Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
18
Izuna se libra de sembrar el campo porque tiene que ir a la escuela. El resto de nosotros, Sakura, Itachi, Ino, KI y yo, no tenemos tanta suerte.
Desayunamos juntos y pasamos la mañana rastrillando semillas y fertilizantes en la tierra para que mi padre no tenga la tentación de venir y rompernos el trasero. Pero más tarde, después de una larga ducha, la presión comienza a construirse. Y con la llegada de la noche, se siente como un peso renovado que me presiona, el poco tiempo que queda antes del sábado. Así que tomo el asunto en mis propias manos.
—¡Ay! —Una rama me rasguña el antebrazo mientras subo, sacando sangre.
—¡Mierda! —Una delgada rama cubierta de hojas sale disparada hacia mi cara.
—¡Jodido infierno todopoderoso!
Me doy un golpe en la cabeza con la parte inferior de una rama particularmente sólida. ¿Por qué esto era más fácil cuando tenía diecisiete años? Tal vez la calentura me hizo inmune al dolor. Eventualmente, logro llegar a la cima, a mi meta dorada y brillante. La ventana del cuarto de Ino.
Se encuentra desbloqueada, como sabía que estaría. La abro y aseguro mis manos en la cornisa para impulsarme.
—¡Cristo en una jodida galleta! —grita Ino desde la silla de su tocador donde está sentada, con sólo un diminuto camisón rosa de finos tirantes— ¿Porque no sólo me asustas hasta la mierda?
—¿Besas a tu abuela con esa boca? —gruño— Eso explica mucho —Cuando simplemente sigue sentada, con los brazos cruzados, frunzo el ceño— ¿Ni siquiera me darás una mano? Eso es bastante frío, Ino.
Rueda los ojos y exhala con fuerza, pero luego se levanta y me ayuda a entrar. Me tropiezo hacia adelante, aferrándome a sus caderas para evitar caernos, y ambos nos congelamos cuando nos damos cuenta de que nuestros rostros están sólo a milímetros de distancia, compartiendo las mismas respiraciones.
Entonces, Ino parpadea y se aleja.
—No puedes estar aquí, Sasuke.
La ignoro y le echo un vistazo a la cama.
—¿Dónde está Sarada?
—Se quedó dormida en el sofá de abajo. La subiré en un rato.
Y entonces, mi mirada cae detrás de Ino, al fluido vestido blanco que cuelga en la pared. Y cada hueso en mi cuerpo se convierte en gelatina, unido por tiras flojas y trituradas de tendón.
—¿Es ese? —susurro.
—Si —dice Ino muy suavemente— Ese es mi vestido de novia. ¿Verdad que es precioso?
La veo llevándolo en mi mente. Encaje delicado, flores bordadas alrededor del cuerpo que conozco tan bien. Precioso ni siquiera se acerca.
—Es hermoso.
Entonces, recuerdo que lo usará para otra persona, y mi corazón se aprieta con tanta fuerza que se siente como que se evaporará en mi pecho.
—No quiero lastimarte, Sasuke.
Me vuelvo hacia ella, ahora desesperado.
—Entonces, no lo hagas. Háblame, escúchame.
—¡Ya he hablado contigo! ¡Eres tú el que no ha estado escuchando! —exclama con una expresión decaída— Eres tan terco, estás tan atascado en lo que piensas que se supone que debe ser, que te estás perdiendo de lo que está justo delante de ti.
Me siento el borde de su cama, pasando una mano frustrada por mi cabello.
—Suenas como Itachi.
Noto un montón de cajas cerca de mis pies, abiertas con listones colgando.
—¿Qué es esto?
—Las chicas de mi club me organizaron una pequeña despedida de soltera.
Noto un trozo de material asomándose de la caja más cercana. Negro y… ¿cuero? Lo saco y sostengo en alto un par de esposas negras con brillantes cerraduras de plata. Junto con las esposas, hay un látigo negro a juego... ¿Qué mierda?
