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Lo que la morena jamás se imaginó que pasaría es lo que estaba sucediendo a sus espaldas, el que hubiera alguien que las espiara a la distancia ocultándose entre la oscuridad. No era otro más que Zandy quien vio toda la plática después de haber regresado con Ever Leo y el famoso peluche. Para Jonathan le fue inevitable detenerlo porque simplemente le había encargado al pequeño, y como pretexto, le expuso que iría al sanitario. Al empresario se le había hecho bastante extraño que Lea no volviera, y más, cuando ya habían pasado 35 minutos y la morena no hiciera acto de presencia. Así que decidió buscarla, y cuando la vio muy interesada hablando con esa chica rubia, no quiso interrumpir para poder entender lo que sucedía, necesitaba respuestas. No obstante, lo que sí fue sorpresa para él, fue el tema del que se estaba hablando. Él jamás se había enterado del tórrido e intenso amor entre ambas. Toda la plática lo tomó de improviso, porque del que sí le había hablado era de Cory y su terrible desenlace, pero no de su relación con una mujer, y mucho menos, con una de su reparto en Glee. Claro que sí había visto alguna vez a Dianna, y la conocía. ¿Quién no iba a conocer a la rival de Lea en la serie? Sin embargo, su esposa jamás le había hablado de ella, ni un solo comentario había salido de sus labios sobre ella a pesar de hablarle de todos los problemas que había tenido con los demás chicos del cast, pero jamás de ella, y cuando salía a relucir cambiaba de tema, para él, había sido muy extraño ¿Por qué? Porque Lea jamás se callaba, ni un solo segundo, pero cuando le hacían referencia sobre ella, por arte de magia, no decían más. Nadie a su alrededor hablaba del tema y ahora entendía el por qué. Así es que se acercó a ella de manera sigilosa, intentando no alterarla más de lo que ya estaba e intentar entender todo lo que estaba ocurriendo.

—Cariño... —susurró lo más pacíficamente posible.

—¿Zandy? —sintió como un choque eléctrico cruzó por todo su menudo cuerpo. No se lo esperaba, y le estaba pidiendo a todos los dioses que no haya visto toda la situación en la que se había visto envuelta, pero por la mirada que le regresó, notó que sí, que sí había sido participe de todo. —Zandy… Yo… puedo explicártelo—él de manera seria la interrumpió con un aspaviento de mano.

—Sabes que no soy mucho de meterme en tus asuntos personales, que al decidir casarme contigo aceptaba todos y cada una de las cosas que venían contigo, pero esto incluso para mí, va más allá—soltó un suspiro al observar que Lea no pretendía quedarse callada y así se lo hizo saber.

—Zan, es que esto no es relevante. Ella no es relevante… —mintió descaradamente, pero solo porque no quería herirlo, no quería herirlo como ella se sentía en ese momento. Había construido una vida con él. Una vida muy buena en realidad. Tenía todo lo que un día había deseado. Estaba con un increíble hombre, un hombre que la respetaba, que le brindó una amistad, estuvo en sus peores momentos, y lo que no necesitaba era afectarlo con un tema del pasado.

— Lea, no me mientas, te conozco, y sé que esto no es algo irrelevante, basta con verte cómo estás—tal cuál, la morena se veía realmente mal. El maquillaje de sus ojos se encontraba corrido por sus mejillas y seguían vestigios de lágrimas en sus ojos.

—Espera por favor, no es por allí…

—Lo que sé es que hay dos soluciones para esto. Una es… —la interrumpió por segunda vez.

—Por favor no…—susurró realmente afectada.

—Una es… que decidas callar, y yo no pregunte más, sin embargo, ¿podrás con ello? —repitió lo que pretendía decirle mientras para Lea le era imposible ya no detener de nuevo ese llanto de dolor— Y la segunda, que me lo cuentes y ya sabré yo qué decisión tomar.

La morena respiró lo más profundo que pudo. ¿Su nueva vida merecía algo así? Si tan solo Dianna no hubiera decidido volver, todo sería diferente, pero allí estaba parada, intentando repasar el cómo iba a explicarle al padre de su hijo el por qué seguían escurriendo más lágrimas por sus mejillas.

—Zandy, ella y yo… ya no más. La verdad es que a estas alturas no hay mucho que contar… Yo solo… De acuerdo—tartamudeó, y después soltó un suspiro muy delatador— Sé que jamás hemos hablado de este tema en particular, pero es que aún me duele hablar de ello. Sí, sí fue una persona muy importante en mi vida, no te lo pienso discutir, pero…

—¿Fue? — volvió a entorpecer su explicación. Su nerviosismo dejaba en claro que muy dentro de ella seguía ocultando algo. Y tenía que llegar al fondo de ello, pues no era para menos, todo lo que ambas se dijeron iba más allá de algo irrelevante, algo que tenían que dejar pasar como si nada sucediese.

