Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

14

Hay una recopilación de estudio científico sobre el sueño; los beneficios, los efectos colaterales, cómo es mejor quedarse dormido, cuántas horas, qué posición, qué tipo de cama, qué tipo de almohada, la temperatura óptima del cuarto. Los investigadores concuerdan que es mejor despertar de forma natural, cuando tu cuerpo te dice que ha tenido suficiente. Si trabajas para ganarte la vida, eso probablemente no es posible. Lo segundo mejor es ser despertado gradualmente, lo que es por qué hay relojes con olas, música clásica y campanas tibetanas de alarmas. Pero cual sea el jodido sonido, suave siempre es mejor.

Esta no es una teoría a la que mi madre se haya suscrito.

Ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding...

Sakura sale disparada, con el cabello volando y balanceando los brazos.

—¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Dónde…? ¿Estamos bajo ataque?

Ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding...

Apenas reúno las energías para gemir:

—Es un triángulo —La llamada favorita de mi madre para despertar— Como bajo ataque… se puede decir.

Mierda. Siento mi frente, me paso la mano por mi cabello, buscando la picota que obviamente se está alzando de mi jodida cabeza, dividiéndola en dos.

Ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding, ding...

—Se está haciendo más fuerte… —Sakura lloriquea antes de envolver la almohada alrededor de su cara como un taco— ¿Por qué se está haciendo más fuerte?

Busco a trompicones mi teléfono en la mesita de noche y compruebo la hora.

Jodido infierno.

—Se está haciendo más fuerte porque es domingo —Mi propio susurro hace chirriar mis oídos— Y porque estamos en Mississippi.

Deja caer la mitad de la almohada, levanta la cabeza y me mira a través de un ojo.

—¿Y se supone que eso significa algo?

—Sí. Significa que iremos a la iglesia.

Planta su rostro justo de regreso a la almohada. Y sé cómo se siente.

No es que todas las iglesias bautistas sureñas sean iguales. Están las contemporáneas; con sus edificios modernos y a veces "mega" gigantes anfiteatros, rock cristiano, sistemas de sonido avanzado, y congregados que agitan los brazos diciendo amén, que a veces se cuentan en miles. Luego, están las tradicionales; como la Primera Iglesia Bautista del Sur de Sunshine, Mississippi, construida antes de la Guerra Civil, sin aire acondicionado o calor, bancas de madera, tranquilos congregados cuyos culos están en los asientos cada semana, con la cosa más cercana a un sistema de sonido siendo el que toca el órgano, la señorita Bea, mi antigua maestra de noveno grado.

Nos sentamos en la banca en la mitad de atrás de la habitación, flanqueados por mis padres, mi hermana Rin, escribiendo tan rápido como puede antes de que mi madre la vea, y Izuna, que se está quedando dormido. Sakura causó el revuelo suficiente cuando entramos primero. No porque no vistiera adecuadamente para la iglesia, sino porque es un rostro nuevo, un jodido hermoso rostro, con su cabello rosa en un moño alto, su vestido de un intenso púrpura que resalta sus ojos color esmeralda, y sandalias de tiras que me hacen pensar en atarla a una linda y cómoda cama. Estará protagonizando las fantasías dignas de una masturbación de cada chico adolescente en este lugar, y varios de sus padres. Justo antes de que el servicio comience, noto la parte trasera de las cabezas de Ino y Sarada unas filas en frente… y al hombre de cabello oscuro sentado junto a ellos.

Mía. Quiero gritar, escribirlo en la pared, tatuarlo en la frente de Ino con letras mayúsculas.

Él se inclina, susurrando, e Ino se cubre la boca, jodidamente soltando risitas. Aprieto los dientes y exhalo como un dragón que escupe fuego, listo para lanzarme a través de la habitación, alzarlos y convertir el culo de él en jodido hollín. Probablemente sintiendo mi mirada, Sarada se da la vuelta y me da una sonrisa que involucra más de la mitad de su rostro. Le lanzo un beso en respuesta. Treinta segundos después, está viniendo, luego de conseguir el permiso de Ino. Se sienta entre nosotros, susurrando felizmente con Sakura, la distracción perfecta del hombre que tengo muchas ganas de golpear.

Cuando el Pastor Thompson empieza el servicio, escucho a mi hija informar a Sakura:

—Ese es el Pastor Thompson, tiene ciento veinte años.

