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En lo que sigue bajando por las plataformas, ahora un poco iluminadas, Izuku pone más atención a las piedras húmedas que recubren el lugar, al eco que evidencia cada pequeño movimiento y se sorprende de que el licántropo haya podido ocultar su presencia casi por completo. A comparación de él, el pecoso se siente torpe e inexperto al llegar a la primera bifurcación de la escalera y sigue la tenue corriente de aire. Siente las manos vacías y recuerda que debería traer consigo el ungüento, pero que debe de estar ahora entre las patas desnudas de aquella feroz criatura que, al recordarla, vuelve a sentir un ligero tirón en la entrepierna y decide mejor reenfocar sus pensamientos. En su lugar, vuelve a repetir la lista de las plantas en silencio; hasta que toca piso y su alrededor se transforma en una intrincada caverna, sin caminos marcados, ni nada.
Piensa que es poco probable que siga en el territorio del castillo y que haya ido a dar cerca de la costa, pero tampoco siente que ha caminado tan lejos, sólo lo bastante profundo. El brillo de sus pecas le pica la cara, como queriendo indicarle el camino a seguir al igual que el viento, así que continúa confiado; sólo preocupándose por no resbalar o que alguna piedra filosa le haga daño. Las estalactitas del techo gotean de vez en cuando y cree que, de tener una antorcha, sería un buen lugar para explorar por nuevas plantas y seres vivos. Esta última reflexión lo detiene, porque es extraño que un lugar tan reservado no albergue más que insectos y gusanos. Hay tantos y tan despreocupados, que es obvio que no tienen depredadores naturales que los controlen y que, por lo tanto, a donde sea que él está yendo, se encuentra algo que los ha espantado desde hace bastante tiempo.
Aún así no se amedrenta. Las palabras de la criatura, de que hay alguien más que puede necesitar ayuda, lo impulsan. Ahora sabe que no debe bajar la guardia, pero tampoco tiene razones para desconfiar de alguien que piensa que sus habilidades pueden ser de utilidad. Aunque no puede evitar pensar que podría estar siendo un tremebundo ingenuo.
Gracias a estar de nuevo en su espacio mental, Izuku se tropieza y casi estampa su cara contra una roca. Pasado el susto, pone su cara más seria y deja de lado cualquier pensamiento que no involucre el camino y las sensaciones que lo están guiando. Atento para encontrarse con lo que está buscando. En su imaginación, ve algo peludo y chiquito, con los ojos enormes y llorosos. Un poco como su antigüo amigo Yuga, un pequeño duende. Por mucho tiempo su abuelo lo convenció de que Yuga era un ser creado por su imaginación, para copar con su soledad infantil; aunque algo siempre le decía a Izuku que era real. No fue sinó hasta que ambos regresaron a la casa y encontraron al duende haciendo un desorden —aunque Izuku era el único capaz de verlo—, que el anciano Torino se apresuró a poner protecciones en contra de esas criaturas. Y justo a tiempo, porque Sorahiko temía que se lo quisiera llevar, porque a los duendes les gustan las cosas bonitas y brillantes, y hasta él a veces había logrado percatarse de las chispas que brotaban de las pecas de Izuku.
Su abuelo lo abrazó muy fuerte ese día y le enjugó las lágrimas, porque el pequeño Izuku se había puesto a generar el llanto que él quería pero que no podía derramar. Izuku por haber perdido a un amigo, y Sorahiko por la impotencia de no poder hacer más por él y por el miedo a perderlo. A partir de ahí jamás se separaron, hasta el día que el pecoso alcanzó la madurez suficiente para poder viajar.
Técnicamente ya era un adulto, como de 16 años, así que tenía que hacerse responsable de sí mismo y buscar la manera de ayudar a su abuelo. Se lo debía. Sorahiko nunca se lo cobraría, ni lo obligaría, ni algo parecido; pero, en su corazón, Izuku sabía que era lo correcto. No podía darse el lujo de regresar con las manos vacías y la frente agachada.
Un sonido extraño lo regresa de nuevo a la realidad desde el mundo de sus recuerdos e Izuku se agita por la gran corriente de aire. De repente, ve alrededor de la cueva que goza de un poco de luz natural y se topa con un ala gigantesca, aparece otra, y, al retraerse, la fuerza eólica que producen ambas al mismo tiempo lo levantan y lo avientan varios metros atrás; en una roca muy alta.
