El tiempo es como una droga.
Demasiado te mata.
Terry Pratchett
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Ningún hombre, animal o criatura, puede conocer su destino. No importa cuál grande. No importa que tan pequeño. Ni siquiera el extranjero que va llegando a Fukuoka, con un brillo de esperanza en la mirada, puede borrar el papel que tomará.
"Amaneció nublado, lo más seguro es que llueva por la tarde", piensa contrariado Izuku, unos metros antes de entrar por fin al asentamiento urbano. La tierra morena amenaza con entrar en sus ojos a causa del viento, que sigue trayendo las nubes negras, y el joven hace una nota mental sobre el clima agresivo de aquél lugar. Ni siquiera la caperuza amarilla, con forro interior de lana, es tan amplia para protegerlo por completo del frío que azota su cuerpo.
Como si eso fuera poco, de los otros campesinos que llegó a encontrar, ninguno había accedido a llevarlo en sus carretas; y el largo viaje había terminado por desgastar sus únicos zapatos de piel de cordero. En medio del camino, Izuku tuvo que rasgar las partes inferiores de su camisa y pantalones para que sus pies no sangrasen, a causa de las piedras y ramas de los senderos rústicos. Pero hasta ese arreglo improvisado había sido insuficiente. Qué más hubiera querido que correr hasta el puente y traspasar la reja del castillo de Fukuoka; mirar la famosa y enorme explanada, envuelta por el muro y las torres; y llamar a la puerta del gran maestre de la corte que lo esperaba. Pero no puede. Sus pies doloridos, a causa de las ampollas abiertas, lo obligan a ir despacio para no renguear; y el malestar carga sus ojos verdes de una seriedad inusual en ellos.
Ya avanzado por el adoquinado sendero principal, que es como una cama de algodón para sus pies, el joven Midoriya se sorprende de la fuerte presencia militar en las calles; y de que los lugareños parecen demasiado normales para lo que hubiera esperado de la capital del reino; pero, en general, se tranquiliza al respirar un ambiente despreocupado ante el mal tiempo. Los niños corren entre las armas de los guardias con pelotas y espadas de madera; el aroma de pan fresco, flores y de leña quemada, se mezcla con el de los chiqueros; el sonido característico de las gallinas, los caballos, burros y cerdos se impone sobre la plática de las señoras, que han ido a hacer un poco de mandado para la hora del almuerzo; y uno que otro rebaño de vacas, ovejas y cabras continúan saliendo para pastar en las cercanías. Tanta algarabía azora de buena manera su fuerte pero delgado cuerpo y las pecas en sus mejillas cobran un pequeño brillo verdusco. Su pelo medio rizado comienza a bailar ayudado por una ráfaga de viento y sus hábiles manos ajustan las tiras del equipaje que trae a su espalda; con un par de sartenes y cacharros amarrados en la superficie, que van resonando al golpear entre ellos.
Entre las casas de piedra rojiza y madera clara, Izuku nota que sus pies le empiezan a doler menos, pareciendo indicarle buenos presagios. No puede esperar más para comenzar su nueva vida de estudio y entrenamiento; así que empieza un trote ligero, mientras se pierde entre la multitud, los animales y los edificios.
En las afueras del castillo de Fukuoka, el enrejado interno de las grandes murallas vibra por el impacto. Un soldado ha ido a dar contra su estructura empujado por la destreza de un joven pelirrojo, cuya mitad de su cabellera derecha está teñida de plateado.
El grupo de soldados ahí reunidos sostienen espadas de metal bien afilado, mientras rodean al pelirrojo, y se van turnando para atacar. Cayendo de uno en uno, o de dos en dos, a la paja que delimita la zona del entrenamiento, y a los pies del joven, después de algunos encuentros de sus hojas. Los ojos también bicolor del pelirrojo, concentrados en cada batalla, contrastan con los colores del cabello escurriendo por el sudor; pero no puede evitar confundir un brillo lejano con un ataque sorpresa y desvía la defensa, en el mismo instante que la espada de uno de los soldados rasga uno de los tirantes de su uniforme. Todos los soldados se detienen de inmediato, tragándose el aliento, y el joven accede a terminar el ejercicio para buscar lo que le ha distraído.
