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La primera vez que el aroma a bosque llegó hasta él, por encima de su propio aroma, el de su celda o el del característico olor que precede a la lluvia que se iba intensificando, fue algo muy tenue; algo que ni siquiera lo hizo mover alguna de las orejas peludas que sobresalen de su cabeza. Pero, en cuanto la presencia del aroma a pinos, que no corresponden a nada de lo que sabe que hay cerca, formó una imagen mental muy clara al pasar por enfrente de su puerta, incluso levantó el rostro hacia el brillo que revela el lugar donde está la única entrada.

Desde entonces la cadena que restringe sus movimientos y su capacidad espiritual no ha dejado de sonar, conectando cada inflexible movimiento de la criatura, desde el cuello hasta la pared más lejana a la salida. Él sabe que no puede romperla, pero en ese momento no es lo que le interesa. Las imágenes de su hogar vuelven con tanta claridad a su mente, que no puede evitar seguir jalando constantemente, imaginándose de nuevo en libertad; aunque eso signifique que la correa lacere la piel de su cuello, que ha perdido cualquier indicio de vello por debajo de ella. Inquieto, intenta capturar cualquier rastro de ese aroma tan añorado y grabarlo hasta el fondo de sus entrañas, con todavía más fuerza que el apetito enorme que tiene. Entre tanto movimiento, tira sus platos de comida y agua que no ha tocado desde hace días, pero no los necesita. La sensación que lo recorre fortalece sus músculos, ejercitados por la resistencia, como si sólo hubiera estado ahí unas pocas horas; mientras se desespera al percatarse cómo el olor se disipa.

No sabe cómo, pero sea lo que haya sido, tiene que llamar la atención de aquello. No sabe por qué, pero todos sus instintos lo apresuran a hacer algo para que llegue hasta él. Quiere aullar, pero sin estar transformado por completo de nada le serviría; pero tampoco es que pueda esperar hasta la siguiente luna. Tira una vez más de su cadena pero, en cuanto el aroma se diluye y se pierde por completo, vuelve a perder todas sus fuerzas y el hambre, el cansancio, la sed, el sueño, todo el desgaste vuelve a apoderarse de él; y esta vez con más fuerza. "¿Qué ha sido aquello?", no lo sabe, pero no se atreve a dudar de su importancia porque confía más en su nariz que en su cerebro. Por lo menos y en especial en ese tipo de casos. No por nada es el mejor de su manada, no por nada logró conseguir que los demás escaparan y resistir hasta ese día.

A lo lejos, en medio de una oscuridad casi absoluta que para él no es problema, vuelve a escuchar como un par de alas se baten, tranquilas y perezosas. No sabe cuántas paredes o palmos de piedra los separan, mas para él es como si lo tuviera al lado, diciéndole que también se había dado cuenta de aquella presencia y que sea paciente. Pero todos sus instintos le dicen que necesita encontrar el momento adecuado y para eso debe permanecer alerta, porque ese viejo no va a ayudarlo en nada. La ráfaga tardía por el aleteo llega a hasta él y le da una caricia, como si la necesitara. Pero no necesita nada más que guardar la calma requerida, para no alertar a algún guardia. Sólo precisa estar atento a cualquier detalle que le indique que aquello está cerca.

Sin cerrar los ojos, clava la mirada en la puerta y se agazapa. Por un momento recuerda los días en los que cazaba conejos en las praderas, roedores con poca carne, pero con huesos excelentes para limpiar sus encías. "Conejos, pinos, hierbas finas". Su cerebro ya ha codificado y le ha entregado lo que necesita y no lo perderá de vista. De ese modo se asegura de que el recuerdo quede grabado en cada poro, cabello y uñas. Ya tiene seis lunas de no cazar, pero la excitación por el recuerdo le regresa las fuerzas. Esperará. Esta vez apuesta que Kairos le sonreirá, aunque le cueste la vida.


