Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

11

Me estaciono en la entrada, salgo de mi camioneta, y me reclino contra ella, los brazos cruzados, absorbiéndolo todo.

La casa de los padres de Ino es como la tierra olvidada por el tiempo, nunca cambia realmente. La pintura blanca en la casa se está despegando como siempre en los mismos lugares. En el gran roble a un lado todavía cuelga el mismo columpio en el que solía empujarla, y todavía tiene esa rama perfecta que llega lo suficientemente cerca de la ventana de Ino para subir.

Su familia, como la mía, ha trabajado estas hectáreas por generaciones. Pero donde la ganadería es un poco más lucrativa y confiable, los agricultores de cultivos como los Yamanaka tienen más dificultades. Puedes cosechar cuatrocientas hectáreas de maíz, pero si todo lo que estás obteniendo son unos centavos por kilo, no habrá mucho que mostrar.

—¡Ino! —grita Nana desde su posición en el pórtico— Ese chico está aquí otra vez.

Ese chico.

Nana nunca fue exactamente mi mayor fan. Siempre me miró con cierta sospecha, y molestia. De la manera en que observarías a una mosca zumbando alrededor de tu comida, sabiendo exactamente cuáles son sus intenciones, a la espera de que aterrice. Así puedes sacarle las tripas con un periódico. Después de que Ino se embarazó, y nosotros no nos casáramos, todas las apuestas se fueron. Nana se volvió absolutamente hostil. Pero la escopeta que se encuentra sobre su regazo mientras se balancea en su silla de mimbre, esa no es para mí. Bueno… no es sólo para mí. El esposo de Nana murió cuando Ino todavía se hallaba en pañales. Lanzado de un caballo cabreado, el viejo Henry acabó aterrizando de manera equivocada en el momento equivocado. Nana ha mantenido la escopeta de Henry con ella desde entonces, incluso duerme con ella. En caso de que llegue el día en que ladrones, vándalos, o Yankees caigan del cielo. Está decidida a eliminar tantos como pueda. No está cargada, y cada miembro de la familia de Ino hace lo imposible para mantenerla de esa manera. Algunos dicen que tiene demencia, pero no lo creo ni por un segundo; su mente es tan aguda como su lengua viperina. Creo que en lugar de caminar despacio y llevar un gran bastón, simplemente se siente mejor pisoteando fuerte y cargando una jodida escopeta.

Ino asoma la cabeza por la puerta de tela metálica, su cabello recogido en un moño desordenado, todavía usando la bata rosa del hospital del turno nocturno del que acababa de salir. Me mira fijamente por unos momentos antes de que la preocupación en su rostro se deslice en una pequeña sonrisa. Amigable, un poco culpable, pero no sorprendida. Ahora que ambos hemos tenido un par de días para tranquilizarnos de nuestra conversación telefónica, sabía que yo vendría. Sostengo en alto el paquete de cervezas Budweiser, alzando las cejas a modo de pregunta.

Asiente, luego sacude la cabeza hacia el interior de la casa.

—Sólo déjame ir a cambiarme.

Esta es nuestra tradición. Desde que teníamos dieciséis años, cada vez que venía a casa, cuando queríamos estar a solas o si había algo grande de lo que teníamos que hablar, era un paquete de seis cervezas y un paseo al río. Una manta en la orilla es nuestro sofá de terapia. Todavía no nos ha fallado, y no tengo ninguna intención de dejar que nos falle ahora.

Después de que Ino desaparece de la puerta, subo lentamente los escalones del pórtico, de la manera en la que te acercarías a un viejo oso cascarrabias en hibernación. Estás bastante seguro de que es prudente, pero es mejor estar preparado para retirarse sólo en caso de que deje un buen golpe de sus garras.

Me quito el sombrero ante Nana en señal de saludo.

—Señora.

Sus ojos se reducen a rendijas afiladas.

—No me agradas, chico.

—Sí, señora.

Su dedo torcido apunta en mi dirección.

—Eres Satanás. Deslizándose para engañar y sacar a Eva del Paraíso.

—Sí, señora.

—Mi pequeña bisnieta es lo mejor que has hecho.