El pelirrojo, de un ojo azul y otro marrón, otea los alrededores y descubre a un encapuchado con unos objetos metálicos colgando de su equipaje, paseándose por sus tierras sin permiso. Cuando todos sus súbditos saben que está prohibido el paso a la explanada del palacio, durante las horas de su entrenamiento. Molesto, pero sin cambiar su inexpresivo semblante, el pelirrojo manda a dos de sus hombres para echar afuera de las murallas al extraño; pero el encapuchado los esquiva con una sorprendente agilidad y empieza a correr, agitando un sobre en la mano.
Los soldados restantes rodean por atrás al joven con heterocromía y empiezan a reír, porque sus dos compañeros parecen un par de burros persiguiendo un escurridizo conejo. Con un pequeño movimiento de cabeza, el pelirrojo los silencia a todos y empieza a caminar hasta el extraño; quien le termina cayendo encima, tras no haber calculado la intervención de alguien más a tiempo.
—Ah, los siento mucho —sonríe agitado Izuku, poniéndose de pié de un salto; para enseguida extender su mano al joven que había evitado que se lastimara al caer—. Yo sólo…
—¿Quién le ha dejado pasar? —exige saber el pelirrojo sin agitarse o mostrar algún rastro de emoción en su cara ni en su voz, en lo que se incorpora ayudado por el pecoso, viendo cómo sus hombres llegan nerviosos hasta ellos.
—Nadie, yo sólo —sonríe un poco avergonzado por las finas facciones de ese rostro tan peculiar, antes de ser interrumpido.
—Lo siento, señor. En seguida lo sacamos —se excusan los dos soldados que lo habían perseguido, ya sin aliento.
—Parece que necesitáis mucho más entrenamiento. Vayan con Keigo y que él se haga cargo —ordena impersonal el pelirrojo, que es obedecido de inmediato; en lo que su grupo no deja de verlos con lástima y burla—. Y vos, largo de aquí antes de que le mande a arrestar —amenaza a Izuku para terminar, pero tan calmado que el joven pecoso no se siente intimidado.
—Pero, no he hecho nada malo. Yo sólo. —El pelirrojo le para la lengua con la punta de su espada y, con la misma destreza de antes, el campesino logra esquivar el ataque.
—Vaya que sois escurridizo. Veamos cuánto es capaz de correr —lo reta el pelirrojo, en un tono un poco más frío, y de un movimiento le arranca su maleta; que cae a la tierra como si hubieran arrojado un enorme saco de patatas.
Sin el peso extra, el campesino empieza a moverse más rápido y a escamotear por la explanada, hasta que el efecto que aliviaba el dolor de sus pies se esfuma. Justo cuando estaba intentando protegerse sobre una carreta estacionada, el dolor en sus pies le impide mantener el equilibrio y termina cayendo en la paja que no había sido usada.
—Alteza. —Llega hasta ellos la fuerte voz de un hombre, acercándose hasta los jóvenes. A paso lento, llega e impide que la mano del pelirrojo acerque todavía más la punta de su espada, en medio de esos ojos verdes que han recobrado su brillo al sentirse a salvo.
—Sasaki —le responde el pelirrojo, agitado, pero no más ni menos perturbado que antes por el hombre de túnica gris clara.
—Alteza, vuestro padre lo está buscando —informa el espigado hombre, acomodando sus anteojos y dirigiendo después la mirada al joven tumbado sobre la paja—. ¿Un nuevo recluta? —ironiza.
—No. Un extranjero que tuvo la mala suerte de interrumpir mi entrenamiento —aclara el pelirrojo, tomando por buena la pregunta.