Izuku, renovado en alegría por su buena suerte, no se queda con las ganas de poner todo un poco más en orden en cuanto se queda a solas. Le parece una buena forma de agradecer al señor Sasaki por haberlo aceptado. Los papiros los enrolla sin cambiar su lugar y los libros apilados los junta y los alínea, de tal manera que ocupen menos espacio. Procura hacer lo mismo con los ejemplares de las estanterías y, lo que puede meter debajo de los muebles, lo acomoda exactamente igual a como estaría en la parte superior. Una vez terminado, contempla satisfecho el espacio un poco más despejado, pero no ha terminado. De una de las esquinas recién liberadas, coge un plumero y empieza a pasarlo para poder barrer después; aunque no queda como a él le gustaría.

Pasado un poco más de una hora, Sasaki vuelve a aparecer en la puerta, seguido por una sirvienta de cabello y ojos castaños y mejillas rosadas, que no contiene su cara de sorpresa al entrar a la estancia; con cuidado de no tirar la charola. La joven lleva consigo suficiente comida para ambos y, en cuanto el estómago de Izuku gruñe emocionado por el aroma a papas recién horneadas, ambos jóvenes intercambian unas alegres sonrisas; uno más apenado que la otra.

—Hola, soy Ochako —se presenta con una amplia sonrisa, dejando la bandeja sobre la mesa, y vuelve a mirar alrededor complacida.

—I..zuku. Midoriya Izuku. Encantado de conocerla —responde con un evidente sonrojo sobre sus pecas, deseando que sus tripas no vuelvan a hacer un sonido tan vergonzoso en frente de una señorita.

—Me alegra que alguien haya puesto un poco de orden a este sitio —comenta ella, y sus cachetes se inflan un poco más, acentuando el color en su rostro.

—Te dije que… Ya estaba ordenado —reclama Sasaki en cambio, casi al mismo tiempo, clavando la mirada asesina sobre Izuku a escondidas de las sirvienta.

—Parecía una bodega —salta la joven de inmediato en favor de Izuku—. Cada vez que me ofrecía a limpiar decía que iba a soltar sobre mí una maldición —susurra en voz alta, aparentando que le decía un secreto a Izuku y llevando una mano a su boca para intentar contener su risa.

—Señorita Uraraka, me parece que su presencia es necesaria en otra parte.

—Siempre dices eso, Sasaki, pero soy la única a la que dejas que te ayude.

—Y necesito que esté al pendiente para que traigan el catre.

—Oh, cierto —mira a Izuku y su cabello corto a la altura del mentón parece que se esponja con su emoción contenida, redondeando todavía más su cara—. Vengo enseguida. Espero que me tengan los platos listos para que no tenga que dar una tercera vuelta —les pide alegre y desaparece tras la puerta, ligera como una pluma. Tras lo que Sasaki deja libre un pesado suspiro.

—Ahora no voy a lograr mantenerla lejos de aquí —se queja, sobando sus párpados por debajo de los anteojos.

—Podría pedir que le asignaran otra sirvienta, señor.

—No funcionaría.

—¿Por qué? —pregunta con genuina curiosidad, porque Sasaki no parece el tipo de hombre que se tentaría el corazón para despedir a cualquiera.

—No hagas preguntas y come. Aprovecha que esta será la última vez que podrás usar la mesa.

Izuku ríe al detectar el sarcasmo, aunque también piensa que es muy probable que pronto todos los libros vuelvan a donde estaban. Además le da gusto que, por alguna razón, Sasaki no hará nada para dañarlo y que ya ha logrado su primer objetivo. Así que toma sus raciones y se sienta en una de las dos sillas libres, a la derecha de esa gris, alta y muy, muy delgada figura; con lentes y cabello relamido a la derecha.

—¿Cómo siguen tus pies? —Pregunta Sasaki, interrumpiendo el primer bocado de Izuku.

—Sólo están un poco hinchados —susurra apenado, porque no sabe cómo el maestre se ha dado cuenta, además de que no quiere enfrascarse en más explicaciones vergonzosas.

—¿Puedes quitarte los zapatos?

Izuku guarda silencio, desvía la mirada y aprieta los labios ante esa pregunta. Sabe muy bien que, la poca sensibilidad que tiene, depende de que la tela de sus pies no se mueva ni un ápice.

—Termina de comer y después puedes ir a ver al médico de la corte.

