Hola!
Quiero decir, antes que nada, que la referencia a Cavafis es porque hace mucho tiempo leí el poema del que hablo, aconsejado por alguien importante para mi y me gustó mucho. Quiso la suerte que en un fic, una autora que es maravillosa, lo mencionara y yo lo volví a leer y recordar. Me apetece incluirlo en mi historia solo por el recuerdo que me trae a nivel personal, pero no puedo evitar aprovechar para mencionar a la autora promethea, que también lo incluyó en una de sus fantásticas historias.
mariapotter2002: Es que es dificil intentar no ser reiterativa ¿Es tu fav? jajaja luna maga: ¡Cuánto tiempo! Me alegra que te guste, intento actualizar al día o no sé, según acabo de escribir, por ahora y mientras mi muso colabore no me gusta esperar si lo tengo hecho ^^
Besos y abrazos
AJ
Disclaimer: Todo el mundo de HP pertenece a JK, yo solo juego con los personajes.
PRIMERA PARTE. U1.0
Navidad I
HERMIONE
Sala Común de Gryffindor. Navidad, 25 de Diciembre de 1996
6:00AM
Eran las seis de la mañana y Hermione llevaba desde las cinco sin poder dormir.
Algo le ocurría y no era capaz de entenderlo. De hecho, pese a ser la bruja más prometedora de su generación, se sentía como una tonta y sabía que no encontraría en los libros nada que la ayudara a comprender por qué todo era tan confuso.
Ella sabía que la adolescencia era difícil. Por Dios era una bruja pero no era idiota y conocía todo eso de la fluctuación emocional, la necesidad de experimentar, el desarrollo de la sexualidad, la revolución hormonal.
Pero de verdad ¿Tenía que ser con Draco Malfoy?
La culpa era de todas aquella novelas románticas que se leía cuando nadie la observaba, había pensado que todo iría más o menos como en esos libros. A ella le gustaba Ron porque era confiable, seguro, protector, valiente y guapo. Tenía todas las características que podía desear en un chico y además era algo seguro. Imaginaba que, un día, él se daría cuenta por fin de que ella era una chica y que estaba ahí y entonces la vería y se enamoraría de ella, después llegaría todo aquello del desarrollo de la sexualidad y aprenderían juntos.
Pero las cosas no estaban saliendo como las había planeado. Primero porque después de todas aquellas escapaditas con Lav Lav, estaba casi segura de que no aprenderían nada juntos que él no estuviera ya aprendiendo sobre la marcha. Y segundo, porque su cuerpo y sus traicioneras hormonas de adolescente desequilibrada y masoquista, se ponían a bailar salsa en el momento en que Malfoy estaba cerca de ella.
Pero por Merlín que no lograba entender el motivo. Malfoy no le gustaba ni un poco, porque era desleal, peligroso, cobarde, déspota, narcisista, racista y podría seguir con una larga larga lista de defectos que le ocuparían por lo menos tres metros de pergamino.
Era atractivo, al menos a ella se lo parecía, quizás con los rasgos un poco afilados y los ojos demasiado fríos, pero si no tuviera aquella mueca permanente de desdén, podría ser considerado bastante guapo.
Así que la conclusión a la que había llegado era simple. Hermione Granger era una superficial de tomo y lomo.
Ya está, ante ella podría reconocérselo sin problema ¿Verdad? De otro modo ¿Por qué si no se prendía como una tea cuando le tenía cerca incluso aunque pensara que era un redomado imbécil?
Había puesto las dos túnicas que tenía de Slytherin encima de la mesa, perfectamente dobladas y a la suficiente distancia como para que el olor a menta y sándalo que desprendían no le obnubilaran demasiado el juicio.
Sabía que algo estaba mal con él. Cada vez estaba más segura de que Harry tenía razón, era más que probable que Malfoy fuera un mortífago, pero Hermione se había dado cuenta de que no parecía nada feliz de serlo.