—Sasuke, no…
Pero ya estoy hurgando. Vendas para los ojos, bolas de mordaza, fustas que definitivamente no son para un caballo, anillos para el pene, y una amplia gama de consoladores; morados, azules, de vidrio, y un particularmente enorme succionador con baterías.
La casi estupefacción es clara en mi voz.
—¿En qué jodido tipo de club estás metida?
Con un rubor escarlata, toma el consolador gigante de mis manos y suspira.
—Te dije que había maneras en las que KI me conocía mejor que tú.
—¿También está metido en este tipo de cosas?
Asiente.
—¿Por qué nunca me dijiste?
No me mira a los ojos.
—No lo sé, ¿tú me cuentas todo lo que te gusta hacer por estos días?
Ino y yo siempre hemos tenido sexo increíble, pero el tipo de increíble que es familiar y practicado. Preguntarle si quiere ser follada duro, hacerla rogar por correrse, inclinarla sobre un escritorio y penetrarla sin molestarnos en quitarnos la ropa sólo porque es más sucio de esa manera; nunca, jamás, se me pasó por la mente.
—No, supongo que no. Pensé que me darías una bofetada si lo hacía.
—¿Qué habrías dicho si te dijera?
Tomo el consolador, lo giro en mi mano con admiración.
—Habría dicho… asegúrate de tener baterías de repuesto.
Se echa a reír, deja caer el consolador de nuevo en la caja, y apoya su cabeza contra mi hombro.
—Te amo.
Eso me pone serio de nuevo.
—Entonces, no hagas esto.
Sólo sonríe con tristeza.
—Hay todo tipo de amor, Sasuke. El nuestro es el que crea el mejor tipo de vínculo, uno que durará toda la vida. Pero no es del tipo para casarse.
—Eso no es cierto —Tomo su rostro en mis manos— Estoy enamorado de ti, Ino.
Sus ojos están secos, pero hay lágrimas en su voz.
—No, no lo estás. Es un eco. De quiénes éramos, las promesas que hicimos, la pasión que teníamos. Pero un eco no es real, no puedes construir una vida sobre eso. Sólo es el recuerdo de un sonido.
Le acaricio la mejilla con mi pulgar, oyendo sus palabras, pero sin escuchar realmente.
—Sólo desearía… Desearía haber sabido que la última vez que te besé sería la última —Trazo sus labios con la punta de mi dedo— Hubiera tenido más cuidado en recordar. Déjame besarte ahora, Ino. Danos eso. Y después, si todavía quieres casarte con él, te juro que me haré a un lado.
Lo veo en sus ojos. Deseo. Tal vez también se arrepiente de no apreciar más ese último beso. Se queda mirando mi boca y sus manos acunan mi mandíbula. Me inclino más cerca, dándole tiempo para decir que no. Pero no lo hace. Y entonces, nuestros labios se tocan, se rozan, se amoldan juntos. Ella se hunde en el beso con el más mínimo de los gemidos, y la empujo más cerca. Muevo mi boca sobre la suya, y sabe igual, justo como recuerdo, dulces cerezas de verano. Y espero esa sensación que siempre viene, ese innegable tirón que me hace querer tocarla por todas partes, todas a la vez. Espero esa sensación de certeza, impecable perfección, de que estoy exactamente en donde debo estar, y que la mujer en mis brazos es todo lo que podría pedir.
El problema es… esos sentimientos nunca vienen.
Mi corazón no martillea en mi pecho, mis manos no tiemblan con la necesidad de acariciar. Sólo hay… nada. Quiero decir, estoy en una habitación oscura con la boca presionada contra una mujer hermosa, por lo que hay algo. Pero no es lo que se supone que debe ser, no es poderoso o alucinante, ni tierno o excitante. No es nada como cuando beso… Oh, mierda.
Me recuerda a los cuentos de hadas que le leía a Sarada cuando era más pequeña. Aquellos en los que el beso siempre rompía el hechizo. Levantaba la maldición.
Abría los ojos. Poco a poco nos separamos, y Ino y yo nos miramos el uno al otro.
—También lo sientes, ¿cierto? —pregunta.
—¿Qué cosa?