Izuku ve por primera vez como la expresión del pelirrojo se tensa, en un gesto adusto, y enfunda su espada; creyendo que es por su culpa.
—Traigo una carta de recomendación para…
—Izuku Midoriya, supongo —le interrumpe ahora el mentado Sasaki, estudiando al pecoso de arriba a abajo, y éste asiente con varios movimientos. Un tanto aliviado, pues cree que el malentendido se aclarará y los bonitos ojos del pelirrojo dejarán de parecer tan fríos.
—¿Lo conoce?
—No, mi príncipe. Pero lo estaba esperando. Lamento la interrupción. Permita que yo me haga cargo del castigo de este… crío —termina de decir despectivo; aunque, por lo que se ve, Izuku es de la misma edad del joven con sangre real.
—De acuerdo, quedará a vuestro cargo —suelta de nuevo ecuánime, pero enseguida enjuta la mirada, molesto, antes de empezar a caminar rumbo a las grandes puertas del castillo.
—¿Era el príncipe? —sonríe entre fascinado y preocupado Izuku, mirando cómo el joven pelirrojo despide a los soldados y desaparece de su vista; mas una punzada en ambos pies le recuerda que se ha excedido.
—Recoge tu equipaje y ven conmigo.
—¿Usted es el señor Mirai Sasaki? Lo estoy buscando para…
—No me hagas perder la paciencia, muchacho.
—¡Sí, señor! —Se apresura a responder y, como puede, va por su equipaje y comienza a seguir las extensas zancadas de aquel hombre, que sabe le ha salvado el pellejo.
Por uno de los enormes ventanales del castillo, el príncipe contempla cómo se van alejando el extranjero y Sasaki, rumbo a las habitaciones del maestre, adivino y consejero real. Cualquier cosa que lo distraiga es mejor para el pelirrojo que llegar ante su padre. Hubiera preferido ir con sus soldados, o al menos con ellos dos y saber qué es lo que hacía aquel joven en Fukuoka: si se iba a quedar o sólo tendría negocios temporales. Aunque, por la ropa tan raída que lleva, piensa, es poco probable que sea un comerciante; o por lo menos uno serio y exitoso. O tal vez, reconsidera, su rostro tierno e inocente lo ayuda a conseguir la confianza de la gente. Apenas había alcanzado a verlo en medio de la persecución, pero cuando lo ayudó a levantarse se dio una idea bastante precisa de sus facciones, de sus grandes ojos verdes, enigmáticos como el inicio de un bello pero peligroso bosque; sus pecas que brotaban en sus suaves pómulos cómo tréboles de buena suerte; su carnosa sonrisa creada por un par de bien definidos labios, con arcos muy redondeados; y todo envuelto por un ligero aroma a hierbas y especias. Mientras sube las escaleras, piensa que es la primera vez que hace algo de forma tan impulsiva. Por lo general, hubiera dejado que cualquiera se marchara con una advertencia, pero no podía explicar por qué había actuado de esa manera.
Al llegar a su habitación para asearse y cambiarse de ropa, como lo exige el protocolo antes de ir a ver al Rey, sus sirvientes lo esperan. Ninguno hace o dice algo fuera de lo normal. No como el campesino que se había acercado a él, como si fuera alguien común y corriente; seguro porque lo había confundido con los hijos de los nobles por el incipiente traje de entrenamiento. Entiende que debería sentirse ofendido o molesto, pero en realidad está intentando restarle importancia a la barrera que existe entre él y el mundo.