Esa noche se había fijado en las ojeras, cada vez más pronunciadas, en las arrugas marcadas de su frente y la tensión que creaba pequeñas marcas en la comisura de sus ojos.
Puede que Malfoy siguiera siendo un cretino, pero no era un asesino y lo que fuera que se traía entre manos le estaba pasando factura poco a poco.
Suspiró por enésima vez y, antes de seguir pensando en todas esas cosas, embaló en un paquete las túnicas y puso encima de ellas un libro y una caja de calderos de chocolate. El libro era muy especial, su abuelo se lo había regalado junto a otros cuatro libros importantes para él, en el último cumpleaños que compartieron juntos. Estaba bastante usado y se veía envejecido, pero antes de arrepentirse, garabateó unas notas en un pergamino y puso rumbo a las cocinas.
Miró los regalos que había con su nombre en la Sala Común y decidió que los abriría al regresar.
DRACO
Sala Común de Slytherin. Navidad, 25 de Diciembre de 1996
6:30 AM
Llevaba más de media hora en la Sala Común de las mazmorras porque estaba completamente vacía y necesitaba la soledad más que nada.
Había pensado en ir a la Sala de los Menesteres pero sería muy raro que desapareciera sin dar señales el día de Navidad.
Se quedaría allí, abriría sus regalos, dejaría que le vieran un poco y con la excusa de ir a desayunar se marcharía lo antes posible.
Solo esperaba que sus compañeros no tardaran demasiado en despertar.
Miró de nuevo hacia la montaña de paquetes y los toqueteó sin demasiado interés, abriéndolos con desgana.
Una escoba, un maletín de pociones, un libro de magia avanzada, una túnica nueva, varias camisas de seda, un bote de su perfume, una amorosa carta de su tía Bella recordándole lo importante que era su misión y un pequeño paquete con el nombre de su madre.
Dejó todo donde estaba, lanzó un evanesco a los papeles de regalo y se llevó el regalo de su madre hasta el sillón.
Lo abrió con delicadeza y sonrió al encontrar una bola transparente de tamaño de la palma de su mano.
Al principio pensó que era una recordadora pero al agitarla un poco descubrió que era una esfera contendora de hechizos.
Volvió a agitarla y la dejó sobre su mano. Poco a poco una pequeña semilla giró y se rompió, pequeñas hojas verdes alargadas rellenaron el espacio hasta que nacieron dos pequeños capullos blancos que, al abrirse, se convirtieron en dos preciosos narcisos con sus centros rosados.
Todo el proceso no duró más de quince segundos y después, lentamente, volvieron a cerrarse las flores, se hicieron pequeñas las hojas, volvió a verse sola la semilla y finalmente desapareció.
Los narcisos eran las flores predilectas de su madre.
Draco sabía que, cuando volviera a agitarlo todo comenzaría de nuevo y supo, sin necesidad de una carta, que era la forma de su madre de decirle que estaba con él. Puede que Narcissa Malfoy no fuera la persona más cariñosa del mundo pero le quería y de eso, Draco, no tenía ninguna duda.
Se guardó el regalo y apoyó la cabeza en el sillón cerrando los ojos, intentando no pensar en lo que tenía por delante hasta que un suave plop le hizo volver a abrirlo.
—Señor Malfoy, Señor —dijo para su sorpresa el elfo enormes ojos que había servido durante años a su familia hasta que un buen día desapareció. —tengo un pedido de la señorita Hermione amiga de Harry Potter, señor. Me ha pedido que le trajera algo al joven Malfoy y Dobby se lo ha traído.
—¿Dobby? —Malfoy no entendía qué estaba haciendo allí y por qué Granger le había mandado a su Sala Común —¿Estás en Hogwarts? —Pensó sin saber muy bien por qué le importaba dónde estuviera aquel ser, aunque se había preguntado muchas veces qué había sido de él.
Draco no prestaba atención a los elfos, todos eran iguales y tenían un único fin, pero ese siempre había sido muy raro y, cuando era muy pequeño, le llevaba galletas a escondidas al cuarto de los niños.
