refiere a nuestros jefes, no es suficiente ser tan buenas como nuestras contrapartes masculinas, tenemos que ser aún mejores. Tenemos que destacar.

Es una verdad injusta, pero una verdad al fin.

Cuando el chofer de Sarutobi entra en la habitación para tomar su equipaje, girando una bolsa de golf de una marca lujosa cuyo contenido vale más que el Porsche de Sasuke, comento:

—No sabía que era un jugador de golf, Señor Adams.

Eso no es cierto, totalmente lo sabía.

—Sí, soy un ávido jugador. Es relajante, ya sabes, ayuda con el estrés. Estoy deseoso de jugar unas cuantas rondas durante la conferencia. ¿Tú juegas?

Sonrío como el gato de Cheshire.

—Sinceramente, lo hago. He disparado un setenta y siete en East Potomac.

Acomoda las gafas sobre sus ojos ensanchados.

—Eso es notable —Menea su dedo— Cuando vuelva de Hawái, vas a ser mi invitada a mi club, Trump Nacional, para unas cuantas rondas.

—Eso sería encantador. Gracias.

La papada de Sarutobi se agita mientras asiente.

—Mi secretaria se comunicará con tu asistente para agregarlo a tu calendario —Luego vuelve su atención a Sasuke— ¿Juegas, Uchiha?

Porque lo conozco, me doy cuenta que vacila por un nanosegundo. Pero luego su rostro se divide en una amplia sonrisa.

—Claro. El golf es mi vida.

Sarutobi aplaude.

—Excelente. Entonces te unirás a nosotros ese día.

Sasuke traga saliva.

—Genial.

Después de que Sarutobi se despide, Sasuke y yo subimos de vuelta al ascensor para dirigirnos a nuestras oficinas en el cuarto piso.

—"¿El golf es mi vida?" —cito, viendo los números iluminándose mientras descendemos.

Sus ojos se vuelven divertidos hacia mí.

—¿Qué demonios se suponía debía decir?

—Ah, podrías haber dicho lo que me dijiste hace tres meses: "El golf no es un deporte real."

—No lo es —insiste— Si no sudas, no es un deporte.

A lo que respondo:

—El golf requiere una enorme cantidad de habilidad...

—Lo mismo sucede con el ping-pong. Y eso no es un jodido deporte.

Tercos, y estúpidos punto de vista masculinos. Habiendo crecido con hermanos, estoy familiarizada con ellos. Sin embargo, todavía me causa gracia que sean tan absurdos.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? Sarutobi regresa de Hawái en dos semanas.

—Es un montón de tiempo para que me enseñes a jugar —responde, dándome un codazo suavemente.

—¿Yo? —balbuceo.

—Claro, la Señorita Setenta y Siete en East Potomac. ¿Quién mejor?

Sacudo la cabeza. Así es como funciona Sasuke. Al igual que mi sobrina, que utiliza el labio tembloroso en contra de mi hermano mayor, Sasuke utiliza su ruin encanto.

Es imposible de resistir, especialmente cuando realmente no quieres hacerlo.

—Dos semanas no es mucho tiempo.

Él pone su mano sobre mi hombro, frotando su pulgar contra la piel desnuda en la parte de atrás de mi cuello. La acción genera un sendero ardiente por mi espalda, haciendo que todos los músculos debajo de mi cintura se tensen.

—Vamos a empezar este fin de semana. Tengo plena confianza en ti, Saku. Además… —Guiña un ojo— aprendo rápido.

Cuando las puertas del ascensor se abren, quita la mano, y por un momento, lloro por la pérdida.

—Ese será el momento perfecto para que saldes nuestra apuesta. Tu auto me debe un viaje.

—No creo que deba responder por las apuestas que hice bajo coacción.

Mis tacones resuenan en el piso de madera mientras me burlo:

—¿Bajo coacción de quién?

Sasuke se detiene a unos pasos de las puertas de nuestras oficinas. Baja la voz y se inclina para susurrar en mi oído:

—Subestimas el poder de tus milagrosos senos. Ellos estaban en mi cara, pensar claramente era imposible.

Doblo mis brazos con escepticismo.

—¿Milagrosos?

Levanta las manos, abriendo las palmas.

—Me hacen querer levantarme y gritar amén... o caer de rodillas y hacer otras cosas.

