Ni la historia ni los personajes me pertenecen.

20

*Sakura*

Es gracioso, las cosas que recuerdas.

Los momentos que están marcados en nuestras mentes, los minutos que desearías poder olvidar. No recuerdo estar asustada durante ese accidente aéreo de mi infancia, aunque estoy segura de que lo estaba. No recuerdo el dolor cuando mi costado fue abierto. El shock, la adrenalina probablemente me dejó entumecida. Sin embargo, lo que aún puedo oír, incluso después de todos estos años… es el sonido. El estruendo del impacto. El rugido mientras nos deslizábamos por la pista. Era atronador e ineludible. Recuerdo extender las manos para taparme los oídos, cuando debería haber estado agarrándome para salvar mi vida.

Y este sonido, justo ahora, es casi igual. El chillido estridente del viento.

La ráfaga. Tan ruidosa. Ensordecedora.

Pero eso no es lo que más se destaca en esta ocasión. La imagen que me perseguirá a partir de este momento es la de Sasuke, inmóvil, en el suelo. Ojos cerrados, su cuerpo flojo y terriblemente inmóvil.

—¡No! ¡Sasuke!

Es curioso, la rapidez con la que llega la claridad cuando la vida o la muerte están en juego. Cuando un infierno sacudido, sucio y frío gira alrededor de ti, doblando árboles, lanzando trozos de madera y metal a través del aire. Y te das cuenta, de repente estás tan absolutamente segura de lo profundos que son tus sentimientos por alguien, lo mucho que significa para ti, cuando te enfrentas a la posibilidad de haberlos perdido.

—¡Sasuke, despierta!

Estaba tan enojada cuando salí de la casa, hace sólo un rato.

—¿Puedes oírme? ¡Bebé, por favor, despierta!

No, eso es una mierda. Hora de ponerse las bragas de chica grande. No estaba enojada. Estaba herida.

—Oh, Dios, quédate conmigo, Sasuke. ¡No te atrevas a dejarme!

Cuando oí la admisión de Ino, se sintió como si me hubieran clavado un atizador de acero en el estómago. Porque lo que había sucedido anoche entre nosotros en el río, la forma en la que él me miró, me tocó, me abrazó, pareció más, se sintió como si significara más que todos los otros momentos que habíamos compartido. Y profundamente dentro de mí, tuve la esperanza de que fuera igual para Sasuke.

Aparentemente soy una tonta, después de todo. Y todas las excusas mentales que he hecho en los últimos días, las explicaciones, justificaciones y defensas, eran sólo mentiras que me dije a mí misma, sentimientos que aparté e ignoré. Porque no quería admitirlo. No quería enfrentar la complicada verdad.

—Te amo —susurro.

Es horroroso. Un desastre. Y la cosa más verdadera y pura que he sentido en mi vida.

—¡Te amo, gran y estúpido idiota!

Si estuviera pensando claramente, recordaría todas las razones por las que no debería hacerlo: su historia sobre Rebecca, el pedestal en el que tiene a Ino, y cómo para él no somos nada más que "amigos que follan". Estos sentimientos son lo último con lo que querría lidiar un tipo como él. Pero nada de eso importa. Porque estoy bastante segura de que ambos estamos a punto de morir. He visto El Mago de Oz. Twister. Sharknado 1 y 2. En cualquier momento, una casa o una vaca va a venir volando y caerá sobre nosotros.

—¡Por favor, Sasuke, te amo!

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que veo las gotas sobre su perfecto rostro. Su cabeza descansa en mis muslos, mi espalda está curvada, inclinada sobre él, protegiéndonos a ambos debajo de mi cabello sacudiéndose salvajemente. Le beso la frente, la nariz, y finalmente me detengo en sus cálidos labios. Entonces siento los dedos de Sasuke flexionarse en mi cintura, apretando la tela de mi camiseta. Y me inclino hacia atrás lo suficiente para mirarle a los ojos cuando finalmente se abren. Sus pupilas están dilatadas, confundidas y escrutadoras. Pero en cuestión de segundos se contraen con comprensión, dándose cuenta de dónde nos encontramos. En un movimiento fluido me hace rodar debajo de él, su peso encima de mí presionándome hacia abajo, protegiéndome del viento cortante y los desechos que vuelan alrededor nuestro.