La primera vez que el príncipe se dio cuenta de ella fue cuando descubrió a una de las sirvientas platicando con las demás, de una forma que no lo hacía en el palacio. Más alegre, más fluida. Fue el mismo momento en que descubrió que existía un tipo de lenguaje diferente al que usaba a diario. Pero por más que intentó ocuparlo una y otra vez con los sirvientes, ellos sólo se limitaban a guardar silencio y a volver a esa forma lejana de hablar. No le quedó claro hasta que uno de los hijos de los sirvientes salió corriendo de su presencia. La sirvienta que solía cuidarlo le explicó que ese niño nunca debió de estar ahí, mucho menos ser visto o interactuar con el príncipe, o alguien de la corte. Y que lo más seguro es que ya habrían reprendido fuertemente a sus padres y a su hijo.
En esa ocasión, el pelirrojo se sintió responsable por la suerte de sus súbditos, así que evitó por todos los medios causarle problemas a los demás. Una actitud que se fue reforzando con los años, hasta convertirse en una sutil pero amarga indiferencia. No le importa ya, menos ahora que puede convivir más con los soldados y compartir con ellos un poco de compañerismo; pero que alguien lo tratase como se tratan entre ellos le resulta ¿nostálgico?, ¿cómo puede extrañar algo que nunca había tenido? No, intenta convencerse de que lo más seguro es que esa incomodidad y ese sentimiento de añoranza se difuminarán, en cuanto el campesino lo empiece a tratar con la deferencia que es propia entre la realeza y los plebeyos.
Al salir de sus pensamientos, el príncipe se observa con su distintivo traje azul, con hilos y adornos bien ajustados de plata repujada. La blusa blanca que sale de los bordes, luce sus volantes brillosos, suaves y ligeros; a modo de que oculten la mayor cantidad de piel posible. Y para terminar, tiene colgando de las hombreras una pequeña capa que sólo puede usar la familia real, con el fin de que nadie lo confunda con un miembro más de la corte. Se acomoda un poco más los puños para que no le corten demasiado la circulación y endereza, a su parecer, el pequeño distintivo plateado de su hombro izquierdo, que lo identifica como príncipe; y sale de su habitación para buscar a su padre.
Ese hombre suele estar en su estudio horas antes de la comida y a veces interrumpe las actividades de su hijo para que jueguen una partida de Shōgi, que alguno debe ganar en ese corto espacio de tiempo. El príncipe preferiría evitar a toda costa tener que cruzarse o interactuar con él, pero ese es un pensamiento que no puede ni debe expresar. "La familia es lo más importante, Shōto. Recuerda eso", se lo han repetido hasta el cansancio su padre y también sus maestros. Pero fueron las palabras de su madre a las que ha obedecido hasta ese día. "Te amo, Shōto… Siempre estaré contigo… Cuida de tu… padre, él te…". Es lo que el príncipe más recuerda, sus últimas palabras hacia él, y tenían que haber sido sobre el hombre responsable de que la reina muriera.
Mientras Izuku camina por el interior de las murallas que rodean al castillo de Fukuoka, se puede dar cuenta que hay más puertas y ventanas de las que es capaz de contar; aunque a primera vista no parecieran tantas, ya que están bastante espaciadas las unas de las otras. Pero lo que más le llama la atención, es una puerta que luce exactamente igual que las pesadas piedras con las que está hecho todo el complejo. Es una lástima que no tenga tiempo ni la confianza de detenerse a preguntar, porque las grandes pisadas de Sasaki lo obligan a correr entre calambres, y tiene el presentimiento de que si lo pierde de vista perderá la oportunidad que le ha conseguido su abuelo.
Lo último que Izuku quisiera sería tener que regresar y ser de nuevo un motivo de preocupación para el hombre que lo ha criado con tanto cariño. Por eso tiene que asegurarse de que todo marche de acuerdo al plan. Tiene que quedar a las órdenes de ese tal Mirai Sasaki para poder asegurarse un futuro. Tal y como su abuelo desea. Tal y como él mismo espera. "Sólo te dará una oportunidad, así que no la desperdicies", le había advertido su abuelo y, como ya había desperdiciado la posibilidad de generar una buena primera impresión, por lo menos tendría que asegurarse de cumplir cualquier cosa que ese hombre con lupas gruesas en vez de ojos le ordene.