—Pero no sabría dónde encontrarlo —musita intentando alzar la voz, pero que no suene como reclamo.

—Lástima. Hubiera podido acompañarte si alguien no hubiera desacomodado mis cosas. Pero estoy seguro que la señorita Uraraka estará más que encantada de acompañarte. Pídelo en cuanto vuelva.

—¡No, no, no, no, no, no, no, no! No podría causarle molestias —expresa muy efusivo, agitando las manos enfrente de él, con un sonrojo intenso.

Sasaki deja de comer para verlo con una ceja levantada e Izuku se da cuenta de que, desde que llegó, sólo ha causado problemas; por lo que el sonrojo se apodera de toda su cabeza.

—No hagas las cosas todavía más difíciles para todos. Si vas a buscar trabajo, debes estar en las mejores condiciones posibles. No te quiero en el catre hasta bien entrada la noche. ¿Entendido?

—¡Sí, señor!

—Excelente. Ahora termina tu plato.

La hora de la comida termina entre varios relámpagos, pero el agua no hace su aparición. Sin embargo, algo en el interior de Izuku se agita cada vez que el elemento de la luz se hace presente, cada uno más cerca del palacio, seguido de los intimidantes truenos. Media hora más tarde, la señorita Uraraka se aparece con dos hombres que cargan la cama extra para el consejero real; tras lo que Izuku le pide, o lo intenta, que le enseñe el camino para ir a ver al médico de la corte lo antes posible. Pero lo único que consigue es que las sonrosadas mejillas de la castaña se vuelvan dos globos rojos. Así que Sasaki tiene que intervenir para que lo dejen solo cuanto antes y así no tenga que lidiar con un joven maloliente, y encima mojado, por la noche. Entonces piensa que de hecho no sería mala idea pedir agua caliente a primera hora del siguiente día.

Mientras caminan por los alrededores del castillo, Izuku no puede evitar pensar que esa es la primera vez que una chica es amable con él. En su pueblo natal, o donde lo crió su abuelo, las personas los evitaban. Con el tiempo se dio cuenta de que él era el motivo, aunque Sorahiko le decía que no era su culpa y siempre lo animaba a hacer las cosas más rápido y mejor. Con el tiempo, Izuku notó que sólo buscaba distraerlo de las miradas desconfiadas, lastimeras, o que buscaban hacerlo consciente de que no era parte de aquella comunidad. Aunque para él no era necesario nadie más que su abuelo.

El hombre era bastante amable, ágil y habilidoso, con todo y que los años le iban robando longitud y lozanía a su cuerpo; pero lo que más le gustaba a Izuku, era que Sorahiko siempre le contaba historias sobre los dragones sabios que ayudaron a las personas a crear las primeras civilizaciones. Pero que, con el tiempo, su principal motivación se diluyó por la misma perversidad de los hombres. Los grandes ojos verdes de Izuku fulguraban entre palabra y palabra a la luz de esas noches de fogata, mientras pastaban a las ovejas en primavera; o frente a la chimenea, cuando su abuelo preparaba un cuenco de arroz en invierno, con carne, huevo revuelto y algunas especias.

Con esos recuerdos, Izuku casi podía volver a sentir las ganas de saltar por todos lados. Tan sólo de imaginar que volvía a ser un niño fingiendo que era un enorme dragón y haciendo que su abuelo lo persiguiera para evitar que se lastimara, o que pusiera la casa de cabeza, o espantar a las ovejas. Pero la sorpresa de un nuevo trueno es lo que lo hace despegar los pies del suelo y voltear hacia las piedras blancas del castillo; justo donde está la puerta mimetizada.

—Señorita Uraraka —llama a la joven castaña, quien ha llevado sus manos al pecho, intentando disminuir la sensación de indefensión.

—¿Sí? —contesta con voz chillona.

—¿Usted sabe qué hay tras esa puerta?

—¿Puerta? —Ella mira desconcertada, a él y a la pared de piedra, porque lo único que alcanza a ver es el enorme y grueso muro de siempre.