Agarro sus hombros, mi voz aún obstruida por las lágrimas. Y el miedo.

—¿Estás bien? ¡Gracias a Dios que estás bien! Pensé…

Sasuke me acaricia el pelo con su mano y me murmura palabras suaves y relajantes al oído.

—Shhh… te tengo, Sakura. Estoy justo aquí. Estamos bien ahora. Estoy justo aquí.

Aunque sé que todavía estamos en peligro, me siento cálida por dentro. Segura. Perfectamente satisfecha, porque él se encuentra en mis brazos y yo en los suyos.

—Tienes suerte de haberte despertado… habrías estado en mi lista de mierda eterna si no lo hubieras hecho.

Le vibra el pecho mientras se ríe entre dientes y se alza para bajar la mirada hacia mí. Sus ojos acarician mi rostro, y su sonrisa tierna hace que mi pecho se apriete con fuerza.

—No podría haber hecho eso.

Suspira, luego encaja mi cabeza debajo de su barbilla.

—Creo que esto cierra el trato —le digo, acurrucándome más cerca— No estoy hecha para la vida en la pradera.

Se ríe de nuevo.

Mis dedos acarician de arriba a abajo su espalda. Nos aferramos el uno al otro, sosteniéndonos con firmeza, pasando por la tormenta. Juntos.

Mientras conducimos de regreso a lo de los Yamanaka, miro alrededor. El daño no es tan malo como había imaginado. Algunos árboles caídos, muchas vallas rotas, pero no hay destrucción real en la casa o el granero. En la parte de atrás, los signos restantes de la fiesta (mesas volcadas, sillas dobladas) se encuentran diseminados por el patio. Un mantel ondea en un árbol, atrapado por las ramas. Sasuke conduce alrededor de la parte delantera de la casa, justo cuando el señor Yamanaka, el padre de Ino, se está metiendo apresuradamente en su propia camioneta, su esposa en el asiento del pasajero junto a él. Luego sale haciendo chirriar los neumáticos, conduciendo como un murciélago salido del infierno. Capto su cara cuando pasan: demacrada, tensa, aterrorizada. Luego Ino se mete corriendo en su propia camioneta, KI a su lado, Sarada y su hermana pelirroja en la parte posterior; y ella también se aleja conduciendo.

—¿Qué ocurre? —pregunto en voz alta— ¿Alguien salió herido?

Sasuke aparca y velozmente sale de un salto del vehículo. Avanzo justo al lado de él mientras trota hacia su madre, su rostro igual de aturdido y preocupado como el del resto de su familia.

—¿Está bien todo el mundo, mamá?

Ella pone una mano sobre su brazo.

—Es nana.


*Sasuke*

Cuando era joven, el predicador nos daba sermones sobre el infierno. Lo hacía sonar como el interior de un volcán en erupción, con sus lagos ardientes, lava derretida y dolorosas profundidades. Pero no creo que el infierno sea fuego y azufre… Creo que el infierno es la sala de espera de un hospital.

Cada segundo interminablemente lento que pasa, es como un reloj con las pilas gastadas. La frustración, el miedo, incluso el aburrimiento, es tan potente que tu cabeza palpita.

—¿Nana va a morir, papi?

Sarada está sentada a mi lado, apoyada contra mí, con mi brazo a su alrededor. Sakura está al otro lado, sosteniendo mi mano. Ino ha estado buscando información, pero incluso trabajando aquí, la única respuesta que es capaz de conseguir es "esperando por los exámenes". KI le trae café, le dice que intente sentarse. Los padres de Ino y los míos están esparcidos por la sala de espera, junto con un puñado de vecinos, quienes tienen familias heridas por la tormenta.

—No lo sé, nena —Le acaricio el cabello— Nana es una mujer fuerte. Deberías pensar en cosas buenas, rezar una oración.