Me río entre dientes.

—Tiene noventa y dos.

—Se ve bien para noventa y dos —dice Sakura, asintiendo.

El Pastor Thompson ha sido mi predicador toda la vida, todas las vidas de casi todas las personas en esta iglesia. Conoce nuestros nombres, nuestros cumpleaños, ha estado ahí para consolar en aquellos días terribles y desgarradores y nos lleva a regocijarnos en los increíbles. Y por primera vez en un largo tiempo, la idea de ser conocido tan bien por tantos no me molesta. Se siente… agradable, el saber que nunca tendré que explicarme. Decir de donde soy, en donde he estado, hacia dónde voy; simplemente no es necesario. Soy uno de ellos. Y todos lo saben. Lo cual es por qué cuando el predicador empieza su sermón, mira alrededor de la iglesia —y el viejo bastardo guiña directo hacia mí— entonces, abre su biblia y cuenta la historia del Hijo Pródigo.

Afuera de la iglesia, diviso a Ino y al hombre de cabello oscuro a través del césped. Con una mejor visión, soy capaz de ver que es unos centímetros más bajo que yo, más delgado, pero aun así en forma. Tiene una apariencia promedio con una nariz recta, cejas espesas, labios hinchados como una chica. Y tiene ese hoyuelo en la barbilla como John Travolta.

Una barbilla como un culo.

Desde este momento en adelante, siempre pensaré en él como Cara de Culo.

—¿Es ese? —susurra Sakura, dirigiendo su mirada hacia la misma dirección que la mía.

—Ese es —gruño.

Como un perro que divisa su hueso favorito en las fauces de otro canino.

—Vaya —exclama suavemente— ¡Es hermoso! Podría ser modelo para Calvin Klein o Armani.

Frunciendo el ceño, me giro hacia ella.

—¿Por qué me dirías eso?

Me regresa la mirada, sonriendo.

—¿Quieres que mienta?

—Sí. Así es.

Le da a Cara de Culo otro vistazo. Entonces, se cubre los ojos.

—¡Dios mío, es horrible! No puedo soportar mirarlo. Da un paso al lado, Quasimodo, Kiba Inuzuka está en la casa.

Suspiro.

—¿Sakura?

—¿Sí, Sasuke? —dice con dulzura.

Me inclino, de modo que mis labios están justo a un paso de su oído.

—Miente mejor.

Cuando la feliz pareja se dirige en nuestra dirección, giro mi rostro hacia ellos, preguntándole a Sakura por la comisura de mi boca:

—¿Cómo debería hacer esto? ¿Asustarlo con amenazas, o sólo ir directo a lo de patear traseros?

Por favor, que elija patear traseros.

—Debes ser educado. Encantador, muéstrale que eres el hombre más grande.

La codeo.

—Más grande es mejor, y su jodido apodo era Salchicha, así que se ve como si hubiera conseguido el monopolio en lo de más grande.

Eso consigue una pequeña risita de su parte.

—Debes hacerte su amigo, tan rápido como puedas. Salir a beber o a cazar, matar algo juntos. Mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aún más.

No por primera vez me felicito por la sabiduría de traer a Sakura conmigo. Tener una línea directa de contacto con un cerebro de mujer es el mejor tipo de recurso. Sin ella aquí, simplemente habría golpeado al hijo de puta, lo que aparentemente habría cabreado a Ino en vez de impresionarla. Podría haberla enviado corriendo a Las Vegas a casarse con Cara de Culo.

Doy una mirada rápida en dirección a Sakura y pretendo decir cada palabra cuando le digo:

—No sé lo que haría sin ti.

Me da una mirada graciosa, juntando las cejas. Pero entonces, ellos llegan frente a nosotros. Me encuentro de pie al lado opuesto de Ino, mirando de soslayo a Salchicha. Él me tiende la mano.

—Ha sido un largo tiempo, Sasuke. Es bueno verte.

Leo sus ojos, su expresión, sin estar seguro de si está siendo honesto. Pero todo lo que veo es una sonrisa amistosa y espontáneos ojos marrón oscuro. Y me doy cuenta de algo: Ino jodidamente no le dijo. No le contó sobre nuestra visita de ayer al río, o cómo descubrí su existencia en la vida de ella.

Sacudo su mano. Con fuerza.

—KI.