Después de entrar en una de las tantas puertas de madera, suben una escalera, esquivan algunos sirvientes por los pasillos y se meten en una habitación que, más que una estancia, parece el patio de juego de un duende aburrido. La cantidad de libros apilados por el suelo, la mesa, los asientos, la cama, cualquier mueble que exista y oculten, y las enormes estanterías, no deja ver que es un espacio para ser una mini casa. Todo lo mini que puede ofrecer un amplio y lujoso castillo. Encima de los libros hay pergaminos abiertos, objetos extraños que Izuku no sabe distinguir si están de pie, reglas, escuadras, y algo parecido a una pelota sostenida y atravesada por un fierro. El pecoso le pone una mano encima para ver los dibujos del esférico y, sin querer, lo hace girar por el metal que la atraviesa de lado a lado, como si fuera uno de los juguetes de su infancia; pero duda que aquella pelota de madera sea para algo divertido.
Es sólo hasta que Sasaki detiene el objeto, que Izuku vuelve a ponerle atención. La mirada escrutadora a través de los cristales de aumento es intimidante, lo paralizan mientras coloca una de sus largas y delgadas manos al filo de su rostro, y lo analiza como si quisiera sumergirse en su mirada y atravesarle el alma con una espada.
—¿Quién te envía? —pregunta al fin con una voz profunda e indescifrable.
—¡Ah! Mi abuelo, señor Sasaki. Torino. Sorahiko Torino.
—No sabía que Sorahiko tuviera familia —se extraña alejándose, intentando recordar.
—No, bueno sí… eh… Él se hizo cargo de mí cuando murió mi madre, yo no la conocí pero mi abuelo dice que era una mujer muy bonita y amable, aquí tengo su carta de recomendación para usted, esperaba, esperábamos que me recibiera para. —Sin darse cuenta, el joven comienza a parlotear cada vez más rápido y tragándose el volumen de las palabras; dando explicaciones que sólo él entiende.
Desinteresado, Sasaki atrapa el pedazo de papel que Izuku sigue agitando con la mano, pero no aparta la vista de Midoriya; quien sigue hablando para sí mismo y, al tomar su barbilla, se descubre y se encoge aún más antes de volver a mirar esas gafas que ocultan la mirada del hombre delante de él.
—¿Quién fue tu padre?
—¿Mi padre? Señor… No sé. Mi abuelo nunca…
—Ven conmigo —le ordena Sasaki, antes de perderse en los pasillos de libros apilados y guiarlo hasta un cofre polvoriento.
Con presteza, Sasaki comienza a verter en un cuenco unos pocos líquidos y polvos, como si calculara cada gota y gramo con la sola mirada, y los revuelve con cierta furia. Sin que Izuku lo vea venir, el maestre le arranca un mechón de su oscuro cabello alborotado y lo pone encima de la mezcla; y se pone a esperar.
Frente a los ojos de ambos, el par de rizados y largos cabellos empiezan a brillar con un verde electrizante, muy parecido al que Izuku a veces se ha visto en el reflejo del agua cuando se baña, salpicando sus pecas. Pero en lugar de perderse, como suele hacer esa energía, los cabellos se van tiñendo de un color verde intenso; muy parecido al de los bosques de cipreses que crecen cerca de su casa.
Izuku sonríe de oreja a oreja, sorprendido por lo que cree un truco; pero la mirada de Sasaki lo sepulta en menos de un segundo, dibujando una sombra en esa antes brillante sonrisa, ahora impostada por los nervios.
—No tienes nada que hacer aquí.
—¡¿Qué?! Por, pero, ¿por qué?
—Yo no puedo enseñarte lo que necesitas. Además, si te quedas, tendrás que conseguir algo que te dé de comer. No voy a mantener a un vago.