—¡Ah! Perdone, el rayo debió confundirme. —Izuku se lleva una mano a la cabeza para frotarla y se inclina un poco hacia adelante, para pedir disculpas; pero al regresar la mirada constata que no es una alucinación. En especial por el aroma agrio y dulzón que se apodera de su nariz y de su lengua; que casi puede jurar que proviene de ahí.

—Eres un chico muy gracioso, Izuku —se ríe Uraraka, intentando ocultar de nuevo su gesto y el ligero sonrojo de sus mejillas—. ¿Quieres que apretemos el paso, para que puedas regresar antes de que empiece a llover?

—¡Sí! —grita por segunda vez en el día, e intenta seguir a la sirvienta con un renovado brillo saliendo de las pecas bajo sus ojos.


—No necesito un escudero —se disculpa el príncipe, sin un ápice de emoción en la voz en medio de su lección vespertina con Sasaki.

La mesa, en la que sigue leyendo un pequeño libro, tiene unos cuantos ejemplares más, apilados enfrente de él; los floreros adornan y perfuman el ambiente y los manteles bordados evitan que las tazas de té marquen la madera. El suzuri de jade casi no tiene tinta; y los pinceles y las plumas de aves descansan en su soporte de porcelana, a un lado del vaso cerámico, un cazo de latón y una caja de madera forrada de terciopelo.

—Tengo que encontrarle algo que hacer a ese muchacho —pronuncia sin más interés que el príncipe, evaluando su caligrafía—. Tal vez su primo necesite alguien que lo asista.

—¿Neito? Un poco más de asistencia y no le quedará tiempo para hacer nada —comenta sarcástico, enderezando aún más la espalda y Sasaki suelta una ligera risa de conformidad, ocultando su sonrisa tras el papel.

—Cierto. Pero mínimo podría ayudar para que no ande molestando.

—Neito ó… ¿Cómo dijo que se llamaba, maestre?

—Izuku. Midoriya.

—Joven Midoriya —repite el apellido, desviando la mirada a los tapices rojos y amarillos que adornan la amplia estancia—. Me sorprende que no le hayáis enviado de vuelta.

—A mí también, créame —aclara con amargura, porque sabe que nadie lo estaría esperando de vuelta, mínimo en Fukuoka podría tener alguna oportunidad. Sólo que lamentaba ser él quien tenía que hacerse cargo del muchacho.

—¿A qué se dedicaba antes, el joven Midoriya? —El príncipe regresa la mirada a los anteojos de Sasaki, intentando leer algo en sus pupilas ocultas.

—Era pastor y conoce de medicina —suelta tallando sus ojos por debajo de las gafas—. Pero no hay forma de que Bubaigawara lo acepte, ya sabe lo extraño que es ese hombre.

—Y si supiera lo que nosotros, tampoco el joven Midoriya querría.

—Por eso pensaba que, si fuera usted a decírselo como un favor a su padre.

—Lo pensaré —vuelve la mirada a la mesa—. Pero tendría que conocerlo primero —concluye monocorde, sin el mayor rastro de interés. Preferiría no hablar con su padre, ni volver a cruzarse con ese joven. Para él sería mejor poder quedarse para siempre con esos brillantes ojos dirigidos hacia él como única memoria.

—Desde luego, príncipe —responde con un poco de esperanza, antes de continuar con las materias de ese día.


Mientras tanto, Izuku sale de la botica del médico con un ungüento para sus pies y con la ansiedad irresuelta por no preguntar de qué está hecha. Se había puesto tan nervioso ante ese hombre, a veces amable y a veces perturbador; que no logró sentirse tranquilo mientras lo revisaba. Pero ahora que va caminando hacia las habitaciones del señor Sasaki, se pone a murmurar las etiquetas que recuerda; para anotarlas de inmediato en una de sus libretas al volver.

"Árnica, hierbabuena, manzanilla, stevia, sábila", esas las conoce y las tiene registradas. "Astrágalo, kudzu, dong quai, orozuz, ginseng", no las conoce, pero irá a averiguar para qué sirven cada una y, por supuesto, regresaría a la botica de ser necesario. Si Izuku tiene que conseguir un trabajo por sí mismo, el de estar junto al médico del reino le atrae tanto como lo desanima. Por alguna razón que desconoce, todo lo que hace y prepara tiene efectos inesperados. Sin importar que las recetas estén grabadas a fuego en su cerebro, que los instrumentos de medición estén bien calibrados y que repita paso a paso todo lo que hacía Sorahiko; sólo le basta tocar alguna planta o el mortero o un mezclador involucrado para que todo salga terriblemente mal.