—Como si trataras de apretar una pieza de rompecabezas en el lugar equivocado… como que hay algo faltante. Sientes eso ahora, ¿verdad?
En un susurro sorprendido, finalmente lo admito para mí mismo, y para ella:
—Si. Eso es, exactamente. —Pongo una mano en su hombro— Ino, yo…
De repente, se tapa la boca con la mano, su rostro transformándose en una máscara de remordimiento y culpa.
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho?
—Ino…
Se pone de pie y camina de un lado a otro, hablando con palabras rápidas y horrorizadas.
—¡Oh, Dios mío! ¡Te besé! ¡Tres días antes de mi boda! ¡Tres días antes de estar a punto de ponerme de pie frente a Dios y mi familia, y comprometerme con otro hombre! ¡Un hombre que no ha hecho nada más que amarme, confiar en mí, respetarme! ¡Oh, jodido Dios!
—¡Cálmate! Todo está bien. Nosotros no…
Se gira hacia mí como una víbora.
—¡No me digas que me calme! KI siempre se ha sentido intimidado por ti. Siempre se preocupó de que no pudiera amarlo como te amé. Nunca pensó que podría estar a la altura…
No puedo evitar que en mis labios aparezca una sonrisa satisfecha.
—¿En serio?
Me apunta con el dedo y dice entre dientes:
—¡Borra esa sonrisa de tu cara o te la quitaré con una bofetada!
Mi sonrisa huye aterrorizada.
—¿Cómo se lo voy a decir? ¿Cómo se supone que le explique sin que sienta…?
Me pongo de pie, bloqueando su camino.
—Lo mantendremos entre nosotros. No tienes que decirle ni una mierda.
—¡Sí, tengo que hacerlo! —grita— Los secretos son veneno. Se comen el alma de una relación.
—Oh, por el amor de Dios, Ino, en serio necesitas dejar de salir por ahí con mi hermano.
Me apunta a la cara de nuevo, haciéndome retroceder hacia la ventana.
—¡Todo esto es tu culpa! ¡Me engañaste!
—¡No te engañé!
—Mi abuela tenía razón sobre ti; eres Satanás —Toma la primera cosa que puede agarrar, la bola de mordaza, y la lanza hacia mí— ¡Fuera de aquí, Satanás!
El consolador azul sigue a continuación. Luego, las esposas. Levanto los brazos mientras proyectiles de juguetes sexuales se precipitan hacia mí. El consolador gigante rebota en mi frente. Probablemente dejará una marca.
—¡Se supone que debes lanzar agua bendita!
Me doy vuelta y me apresuro por la ventana. Descendiendo rápidamente, logro llegar a mitad de camino antes de que mi pie se atore, y me caigo la otra mitad.
—¡Auch!
Aterrizo sobre mi espalda, posiblemente rompiéndome un riñón.
A medida que respiro a través del dolor, escucho a Ino cerrar la ventana con fuerza por encima de mí y me quedo mirando el cielo. Es negro como la tinta y las estrellas blancas parpadean sobre mí, como un millón de ojos burlones. Me cubro la cara con el brazo. Esta noche no salió según lo planeado. Últimamente, eso ha estado pasando mucho. Pero me di cuenta de algo crucial. Algo que cambia la vida.
Soy un hombre enamorado... Sólo no un hombre enamorado de Ino Yamanaka.
Mi primer pensamiento después de esta comprensión es: Jódeme.
El segundo es: Suigetsu Evans se morirá de risa.
Me tomo mi tiempo para volver a casa de mis padres, intentando procesar todo. Mi hermano me dijo que debería meditar, y por primera vez desde que salió de la parte más profunda, considero que podría tener razón. Sensaciones se apresuran a través de mí, demasiado rápido para retenerlas, como una ramita en un río embravecido. Abro la puerta de la habitación de Sakura, suavemente, observando su forma bajo la tenue luz de la luna que entra por la ventana abierta. Está sobre su costado, la piel luminosa de su espalda desnuda frente a mí.