—Sí, Dobby es un elfo libre, señor. Dobby trabaja en las cocinas de Hogwarts porque Albus Dumbledore le ofreció un puesto a Dobby, señor. Dobby tiene un sueldo por su trabajo, señor.
Draco puso los ojos en blanco ¿Elfos libres trabajando por un salario? El mundo se estaba yendo a la mierda.
—Ehh, eso está ¿Bien? Sí supongo que para ti está bien y eso. ¿Qué tienes para mi?
—Oh sí —Dobby le entregó un paquete —Adiós
Sin más palabras desapareció y dejó a Draco con el paquete en la mano.
No era un regalo porque estaba envuelto en papel de embalar marrón y al tocarlo se dio cuenta de que era blandito por lo que debían ser las túnicas que ella tenía.
Aún así lo abrió y decidió que las colgaría o las metería en el cesto de la ropa sucia.
Se quedó absolutamente confundido al ver sobre la tela una caja de calderos de chocolate, un libro y un pergamino que fue lo que cogió primero.
La letra limpia y cuidada de Granger ocupaba el espacio con pulcritud. Conocía su letra porque habían compartido algún que otro trabajo obligados y se habían visto en la necesidad de compartir, para su disgusto, apuntes alguna vez.
Malfoy
Te devuelvo tus túnicas. Gracias por el préstamo si acaso se puede llamar así
Te he visto comprar alguna vez calderos en Honeyducks así que creo que te gustarán, imagino que tendrás cientos de regalos pero creo que la Navidad hay que compartirla de modo que espero que los aceptes.
En cuanto al libro, si no lo quieres, te agradecería que, en lugar de tirarlo me lo devolvieras ya que me lo regaló alguien especial.
Creo que lo disfrutarás si decides darle una oportunidad.
Por cierto, he pedido a Dobby que te lo lleve, pensé que quizás te gustaría saber de él, aunque igual me equivoco, al fin y al cabo solo es un elfo.
Feliz Navidad, Malfoy
H.G
Draco leyó hasta cuatro veces la nota, sin saber muy bien cómo reaccionar o sentirse al respecto.
Estaba confuso.
Sabía qué tenía que hacer, eran años de aleccionamiento y tenía claras cuales eran las reacciones hacia ciertos estímulos externos, pero todo su mundo había empezado a irse a la mierda de manera sistemática desde hacía menos de una semana y las líneas de su adoctrinamiento empezaban a hacerse difusas.
Debía quemar el papel, el libro, los calderas e incluso las túnicas ya que las había utilizado una impura.
Pero no quería hacer nada de eso.
De forma inconsciente volvió a leer el pergamino mientras se comía un caldero de chocolate con mordiscos pequeños, disfrutando del ligero sabor a whisky de fuego que tenía el relleno.
Cogió el libro
C.P. Cavafis Poemas.
Era un libro con las tapas blancas y un dibujo estático de una estructura griega en acuarela gris y verde.
Vio que estaba muy usado, como si hubiera pasado de mano en mano o si su dueño lo hubiera leído una y otra vez.
Lo abrió y pudo ver que dentro, con una escritura elegante y alargada alguien había escrito:
Para mi pequeño milagro, que tu viaje a Itaca esté lleno de aventuras y sea extraordinario.
Con amor
A.G
Draco tocó la tinta, descolorida ya y frunció el ceño pensando en quién sería A.G. Supuso que tal vez el padre o la madre de Granger.
Miró por encima las hojas hasta que un nombre le llamó la atención.
Itaca.
Recordando la dedicatoria de la primera página, se acomodó en el sillón y leyó.
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.
Se dio cuenta de que había comido tres calderos y guardó la caja. Metió el pergamino de Granger en el libro, marcando la página de Itaca y junto con la bola contenedora de hechizos y las túnicas, volvió a su habitación dejando el resto de regalos en medio de la Sala Común.
HERMIONE
Gran Comedor. Navidad, 25 de Diciembre de 1996
9:00AM
Cuando Hermione llegó el Gran Comedor estaba vacío.