Por eso se ha dedicado a registrar ingredientes, archivarlos y a transcribir y repartir recetas la mayor parte del tiempo. No había podido ser de ayuda para Sorahiko. Incluso ahora no sabe si aplicarse el ungüento, porque no sabe si funcionará y no tiene la confianza de pedir la ayuda de Sasaki; así que piensa que lo más probable es que tendrá que soportar hasta que su cuerpo cicatrice por sí mismo. Como ha hecho con la mayoría de sus heridas desde que tiene memoria. Por suerte no es enfermizo, pero su abuelo siempre lo regañaba por no preocuparse sobre su propio bienestar y salud física. Llegó a sentir tanta culpa que hasta ahora le duele ser atendido por él o por cualquiera.

En lo que camina por el interior de la muralla, siguiendo sus pasos, un fuerte aroma vuelve a llamar su atención y descubre que está de nuevo frente a la pared de piedra con la puerta invisible. Pasa saliva y mira a todos lados para ver si está solo. Le parece que la mayoría de los sirvientes han ido a resguardarse de la inminente tormenta que está a punto de caer. Por otro lado, los soldados están en las torres y por encima de la defensa de piedra, y sus cabezas son casi imperceptibles; pero algo le dice a Izuku que están con la atención puesta en el pueblo y sus alrededores.

Por eso, o por uno de sus repentinos ataques de curiosidad, izuku decide acercarse a la pared de piedra blanca del castillo y colocar su mano donde debería estar un picaporte. Empuja, pero la pared desaparece al instante, dejando en su lugar un agujero oscuro y maloliente. El aroma dulzón se vuelve completamente agrio y penetrante, sus lagrimales intentan proteger sus ojos; pero aún con la vista nublada vuelve a mirar a los lados para asegurarse de que nadie lo vea dar un paso al frente; hasta terminar perdiéndose en la densa oscuridad.

Inseguro de lo qué está pisando, tantea el suelo con la punta del pie y descubre que tiene que bajar por unos amplios escalones, más parecidos a pequeñas plataformas descendentes que logra distinguir en cuanto sus ojos se acostumbran a la penumbra. Sus sentidos empiezan a aceptar el penetrante hedor acumulado, pero no puede conseguir respirar con normalidad. Tal vez por los años en las praderas, tal vez porque siempre ha creído tener sentidos más sensibles que el resto, pero por un segundo logra percibir la sensación de algo que se mueve en el fondo. La imagen de un lobo aparece en su cerebro y el sonido de un metal pesado cayendo al piso le dice de donde proviene el peligro.

—¿Por qué has tardado tanto? —gruñe lo que se esconde dentro de las sombras.

—¿Eh? —Izuku está apunto de preguntar si lo estaba esperando, pero detiene la obviedad en su boca—. Ah, perdón, yo sólo…

—Agh, no importa. ¿Qué demonios eres? —Espeta impaciente por los balbuceos.

—Es…soy Izuku… Midoriya.

—¡No pregunté tu nombre! ¡¿Eres estúpido?, o estás intentando burlarte de mí!

—¡No! Yo.. eh… Soy… fui pastor, cuidé de ovejas, escribo… eh… medi…

—Te estoy preguntando qué clase de criatura eres —gruñe evidentemente enfadado, pero más contenido.

—Una persona, un ser humano, hombre…creo…

—No intentes engañarme, la bola de inútiles que pasan por aquí a diario jamás podrían haber entrado. ¿Qué eres? ¡Y no me hagas repetirme!

Izuku se estremece por el gruñido, tan intimidante como un trueno, pero se fuerza a no cerrar los ojos para intentar distinguir a esa criatura. "Criatura", repite en su cabeza y se da cuenta de que se ha encerrado con algo que está más allá de lo que ha conocido hasta ahora. ¿O, no? Pero que, por alguna razón, la bestia no puede acercarse. Vuelve a su mente el sonido metálico que ha estado tintineando entre tanto grito y se da cuenta de que no corre peligro.