Un lado de mi boca se alza en una sonrisa.

—No puedo decir que estoy en desacuerdo sobre eso.

—Debí dispararte hace años —refunfuña.

Tomo asiento a su lado, apoyando las manos en mis rodillas extendidas, como si le estuviera dando la debida consideración a su declaración.

—No lo sé… si me disparara, no quedaría nadie para traerle su bebida favorita.

Levanto mi camisa, mostrando la pequeña botella de Maker's Mark Cask Strenght escondida debajo, como un traficante de drogas en una esquina. Haciendo alusión a su salud, la mamá de Ino le cortó el bourbon hace años, o al menos lo intentó. Pero Nana es un viejo pájaro hábil y astuto. Como un buitre.

Se queda mirando la botella, lamiéndose los finos labios de la forma que lo haría un hombre que ha avistado un oasis en medio de kilómetros de desierto. Podría parecer impropio sobornar a una anciana con licor. De mal gusto para sacarle información. Pero esto no se trata de buenos modales, o respeto, o hacer lo correcto. Se trata de jodidamente ganar. Además… le habría traído a Nana el venerado Cask Strenght de todos modos. Le he estado trayendo a escondidas botellas de marcas de élite durante años. Y todavía me odia.

—Cuénteme sobre Kiba Inuzuka.

Inclina la cabeza en confusión.

—¿La salchicha? Tenemos un poco en la nevera.

Ruedo los ojos.

—No, el tipo con el que Ino cree que se casará, Kiba Inuzuka.

Y es como si hubiera dicho las palabras mágicas. Años se desvanecen del semblante de Nana a medida que su ceño fruncido cae y una mirada soñadora toma su lugar. La primera que he visto en décadas.

—¿Te refieres a KI? Ajá, es un buen ejemplar de un hombre. Si fuera cuarenta años más joven, yo misma haría una jugada por él. Apuesto, educado… es un buen chico. —Luego, el familiar ceño fruncido toma su lugar de nuevo— No como tú, Satanás.

Sólo me echo a reír.

—¿Qué es lo que el buen KI hace para ganarse la vida?

—Es profesor en la preparatoria. Química o algo así… Es un hombre inteligente. Y talentoso; sólo ha estado allí desde el año pasado y ya es asistente del entrenador de fútbol. Cuando ese Dallas Henry sea botado de la posición de entrenador principal, me imagino que KI tomará su lugar.

Mmm… el viejo Salchicha está entrenando futbol en la misma escuela en donde solía ser el recolector de suspensorios. Hay ironía para ti.

Nana ve mi mano mientras frota la botella de bourbon, como un genio que podría salir de ella.

—¿Qué más? —presiono.

Suspira, reflexionando sobre ello.

—Su papá falleció hace unos meses. KI vendió su granja y está construyendo una gran casa, completamente nueva, en esa colonia de lujo sobre la 529. Ahí es donde se llevará a vivir a Ino… y a Sarada.

Mi bota golpea el pórtico con un enojado ruido sordo. Sobre mi maldito cadáver.

Nana me lee bien.

—No agarres ese tono conmigo, chico. No tienes a nadie a quien culpar más que a ti mismo —Se cruza de brazos y se endereza con un resoplido altivo— No eres un mal papá, te daré eso. Pero… Ino necesita un hombre… un hombre que esté aquí.

—Estoy aquí —le digo en voz baja.

—Ajá. Y por lo que escuché, no estás solo. Trajiste a una chica bonita de ciudad contigo. Una latina.

La voz de la madre de Ino grita desde el interior de la casa, demostrando una vez más que una pequeña ciudad se parece mucho a la mafia; oídos en todas partes.

—¡Mamá! ¡Compórtate!

Nana es tan buena como es posible.

—¡No me digas cómo comportarme! —Entonces, me ofrece una perla de sabiduría— Algo bueno sobre estar muriendo es que no tienes que ser bueno con nadie.

Sí, Nana está muriendo. Durante tanto tiempo como puedo recordar. Sólo se está tomando su tiempo en realmente llegar a la parte de muerta.