Hace una mueca, y el hombre de las cavernas dentro de mí sonríe con dientes podridos. Entonces, pone el brazo alrededor de Ino.

—Estamos contentos de que pudieras venir a casa para la boda, no habría sido lo mismo sin ti.

Mis ojos encuentran la mirada nerviosa de Ino y sonrío; solo un poco entre dientes.

—Puedes decir eso de nuevo, definitivamente no será lo mismo.

Presento a Sakura, y la sonrisa de Ino es delgada. Mentalmente se rodean la una a la otra, como lo hacen las mujeres y los gatos, preguntándose si va a necesitar las garras en algún momento.

—Haremos una barbacoa en casa de los Yamanaka esta tarde. Vienen, ¿cierto? —pregunta KI.

Ino abre la boca, pero antes de que pueda decir algo, respondo:

—No nos lo perderíamos. Llevaré mi salsa especial. Siempre te encantó mi salsa, ¿recuerdas, Ino? No podías tener suficiente.

Me da una mirada malvada. Guiño.

—Mamá —Sarada salta, tomando mi mano— ¿Puedo regresar a casa de la abuela y el abuelo Uchiha con papá y la señorita Sakura?

Ino sonríe con suavidad.

—Por supuesto. Pero no ensucies el vestido —Con un suspiro, me contempla— Entonces, nos vemos más tarde.

—Cuenta con ello.

De regreso en casa de mis padres, me encuentro en la cocina, tratando de tomar la mayor parte de mi tiempo —mezclando Worcestershire, vinagre y azúcar morena— aunque la melaza sería mejor. La salsa de barbacoa es importante para un hombre sureño; es una cosa de orgullo. La mía tiene una reputación legendaria y no quiero decepcionar a los fans.

Veo por la ventana que Sarada lleva a Sakura cerca de donde están encerrados los perros de pastoreo, parloteando.

—Ese es Bo, ese es Rose; oh, y este es Lucky. Fue pisado por un caballo cuando era un cachorro. Le aplastaron la mitad de su cabecita, ¿ves la mella?

Levanto la mirada y veo a Sakura acariciando el pelaje dorado del perro, luego frunciendo esos labios color rubí y lanzándole besos al perro.

Ese es ciertamente un suertudo.

—El abuelo pensó que deberíamos ponerlo a dormir, pero papi dijo que le diera una oportunidad, se veía como uno resistente. Y se recuperó.

Quince minutos más tarde, tengo cacerolas burbujeando en la estufa como un experimento de química. Sakura entra mientras Sarada se queda en los columpios. Observa cómo mezclo los ingredientes en una lata rectangular. —Pensé que dijiste que no podías cocinar.

Señalo las cacerolas y ollas.

—¿Esto? Esto no es cocinar. Es asar. Totalmente diferente.

Sonríe. Y da un paso más cerca.

—Encantando para bajar las bragas del jurado, salvando cachorritos lastimados y ahora, asando. ¿Hay algo que no puedas hacer bien?

Sonrío, mirando esos ojos. Y soy poseído por la repentina urgencia de besarla. Concienzudamente. Pero lo descarto; besar en la cocina no es lo que hacemos Sakura y yo. En su lugar, confirmo su pregunta sobre mis ilimitados talentos.

—No.

—¿Por qué nunca asas en DC?

—No lo sé, supongo que no hay tiempo. Y olvidaba cuán divertido es.

Revuelvo la lata un par de veces más, entonces saco un poco con la cuchara. Sakura mira mi boca cuando la soplo.

—Prueba esto.

Su suave lengua rosada se aventura a salir primero, mostrándose dubitativa, seguida por sus labios que envuelven la cabeza de la cuchara. Cuando gime, Cristo, va directo a mi pene; lo que me hace pensar en otros gemidos y otras cabezas.

—Mmm… felizmente lamería esa salsa de cualquier cosa en que la pongas.

Palabras peligrosas. Agarro el mostrador para detenerme de recostar su espalda en él.

Quizás besar en la cocina es algo que deberíamos empezar a hacer.

—Esa no sería una buena idea —le digo— Hay pimientos picantes machacados. Podría hacer arder la piel.

Sonriendo como una diablilla, me regresa la cuchara.

—Entonces, supongo que me quedaré con la salsa de chocolate.

Se da la vuelta y sale, meneando las caderas.

Hmm… un poco de ardor podría absolutamente valer la pena.