—Ya te lo dije —replica enderezándose—. Ahora que si no quieres creerme, ese es tu problema.

—Así que, además de idiota, eres ignorante. Menuda ayuda ha enviado Kairos.

Izuku quiere preguntar quién es ese tal Kairos, le suena, pero no quiere dar más motivos para ser insultado. Mas, por sobre todo, la palabra "ayuda" resuena en sus oídos y todos sus miedos y dudas desaparecen.

—¿Necesitas algo, estás herido? Si quieres puedo traerte lo que necesites, sólo…

—¿Quién te dijo que era "yo" el que necesitaba algo? ¡Escúchame bien, pedazo de basura! Estás muy lejos de poder ayudar a nadie si ni siquiera sabes qué eres, o de lo que eres capaz. ¡Así que no te creas digno de lamerme las patas!

—Está bien, está bien, de acuerdo, pero —decide acercarse un poco más a donde la oscuridad es más densa—. Si me dices para qué me has llamado, o quién creías que era, tal vez podríamos empezar a aclarar las cosas —pronuncia con voz suave, mientras estira la mano para darse una idea de con qué está hablando.

—Un paso más y te arranco los dedos de una mordida, ser asqueroso.

—¿Asqueroso? Yo no soy el que está parado sobre su propia mierda y huele a haberse bañado con perros. Es cierto que me asié la semana pasada, pero no se compara con…

—¡Cierra el maldito hocico!

"Hocico, morder, cadena, gruñidos, perros, patas", todo se relaciona en la mente de Izuku con la imagen que en un principio se formó en su cabeza.

—¡Eres un licántropo! ¿Pero cómo…? —La criatura guarda silencio y enjuta la mirada, liberando un poco de sus feromonas sin querer—. Otra vez huele bien, ¿cómo has hecho eso? —susurra, con sus palpitaciones sobreponiéndose unas a otras.

El licántropo suelta un bufido y se acomoda de tal manera que Izuku no le bloqueé los escasos hilos de luz que llegan de la puerta.

—Parece que no eres tan idiota después de todo.

—No soy un idiota —se queja Izuku haciendo un puchero y sus mejillas vuelven a encenderce con esos rayitos verdes, iluminando todavía más el medio hombre, medio lobo, que está delante de él; completamente desnudo.

—Y tampoco un incipiente humano, herbívoro —gruñe con una sonrisa de medio lado y la mirada maliciosa al ver un pequeño bulto dentro de los pantalones de Izuku—. Supongo que serás útil, sea lo que seas.

—¿Útil?

—¡Cállate, herbívoro! Busca la siguiente puerta escondida y encuéntralo, estoy seguro que él te dirá todo lo que necesitas saber.

—¿A quién?

—¡No hagas preguntas estúpidas y haz lo que te digo!

Izuku grita que sí por tercera vez en el día y, gracias al brillo de sus mejillas, logra dar con otra entrada mimetizada en la oscuridad. Sólo que, por un segundo, piensa que no sabe ni a dónde va o cómo se supone que va a regresar. Aunque agradece poder quedarse a solas unos minutos, para no revelar la vergonzosa reacción que su cuerpo ha tenido ante el licántropo; pidiendo una tímida atención que por sí sola se debe calmar.

—Sigue el viento y, cuando vuelvas, busca mi aroma. No tardes mucho.

Izuku se gira para ver a esa hermosa y feroz bestia y asiente ante la recomendación. Mucho más tranquilo, vuelve su atención al siguiente pasillo e intenta que el brillo se intensifique; pero se detiene de inmediato. Tampoco quiere que por un error su rostro se apague; así que sólo respira profundo y comienza a caminar dentro de lo desconocido.

"Es un bicho raro muy interesante", piensa la bestia y se concentra para poder escuchar las pisadas de ese tal Izuku; tan livianas como las de un conejo, pero, por lo esponjoso de su pelo, cree que la imagen de un carnero lo describiría mejor. Pero no dejaba de ser un herbívoro. Una presa con la inteligencia de un recién nacido.

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