Como desees

Caía ya la tarde y, en el palacio de Belhide, sólo se oía el viento murmurar tras las ventanas. Aullaba bajito, poniendo especial cuidado en no distraer a Amelia. La princesa estaba sobre el escritorio y aprovechaba los últimos rayos de sol para poner al día a Phil sobre su aventura. Los restos de un té verde se enfriaban a su izquierda y la habitación entera se hallaba en calma. El tiempo se deslizaba en su interior lento, despacio.

A ratos, la pluma blanca se deslizaba a ratos sobre el papel, manchándolo de palabras y significado. Amelia escribía, al son del rasgar del papel y el viento.

En un momento dado, la princesa alargó la mano hacia su té y, por un descuido, el contenido volcó sobre la madera. Ella dejó escapar un grito de sorpresa y de pronto, un montón de ruidos se sucedieron: se oyeron unos pasos precipitados por el pasillo, la puerta se abrió y una quimera entró en el dormitorio, con la espada en alto, dando gritos.

-¡Amelia!

-Tranquilo, todo está bien.

Pero la quimera seguía mirando a todos lados, alerta. Lanzó un par de miradas más a la ventana y, después, miró también en el armario. Cuando se convenció de que no había nada, se giró hacia la princesa.

-He oído un grito.

-Sí, no ha sido nada. He derramado el té.

Él lanzó una mirada al estropicio y, poco a poco, bajó su espada.

-De acuerdo. Pero, si no te importa, te haré compañía mientras terminas la carta.

-Cómo no.

Zelgadis cerró con cuidado la puerta y envainó la espada. Sin embargo, mantuvo sus músculos tensos y su cuerpo alerta. La princesa lanzó un pequeño suspiro. Su amigo siempre se tomaba muy en serio su labor de guardaespaldas. Daba igual las aventuras que vivieran juntos o las veces que visitaran Zoana y los reinos vecinos. Cuando creía que Amelia corría peligro, siempre tenía su espada al cinto y las manos cerca del mango.

La quimera paseaba de atrás a delante y sus pisadas resonaban con fuerza sobre la madera.

Tap, tap, tap hacía al caminar hacia la izquierda.

Tap, tap, tap, hacían sus pies yendo hacia la derecha.

-Zelgadis.

-¿Si?

-¿Te importa sentarte un momento? Me estás distrayendo.

-¿Cómo quieres que me tranquilice? Es más, cómo puedes estar tú ahí sentada después de lo que dijo Lord Belhide en el desayuno?

Ella le quitó importancia con un gesto de su mano.

-No lo decía en serio. No creo ni que se le pueda llamar Política*.

-Ya. ¿Y ayer, cuando intentaron servirte pastas de almendras y turrón pese a ser terriblemente alérgica?

-Seguro que sólo fue un pequeño descuido.

La quimera alzó una ceja y ella se limitó a encogerse de hombros.

-Después se disculparon, ¿no? -dijo mientras revisaba su carta-. Además, no pasó nada.

Su amigo se pasó una mano por el pelo de alambre y después la miró, sin dar crédito a lo que oía.

-Es la segunda vez que intentan atacarte. ¿Cómo puedes estar tan tranquila?

La princesa esbozó una débil sonrisa y, sin levantar la vista de su trabajo, contestó:

-Bueno, pues porque te tengo aquí y sé que nunca dejarías que me pasara nada.

Ese comentario dejó a la quimera completamente muda. Intentó abrir la boca un par de veces pero, nada, no se le ocurría qué contestación alguna. Así que, después de dos o tres intentos más (y mientras un rojo intenso se expandía por su cara), Zelgadis decidió sentarse en el sillón verde que había cerca de la ventana. Cogió también un libro, como si tal cosa, escondió su rostro rosado entre sus páginas.