Izuku se agarra como puede para no caer de la superficie resbaladiza, pero hubiera regresado al suelo, y se hubiera roto algo, de no ser por una pequeña protuberancia que le sirve de apoyo. En cuanto se siente seguro, pasa saliva y duda si mirar al suelo, pero en vez de eso se pone a buscar con lo que sea que se ha topado.
No muy lejos, suena como algo pesado se acomoda y el sonido de cadenas enormes acompañan a lo que sea que se esconde entre las rocas. Izuku se pone de puntillas para intentar ver mejor el epicentro de la gruesa respiración, y se sorprende que estuviera tan ensimismado para no haber notado algo tan… abrumador. Como puede, se acerca saltando entre las rocas y escalando otras, hasta que su vista se topa con una enorme criatura amarillenta, cubierta de escamas y con un par de alas muy maltratadas. Lo que tira a la basura la imagen de una criatura linda y tierna porque, según la descripción que guarda en su cabeza, está en presencia de un dragón.
El corazón se le salta un par de latidos, su respiración se vuelve todavía más acompasada y se inclina lo suficiente para alcanzar otra roca y dirigirse a la salida. No sabe si es de la especie lanza llamas, lanza ácido, lanza truenos, o lanza escamas afiladas; pero como esté despierto, bien podría convertirse en su almuerzo. Está emocionado, asustado, ansioso, excitado, "¿cuál es la diferencia de los sentimientos si prácticamente el cuerpo reacciona igual a todo?", se pregunta en lo que se limpia las manos en la ropa, para que el sudor no se interponga entre él y un lugar seguro. Pero entonces vuelven a él las palabras del licántropo y la imagen de las alas maltrechas.
Si hubiera podido, Izuku se hubiera amarrado las tripas para que dejaran de dar lata y así poder dirigirse a su muerte con toda la confianza que la tarea merecía. Pero no. Contra sus mejores juicios, ignorando sus impulsos y con sumo cuidado, Izuku intenta encontrar el camino hacia el enorme dragón que parece descansar. Mueve cada pie cada vez que una gota cae al piso y resuena en la caverna para ocultar su ubicación y su presencia; pero en cuanto asoma la cabeza por una roca, ve su reflejo en una superficie azul, muy diferente a las piedras oscuras y opacas, y como un párpado delgado y cremoso lo cierra de derecha a izquierda.
Petrificado, ordena a su cuerpo una y otra vez ocultarse o salir corriendo, pero no hace nada. Sólo puede ver su rostro pálido y falto de cualquier chispa verde brotando de sus mejillas. Pasado el susto, se da cuenta de que la respiración del dragón no ha cambiado, tampoco se ha movido y, por ridículo que le parece, se atreve a pensar que al estar tan cerca no lo ha visto, o que lo sorprendió y lo espantó también.
Volviendo a sentir como corre sangre por sus venas y que su estómago deja de contraerse, Izuku se gira para quedar totalmente expuesto y sonríe con preocupación, intentando no hacer ningún movimiento brusco. El párpado traslúcido vuelve a abrirse y el aliento del dragón llega hasta él, húmedo y cálido, entre las rocas.
—Estoy aquí —resuena la grave voz en la caverna, y de inmediato Izuku empieza a gritar y a retroceder lo más posible, porque la montaña que ríe y se alza sobre de él parece que está a punto de aplastarlo o comérselo—. ¡Ah! Me alegra ver que estás bien, creí que te habías desmayado de pié o se te había parado el corazón. —Izuku grita todavía más fuerte, casi llorando, hasta que una piedra le corta el paso—. Todo está bien, joven. Yo estoy aquí. No tiene de qué preocuparse —afirma sonriendo, con un blanco juego de colmillos capaces de devorar una casa entera.
—¡¿Qué haces aquí?! —grita sin pensar, deseando que esas fauces no se acerquen a él.
—Esperándote, qué más. Llevo todo el día llamándote. Pero parece que lo único que he logrado es atraer a las nubes de tormenta.
—¿Llamándome? —susurra haciendo una mueca extraña, un poco más relajado al recordar los truenos y rayos que parecían haberlo perseguido durante todo el día—. Eh.. ¿Eras tú? Pero… —intenta hablar pero sus pensamientos se cortan al ver de nuevo a la enorme bestia que le sonríe y abre sus alas en un gesto que lo sobrecoge, porque le recuerda a su abuelo llamándolo a comer como cuando era niño. "Izuku", resuena la voz del anciano en su cabeza, y aprieta la mandíbula para intentar contener las nuevas lágrimas que intentan salir.