Ternura inunda mi pecho, y un dulce sentimiento de alivio. Es como volver a casa. Fuerzo mi mente a callarse, haciendo a un lado la loca confusión que se arremolina, desnudándome. Entonces me meto en la cama, decidido a centrarme en este momento. El simple aquí y ahora. Sólo ella. Pero antes de que pueda tocarla, se gira, sorprendiéndome.
—¿Cómo te fue con Ino? —pregunta.
Quito el pelo húmedo de su rostro.
—Fue... esclarecedor.
—¿Qué quieres decir?
¿A decir verdad? No tengo ni idea. Durante mucho tiempo, pensé que Ino Yamanaka era mi desenlace. Era una certeza, como el sol saliendo por el este. Darme cuenta de que nada de eso es cierto, y que en realidad estoy de acuerdo, me lanza por un gran maldito remolino. Me pregunto si es así como se sintió la gente cuando descubrieron que la tierra no era plana. Es un cambio de percepción, en cómo veo el mundo y cuál se supone que sea mi lugar en él. Mis pensamientos sobre Sakura son jodidamente complicados. Lo que siento por ella se extiende más allá de la admiración por sus estupendas tetas y magnífica inteligencia. Más profundo. Ahora lo sé, sólo que no estoy seguro de lo que se supone que tengo que hacer al respecto. ¿Me creería si le dijera? ¿Hay alguna posibilidad de que sienta lo mismo? Así que no voy a hacer nada. ¿Porque qué pasa cuando estás conduciendo un coche y tratas de cambiar las marchas demasiado rápido? Rechinarán, crujirán, posiblemente causando que la transmisión caiga de la parte inferior de tu coche.
En caso de duda, es mejor esperar.
—No quiero hablar de ello.
Su rostro se tensa, como si quisiera presionar en el tema, pero luego se gira sobre su espalda y se queja:
—Hace tanto calor que literalmente me estoy derritiendo. —Se limpia el sudor de la frente.
Sonrío.
—Mi abuela solía decir que Mississippi estaba más cerca de Dios. Lo malo es que cuando estás más cerca de los cielos, estás más cerca del sol, y es por eso que siempre hace tanto calor.
Sakura se ríe. Entonces arquea la espalda y rueda su cuello, incómoda.
—Nunca voy a ser capaz de dormir.
Ahí es cuando tengo la mejor jodida idea.
—Quiero llevarte a una parte.
—¿Estás convencido de que es seguro?
—Completamente. —Jalo el manillar, probando el peso de la cuerda que sostendré. Cruje como una vieja casa en una tormenta, pero se mantiene— ¿Ves?
Estamos en Sunshine Falls, a unos pocos kilómetros abajo de mi casa y la de Ino, donde todo el mundo viene a nadar. La verdad es que no hay cascadas, es más como una cresta de cuatro metros de roca sobre pequeños saltos de agua, fresca y clara. Pero... ese es el nombre. La mejor parte es la línea de arraigados árboles viejos en la orilla, cuyas ramas cuelgan sobre el agua, haciéndolo el más perfecto y más épico columpio. Éste tiene el manillar de una vieja bicicleta atada al final, en vez de la cuerda simplemente anudada, que ayuda con la empuñadura.
—La única cosa que tienes que recordar es soltarte.
Asiente con gran atención.
—Vamos. Lo entiendo.
—No te paralices y agárrate. Te balancearás hacia atrás y golpearás en el tronco… lo que será jodidamente hilarante, y nunca te dejaré superar la vergüenza. Pero también dolerá mucho. No te pongas nerviosa.
—No estaba nerviosa, pero ahora estás logrando que me sienta de esa forma.
Sakura se mueve de un pie a otro, y sus impresionantes pechos se sacuden bajo los triángulos de su diminuto bikini rojo. Lamo mis labios. Sería tan fácil simplemente agacharse, chupar sus sabrosos pezones erectos a través de la tela de su traje. Y las cosas que podría hacerle con esta cuerda y manillar...
Cierro los ojos con un gemido, una completa erección ahora duele contra la tela de mi bañador. Pero lo ignoro, porque es momento de nadar. Sakura es caliente. Muy caliente…
Nadar, nadar, jodidamente nadar.
