Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
22
Todo el mundo habla siempre de lo tranquilo y pacífico que es el país. Pero eso no es totalmente exacto. La cacofonía comienza en la oscuridad: saltamontes, mosquitos, grillos y bichos corriendo, más fuerte de lo que crees que sea posible. Y al amanecer, está el aullido de los animales, el chasquido de la ráfaga de las cigarras, el golpeteo de los cascos, y la sonata ensordecedora de los pájaros.
Son los pájaros los que me sacan del sueño, del profundo sueño de un hombre que se encuentra en paz con la elección que ha hecho. Incluso antes de que mis ojos se abran sólo un poco, sé que ella se ha ido. Lo siento en el espacio vacío a mi lado, la falta de su aroma a champú, a gardenia y a Sakura. Me yergo, entrecerrando los ojos, y mirando alrededor.
¿Equipaje? No está.
¿Vaqueros en el escritorio? En ninguna parte a la vista.
¿Vestido rojo en el suelo? Desaparecido.
Joder.
¿Cómo diablos pude dormirme sin hablar con ella primero? Sin decirle que…
—¡Hijo de puta!
Me meto en un par de jeans y corro sin camisa y descalzo por las escaleras. Corro a casa, con esperanza. Pero cuando llego allí, la única persona en la cocina es Naruto, tomando una taza de café y comiendo un muffin de arándanos de mi madre.
—¿Dónde está? —gruño, cabreado conmigo mismo, pero demasiado dispuesto a desquitarme con él.
Se traga el bocado del bollo, mirándome con ojos distantes, evaluándome.
—Ella llamó al hotel sobre las cuatro de la mañana. Pidió un taxi para ir al aeropuerto. Neji no la dejaría ir sola y cambió su billete para volar de vuelta con ella.
Mi pecho se vacía. La he cagado tanto. Pero luego recuerdo...
—Sakura no vuela.
La mirada de Naruto se calienta un poco, con lástima.
—Entonces creo que realmente quería largarse, porque hoy ha volado.
Me dejo caer en la silla, las ruedas ya girando, descubriendo formas para rastrearla, atarla si es necesario.
—¿Por qué no me despertaste?
—Ella nos pidió que no lo hiciéramos. Dijo que tenía que calmarse. Nos prometió que para cuando volviéramos, todo será como antes —Hace una pausa, y luego añade— Lo siento, Sasuke.
Golpeo la mesa.
—¡No quiero que las cosas vuelvan a la maldita normalidad! ¡La amo, Naruto!
Se rasca el nuevo crecimiento de rastrojos marrones en la barbilla.
—No soy el Doctor Phil, o algo parecido, pero probablemente deberías haberle mencionado eso a ella.
Llega un momento en la vida de cada hombre cuando se echa una buena y larga mirada a sí mismo y admite que ha sido un imbécil.
Un idiota egoísta.
No sé si es lo mismo para las mujeres, pero si tienes polla, es inevitable. Porque incluso los hombres buenos, hombres valientes, líderes mundiales, científicos de renombre, teólogos y eruditos de Rodas, tienen un espacio codicioso, egoísta dentro de ellos. Un agujero infantil, necesitado de oscuridad que nunca se sacia. Mírame, escúchame, dice. Quiere lo que no puede tener, así como todas las cosas que puede. Quiere comer todos los jodidos pasteles. Sabe que el mundo no gira alrededor de nosotros, pero eso no le impide tratar de desafiar las leyes de la física y que sea de esa manera.
Este es mi momento imbécil. Abandonado por la mujer que amo. La muchacha exasperantemente hermosa a la que no puedo si quiera pensar en perder.
La peor parte es que veo cómo todo salió mal. Cada error. Cada terrible elección. Si hubiera tenido la conciencia de dar un paso atrás y evaluar la situación desde afuera, nada de esto habría sucedido. Pero me encontraba profundamente en un agujero negro, con sólo yo, yo mismo, y yo, de compañía. Mi madre diría que mis gallinas han llegado a casa a dormir. Es una metáfora apropiada. Las aves poseen un suministro interminable de mierda que orgullosamente dejan a su paso. Así que, ¿cuándo duermen? Sencillamente apesta.
Naruto se limpia la boca con una servilleta y se pone de pie.
—En cualquier caso, son las nueve treinta, la boda comienza en dos horas. Necesito volver al hotel para vestirme. KI me invitó anoche, qué infierno de hombre.
Resoplo.
—Sí, San Jodido KI
Él golpea mi brazo.
—No te preocupes, tú sigues siendo el sureño más genial que conozco.
Es entonces cuando me doy cuenta de cómo está la casa todavía. Esta casa nunca se encuentra tan tranquila.
—¿Dónde está todo el mundo?
Naruto se dirige hacia la puerta de atrás, contando con los dedos.
—Tu madre se encuentra haciéndose el tocado, tu padre echándose una siesta, lo que aparentemente rara vez llega a hacer. Itachi se desmayó en el sofá del salón, desnudo. Y tu hermano pequeño no ha llegado a casa todavía. —Entonces me señala— Ah, y tu hermana, ¿Rin? Me asusta muchísimo. Si esta noche desaparezco, prométeme que su armario será el primer lugar al que irás a buscar.
Me río. Y me obligo a enterrar mis sentimientos: el pánico, el anhelo por Sakura. Trago, aspirando… Debido a que hoy… mi chica se va a casar.