Parvati le había dicho que no tenía ganas de desayunar y había vuelto a meterse en la cama tras sus cortinas, pero ella, que llevaba media noche despierta, se moría de hambre así que bajó.
Miró hacia la mesa de los profesores que también estaba vacía y pensó que cada quien estaría en su Sala Común, abriendo los regalos con sus amigos y disfrutando de la mañana. ¿Qué prisa había en bajar a desayunar?
No había clases, no había obligaciones, únicamente tiempo libre por delante para disfrutar de los regalos, hacer deberes de Navidad, acercarse a Hogsmade o escribir cartas a los que no estaban en Hogwarts.
Por desgracia ella lo había hecho ya todo.
Tenía los deberes adelantados desde antes de las vacaciones, había escrito ya las cartas a sus padres a a sus amigos e incluso había ido a la lechucería para enviarlas antes de bajar a desayunar. Había abierto los regalos, un libro sobre cómo aprobar los E.X.T.A.S.I.S y no morir en el intento de Harry, una un pequeño troll en miniatura que estaba hechizado para subir y bajar una porra de Ron, junto a un trozo de papel que decía, para recordar viejos tiempo, un bonito abrigo que le habían enviado sus padres, el jersey anual de la señora Weasley, un patito de goma hechizado que decía cuac soy un pato del señor Weasely, una especie de silbato en el que podía leerse Big Bang Weasley de Fred y George, un conjunto de gorro y guantes de lana de Ginny, una pulsera con pequeñas bonitas en forma de tomates de Luna y una mochila nueva de parte de Neville.
Solo le quedaba ir hasta Hogsmade y se dijo que podía hacerlo tranquilamente después del desayuno.
Se sentó en la mesa de Gryffindor y se sirvió unas salchichas, unos huevos revueltos y dos tortitas con chocolate.
Mientras daba cuenta del festín se entretuvo leyendo El Profeta que había sobre la mesa.
Aún no había terminado de comer cuando dos serpientes entraron en el Gran Comedor. Theodore Nott y Blise Zabinni.
El segundo, al ver que estaba sola, la saludó desde la entrada con picardía, como si estuviera diciéndole algo así como Yo sé algo que tú no sabes
—¡Feliz Navidad Granger! —chilló haciendo que ella le mirara sobresaltada con los ojos como platos.
—Ehmmm esto, feliz Navidad, Zabinni… Nott.
—Feliz Navidad —dijo el otro chico con menos efusividad.
Se fueron a su mesa y se sentaron charlando animadamente.
Al ver que Malfoy no había subido con ellos, Hermione volvió a pensar en él y en lo que estaría haciendo.
¿Habría tirado el libro? ¿Se lo habría quedado?
Sentía tanta curiosidad que volvió a ponerse nerviosa solo de pensar en ello. Lo peor de todo es que nunca sabría qué había pasado porque no se imaginaba Malfoy dando las gracias ni tirándole el libro a la cabeza.
Sacó discretamente el Mapa del Merodeador del bolsillo trasero de su pantalón y lo estiró sobre la mesa.
—Juro solemnemente que esto es una travesura.
El mapa se fue dibujando poco a poco. Ahora que el castillo estaba casi vacío era mucho más fácil encontrar los nombres. No tardó mucho.
Draco Malfoy.
Estaba aún en las mazmorras.
Bueno, miró la hora y decidió que las nueve y media era la hora perfecta para salir a dar un reconfortante paseo bajo la nieve.
Se puso su abrigo, su gorro y sus guantes nuevos y, sin pensarlo, agitó la mano en señal de despedida hacia los Slytherin y se marchó.
No tardó más de media hora en llegar al pueblo. Tenía la nariz roja y las mejillas congeladas pero sonreía porque lo cierto es que se sentía mucho mejor que aquella mañana. Caminó por las calles, saludó a unos y a otros y entró finalmente en Las Tres Escobas.
—Vaya que madrugadora —le dijo Madam Rosmerta al verla sentarse en un taburete en la barra.