Una pequeña risa se me escapa.

—Si todos los pechos te distraen tan fácilmente, tienes problemas más grandes que yo conduciendo a tu bebé.

Sasuke me mira por un momento, su mirada cálida. Casi ilícita.

—No todos los pechos, Saku. Sólo los tuyos.

He oído la expresión "mi corazón dio un vuelco", pero no sabía que en realidad pudiera suceder. Hasta este momento. Aún así, finjo indiferencia.

—Buen intento. Excusarse. No le doy clases de golf a tramposos.

—No puedes culpar a un hombre por intentar.

Naruto sale de nuestra oficina, en dirección hacia la de Sasuke. Se detiene cuando nos ve y levanta el brazo en señal de saludo.

—Ah, el regreso de los vencedores. Son las dos personas que quería ver.

Lo seguimos a la oficina de Sasuke, la cual comparte con Neji Nanare, quien se encontraba en su silla de escritorio, hojeando un expediente abierto en su regazo. Dando una breve mirada en nuestra dirección, Neji dice:

—Oí que las felicitaciones están en la orden del día. Mis felicitaciones por demostrar que la justicia es tan tonta como ciega.

Sasuke y Neji se conocen desde la escuela de Derecho, cuando Sasuke estaba en extrema necesidad de un compañero de cuarto para compensar la renta y Neji se encontraba en extrema necesidad de dormir en alguna parte que no fuera el sofá de la sala de estar de su madre. Neji Nanare no parece un abogado. Me recuerda a un boxeador de peso pesado o al musculoso de una película de mafiosos en blanco y negro. Pelo negro, ojos que recuerdan el color del acero frío, labios carnosos que rara vez sonríen y pronuncian las palabras más agrias. Su cuerpo es grande y peligrosamente poderoso, sus manos atrapan completamente a las mías, cuando nos las estrechamos. Manos como ladrillos que harían rogar piedad a su oponente en una pelea tonta.

A pesar de su apariencia intimidante, Neji es el perfecto caballero. Tiene sentido del humor y es firmemente protector de aquellos a los que considera como amigos. Me siento afortunada de decir que soy uno de ellos. Nunca lo he visto perder los estribos o levantar la voz, pero sospecho que la suya es el tipo de ira que golpea con una venganza letal, sin ninguna advertencia en absoluto.

Sasuke pone su maletín sobre el escritorio y se sienta.

—No te pongas demasiado cómodo —advierte Naruto— No nos vamos a quedar mucho tiempo. Es viernes, y su victoria nos da la justificación perfecta para irnos antes de tiempo.

No conocí a Naruto cuando era joven, pero tiene todos los ingredientes del épico payaso de la clase... o un niño con necesidad desesperada del ansiolítico Ritalin. Siempre optimista, con una broma lista y una fuente inagotable de energía. Rara vez se encuentra quieto; incluso si está leyendo, sus pies se balancean o los equilibra sobre el borde de su escritorio, un archivo en una mano y un fortalecedor de brazos en la otra.

Ah, y ni siquiera toma café. Algunos lunes por la mañana sólo quiero estrangular a Naruto.

—Tengo que terminar el expediente Rivello —explico, pero su movimiento de la cabeza me interrumpe.

—Puede terminarlo mañana, señorita. Ya eres la nueva favorita de Adams, no es necesario que nos lo demuestres al resto de nosotros. Además, tenemos motivos para celebrar, y tengo una regla de nunca pasar eso por alto. Hora del happy hour.

Miro mi reloj.

—Son las tres de la tarde.

—Lo que significa que son las cinco en alguna parte —Señala con el pulgar hacia la puerta— Vamos, chicos, encuentren a su compañero. La primera ronda la paga Neji.

Neji ya está de pie, ordenando su maletín con el trabajo para llevar a casa. Gira el dedo en el aire y dice rotundamente:

—Claro. Agua para todos.

Con una sonrisa, Sasuke coloca su brazo sobre mis hombros.

—Vamos, Saku. Hay un Tequila Sunrise con tu nombre en él. Nos lo hemos ganado.

Tengo una relación de amor/odio perdurable con el Tequila Sunrise… lo amo en el happy hour y lo odio a la mañana siguiente.

Con un suspiro, me rindo.

—Está bien, a la mierda.