Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
7
El miércoles por la mañana me encuentro en la oficina del Fiscal de los Estados Unidos, participando en la rudimentaria pero emocionante actividad detrás de escena que impide que el sistema judicial se triture con un chillido: la negociación del acuerdo con la fiscalía. Es una cotidiana y diaria responsabilidad, pero la apasionante emoción viene con la negociación. Sé que mi cliente es culpable, y el fiscal también, pero es mi trabajo convencerlos para salir ganando, para que el tiempo y el dinero ahorrado por el contribuyente sea valioso, para que el cargo sea menor y para la reducción de la pena.
Sigo a Angela Cassello, una pelirroja pequeña y explosiva Fiscal Federal adjunta, hasta el bullicioso pasillo.
—Él se asocia con gente con los mismos intereses, las personas buscan atributos físicos específicos en un socio, no tienen tiempo para investigar a un compañero potencial —explico.
Diplomacia en su máxima expresión. También conocido como un montón de mierda.
—Es un rufián —argumenta Angela— El hecho de que sea rico no lo hace menos proxeneta.
—Es un casamentero.
—¡Ja! —argumenta, sin ralentizar el ritmo— Y lo siguiente que me dirás es que los narcotraficantes son farmacéuticos.
Eso en realidad está muy bien, puede que lo use en el futuro.
—Mira —Me apoyo contra la pared, lo que obliga a Angela a dejar mi lado— No trabaja con chicas menores de edad, no atraviesa las fronteras estatales, no tiene denuncias de abusos. Es un pececillo, Angela, un pez sin víctimas inofensivas. Tienes tiburones para freír. Si esto fuera Nevada, ni siquiera habría cargos.
—Si tu cliente fuera más inteligente, se habría establecido en Nevada.
—Se declarará culpable por evasión de impuestos —ofrezco— Pero tú tienes que lograr que se retiren los cargos graves.
—Ah sí, porque los delitos financieros cometidos por el obscenamente rico, son socialmente aceptables. Los delitos sexuales son mal vistos, al menos cuando son atrapados.
A veces, la mejor respuesta es no responder. La esperaré. Y suspira.
—Tienes suerte de que me gustes más que tu cliente, Uchiha. Tomaremos la evasión fiscal. Pero quiero que vaya a la cárcel; no va a salirse con una libertad condicional o un arresto domiciliario.
—Instalación de baja seguridad y tenemos un trato.
Extiende la mano y se la agito.
—Voy enviar los documentos a la oficina esta semana.
—Eres la mejor, Angela.
Me empuja el hombro juguetonamente.
—Se lo dices a todas las fiscales.
—Sólo a las guapas.
De vuelta en mi oficina, abro mi maletín y saco el expediente del proxeneta y el correo de ayer que tomé del buzón cuando salí esta mañana. Me siento, bebo mi café, y lo reviso. Basura, basura, proyecto de ley, basura… un sobre me llama la atención.
Cinco por siete, blanco, dirigido a mí con caligrafía manuscrita… La dirección del remitente es la de los padres de Ino.
Lo abro y saco la tarjeta plana de marfil.
Y es como si una bomba nuclear me explotara en la cabeza.
Mi cerebro debe haberse convertido en cenizas, volviéndome analfabeto, porque apenas puedo descifrar las palabras.
Nos honraría con su presencia… Ino Yamanaka… Kiba Inuzuka… Junio… Boda… boda… boda…
—¿Qué demonios?
Eso llama la atención de Neji. Se vuelve en su silla.
—¿Qué pasa?
Intento comprender, aferrándome a una teoría que tenga sentido.
—¿Tú has hecho esto? ¿Es una broma?
Se señala a sí mismo.
—¿Alguna vez me has visto hacer una broma? ¿A propósito?
Tiene razón. Las bromas no son su estilo. Naruto, por otro lado… Esto le viene como anillo al dedo.
Salto de mi silla de escritorio y entro pisando fuerte en la oficina de Naruto y de Sakura.
—¿Se supone que esto sea malditamente gracioso? —acuso, fuerte y desesperado.
Me arranca la tarjeta de los dedos.
—No sé por qué lo sería. El marfil no es un color particularmente divertido.
Y luego la lee.
—Vaya. —Alza la vista hacia mi rostro con cautela, luego vuelve hacia abajo, a la invitación. Y otra vez murmura— ¡Vaya!
Sakura se pone de pie desde su escritorio.
—¿Qué? ¿Por qué estamos diciendo vaya?
Naruto le muestra rápidamente la invitación. La comprensión despierta en sus ojos.
—¿Qu…? Mierda.
El sudor aparece en mi frente y el pecho se me aprieta como si estuviera teniendo un ataque de pánico. Tomo la tarjeta, y con Naruto y Sakura justo detrás de mí, vuelvo a mi oficina, necesitando gritarle a alguien.
Y conozco a ese alguien.
Pulso las cifras conocidas en el teléfono. Pero me detengo de repente por la voz que responde.
—¿Sarada?
—Hola, papá.
—¿Por qué no estás en la escuela?