—Feliz Navidad —respondió Hermione quitándose el gorro y los guantes —Voy a sentarme en aquella mesa ¿Vale? —señaló la más cercana a la chimenea.
—¿Una cerveza de mantequilla? —preguntó la bruja.
—Sí, por favor.
Después de unos diez minutos la puerta de la taberna se abrió de nuevo y, para su sorpresa Malfoy entró con paso tranquilo quitándose unos guantes negros y guardándolos en la túnica de abrigo.
Hermione apartó la vista y miró por la ventana en un intento de pasar desapercibida, pero no funcionó.
—Granger —apartó una de las sillas que había frente a ella y se sentó.
Hermione intentó no mostrarse sorprendida porque él no solo se hubiera acercado a ella en público sin insultarla, sino que además se hubiera sentado con ella como si fueran viejos amigos.
Se puso más recta y colocó las manos en su regazo sin saber qué esperar. ¿Tal vez iba a darle el libro? Tanta educación viniendo de alguien que, pese a ser una persona instruida y cortés, nunca lo había sido con ella, le empezaba a poner de los nervios.
—No tomaré nada —dijo rompiendo el silencio cuando un camarero se acercó para tomarle nota —Voy a estar en una de las salas vacías de la tercera planta cercana al aula de Encantamientos durante la tarde — añadió como si fuera lo más normal del mundo decirle a ella algo así —teniendo en cuenta tu… enfermiza necesidad de saber dónde me encuentro últimamente, quería ahorrarte la búsqueda innecesaria —pese a sus palabras y pese a lo desdeñoso de su tono, tenía una esquiva sonrisa en sus finos labios.
Se levantó antes de que Hermione fuera capaz de encontrar su voz para decirle que le importaba un pelo de troll donde estuviera ese día y todos los demás días del resto de su vida y dejó algo sobre la mesa.
—Feliz Navidad, Granger.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, Hermione aún seguía con la vista clavada sobre el paquete que había allí dónde él había puesto la mano.
Apretó los dedos y los enlazó unos con otros, estrujándolos inconscientemente, como si reprimiera las ganas de coger aquel insólito objeto .
Realmente no sabía si sería seguro tocar algo que Malfoy le hubiera dado ¿Y si era una forma de burlarse de ella? ¿Y si lo abría y explotaba algo que le dejara la cara llena de pústulas? ¿Y si era un vociferador que gritaría lo impura que era? Se le pasaban tantas ideas mezquinas por la cabeza que pasaron casi cinco minutos hasta que se movió.
—Bueno Hermione —se dijo animándose — tú decides.
La curiosidad era demasiado grande, además, estaban en Navidad ¿No? ¿Tan raro era pensar que Malfoy podía hacer algo ¿mínimamente agradable? Tal vez era una forma de agradecerle el libro y los calderos… si es que no los había lanzado a la chimenea junto a las túnicas que ella se había puesto.
Inspirando hondo tomó el paquete y lo abrió con cuidado.
Dentro había un trozo de pergamino doblado.
Para que tengas alguna mercancía mínimamente valiosa en tu camino a Itaca. Perteneció a alguien importante para mi.
D.H
Hermione se sorprendió.
Así que no había tirado el libro, después de todo. De aquel librito de poemas de Cavafis que le había regalado su abuelo, ese siempre fue su poesía favorita, Ítaca. Sin poder evitarlo sonrió pasando un dedo por aquella caligrafía de trazos elegantes y firmes y miró la pequeña caja negra que había bajo el pergamino.
Lentamente, casi con respeto, abrió el estuche y vio una pequeña serpiente de plata con pequeños ojos rojos. La cogió frunciendo el ceño pensando que sería un broche pero no tenía enganche, era solo una línea de plata curvada de forma reptiliana no más larga que su dedo meñique. Se la puso en el dorso de la mano para observarla y la serpiente reptó a su dedo y se enroscó en él quedándose quieta.
Era un anillo.
Uno ligeramente perturbador, pero hermoso en cierto sentido.