Así pasaron los minutos, mientras la pluma blanca de Amelia rasgaba el papel amarillento y mientras el muchacho pasaba despacio las páginas del libro. De vez en cuando, él dejaba el libro para vigilar por la ventana o mirar a la princesa pero, conforme más se fue adentrando la lectura, más espaciadas y vagas eran las miradas. Alguna que otra vez también soltaba un suspiro y, en esos momentos, Amelia no podía evitar sonreír un poquito. Alguien que no conociera a la quimera podría pensar que el muchacho se comportaba así siempre, que era mordaz, áspero y seco. Pero había otros aspectos de su personalidad que salían a flote cuando él se relajaba. Solía ocurrir cuando se encontraba sólo, cuando tocaba la guitarra o pescaba a su antojo. Aunque, en estos últimos meses, ésta faceta también se había revelado en presencia de Amelia. Aquí la quimera se volvía sincera en lugar de huraña y respondía con dulzura en vez de ironía. Sucedía cuando jugaban juntos al ajedrez, o cuando él se sentaba a leer a su lado. Zelgadis había empezado a relajarse en su presencia y parecía que todavía no era del todo consciente de este hecho y, eso, quizás, añadía una pizca de ternura al momento.

-¿Zelgadis?

La quimera levantó los ojos de su libro.

-¿Quieres salgamos a pasear antes de la cena?

-Claro.

Zel volvió a su libro y Amelia bajó la mirada hacia su carta de nuevo. Casi había acabado.

-¿Zelgadis?

-¿Sí? -dijo sin despegar esta vez los ojos del libro.

-¿Me acompañas mañana al mercado? Quiero comprarle algo a papá de recuerdo.

-Como desees -contestó este.

La princesa observó a la quimera. La luz del atardecer se reflejaba en su pelo violeta y, aquí y allá, se reflejaban en la habitación destellos rojos tenues, amarillos, naranjas. Amelia compuso otra sonrisa, una débil, que hacía teñir también de rojo sus mejillas. Se le había ocurrido una idea. Una idea infantil y boba. Agitó la cabeza, cerró los ojos, y escondió su pelo carbón detrás de las orejas. Cuando acabó, la idea seguía ahí.

-¿Zelgadis?

-¿Uhm?

Había una respuesta que él había evitado durante todo este viaje, un tema para el que siempre encontraba una excusa adecuada. Ahora, el tema amenazaba con salir de su pecho a tropezones. Pero, no, primero tenía que preparar el terreno. Primero tenía que asegurarse de que Zel estaba distraído, de que no huiría como las veces anteriores.

-¿Lo… lo pasas bien conmigo?

-¿Qué? Claro.

La quimera siguió pasando las páginas de su libro de forma tranquila, ajena a las maquinaciones de la princesa. Respondía de forma sincera y sin tapujos, sin casi ser consciente de que estaban en territorio enemigo ni de que el tiempo fluía y el sol se ponía a su espalda. Sólo existían el libro, él y, por supuesto, Amelia.

-¿Y te gustaría ir a algún otro lado después de este viaje?

-Como desees.

-¿Los dos… los dos sólos? ¿Sin Lina o Gourry?

-Ajá.

Ella se humedeció los labios. Era ahora o nunca.

-Y…¿Cuánto te quedarás esta vez en Saillune?

-Tanto como tú quieras.

A ella se le paró un momento el corazón y tragó saliva. Él pasó una página y, poco a poco, levantó la mirada. Sus ojos se cruzaron con los suyos color océano y de pronto fue consciente de que él no estaba distraído, estaba centrado y atento. Estaba rojo e incómodo.

-Bueno, no podía seguir esquivando mucho más tu pregunta, ¿verdad?

Amelia seguía sin creérselo.

-¿Tanto como yo quiera?

Él bufó por lo bajo y se escondió un poco más tras su libro.

-No me hagas repetirlo.

-¿Para siempre?

Aquí, la quimera no pudo evitarlo. Soltó una carcajada y dijo:

-Ya veremos.

-¿Eso es un sí, Zelgadis?

-Amelia, no lo fuerces.


*En el mundo de Slayers había política y Política. Existía una sutil diferencia entre ambas. La segunda, con P mayúscula, era mucho más animada y consistía en un intercambio de frases populares y nombres propios. La propia Lina Inverse era una gran aficionada a la Política. Su nombre propio favorito era ¡Drag Slavel! Y solía venir acompañado de todo un gigantesco despliegue. Era tan espectacular que, quienes lo presenciaban, lo recordaban el resto de su vida. Los cinco segundos enteritos que duraba.