Es una hora antes en Mississippi, pero todavía debería estar en la escuela.
—Tenemos el día libre, el maestro tiene entrenamiento.
—¿Dónde está tu madre?
—Está preparándose para el trabajo.
—Ponla al teléfono.
Hay un susurro, una conversación amortiguada y luego mi hija regresa a la línea.
—Mamá dice que llega tarde al trabajo, que te devolverá la llamada.
No creo.
—Sarada —siseo— dile a tu madre que te dije que se ponga en el maldito teléfono ahora mismo.
Hay una pausa de conmoción. A continuación, un susurro.
—¿Quieres que le diga eso?
—Di exactamente eso —le insto— No te vas a meter en problemas.
Con un poco de demasiado entusiasmo, grita:
—¡Mamá! ¡Papá dijo que te pongas en el maldito teléfono ahora mismo!
Prácticamente puedo oír a Ino pisoteando fuerte hacia el teléfono.
—¿Has perdido la cabeza? —grita segundos después— ¿Le dices a mi hija que me diga palabrotas? ¡Te lastimaré!
—¡Ya me lastimaste! —suelto— ¿Qué demonios estoy mirando en este momento, Ino?
Obviamente no puede ver lo que estoy viendo, no es mi mejor apertura, pero es difícil ser lógico cuando te han dado una patada en las bolas.
—No lo sé, Sasuke, ¿qué diablos estás mirando?
—Bueno, ¡parece que una jodida invitación de boda!
Aspira una bocanada de aire, sorprendida.
—Oh, Señor mío —Luego, en un gruñido no dirigido a mí dice— ¡Mamá! —Una pelea inaudible sobreviene con tonos agudos y tonos airados. Luego vuelve a mí— ¿Sasuke?
Mi agarre en el teléfono se tensa.
—Estoy aquí.
Ino traga saliva.
—¿Recuerdas esa noticia que te iba a contar este fin de semana? Me caso, Sasuke.
Es como si estuviera hablando otro idioma, oigo las palabras, pero no tienen ningún sentido.
—¡Hijo de puta!
—Te lo iba a decir… —se apresura.
—¿Cuando? ¿Cuándo cumplan las bodas de oro?
Intenta calmarme.
—Sé que estás enfadado…
Pero no lo estoy.
—¡Hasta hace poco estaba enfadado, pero ahora estoy que doy miedo! —Miro de nuevo la tarjeta— ¿Quién en el santo infierno es Kiba Inuzuka? ¿Y qué tipo de nombre es Kiba Inuzuka, de todos modos?
Naruto elige este momento para comentar en voz baja.
—El mismo que el de uno de nuestros mejores actores americanos. Rebelde sin causa, Gigant con Elizabeth Taylor…
—Elizabeth Taylor —Neji abre la boca— Fue sexy cuando era joven.
Ignoro las divagaciones idiotas y me concentro en lo que dice Ino.
—Nos hemos estado viendo durante unos pocos meses. Me lo pidió hace tres semanas.
Un pensamiento inquietante se me ocurre y va directamente a mi boca.
—¿Estás embarazada?
El tono de Ino suena ofendido.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que el estar embarazada sea la única manera de que pueda conseguir que un hombre se case conmigo?
—No, pero entre tú y tu hermana…
—¡No hables de mi hermana! —Ahora también está gritando— ¡No cuando tú tienes un hermano viviendo en una caravana, vendiendo marihuana a niños de instituto!
Pateo mi escritorio.
—¡No quiero hablar acerca del jodido Itachi o de Ruby! Quiero hablar de esta noción ridícula que está pasando por tu cabeza —Luego otro pensamiento peor se mueve rápidamente por mi cerebro— ¿Él ha… estado cerca de Sarada?
Respira lentamente, susurrando con aire de culpabilidad.
—Lo conoció, sí. Viene a veces al parque con nosotras.
—¡Es un hombre muerto!
Muerto. Desaparecido. Acabado.
Pienso en todos los escenarios del asesinato perfecto que jamás se hayan sugerido a la vez, y en el plan para infligirle cada uno a ese Kiba jodido Inuzuka.
—¡Deja de gritarme! —grita.
—¡Entonces deja de ser estúpida! —despotrico.
Alejo el teléfono de mi oído, mientras el volumen de Ino amenaza con romperme el tímpano.
—¡Muy bien! ¿Quieres gritar? Vamos a gritar bien fuerte, Sasuke, ¡porque eso resolverá todo!
Sakura se precipita hacia el escritorio y furiosamente garabatea en un bloc
¡Para! Toma una respiración. La estás acosando, eso no te llevará a ninguna parte.
Mis fosas nasales y mi rostro se sienten como piedra. Pero cierro los ojos y lo hago directamente: me trago el arsenal de insultos que fueron encerrados y cargados en mi lengua.