—¿Quién es Izuku?
—Y… Yo —responde entre dientes limpiando su rostro con el antebrazo—. Midoriya Izuku.
—¿Y el humano que lo dijo?
—Mi abuelo, er… es mi abuelo.
El dragón ve al diminuto joven que se empieza a poner de pie y voltea a verlo, por lo que intenta que la compasión no se refleje en su mirada; aunque no sabe cuáles son sus capacidades todavía. Porque si ese joven fuera capaz de leer el corazón, como él, no serviría de nada intentar engañarlo.
—Me alegra que haya llegado, joven Midoriya.
—Gracias —vuelve a responder en automático y entonces recuerda por qué ha ido hasta ahí en primer lugar—. ¡Ah! ¡Es usted! ¿Es usted, no es así? El que necesita mi ayuda, pero… No creo que un dragón necesite —"nada de un inútil como yo", termina de decir en su cabeza.
—¿Acaso se necesita algo para querer conocer a una buena persona? —Izuku no responde, pero lo mira con algo parecido al anhelo y la esperanza—. Aunque debo también aclarar que sí, tengo un propósito para haber hecho que viniera, joven Midoriya.
—Pero yo no puedo… tal vez el maestre…
—No hay nadie más, joven Midoriya. Heredero del poder de las Hadas.
—¿Hadas?
—¿De verdad… no sabe nada? —Ambos se callan por un par de minutos y el dragón vuelve a guardar sus alas—. ¿Cómo cree que llegó la magia a manos de los hombres?
—No lo sé —musita confundido, como no queriendo dar con la respuesta.
—Sabe la respuesta, así como sabe el por qué, a pesar de estar al lado de su abuelo por cincuenta años, su crecimiento es diferente al de los demás; sabe por qué es capaz de ver lo que otros no ven, sabe por qué las artes y las leyes de los hombres no funcionan para usted.
Izuku quiere repetir que no sabe nada de lo que está hablando el dragón, pero no puede. Su lengua está seca y su garganta cerrada, y algo en su interior burbujea para poder salir.
—Es lo que se conoce como un mago, joven Midoriya. Una muy rara mezcla entre un humano y un hada.
El pecoso escucha, pero no puede dar crédito a esas palabras. Él es un humano, su madre era una humana. Torino es su abuelo. Y él sólo un humilde muchacho de campo, tan inútil que ni siquiera es capaz de ayudarse a sí mismo. Piensa una vez tras otra, hasta que su mirada se pasea frente al dragón y, al llegar a sus ojos, sabe que no hay malicia en su interior. Sea verdad, o mentira, lo que dice debe tener algún tipo de lógica para la inmensa criatura.
—Entonces, ¿mi padre pudo ser un Hada?
—Si su madre falleció, lamento decir que sí. Los híbridos reclaman toda la fuerza vital disponible para poder crecer y nacer. Los humanos poseen tan poca, que ni siquiera la concepción se suele lograr y ambos fallecen.
—¿Entonces?
—Lo más seguro es que su madre fuera una ninfa, o quizás una maga; hasta la quinta generación es posible, más si alguien con conocimiento suficiente la ayudó durante la gestación. Su madre lo quiso, joven Midoriya, de eso no cabe la menor duda —concluye intentando consolarlo, por si lo que había dicho hubiera podido afectar al joven de mala manera. No podía interpretar su cara y sus emociones se estaban apagando peligrosamente.
—Pero…
—Me temo que me es imposible saber quién es el padre si no se presenta —suelta para intentar cambiar de tema.
—Inko —vuelve a susurrar, pero es la primera vez que pronuncia en voz alta el nombre de su madre—. Mi abuelo siempre dijo que me parezco a ella —susurra aún más bajo, casi a punto de la desolación.
—Estoy seguro que le heredó más que un cuerpo sano, joven Midoriya —afirma sonriendo y, por primera vez, Izuku le devuelve la sonrisa, tranquilizando un poco al dragón.
Justo en ese momento, Izuku se disculpa al darse cuenta de que había preocupado al dragón y le pregunta su nombre. "Ōru Maito" repite izuku un poco más alegre, antes de darse cuenta de que el mismo tipo de cadena —sólo que mucho más grande y gruesa— también lo tiene limitado, como al licántropo del que todavía desconocía su nombre.
—¿El Dire Wolf? —le pregunta el dragón, e Izuku ahora sí está seguro de que no ha hecho ninguna pregunta o que la conversación no es como ninguna que ha tenido antes.