Levantó la mano para contemplarlo y movió los dedos disfrutando del brillo de las gemas de los ofídicos ojos.
Cuando salió finalmente de las Tres Escobas con el pergamino en el bolsillo de su abrigo nuevo y el anillo colocado en su dedo corazón bajo uno de sus guantes, no pudo evitar pensar que la operación Malfoy se le estaba complicando cada vez más.
DRACO
Aula de la Tercera Planta. Navidad, 25 de Diciembre de 1996
5:00 PM
Draco había pasado todo el puñetero día amonestándose a sí mismo por el inconcebible impulso que le había llevado a perseguir a Granger hasta Las Tres Escobas para hacerle un regalo.
¡Salazar! ¿Por qué demonios había sentido esa necesidad de darle algo a cambio?
Después de dejar la Sala Común había regresado a su dormitorio. Nott y Zabinni aún dormían, así que guardó las túnicas y la caja de calderos de chocolate en su baúl, se metió en la cama y corrió los doseles, con el libro en la mano. Había pasado más de dos horas allí, leyendo y pensando. Volviendo una y otra vez a ese pequeño poema de Ítaca hasta que, al final, siguiendo un impulso, sacó de la mesilla un pequeño arcón en el que guardaba cosas importantes para él y tomó el anillo de su tía Viridis Malfoy.
Nadie sabía que él tenía aquel anillo porque ella se lo dio antes de desaparecer cuando Draco no contaba con más de ocho años.
Por aquel entonces no comprendía lo que ocurría, aún no sabía nada sobre la supremacía de la sangre ni sobre el Lord Tenebroso. No había oído hablar de los impuros y apenas sabía que existían los muggles. Su vida estaba muy protegida y el círculo por el que su familia se movía era muy estrecho.
Draco conocía a Blaise, a Nott, a Crabbe, Goyle, Pansy e incluso había visto a Daphne en alguna ocasión. Pero fuera de su clase social, el mundo exterior le era desconocido.
Viridis, la hermana de su padre, era una bruja cariñosa y algo regordeta que siempre le llevaba regalos y le abrazaba, pese a la estricta norma de su hermano acerca de no mostrar emociones de ese tipo delante de su único hijo.
La última vez que había ido a visitarles, su tía le había dado aquel anillo de plata diciéndole que era una joya que le había regalado su madre.
Aunque a Draco le había gustado mucho aquella pequeña serpiente que se agarraba al dedo adaptándose a él, se le ocurrió que quizás era algo más para una chica, pero su tía le dijo que quería que él lo tuviera para que la recordara.
Draco lo guardó, contento de tener algo bonito y se marchó a jugar sin darle más importancia a sus palabras.
Nunca más volvió a ver a su tía, de hecho le prohibieron siquiera volver a hablar de ella. Después de ese día, Viridis Malfoy dejó de existir.
Años más tarde había descubierto su nombre arrancado del árbol genealógico de los Malfoy que había en la biblioteca de su casa. Preguntó a su madre, ya que no se atrevía a hablar con Lucius de aquello y ella, le había dicho que murió. Lo que nadie nunca le había contado y él descubrió un año antes, era que fue por la varita de su abuelo, el propio padre de Viridis.
Era una traidora a la sangre y al apellido Malfoy porque se había enamorado de un muggle y aquello, en su familia, era una traición que se pagaba con la vida.
Con un sentimiento extraño en su estómago, Draco había guardado el anillo en una caja, garabateando un par de líneas en un trozo de pergamino y, con su escoba en la mano salió a buscar a Granger.
Imaginó que estaría en Hogsmade porque Blaise le había dicho, con una sonrisa burlona, que si estaba buscando a su leona, se había ido muy abrigada en dirección al pueblo.
Así que la había seguido, buscado y encontrado, solo para regalarle una reliquia familiar, el único recuerdo real que tenía de una tía borrada de la historia de los Malfoy, una tía que había sido muy querida para él. Una traidora a la sangre.
Justo lo que él estaba empezando a ser.