—Sí traje a alguien —confieso— una amiga: Sakura. Ustedes dos se llevarían bien, ella no sufre por los tontos más que tú.

Toco la botella de Maker Mark con mi dedo.

—Ahora, dime algo… raro sobre KI. Algo de lo que el resto de la ciudad no está al tanto.

Me mira con avidez. Y admite:

—Bueno… no bebe mucho. No puede soportar el licor. Pero no creo que eso sea una mala cualidad en un hombre, a nadie le gusta un borracho.

Eso es interesante.

—¿Algo más? —presiono.

Esfuerza su memoria por un momento.

—Ah, es alérgico a los pimientos. Su cara estalla como una garrapata sobrealimentada si prueba sólo uno.

Y eso es aún más interesante. Satisfecho, le tiendo la botella de bourbon a Nana, manteniendo baja mi mano, fuera de la vista de la ventana detrás de nosotros en caso de que la mamá de Ino esté viendo. Me la arrebata como un niño mimado agarra un dulce, deslizándola por debajo de la manta sobre su regazo. Ino sale, vestida con unos pantalones cortos de mezclilla y una sencilla camiseta blanca, tan tonificada y fresca como lo estaba a los dieciocho años. Puedo estar enojado con ella, pero eso no cambia el hecho de que es sexy como el infierno, y… la he echado de menos.

—¿Listo? —pregunta.

Me levanto y me quito el sombrero ante Nana.

—Siempre es un placer, señora.

Su única despedida es un ceño fruncido. Ino camina hacia su abuela y le besa la mejilla. Entonces, la escucho susurrar:

—No dejes que mamá huela ese bourbon en tu aliento. Te mandará a la cama sin cenar.

Nana se carcajea y le da un golpecito a la mejilla de Ino con cariño.

Caminamos hacia la camioneta, pero nos detenemos al pie de los escalones del pórtico cuando la mamá de Ino sale. A pesar de las profundas líneas de risas y preocupación que arrugan la cara de June Yamanaka, es una mujer guapa, atractivamente robusta, largo cabello rubio con destellos plateados.

Me da una sonrisa forzada.

—Sasuke. Te ves bien.

—Gracias, June. Es bueno estar en casa.

June no me odia tanto como su madre, pero tampoco diría que le agrado especialmente. A diferencia de Wayne, el papá de Ino, yo siempre he sido el hijo que nunca tuvo. Pero dudo que cualquiera de los dos esté encantado de tenerme de vuelta, alterando los planes de la gran boda. Ruby también vive todavía con sus padres, cinco niños y contando, así que imagino que los Yamanaka estarían felices de tener al menos a una de sus hijas casada y fuera de la casa.

—Ino —dice su madre, su tono agudo con advertencia— tenemos la prueba de vestido esta tarde. No puedes llegar tarde.

—No te preocupes, volveré antes de que Sarada llegue a casa de la práctica.

Mantengo abierta la puerta de la camioneta. Cerrándola detrás de Ino, me subo al asiento del conductor y nos dirigimos al río. En el camino, repaso en mi mente lo que diré, como lo hago la noche antes de un alegato final. Ino se sienta en la manta de cuadros, las piernas cruzadas, mientras yo estoy de pie, pensando mejor sobre mis pies, ambos sosteniendo latas abiertas de cerveza.

—Podrías haber aparecido con botellas —dice Ino, entrecerrando los ojos hacia la lata en sus manos.

—Estaba nostálgico.

Levanta su hombro.

—La nostalgia sabe mejor de una botella.

Gira su rostro, capturando el sol, y reparo en sus pecas, repartidas por todo el puente de su nariz, a lo largo de sus mejillas, tan pequeñas y pálidas que sólo se pueden ver cuando la luz es correcta. Y se siente como ayer que las estaba contando, aquí, después de un largo chapuzón y una follada incluso más larga, mientras dormía, cubierta con nada más que mi sombra.

Alza la mano para tomar un sorbo y el pequeño diamante centellando en su mano izquierda pisotea en mi memoria como un enorme elefante de mierda.

Splat.

—¿Se te olvidó regresarle el anillo? ¿Luego de decirle que cometiste un error?