—Sí, fue…—lo dijo sin poder verlo a los ojos. La culpa la mataba. El tener que abrir su corazón específicamente con el padre de su hijo era mucho más difícil que el tener que pasar esa conversación con Dianna. Dianna se iba una vez más y le dejaba ese grandísimo problema, no obstante, ella se lo buscó al aceptar ir a enfrentarse a ella a pesar de que Jonathan le aseguró que él podía solucionarlo.

—Cielo, quiero que sepas algo. Antes que nada, eres mi mejor amiga, y por ello es por lo que te conozco tanto, que sé que tratas de negarte algo—cambió el tono de su voz a uno más dulce, porque conocía perfectamente a la morena y sabía que sí la afrontaba más, terminaría por zanjar el tema, y no podía dejar que eso sucediese, aunque terminara por romperle el corazón. Así que se acercó a Lea, quien se había quedado en su lugar mientras se abrazaba a sí misma para así aminorar los nervios y el dolor que sentía en su pecho— Dios, cuando te vi hablando con ella, lo único que por mi mente pasó, es que debía irme y dejarte aquí, sin mí. Me dolió, me dolió bastante de hecho por que vi en ti algo que no había visto con nadie más. Ni siquiera conmigo, ni incluso hoy cumpliendo tu más grande sueño. El que ahora mismo estés aquí enfrente de mí y no seas capaz de siquiera dirigirme la mirada dice mucho de ti.

—Es que Zandy… pasó mucho tiempo, el suficiente para creer que ya lo tenía bajo control, pero el que se presentara de esta manera no hizo más que provocarme uno de esos estados de nerviosismo de los que ya no había tenido. El estreno se quedó en nada del cómo me sentía hablando con ella, los nervios me sobrepasaron—cerró los ojos y decidió hablar con la verdad— No te voy a negar que me descolocó verla. Tenía tantísimo tiempo que este encuentro se había alargado, sin embargo, eso no hizo más que darme cuenta lo afortunada de tenerlos a ustedes dos en mi vida. Lo de ella jamás iba a poder ser, no estamos destinada a estar juntas, no en esta vida.

—¿Por qué no? ¿Qué te lo impide? —se lo dijo con una increíble gentileza que no hizo más que hacerla sentir peor si es que se podía.

—Porque no, se intentó y no se logró. Ahora mi vida y amor es para ti y para Ever Leo—susurró dolida.

—¿Entonces yo soy la razón o el impedimento? —sentenció duramente.

—No, claro que no. Tú no eres el culpable que esté sucediendo todo esto dentro de mí. Que no sea capaz de aminorar estos estúpidos sentimientos que siento aquí—se señaló la cabeza y el lugar donde estaba su corazón— Ella no merece destruirnos, Zandy. Ella no tiene el derecho a acabar con mi vida perfecta que siempre soñé. No te miento cuando te digo que tengo todo contigo. Eres perfecto y maravilloso. Eres lo que cualquier mujer podría pedir.

—Aunque sea perfecto no puedes sentir esa misma conexión que sientes con ella, ¿no es así? —manifestó afligido. Dedicándole la sonrisa más desganada que había visto en él.

Sin palabras, así se quedó cuando él decidió hablar con la más dura verdad. Amaba a Zandy, de eso estaba totalmente segura, pero jamás sintió ese algo, esas mariposas en el estómago como dicen decir cuando estás perdidamente enamorada de alguien, ni siquiera solo era el problema con él, sino con todos los que vinieron después de la rubia. Ni con Cory, ni Mathew, ni Robert, ni Zandy, con ninguno había sentido esa magia de lo que hablan las películas románticas que tanto amaba, porque sí, Lea Michele al igual que Rachel Berry, buscaba un amor tan épico y de antología y nadie había podido dárselo como Dianna Agron. Nadie tenía esa misma sonrisa tan especial y contagiosa, ni esa forma tan peculiar de verla al amanecer y darle un beso después de haber hecho el amor una noche anterior, ni se sentía tan segura como en los brazos de ella al caminar por cualquier lado que fuesen. Había dejado la bara tan alta al hablar de amor, y ella por sus estúpidos miedos lo había dejado escaparse.

—Zandy, yo te amo… enserio que te amo…—arrastró las palabras, porque ya era un impedimento el hablar por culpa del llanto.

—Tranquilizante Lea, todo sigue bien—le pidió sintiendo como su corazón se apachurraba por verla así.

—Zandy… yo… agh—se sentía tonta por no poder evitar seguir llorando. Creyó que jamás dejaría de hacerlo— Dios, no puedo… Esto me está matando—se dejó caer de rodillas sobre el escenario.

—Cielo, de verdad ¿Crees sentir el amor conmigo como lo sentiste con ella? —se permitió también posicionarse a un lado de ella, mientras le acariciaba el cabello como una niña pequeña, la cual no podía detenerse. Claro que también era duro para él, duro ver como Lea dejaba caer sus miedos y sus sentimientos que llevaban atormentándola por muchos años. Duro ver como el que creía ser su más preciado amor se iba lentamente.

