"Lejos, muy lejos, vivía un Rey Dragón que amaba a sus hijos con todo su corazón.
Deseaba que cada uno siguiera y obedeciera a su corazón, como él había hecho.
De entre sus hijos, era muy cercano al Príncipe de las Libélulas, que le recordaba a sus amados familiares que habían partido muy pronto de estas Tierras.
El Príncipe era libre y amaba más que nada, visitar al pueblo que le era tan querido como el ostentoso palacio de su padre.
Un día, en uno de estos múltiples viajes, el Príncipe se detuvo para descansar entre las ruinas de la tierra de los ríos.
Y mientras el día moría en un atardecer violeta, una joven se cruzó en su camino, danzando entre las luciérnagas y cantando canciones pérdidas en el tiempo.
El Príncipe, de la misma manera que uno cae dormido, se encontró enamorado por aquella figura que le llenaba el corazón.
De pronto, todas sus responsabilidades y sus problemas se desvanecieron entre los cabellos castaños de aquella misteriosa figura.
Sin saber cómo, susurró su nombre y ambos se encontraron y los Dioses acordaron su amor en un destello del Sol que muere.
Pasaron días juntos, que se sintieron como siglos para las almas enamoradas.
Y cuando el Príncipe de las Libélulas volvió a su hogar, su corazón estallaba de felicidad por anunciar haber encontrado el amor entre las viejas ruinas.
El Rey Dragón lo recibió con un gran banquete, pues tenía un anuncio importante a dar al Reino, y también porque se alegraba de ver a su hijo después de tantas lunas separados.
Entre risas y halagos, el Príncipe se imaginaba a su hermosa dama danzando y maravillando al Palacio.
El Príncipe jamás había sido tan feliz y moría por develar el secreto detrás de su sonrisa, pero la emoción murió en su garganta cuando el Rey Dragón le anunció que de aquella joven debía olvidarse, pues prometido estaba con la Dama Ciervo…"