Sus ojos se contraen.

—¿Es así como quieres hacer esto, Sasuke?

Casi puedo ver las notas de Sakura en su libreta amarilla, diciéndome que trate esto como un caso, y a Ino como a cualquier otro testigo. Necesito que hable, para saber cómo sucedió esto, y así poder destrozarlo pieza por pieza.

—No, no lo es —me ablando con un suspiro— ¿Por qué no me lo dijiste?

Una pequeña sonrisa viene a sus labios. Es sólo un poco triste.

—Porque sabía que intentarías convencerme de lo contrario.

Acertó completamente, ¿verdad?

Lame la cerveza de sus labios, y con voz pesarosa dice:

—Debí habértelo dicho. Te merecías escucharlo de mí. Mi mamá envió por correo tu invitación porque dijo que yo estaba evitándolo, y tenía razón —Sus enormes ojos azules se mueven sobre mi rostro antes de encontrar mi mirada— Lo siento, Sasuke.

Recojo una piedra, haciéndola rebotar en mi mano.

—Disculpa aceptada, siempre y cuando no sigas con esto.

Inclina la cabeza, observando mientras juego con la roca.

—Escuché que trajiste a alguien contigo.

Puedo visualizar la cadena de comunicación que envió ese dato al oído de Ino en un tiempo récord. La Señorita Bea se lo cuenta a la Señora Macalister que trabaja en la farmacia. La Señora Macalister se lo susurra a la vieja Abigail Wilson cuando le entrega su medicamento para el corazón, porque Abigail es medio ciega y ya no puede conducir. Abigail Wilson llama a su prima Perla, quién justamente es la mejor amiga de, nada más ni nada menos que, June Yamanaka. Me pregunto si June dejó que Ino caminara a través de la puerta antes de contarle, o si ella la llamó mientras conducía a casa desde trabajo.

—Es una amiga.

Ino se burla.

—¿Qué clase de amiga?

—Del tipo que me acompaña a casa cuando mi chica me cuenta que va a casarse con alguien más.

Con el movimiento de mi brazo, otra piedra salta sobre el agua.

—Te dije que eras mía, me dijiste que era tuyo. ¿Quién diablos es este tipo?

Ella juega con la arena, recogiéndola y luego dejándola caer entre sus dedos.

—Después de la secundaria, KI fue a la Universidad en California. Regresó aquí el año pasado, cuando su padre fue diagnosticado con cáncer. Nos encontramos un día en el hospital y me recordaba. Visitaba a su padre todos los días, y cuando yo me encontraba allí, hablábamos. Después de eso, hablar se convirtió en tomar un café, y luego en cenar después de mi turno. —Hace una pausa, recordando, su voz se vuelve suave— Al final se puso feo. Cuando su padre falleció, fue muy duro para KI. Yo estaba allí para él. Me… necesitaba. Se sintió bien que alguien me necesitara. Y cuando ya no lo hizo, todavía me quería. Eso… se sintió incluso mejor.

—¿Pensaste en mí en absoluto? ¿Mientras estabas ocupada siendo querida? —le disparo.

—¿Y tú? ¿Piensas en mí mientras estás ocupado follando en la capital? —me dispara de regreso.

—No es así.

—Por supuesto que es así. Porque piensas que el tiempo se detiene cuando no estás aquí. Me tienes escondida, criando a nuestra hija, simplemente esperando a que vuelvas.

—En primer maldito lugar, no estás criando a nuestra hija sola, así que no actúes como si así fuera. En segundo lugar, es lo que acordamos. Hacemos lo que queremos cuando estamos separados, pero esto —señalo entre ambos— esto era nuestro. Nadie más podía tocarlo. Nadie podía acercarse. Si no funcionaba más para ti, ¡deberías habérmelo dicho!

Se levanta.

—¡Te lo estoy diciendo ahora! Tengo veintiocho años, Sasuke, y todavía vivo con mis padres.

—¿De eso es de lo que se trata? Ino, si quieres una casa, te voy a comprar una.