—Iré primero.
Agarro las barras, levanto mis piernas, y me balanceo sobre el agua en un arco sin problemas. Cuando alcanzo el umbral, un segundo antes de que la cuerda comience a balancearse hacia atrás, me suelto, aterrizando primero los pies en el agua, luego de una perfecta voltereta hacia atrás. Salgo a la superficie y suspiro de placer; el agua fría se siente increíble contra mi piel recalentada.
Entrecerrando los ojos en la oscuridad, veo a Sakura en la orilla.
—¡Vamos! Es hermoso.
Luego, con un grito ensordecedor, se balancea hacia mí. Justo mientras grito:
—¡Suéltate!
Lo hace, y entra como una bala de cañón en el río. Sale riendo, ahogándose un poco. Su piel está lisa y brillante, su cabello mojado está pesado y largo.
—¿Todavía tengo puesta la parte de arriba de mi bikini? —Revisa las cuerdas atadas alrededor de su cuello.
—Por desgracia, sí.
Su cara está en éxtasis, como una niña pequeña al ver la inmensidad del océano por primera vez.
—¡Voy a hacerlo de nuevo!
Más tarde, Sakura se acuesta boca arriba en la orilla, su pie agitándose a través del agua.
—Esta es la mejor idea que has tenido —suspira.
La miro desde las aguas poco profundas, las ondas moviéndose alrededor de mis caderas. Mi voz es ronca, casi irreconocible.
—Estoy pensando en unas pocas mejores en este momento.
Levanta la cabeza y se encuentra con mis ojos. Y justo ahí, su respiración se acelera. Su pecho sube y baja un poco más rápido. Los latidos en su cuello un poco más rápidos.
—Ven aquí, Sakura.
Su mirada no deja mi cara mientras se desliza en el agua, acercándose. Cuando está a sólo un brazo de distancia, tomo una respiración profunda.
—Dijiste que nada de sexo cuando llegamos a mi casa, pero te deseo tanto, ¿puedo probarte?
Se queda mirando mi boca, debatiéndose. Y no puedo evitar sonreír. Es la sonrisa que la hace caer. Porque un segundo después, me tira hacia ella, murmurando:
—Que me jodan.
—Oh, querida, tengo toda la intención.
En el momento en que mis labios tocan los de ella, en el segundo que mi lengua invade el calor húmedo de su boca, estoy gimiendo. Se siente como que ha sido demasiado tiempo. Agarra mis bíceps, sus uñas clavándose en ellos, su lengua tan ansiosa como la mía. Tiro de la cuerda de su bikini, liberando la suave y exuberante carne. En un solo movimiento, envuelvo sus piernas alrededor de mi cintura, levantándola más arriba y bajando la cabeza. Mi boca está en ella, chupando su ya puntiagudo pezón, lamiéndolo con la lengua, lamiendo el agua en su piel y el sabor de ella. Cristo, podría hacer esto durante horas. Y las sensaciones me golpean, cegadoras y contradictorias. Todo lo que no estaba allí cuando besé a Ino. El insano deseo, la inexplicable necesidad, queriendo pasar horas y días con la mujer en mis brazos, y nunca queriendo que este momento termine. Necesitando venirme tanto que mi polla palpita dolorosamente, pero con ganas de quedarme enterrado dentro de ella toda la noche.
Estoy totalmente jodido. Pero en este segundo, no hay una maldita cosa que cambiaría.
Sakura se retuerce y gime en mis brazos. Sus caderas se frotan, giran contra los planos de mi estómago, sus manos aferradas a mi cabeza, jalándome el cabello. Y me tomo mi tiempo adorando sus magníficas tetas. Manteniendo un brazo alrededor de su espalda, mi mano libre masajeando su pecho, pellizcando el pezón hasta que jadea.
Sakura no parece tener la misma paciencia que yo.
—Sasuke, por favor —ruega, su barbilla frotándose contra mi pelo— Oh Dios, necesito que me folles.