—Soy fiel creyente que el amor se siente de diferentes maneras—le sonrió desganada mientras cerraba los ojos y se dejaba acariciar— Existe el amor de tu vida, y el amor para tu vida, y sin duda tú eres el amor para mi vida. Me lo has demostrado muchas más veces de lo que puedo recordar.

—Cariño, esto no se trata de si soy el amor que crees merecer, sino, quiero que muy dentro de ti descubras si de verdad soy yo el que está dentro de tu corazón o es que sigue ocupado por… ella—la vio directamente a los ojos, y fue cuando supo que no podría hacer más, era un hecho que Lea amaba a alguien más y no era él, y su vida no sería la misma desde ese mismo instante— Porque no quiero ser el que más adelante dejes destruido porque descubras que al final del día no era yo. Prefiero dejar las cartas sobre la mesa y seas tú la indicada para decidir continuar o dejarlo ir. Al final, siempre seré el papá de Leo, y siempre seré tu amigo. Eso nunca lo dudes—se acercó hasta ella y la atrajo hasta sus brazos.

A estas alturas de la situación, Lea sabía perfectamente que el engañarse, que el negar que ese sentimiento del qué pudo ser con Dianna, seguía incrustado en su corazón, y jamás la iba dejar descansar. Ella sabía que ese amor de tu vida del que había hablado es el que le hacía correr siempre a Dianna, porque eso era, ella la amaba, y aunque en menos intensidad por las circunstancias que habían pasado, seguía haciéndolo. Y lo descubrió con tan solo 30 minutos que compartió aire y espacio con ella.

—No quiero herirte—sollozó entre su hombro— No mereces a esta chica idiota. Esta chica masoquista que le gusta tropezarse con la misma piedra y no aprender de sus errores.

—La única manera que lo hagas, es yendo allí y afrontarlo como tiene que ser—se separó de ella y le limpió las lágrimas que aun caían de sus ojos— No te voy a negar que siento muchísimos celos, pero allí solo vi dos almas gemelas reencontrándose— se puso de pie y después le dio su mano para ayudarla a levantarse.

—Dios…—suspiró realmente descompuesta— ¿Por qué eres así? Porque eres tan bueno. Odio a todos los dioses hawaianos que me enviaron a ti.

—Posiblemente es que no me mereces y tú eres la mala del cuento o simplemente estaba destinado a ser tu ángel de la guarda para juntarte a tu verdadero amor—respondió de manera juguetona intentando así tranquilizarla— ¿Entonces qué piensas hacer?

—No lo sé—se encogió de hombros.

—Pues si me permites aconsejarte, es que no dejes que esta vez se vaya y se escape de ti—le acomodó un mechón de cabello detrás de sus orejas — Anda ve, lucha por esto, y por favor, no hagas que no valga la pena el dejarte ir.

—¿Y si ya se fue y no la encuentro? —aspiró por su nariz intentando recuperar un poco la respiración.

—Pues entonces búscala hasta debajo de las piedras. Dudo mucho que haya ido tan lejos con toda la multitud esperándote afuera. Todos tus fans están esperando a esta estrella— le sonrió de medio lado— Vamos a por ella, yo cuido a Ever—la invitó a salir, y Lea lo hizo no sin antes dejarle un tierno beso en la mejilla para después dirigirse disparada a donde sin duda dejaría mucho de qué hablar si se encontraba a la rubia. Porque ya sabía que ahora sí todos sabrían lo que ambas habían estado esperando. Ya no había dudas, ni un Ryan Murphy que pudiera separaras, tampoco Hollywood y sus estúpidas normas. Ella estaba en Broadway y Dianna en el cine independiente, donde poco o nada les interesaba a quien metía a su cama. Eran libres de expresar todo por fin. Era el momento adecuado para ambas. No más minutos, ni más segundos, era este el momento perfecto.

Abrió la puerta, y como Zandy ya se lo había advertido, había una gran cantidad de admiradores esperando por ella, por alguna fotografía, algún autógrafo o alguna sonrisa suya, sin embargo, se hizo espacio entre ellos sin prestarles atención alguna, porque esta vez iba con la intención de ignorarlos y llevarse una reprimenda de sus relaciones públicas, pero no le importó en lo absoluto porque esta vez sí había algo de gran peso para hacerlo, correr hasta el amor.

Dirigió su mirada a todos lados sin poder descubrir esa cabellera dorada que añoraba enredar entre sus dedos, hasta que más adelante en la esquina la observó muy entretenida con su celular, posiblemente esperando un coche de esas aplicaciones digitales. No se dio cuenta de la realidad que estaba viviendo, hasta que escuchó a una de sus fans gritar un: —¡Oh por Dios! ¿Esa es Dianna Agron? Sí, es Dianna Agron. Por un momento el miedo que sintió hace años atrás, volvió a invadirla, sin embargo, esta vez no estaba permitido dejarse llevar por él, así es que lentamente empezó a acercarse a ella y por fin soltar un:

—Dianna… Yo.