Justo en ese momento, el Dr. Brown sale y June, Wayne, Ino, KI y Ruby se reúnen a su alrededor.

—Fue un ataque al corazón —dice, mirando a la madre de Ino— Uno grande. Pero está estable. Estará aquí por unos pocos días. Tenemos que practicarle varios exámenes más, pero no parece haber ningún daño duradero.

Hay un pesado y colectivo suspiro de alivio. June pregunta:

—¿Podemos verla?

—Sí, puede tener visitas, uno a la vez. Pero está preguntando por Sasuke —responde el Doctor.

Y los suspiros se vuelven una ola de "qué demonios". Me pongo de pie.

—¿Yo? ¿Está seguro?

La mirada en su rostro dice que Nana ha sido bastante fastidiosa sobre ello.

—Fue muy insistente.

Mi mirada se encuentra con la de Ino, ambos perplejos. Luego, me encojo de hombros y sigo al Dr. Brown por el pasillo, dejando a June Yamanaka cacareando en la sala de espera como una gallina cuyo huevo ha sido quitado.

Me deja afuera de la puerta de la habitación de Nana. La abro lentamente y entro con cautela, consciente de que estoy entrando en la habitación de una arpía que me ha amenazado con dispararme en más de una ocasión, y es posible que se haya guardado una jeringa o un bisturí que tiene toda la intención de lanzarme en la cabeza. O en alguna parte más abajo. Pero cuando entro, es sólo Nana, en una cama de hospital con sábanas puestas hasta su mentón. Y por primera vez en mi vida, luce… frágil. Vieja. Débil.

Cuando trago saliva, pruebo las lágrimas en la parte posterior de mi garganta. No creo que me haga menos hombre admitirlo. Ha sido un día infernal.

Y un héroe necesita su enemigo.

Es sólo en esta fracción de segundo que me doy cuenta el enemigo maravillosamente formidable que siempre ha sido Nana para mí. Cuán malo sería… Cuánto la extrañaría… si ya no pudiera llenar más ese papel.

Sus próximas palabras, jadeantes y debilitadas, traen esas lágrimas justo hacia mis ojos.

—Hola, muchacho.

Sonrío, y con voz un poco estrangulada digo—: Señora.

Su frágil mano palmea el espacio junto a ella y me siento en la silla junto a la cama. Me mira con ojos cansados pero decididos, empeñada a decir lo que tiene que decir.

—¿Sabes por qué nunca me agradaste, muchacho?

Me aclaro el nudo en la garganta y le respondo:

—¿Porque embaracé a su nieta?

—¡Ja! —Hace un gesto de descarte con su mano— No. Mi Juney se horneaba dos meses antes de que tuviera la oportunidad de decir mis propios votos.

Esa es más información de la que sin duda necesitaba saber.

—¿Es porque no me casé con ella? —intento de nuevo.

Sacude la cabeza.

—No —Y toma una respiración entrecortada— Es porque, incluso cuando viniste por primera vez buscando a mi nieta, un niño de doce años de edad sin nada más que un balón de fútbol… incluso entonces, podía ver hacia donde te dirigías. Tenías esa mirada en tus ojos, un anhelo de estar en alguna otra parte, de la manera en que un potro mira una puerta cerrada, sólo esperando a que alguien deje el pestillo abierto. Ansioso de irse.

Asiento lentamente, porque no está equivocada.

—Y supe… que si tuvieras la oportunidad… te la llevarías contigo —Sus ojos vidriosos me observan, viendo justo a través de mí— Pero ya no te la vas a llevar contigo, ¿no es así, muchacho?

Dejo escapar un suspiro y me recuesto en la silla. Todas las cosas que me han estado torturando, que han estado dando vueltas en mi cabeza los últimos días, de repente se han aclarado. Tan claras. Como una simple respuesta.

—No, señora. No.

El rostro de Nana se relaja un poco y parece aliviada de tener la confirmación.

—A algunos caballos le gustan ser encerrados. Pertenecer a alguien, ser pastoreados en la tierra que ellos conocen… No tienen el deseo de aventurarse a salir.