Trazo los chupetones en su pecho con mi lengua, luego chupo, remarcándolos.
—Todavía no.
Desenrosca las piernas y se desliza por mi frente. Mi polla duele de la fricción y mis caderas se rozan hacia adelante, en busca de más. Luego Sakura toma el asunto en sus propias manos. Literalmente.
Le beso la boca, mordiendo su labio, cuando veo su mano clavándose por debajo del agua, en su traje de baño.
Oh, mierda.
Su gemido se hace más profundo, más salvaje, y su mano libre se desliza alrededor de mi espalda, en mi bañador, agarrando mi culo. Acercándome donde me necesita más. La levanto contra mí y nos arrastro a la orilla. La acuesto y me tiendo sobre ella, pechos desnudos frotándose. Empuja hacia abajo su bikini inferior y los jalo el resto del camino, entonces me libero de las restricciones sofocantes de mi bañador. Sus muslos se abren más ampliamente cuando empujo contra ellos con mis caderas. Agarrando mi polla, arrastro la cabeza a través de sus pliegues, sintiendo su calor, con ganas de embestir, frotar y montarla hasta que ambos enloquezcamos.
Jesús, esto nunca se ha sentido así. Tan jodidamente urgente. Tan desesperado.
Empujo dentro de ella, sólo la punta, y sus músculos se aprietan alrededor de mí con avidez. Es tan jodidamente caliente... resbaladiza y ajustada. Muy cálida.
La miro a los ojos.
—No tengo nada, Sakura.
Una caja completa de maravillosos condones en casa, en mi habitación. Mierda.
Sacude la cabeza, su voz alta y sin aliento.
—No me importa.
Me pongo más duro con el pensamiento de follarla sin condón. Ilícitas imágenes decadentes parpadean detrás de mis ojos, diciéndome que esto no importa. Instándome a sólo empujar, embestir, follar.
Arrastro mis uñas por su muslo suavemente.
—La sacaré —digo en tono áspero. Prometo— Quiero ver cómo me vengo sobre ti —Deslizo mi mano hasta su estómago, a través de sus pechos— Aquí. Brillando sobre esta perfecta jodida piel.
Asiente con un gemido, tirándome hacia ella. Levanta sus piernas, por lo que me deslizo más adentro. Empujo con fuerza y me detengo. Hundiéndome en la sensación de ella envuelta con tanta fuerza alrededor de mí, llenándola completamente sin nada entre nosotros. No recuerdo la última vez que estuve dentro de una mujer sin nada, pero eso no es lo que lo hace diferente. Es hermoso. Intenso. Pero sólo porque es ella.
Salgo lentamente. Arquea la espalda, frotándose contra mí. Y me empujo otra vez dentro de ella, gimiendo y agarrando. Me dejo ir, follándola sin un gramo de moderación, moviéndonos poco a poco hasta la orilla, meciendo sus pechos con cada empuje de mis caderas. La jalo por los hombros y agarra mi cabeza, sosteniéndome mientras su lengua saquea mi boca. Su boca se inclina por mi mandíbula, mordiendo, y se viene con un grito ahogado contra mi piel. Siento su contracción, apretando tan fuerte que bordea el dolor.
El mejor tipo de dolor.
Cuando sus músculos se relajan, empujo otra vez, sintiendo la tensión que se enrolla en mi estómago. Chispazos eléctricos se desatan en mis muslos, y en el último momento posible salgo y me arrodillo. Muevo mi puño por mi longitud, y me mira con ojos embelesados. Cubre mi mano con la suya, ayudándome a llegar allí. El sonido de mi sangre corriendo incrementa en mis tímpanos y me vengo en ráfagas fuertes y calientes. Gime conmigo y mi orgasmo pinta sus pechos en brillantes salpicaduras que siguen y siguen.
Con un gemido final colapso encima de ella, ambos jadeando, persiguiendo nuestro aliento. Me acuna contra su cuello y mis brazos la envuelven, acercándola. Nos quedamos así hasta que el sol se asoma por el horizonte, en el este.
Y un nuevo día nace.