Nunca hemos tenido una orden de manutención formal, porque envío su dinero cada mes sin falta. Si ella necesita algo más allá de eso, cualquier cosa, todo lo que tiene que hacer es preguntar.

—KI quiere formar una casa conmigo, una familia, un matrimonio, todas las cosas que tú nunca hiciste.

Aprieto los puños, los músculos de mis antebrazos abultándose. Y no puedo decidirme entre besarla o hacerla reaccionar.

—Tú y Sarada son mi familia. Y quise casarme contigo hace diez años. Te lo dije, aquí, ¡en este maldito lugar!

—Querer y hacer son dos cosas diferentes.

—¡Me pediste que me fuera! —grito, apuntando hacia ella— ¡Lo hiciste! Por nosotros, por nuestro futuro, nuestra familia.

Entonces aparecen las lágrimas. Aumentando en sus ojos, brillando en sus pestañas como la luz del sol en el agua.

—Si amas algo déjalo libre, si vuelve es tuyo —Sacude la cabeza— Nunca regresaste.

—¡Patrañas! Volví cada vez que pud…

—No después de Columbia. Cambiaste. Comenzó a gustarte el trabajo, las mujeres, la ciudad…

—¡Me estaba matando, Ino! Era la escuela de leyes, por el amor de Cristo. Clases, prácticas, no tienes ni puta idea.

La libreta amarilla destella en mi cabeza como un letrero de neón.

Pelear no es la solución. Habla con ella, no a ella.

Tomo unas cuantas respiraciones, calmándome. Entonces me acerco a Ino, mirándola a los ojos. Y la veo, mi dulce niña, mi mejor amiga. El amor de mi vida.

—Mi cabeza estaba allí, tenía que estarlo, pero mi corazón siempre ha estado aquí con ustedes. Nunca las dejó.

Sorbe su nariz, pero las lágrimas no caen.

—¿No te has preguntado alguna vez por qué era tan fácil?

—Se supone que amar a alguien tiene que ser fácil.

—No me refiero a estar juntos. Me refiero a estar separados —Me da la espalda, mirando hacia el agua, viéndola correr y romper en la orilla— Durante todo ese tiempo, todos estos años… estar separados era más fácil de lo que debería haber sido —Se cruza de brazos, y una sonrisa se filtra en su voz— Cuando KI sale del trabajo, va a casa y corre por el camino de entrada, porque no puede esperar un segundo más para verme. Él se quemaría por mí. No puede soportar la idea de estar separados, de dejarme, aunque sea por un día. ¿Te has sentido así, Sasuke?

Hay una terrible y malévola voz en el fondo de mi mente, susurrando que me he sentido de esa manera, una vez. Pero no por ella. La bloqueo y doy un paso hacia Ino, para que pueda enfrentarme.

—Te amo.

—Amas a una chica de diecisiete años que ya no existe.

—Eso no es cierto. Está justo frente a mí.

Ino inclina la cabeza y me da la más pequeña de las sonrisas.

—No soy tan divertida como solía ser.

Doy otro paso hacia adelante y tomo su rostro entre mis manos, acariciando su piel.

—Te miro y veo mil días de verano. Los mejores momentos de mi vida.

La emoción me ahoga y me hace difícil hablar. Los sentimientos por esta mujer me aplastan, y eso me complica respirar.

—Te he amado desde que tenía doce años, y te amaré hasta el día que me muera.

Su rostro se desmorona y las lágrimas caen. Aprieta mi mano en su rostro, empapándola con sus sollozos, entonces me besa la palma.

—También te amo, Sasuke. Lo que siento por ti, quién eres, es muy valioso para mí. No te quiero perder.

Y creo que lo he logrado. La convencí, gané. Ino me pertenece y todo está bien en el mundo. Tengo que admitirlo, fue más fácil de lo que había previsto. Sabía que era bueno, pero no que era tan bueno.

Hasta que baja la mano, se limpia las mejillas, y me mira a los ojos.

—Pero estoy enamorada de KI.

Mierda.

Sacudo la cabeza.

—Sólo te sientes solitaria. Estuve fuera por demasiado tiempo.