Y pienso en cada conversación nocturna a la orilla del río que Ino y yo compartimos, llenas de fuego y sueños. De diferente. Y el ojo de mi mente ve lo que ese chico de diecisiete años no: El entusiasmo de Ino siempre fue para mí, pero nunca para nosotros. Porque su corazón se encontraba aquí, en este pequeño pueblo con su cálida gente. No tenía ninguna necesidad de más… y yo ya estaba lejos.

—Es importante —dice Nana, palmeando mi mano— que una mujer no se sienta como la hermana fea. La inferior, la segunda elección. Esa es una amargura que no se endulza.

Parpadeo mirándola.

—¿Cómo supo…?

—Sólo porque me esté quedando ciega, no significa que no vea.

Cierro los ojos y es el rostro de Sakura el que cobra vida. Su sonrisa, su risa, esa afilada boca, esos brazos que pueden sostenerme con tanta fuerza y ternura, felizmente me quedaría en ellos por cada momento de mi vida. Me cubro el rostro con mis manos.

Maldición.

—Lo he jodido, señora. Todo. Bastante mal.

—Bueno, entonces arréglalo —se burla— Eso es lo que los hombres hacen, arreglan cosas.

—No sé dónde se supone que empiece —Levanto mi mano— Y antes de que diga "por el principio", ya hemos comenzado. ¿Cómo se supone que le muestre que siempre ha sido ella, cuando todo lo que dije, todo lo que hice, le hizo pensar que no era así?

Una sonrisa aparece en los labios de Nana.

—Mi Henry, que en paz descanse, no era un hombre práctico. Una vez me compró un cobertizo de jardinería, para guardar mis herramientas. Venía con indicaciones en diez idiomas. Henry lo armó, y fue lo más patético que alguna vez vi. Paredes torcidas, puertas al revés, así que… lo desarmó pieza por pieza y lo comenzó de nuevo. Le tomó un poco de tiempo, pero valió la pena, porque al final, ese pequeño cobertizo… quedó perfecto. Tienes que comenzar de nuevo, también… desde el principio.

Pienso en cuando estemos de regreso en Washington DC. Todas las cosas que quiero hacer por ella, todas las palabras que quiero decir… comenzar de nuevo. Mostrarle. Pero tendrá que ser después de la boda. Después de que las cosas estén arregladas aquí con Ino. De esa manera, Sakura verá con sus propios ojos que lo he superado. Que lo que comparto con Ino no disminuye lo que siento por ella. Así no tendrá ninguna duda… y me creerá.

Nana frunce el ceño.

—Ahora, no vayas a decirle a nadie lo que hemos discutido. Es privado. Tengo una reputación que mantener.

Me echo a reír. Por la advertencia de Nana y porque ahora tengo un plan.

Señala hacia la puerta.

—Ve, entonces. Trae a mi hija aquí antes de que derrumbe la puerta.

Me inclino, tomo mi vida en mis manos, y beso a Nana en la mejilla.

—Gracias, señora.

—De nada, muchacho.

De regreso en la sala de espera, le digo a June que puede pasar. Luego, respondo la mirada inquisidora de Ino.

—Está bien. —Aprieto su hombro— No te preocupes, esa mujer es demasiado cruel como para morir.

Ino se ríe, abrazándome con alivio. Cuando me alejo, le digo que me voy a llevar a Sarada de regreso a casa de mis padres, para que pase allí la noche. Luego, coloco mi brazo alrededor de Sakura, y los tres salimos a través de la puerta.

La presiono contra mí, apretándola, refugiándola con mi propia carne y sangre. Mi cuerpo suspira, mis huesos se aflojan con alivio porque está aquí, entera y segura. Pero la seguridad, como tantas otras cosas que creemos podemos controlar, es una ilusión. Porque cuando me doy la vuelta para abrir la puerta de la camioneta y meterla dentro, manteniendo a Sakura protegida detrás de mí, un agudo y penetrante dolor estalla contra mi sien...

Y el mundo se vuelve oscuro y silencioso.