La iglesia está llena hasta el borde. La Srta. Bea toca la "Marcha Nupcial" en ese viejo órgano. Sarada lanza pétalos de rosa por el pasillo. E Ino… Ino está hecha una preciosidad, como sabía que lo haría. Miro el rostro de KI cuando ella entra en la iglesia, lleno de asombro, gratitud y mucho amor. Y no me dan ganas de golpearlo, ni siquiera un poco. No me pone triste. Se siente… como que se supone que así sea.
La recepción se lleva a cabo afuera, detrás de la Iglesia, en tiendas de campaña blancas con mesas de picnic elegantes y sillas plegables acolchadas. La hierba es tan verde como los pastos de mi padre, el cielo casi tan azul como los ojos de mi hija. La ciudad entera está aquí, personas que me han conocido, incluso antes de que yo naciera. Naruto conversa con el pastor Thompson. Izuna se inclina contra un árbol, tratando de buscar conversación con una chica. Rin se encuentra rodeada por un grupo de mujeres risueñas, todas susurrando y con los ojos muy abiertos. Itachi es el centro de atención en la hierba, predicando a una pandilla de niños con cara de adoración, que lo observan como si fuera Jesucristo en el monte. Mis padres bailan al son de la música de la banda. Lo único que falta… es ella.
He intentado llamarla un par de veces, pero me lleva directamente al buzón de voz. Me digo que sólo se ha olvidado de volver a encenderlo después del vuelo, pero mis poderes de persuasión parecen ser más fuertes con un jurado que con mi propia maldita cabeza.
—Me guardé un baile para ti. ¿Te apetece sacarle provecho?
Ino se encuentra junto a mí, con las manos cruzadas, sonriendo. Nos dirigimos a la improvisada pista de baile de madera. A medida que poco a poco nos balanceamos, le digo:
—Estás impresionante.
Ella batea las pestañas.
—Lo sé.
Nos reímos y luego, con cautela, me pregunta:
—¿Sakura ha vuelto a DC?
Asiento en silencio.
—Me gusta, Sasuke. Espero que no planees dejarla escapar.
—No tengo ninguna intención de dejarla escapar, ella simplemente todavía no sabe eso.
Miro hacia abajo, a los ojos claros de Ino, sosteniéndola en mis brazos, mi querida y dulce amiga.
—Me alegro de que no hayas dejado escapar a KI. Te mereces ser mirada de la forma en que él te mira.
Empuja el cabello de mi frente.
—Tú también te mereces eso —Ella observa por encima del hombro un momento, y luego su mirada se vuelve hacia mí— ¿Recuerdas el otro día por el río? ¿Cuándo dijiste que Sarada y yo somos tu familia?
—Sí.
Sus ojos brillan por la emoción.
—Siempre seremos tu familia.
El calor se eleva en mi estómago, una especie de calor reconfortante y tierno. La voz de Sarada atrapa nuestros oídos y, al mismo tiempo, miramos hacia nuestra hermosa niña, riendo.
—Lo hicimos bien, ¿verdad, Sasuke? Considerando todas las cosas.
Mi voz es áspera, ahogada con sentimiento.
—Ah, Ino, lo hicimos muy bien. Basta con mirarla.
Y durante un rato, sólo la observamos. Íntimamente unidos a los recuerdos y el amor infinito por la misma pequeña persona.
—Si pudiera volver atrás y hacerlo todo de nuevo contigo, lo haría —susurra Ino— No cambiaría nada.
La miro a los ojos, y luego presiono mis labios en su frente con suavidad.
—Yo también. Ni una sola cosa.
Y así es como Ino y yo nos decimos adiós. Más tarde, me siento en el columpio de madera de dos plazas junto a Sarada, observando continuar la celebración.
—Y luego, cuando acabes la escuela, te vienes a DC para el verano.
—Durante todo el verano, ¿verdad? ¿Lo prometes?
—Todo el verano —digo, asintiendo— Te doy mi palabra.
—¿Estará la Señorita Sakura allí?
—Sí, va a estarlo.
Mi hija me mira de lado, girando sus astutos ojos.
—¿La has cagado, papá?
—Un poco, sí. Pero voy a hacer las cosas bien.
Ella me otorga su aprobación con un gesto rápido de cabeza.
—Bien.
Un niño rubio con una camisa de botones, y con un lazo enganchado, la llama desde unos pocos metros de distancia.
—¡Oye, Sarada! Vamos a bajar al río, ¿vienes?
—Voy a estar ahí —grita.
Mi ceño se frunce.
—Ese era Ethan Fortenbury, ¿cierto?
—Sí, es él.
—Pensé que era el ano de un caballo.
—Bueno —suspira— él dijo que lamentaba haberme dicho que tengo manos de hombre. Me contó que sólo lo hizo porque su hermano mayor le provocó para que lo hiciera.
Esto suena incómodamente familiar.
—Esos hermanos sin duda pueden ser un problema.
Luego sonríe tímidamente.
—Él cree que soy bonita. Y le gusta cómo lanzo la pelota de fútbol.
Oh, mierda.
—Tiene buena vista, entonces.
—Sí.
Ella se pone de pie, alisándose el vestido de satén azul. Antes de que se escape, imploro:
—Oye, pequeña, ¿me puedes prometer algo?
—Claro.
—Sólo dame unos cuantos años más antes de empezar a volverme la barba gris, ¿de acuerdo?
Ella se ríe y me besa en la mejilla.
—Está bien, papá, lo prometo.
Luego se va dando saltitos. Y Sacudo la cabeza.
—Ethan jodido Fortenbury. Hijo de puta.