—Lo siento por gritar. Sólo estoy… esto es demasiado que procesar y asimilar —Pero subo el tono con cada palabra— Y la idea de que algún hijo de puta, que no conozco, haya estado cerca de mi hija…
—¡Sí lo conoces! —responde Ino rápidamente, como si eso lo hiciera mejor— Fue a la secundaria con nosotros, es un año más joven. Pero en aquel entonces se lo conocía por el nombre de Kiba. Kiba Inuzuka, era el manager del equipo de fútbol.
Sus palabras se hunden, evocando la imagen del pequeño pedazo de mierda, delgado y de pelo oscuro, con gafas de culo de botella.
Y volvemos a los gritos.
—¿El aguatero? ¿Crees que vas a casarte con el jodido aguatero?
En la periferia de mi rabia, oigo que Naruto dice:
—Él está enloqueciendo.
Neji me observa, fascinado.
—Colapso total.
—¡Silencio! —regaña Sakura.
Pero no puedo parar.
—¡Solíamos llamarlo Salchicha Unida porque su pene era muy pequeño! ¡Solía recoger las correas de los atletas del suelo del vestuario! ¡Tú fuiste la reina del Baile de Bienvenida, por el amor de Dios! ¡Las reinas de los bailes de bienvenida no se hacen mayores para casarse con malditos aguateros!
—¡No puedo hablar contigo cuando estás así! ¡Has perdido la cabeza! —Ino suelta de nuevo.
—¡Tú me pusiste así! ¡Guardando mis pelotas en tu monedero y conduciendo a mi sano juicio por el borde de la loca ciudad de mierda!
Sakura se pega otra nota en la cara.
¡Cálmate! ¡Haz un plan! Expresa tus puntos de vista o la perderás.
Son las últimas palabras las que me golpean en la cara, justo en el borde. Me froto la mano sobre el rostro y respiro profundamente, sintiendo como si hubiera corrido una maratón.
La voz de Ino es fría como el hielo.
—Tengo que ir a trabajar. Hablaremos de esto más tarde.
—Voy a casa, Ino —digo.
Se asusta. Y casi puedo verla agitando los brazos, de la forma en que lo hace cuando está molesta.
—¡No! No, Sasuke, quédate en DC y sólo… refréscate. Trabajo de doce a doce los próximos tres días. No voy a tener tiempo para verte…
—Estaré en casa mañana —insisto— Eso te da veinticuatro horas para contarle a Kiba Inuzuka que has cometido un terrible error.
—¿O qué? —cuestiona.
—O lo voy a matar —digo simplemente— Lo juro por Jesús, o rompes con él o pasarás la noche de bodas con un jodido cadáver.
—La necrofilia es tan de 1987 —comenta Naruto.
Y Ino me cuelga. Golpeo el teléfono y caigo en la silla.
—Mierda —Me paso una mano por el pelo— ¡Puta Mierda! Mi chica… mi chica se va a casar.
Es sólo entonces, cuando digo las palabras con calma y en voz alta, que pican. Pero antes de que salga el dolor, Sakura hace un sonido de disgusto en la parte posterior de su garganta.
—En el nombre de Dios, ¿qué fue eso? —pregunta con mofa.
—Esa fue la fusión del Hombre de Hielo —responde Neji.
Ella no le hace caso, dando un paso más cerca, con los brazos cruzados, los ojos duros. —Eres un abogado de defensa criminal, Sasuke. Un defensor profesional. Y esa fue la muestra más patética de defensa que he visto nunca.
—¡Esto no es un caso, Sakura! Es mi maldita vida.
Ella extiende los brazos.
—El mundo entero es un caso judicial… y estamos todos… acusados.
Naruto mira de reojo.
—No creo que estés utilizando correctamente esa cita.
—¿De verdad creías que llamarla y gritarle anotaría algún punto a tu favor? En todo caso, sólo te complicas. Si a mí me llamaras estúpida, te diría que te fueras a la mierda.
—¡No sé en lo que estaba pensando! ¿Está bien? —Y con más desprecio del que me propongo, le lanzo— Y Ino no es como tú.
Pero Sakura no se inmuta.
—Obviamente, es un poco como yo, desde que te colgó tu patético trasero. Pero la pregunta que tienes que hacerte es, ¿qué harás al respecto?
Tiene razón. Tengo que salir adelante con esto, hacer mi caso, considerar la demanda, arreglar los problemas. Tengo que hablar con Ino (mejor esta vez), y convencerla de que no se case. Y no puedo hacer eso desde Washington DC.
—Tengo que ir a casa. Tengo que verla cara a cara. Averiguar qué diablos ha estado pasando. Tengo que arreglar esto.
Sakura pone su mano en mi hombro.
—Da un paso a la vez, construye tu caso. Ponla de tu lado. Sé encantador. Sé… tú mismo.
Me pongo de pie.
—Voy a recursos humanos para conseguir tiempo libre —Los miro a los tres— ¿Me cubrirán?
—Claro.
—Por supuesto.
Neji asiente.
Antes de salir por la puerta, la voz de Sakura me detiene.
—Sasuke.
Me vuelvo. Sus ojos son alentadores, pero su sonrisa parece… forzada.
—Buena suerte.
Asiento. Y sin otro segundo de vacilación, me preparo para ir
