En Bastión de Tormentas no había suficientes ventanas. De acuerdo al Maestre Jon, esto permitía una mejor resistencia al viento y las tormentas que asolaban al castillo, pero Jorelle siempre lo había encontrado triste y oscuro, especialmente cuando era capaz de escuchar el piqueteo de la lluvia contra los gruesos muros.

Su madre entró a la alcoba de las doncellas, donde Jorelle y sus acompañantes, Jeyne Rogers y Cassandra de Tarth tejían y reían con ella, bajo la mirada serena de la septa Myria. Las risas aun resonaban dentro del recinto, a pesar de la severidad en el rostro de Marilla Baratheon.

Con mucho cuidado, la Señora de la Tormenta le explico a su hija que su situación como prometida del príncipe Targaryen se había visto comprometida por "una campesina" y que actualmente su padre estaba en discusiones con la corona respecto a este tema. Los ojos miel de su madre destellaban con furia y tristeza y lástima hacia su única hija. Jorelle a duras penas podía entender lo que le estaban diciendo.

Para ella todo era extraño. Sabía de su compromiso desde su doceavo día del nombre, y su madre y padre habían estado tan felices y habían ofrecido un banquete enorme por celebrar el hecho de que su hija era una futura Reina.

De un día para el otro, su educación se había dirigido al 100 por ciento en transformarla en el material de reina perfecto: clases de historia más largas y complejas, clases de etiqueta diarias con su madre y sus compañeras de juegos, canto, danza, lira y el flautín, geografía, lenguas y múltiples instructores venidos de Essos y el telar… y ahora, parecía que todo ese tiempo y oro se habían desperdiciado en una chica que sería casada con algún Señor menor, puesto que los grandes Señores herederos ya estaban prometidos o casados.

Después de tanto esfuerzo y tanto oro hundido en una simple muchacha, era obvio que sus padres estarían furiosos y defraudados.

Su madre, rara vez cálida, le dio un beso en la frente y se retiró a continuar con sus deberes, repitiéndole una y otra vez que aquel príncipe se arrepentiría de haber rechazado a una joven tan magnifica como ella. No era raro para Jorelle aquellos arranques inquietantes de su madre, siempre muy pulcra y preocupada por la apariencia exterior y rara vez en los sentimientos de su progenie.

El silencio ensordeció la habitación y la septa intentó, en vano, regresar a las muchachas a sus labores, a terminar de una vez por todas con aquellos tejidos, pero Jorelle ya no estaba ahí y las miradas ansiosas de Cassandra y Jeyne la abrumaban. Por un lado, había una extraña serenidad en su cabeza, consciente de su situación y a la vez ajena, y lentamente el peso de las palabras y la gravedad en el semblante de su madre se forjaron una identidad que la aplastaba.

Lagrimas de rabia comenzaron a escocer sus ojos, y Jorelle se vio a si misma luchando contra la abrumadora sensación de fracaso, sus manos se hicieron puños y un dolor sordo y devastador subía de su pecho a su garganta, rogándole escapar por su boca, como una enorme serpiente.

—Jorelle —la voz preocupada de la septa Myria la sacó de su ensoñación-, niñas, la lección se acabo. Salgan.

Las muchachas se levantaron, lanzando miradas furtivas a Jorelle y a la septa, cuchicheando entre ellas. Era obvio que la pequeña señora se rompía ante el peso del rechazo, del fracaso y del orgullo herido.

Las manos viejas pero suaves de la septa la acunaron, con firmeza, pero dulzura, la septa la trajo contra si y Jorelle se permitió derramar las lagrimas que se habían amontonado en sus ojos. No había mucho por decir, la realidad era que Jorelle nunca seria una princesa y mucho menos una reina, y aunque sonara tonto, aquello le rompía el corazón.

Algunas veces, Jorelle tenía permiso de caminar por la playa de Bastión de Tormentas sola, y era algo que amaba, el poder descalzarse y sentir la arena suave contra sus pies y el olor salino contra su piel le traía una cierta tranquilidad. Le permitía a su mente no divagar en exceso.

Pero aquel día, no estaba sola. Su hermano la había cruzado en el patio e insistido en ir con ella a la playa, alegando necesitar pasearse también. Jorelle no sabia decirle no a su hermano y dentro de ella, no quería estar sola con sus pensamientos.

Ormund recogía pequeñas rocas en sus manos y las arrojaba contra las olas, emocionándose cuando impactaban contra el agua y salpicaban un poco más que las demás, y giraba en busca de la aprobación de su hermana.

—¿Cómo estas? —se atrevió a preguntarle después de un rato caminando sin rumbo fijo. Las olas acariciaban sus pies y despeinaban sus cabellos azabaches.

—Como lo estaría cualquier mujer despreciada —bromeó Jorelle, tomando una roca entre sus dedos y comparándola contra el horizonte—, pienso en decirle a padre de no desperdiciar mi educación y hacerme una septa.

—¡Serias una terrible septa! ¿Por qué no mejor una hermana silenciosa? —a pesar de la sensibilidad en el corazón de Jorelle, no pudo evitar sonreír ante tal idea. La diferencia de edad entre Ormund y Jorelle existía, pero eso jamás los había detenido de ser grandes amigos, eran tan cercanos como mellizos y terribles cómplices. El terror de la fortaleza durante su tierna infancia.

—He estado practicando mis silencios, pero madre no me deja pasar más de dos minutos sin hablar —ambos soltaron una carcajada, empujándose mutuamente con sus hombros.

Un silencio apacible se creó entre ambos, solo interrumpido por el ruido de gaviotas y el mar.