—No soy un vago, señor Sasaki. Llegué aquí solo, puedo valerme muy bien por mí mismo.
—Con tus habilidades. ¿Cuánto crees que durarás cuando lo descubran y se den cuenta de que eres un inútil? Porque, por lo que ví hace rato, no eres capaz de controlarlo. No sólo te convertirás en una decepción y una carga, sinó también en un peligro para todos.
—Yo… por eso vine… para…
—Ya te dije que no puedo ayudarte.
—Pero es el castillo, la capital del reino. Debe de haber alguien que sí pueda…
—Lamento decirte, muchacho, que los únicos que poseen esa clase de conocimientos son los vampiros. Pero no creo que quieras morir tan joven.
—Pero… no puedo regresar… Le prometí a mi abuelo que…
—¿Qué?
—Que… me convertiría en alguien capaz de ayudar a los demás… Quiero… poder, tener el poder para sanar su enfermedad y…
—Una buena manera de ayudarlo sería regresar, hacerlo feliz durante sus últimos días. Aunque si tienes esa cara de desgracia cada vez que lo ves, no me extraña que te alejara de él.
Un trueno llega a aturdir todavía más a Izuku, que seguía sin poder creer todo lo que ese hombre había dicho. En un par de frases había acabado con todas sus esperanzas. ¿Vampiros? "Debe ser una broma", piensa, porque no cree que algo tan irreal sea su única salida. En todo su viaje no había encontrado nada fuera de lo común. Como le dijo su abuelo, había evitado los caminos más bonitos para no toparse con ladrones y, en los bosques, no había encontrado más que los animales de siempre. Aunque una espinita en su cerebro insistía en ser escuchada, pero no tenía tiempo para ella. No podía parar de pensar que era un tonto, por no haberse dado cuenta de aquello que para Sasaki parecía obvio. Si su abuelo lo había mandado a otro lugar a aprender sobre sus habilidades y ahí todo parecía igual de común y corriente, entonces lo más seguro es que ahí tampoco tendría un lugar. Ya se había vuelto un problema en casa y todos lo miraban con miedo, desprecio, o directamente lo ignoraban. Nadie quería ayudar a su abuelo por su simple presencia y él tampoco podía hacer nada más que verlo marchitarse día con día. Y su única esperanza, se recrimina, sólo era la forma de su abuelo de conseguirle un nuevo comienzo. No un mejor futuro que beneficie a ambos.
Otro trueno llega a sus oídos y regresa a Izuku a esa biblioteca desordenada, que se ha vuelto todavía más pequeña y oscura. Sasaki está leyendo la carta de su abuelo. Ni siquiera Izuku sabe qué dice y está seguro de que ese hombre no se lo dirá. Pero, ¿qué más puede hacer? Ahora tiene que pensar a dónde se debería ir, pero en lugar de eso vuelve a mirar a su alrededor y no puede creer que todos esos libros no sirvan de nada.
Sin darse cuenta Izuku ha empezado a murmurar, igual como cada vez que se enfrasca en sus pensamientos, y Sasaki lo mira con una ceja ligeramente levantada por encima de la hoja de papel.
—Mandaré pedir otro catre para que te instales. Mientras tanto, escoge una pared y despeja el área para que te acomodes. Enseguida regreso.
—Pero, usted dijo que…
—Nunca dije que no iba a recibirte, muchacho. Sólo, no muevas nada de lo que está sobre la mesa. Ni sobre… —da un vistazo rápido pero analítico a su alrededor—. Lo que está cerca entre el baño y la estufa ponlo cerca de los estantes. Ahí acomódate. Ya vuelvo —informa y desaparece muy rápido, gracias a sus enormes zancadas.
Izuku sigue sin comprender nada, pero el brillo de alegría regresa a sus pupilas.
—Gracias, Aion —sonríe y acerca su equipaje a donde Sasaki ha indicado que lo haga.
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