—No —insiste— Estoy enamorada de él. Sucedió rápido, pero es fuerte y es real. Tienes que aceptar eso.

Mis siguientes palabras están fuera de mis labios antes de que tenga tiempo de pensar en ellas.

—Voy a volver a casa. Voy a dejar la firma, Ino. Voy a poner una oficina en el pueblo. Voy a volver.

Sus labios se separan, con la voz entrecortada por la sorpresa al escuchar las palabras que nunca esperó.

—No se necesitan muchos abogados defensores en Sunshine.

—Puedo dedicarme a otra especialidad.

Sus ojos se estrechan.

—Lo odiarías.

Sostengo su mandíbula.

—Lo haré, por ti y por Sarada. Si eso es lo que necesitan, lo haré.

Sus cejas se aprietan juntas, un poco con el corazón roto, un poco con ira. Se aleja de mí, su voz quebrada.

—¡No quiero ser el sacrificio que debes hacer! ¡Nunca lo quise! Las dos nos merecemos algo mejor que eso.

Y luego se lanza hacia mí, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura, su calor suave alineado con el mío, enterrando su rostro en mi pecho, negándose a alejarse. La sostengo, firme y segura, besando la parte superior de su cabeza, murmurando palabras suaves, y presionando mi nariz en su cabello porque huele muy dulce. Nos quedamos así por un rato, hasta que sus lágrimas se secan del todo. Y sólo se siente… triste. Como los últimos minutos de un funeral.

—Me voy a casar con KI el sábado, Sasuke. Necesito que lo entiendas.

Agarro sus brazos y la inclino hacia atrás, para que ella pueda mirarme a los ojos.

—Es un error. Vine aquí por ti. No voy a renunciar a nosotros. Entiende eso.

—No sabes… —comienza.

Pero luego tengo una idea y la interrumpo con un cómicamente pesado acento de Alabama.

—No soy un hombre inteligente, I-no. Pero sé lo que es el amor…

Cubre sus oídos, y chilla.

—¡No hagas eso! ¡No te vuelvas todo Forrest Gump sobre mí! Sabes que la película me hace llorar, maldito hijo de puta.

Me da un puñetazo en el brazo, los dos casi sonriendo.

—Sí, lo sé —Barro su cabello rubio hacia atrás, dejando que el calor de mi mano se filtre a través de su camiseta, frotando mi pulgar a lo largo de la cresta de su clavícula— ¿Él sabe eso? ¿Él te conoce como yo, Ino? —Doy un paso más cerca, inclinándome hacia ella— ¿Sabe cuánto te gustan esos besos largos y húmedos, o cómo lamiendo ese punto detrás de tu…?

Su mano cubre mi boca. Me mira con diversión paciente, como si fuera un adolescente incorregible.

—Eso es suficiente. Él me conoce, algunas cosas incluso mejor que tú. Lo que él no sepa, tendrá un montón de tiempo para averiguarlo.

Saco mi lengua, lamiendo círculos en su palma. Ella chilla y se aparta.

—Quiero que lo conozcas, Sasuke. Es un buen hombre. Te gustará.

Cruzo los brazos.

—Si está respirando, no hay manera de que vaya a gustarme.

Mueve su pulgar hacia mi camión.

—Vamos, llévame a casa. Sarada terminará de animar pronto.

—Vamos a recogerla —sugiero mientras caminamos hacia la camioneta— Juntos. A ella le gustará.

—De acuerdo.

Extiendo mi mano para sostener la suya, como he hecho un millón de veces antes, pero se aleja. Frunzo el ceño. Luego vuelvo a atraparla, no dejándola escapar, a propósito entrelazando todos nuestros dedos.

Me observa, impasible.

—¿Terminaste?

Sosteniendo su mirada, traigo lentamente sus nudillos a mis labios.

—Cariño, ni siquiera he empezado.

Me enfrenta, y luce como si no pudiera decidirse entre reír o llorar, tal vez ambas cosas al mismo tiempo. Sus manos acunan mi mandíbula, su cabeza temblando.

—Oh, Sasuke, sé que he convertido todo esto en un espectáculo de mierda… pero te extrañé.