—Si te soy sincera, me siento enojada y triste y tan tonta —confesó Jorelle, mirando el horizonte, sin atreverse a ver los ojos interrogantes de su hermano—. Cuando Madre me dijo lo que acababa de pasar, no sentí mucho. Ni pena ni tristeza, quizás una leve decepción, pero era tan vago. No conozco al príncipe, creo haber visto un retrato suyo… pero, cuando empecé a pensarlo mas me enfadé. ¿Como podía haberme rechazado sin haberme conocido? ¿Sin darme una oportunidad, sabes? Y, tontamente, quizás es culpa de Jeyne Rogers, sí me había ilusionado con la idea de casarme con un príncipe… como Jocelyn Baratheon lo había hecho… dicen que fue amor a primera vista entre ella y Aemon Targaryen y yo quería eso. ¿Por qué me lo ha arrebatado, hermano? Al menos de mostrarme cara y decirme que no me quería, creo que es lo mínimo que merezco como la hija de un Gran Señor… es lo que me merezco por ser una persona.

Sus manos habían atrapado su falda, dejando arrugas por la presión y el movimiento repetitivo de estas. Ya no miraba a la distancia, pero al suelo y se sentía tan pequeña y minúscula. No quería oír burlas o palabras de lastima que la fueran a herir mas. ¿Por qué el príncipe no le había dado el beneficio de la duda? ¿Que tan magnifica era esta Jenny para dejar todo a un lado y lastimar a una perfecta desconocida con su indiferencia?

Ormund la atrajo contra si, guardándola en un abrazo tibio y besó su temple en silencio. No necesitaban decir más, y lentamente hicieron su camino de vuelta al castillo.

En el patio de Bastión de Tormentas, el Castelán Ser Boris Rogers les esperaba, acariciando su diminuta barba negra. Sus padres los habían estado buscando para recibir a la Mano del Rey, que venia con una oferta bajo el brazo y debería llegar en las siguientes horas. Ormund y Jorelle se apresuraron a sus aposentos, para cambiar sus ropas cubiertas de arena y salitre.

Jorelle no podía imaginar qué tipo de propuesta podía proponerles la Mano del Rey. ¿Harían a un lado efectivamente a Jenny de Piedras Viejas o le ofrecerían la corona a su padre? La ultima idea la hizo sonreír.

Su Septa la esperaba y con impaciencia le explicaba la importancia de tal evento, y de demostrar a la corona que dejar de lado a una Baratheon no venia sin consecuencias. Su madre le había dejado un vestido simple pero hermoso, como una muestra del regalo que Duncan Targaryen había desestimado tan fácilmente y como una afrenta personal contra la Mano del Rey.

Septa Myria la peinó, dejando su cabello negro danzar al rededor de una pequeña tiara, con algunos bucles de cabello cayendo a los costados de su rostro, perfilándola. Viéndose en el espejo, Jorelle no podía evitar pensar que era una verdadera pena que el Príncipe no estuviera ahí, para compararla y apreciarla.

"Estúpido príncipe mimado", pensó con un deje de rencor.

—Esta lista, ahora apresúrese antes de que Lord Lyonel vuelva a perder los estribos.

Jorelle avanzo a pasos ligeros, pero rápidos hacia el gran salón, donde voces animadas hacían eco hacia el pasillo. Alcanzó a vislumbrar a su madre que giraba sus manos de forma frenética y ansiosa, hasta que pudo ver a su hija. Con un gesto la invitó a acercarse y juntas entraron al salón, donde las voces lentamente guardaron silencio, admirando aquel desplante de magnanimidad proveniente de las Damas de la Tormenta.

Frente a la mesa principal estaba Kevan Yarwyck, fácil de reconocer gracias a su collar de manos, que indicaba su estatus como Mano del Rey. Era un hombre de estatura mediana, con cabello rubio cortado de forma pulcra, sin barba ni bigote. Sus ojos se inclinaban hacia abajo, lo que le daba un aspecto de tristeza. Vestía los colores de su casa, con el blasón de los Yarwyck y sus alabardas cruzadas con honor sobre su pecho. A su lado se encontraba un caballero, que Jorelle asumió seria su paje, y a su derecha su padre y hermano acompañaban al grupo.

La Mano del Rey inclinó su cabeza en dirección a su madre y besó la mano de Jorelle. Y con un simple gesto, Lyonel invitó a las voces y la música recomenzar. Su madre indicó los lugares que cada quien ocuparía en la mesa, mientras una discusión amigable, pero falsa, se daba entre Lyonel y Kevan Yarwyck.

La cena transcurrió sin pena ni gloria, con conversaciones educadas que buscaban tapar el verdadero tema del día, pero Jorelle agradeció no ser el centro de atención por esta vez.

Estaba despidiéndose y acercándose a su septa para ser conducida a su alcoba cuando Kevan Yarwyck la interceptó brevemente.

-Lady Jorelle, me gustaría hablarle del príncipe Duncan en privado, temo que Su Alteza haya dado una mala imagen de sí mismo y que esto la desencante a usted. Debo decirle que estoy consternado por la forma en la que nos hemos encontrado y que desearía las circunstancias fuesen diferentes.

Jorelle pudo adivinar sinceridad bajo sus palabras, pero también una extraña mesura en su tono, como si la estuviera midiendo.

—Opino lo mismo, Lord Kevan. Si mis padres están de acuerdo, con gusto acudiré, acompañada de mi septa. Ahora, si me permite. Buenas noches.

Jorelle se apartó con delicadeza y cuando estaba por subir la escalinata, giró su cabeza para ver a Kevan Yarwyck una ultima vez. Parecía satisfecho, como si un secreto se develara frente a él y Jorelle se pregunto qué es lo que significaba todo esto para ella.