—¿"Daiaurufu"?
—Sí, al que llamaste "licántropo", pero no es un humano maldito por una mordida. Es una especie de lobo.
—Pero se veía como alguien normal, con orejas y cola… —omite la desnudez, pero sabe que no puede ocultarle nada al dragón, así que sólo se pone colorado de nuevo.
—Debieron ser las hormonas.
—Él… —Izuku desconoce qué quiere decir con "hormonas", pero no quiere ahondar en ese tema—. Dijo que usted me diría todo lo que necesitaba saber.
—Supongo que quiere que yo me haga cargo de usted, porque es más que evidente de que no tiene ni idea de lo que es la magia, ni lo que puede hacer con ella.
—¿Hay más como yo?
—Exáctamente, no. Los humanos no suelen ser sensibles a los seres o criaturas; mucho menos tienen capacidades mágicas. En un principio eran tan vulnerables que por eso los acogimos bajo nuestras alas. Pero, en cuanto descubrieron que también podían tener acceso a ese otro mundo…
—¿Un mago le hizo esto? —Izuku insiste en saber, mirando la cadena que mantiene presa a tan agradable y majestuosa criatura.
—Así es, joven Midoriya; pero… Fueron tiempos difíciles. Y toda vida es preciosa —Izuku pudo ver un cúmulo enorme de lenguas de fuego; escuchar gritos, gruñidos, chillidos; pero sobre todo sentir el dolor que parecía emanar de la mirada del dragón tras evocar sus memorias—. Pero usted no debería cargar con más de lo que puede, por ahora.
—¿Para qué me necesita, "Ōru Maito"?
—Antes de poder encargarle nada, necesito que aprenda lo que puede hacer, o lo que no. En este castillo hay información y, si necesita dónde practicar, puede venir conmigo, en algo debería poder ayudarlo.
—Pero…
—Los peces saben nadar; las aves saben volar; los perros saben correr; pero todos tuvieron que morir o aprender. Usted sigue vivo, joven Midoriya; algo ha estado haciendo bien; sería un error juzgarse únicamente por lo que ha hecho mal. Antes de guiarse por lo que le funciona a los demás, primero busque lo que le funciona a usted; ya luego lo demás vendrá.
—Supongo que tiene razón —mira al suelo y se toca una mejilla, y recuerda que su abuelo siempre le recomendaba que no se agitara demasiado para no sobre exponerse. Lo que significaba que, tal vez, debería intentar hacer lo contrario por ahora—. Eh, ¿usted sabe cómo se llama el "Daiaurufu" —pregunta de improviso, deseando que de verdad no hubiera abierto la boca.
—¿El joven Bakugō? Bueno, sí. Pero me temo que no le gustará que se lo diga. Los Dire Wolf son criaturas orgullosas, un poco complicadas. Sería mejor que esperara a que él mismo le diga cómo le gustaría que lo llamara.
—Entiendo —suelta desanimado, pero un poco ansioso por poder ganarse la confianza de esa criatura—. Entonces, será mejor que me vaya. De seguro ya está lloviendo y se suponía que debía regresar antes.
—También tiene que buscar información que le sea útil.
—Desde luego, eso también —responde avergonzado—. Volveré en cuanto tenga algo, "Ōru Maito", lo prometo —sonríe y el dragón le devuelve la sonrisa.
—Creo en usted, joven Midoriya. Y ya no lo retraso más, por favor, tenga cuidado rumbo a la salida.
—Eso haré, le aseguro que no tendrá de qué preocuparse.
Intercambian una última mirada antes de que Izuku se pierda de vista y enseguida echa de menos el brillo en sus mejillas, porque la luz natural de la cueva del dragón no llega a cubrir lo que está fuera de ella; así que tiene que seguir a tientas por un camino al que no le puso la menor atención. Pasan un par de minutos y lo sorprende una ráfaga de viento, a la que le sigue un aroma dulzón que ya podía reconocer como a Bakugō; así que, poco a poco, sigue su camino hasta que el aroma es tan intenso que sus mejillas vuelven a encenderse, su cuerpo empieza a sudar y no quiere ni pensar en que está a nada de que su polla vuelva a empalmarse dentro de sus pantalones mientras sube las plataformas, pero no logra eviarlo. En cuanto reconoce a lo lejos la entrada al final de las escaleras, que da a la habitación del Dire Wolf, se recarga unos segundos en una pared y decide hacerse cargo en vez de ponerse en evidencia.
Saca su miembro erecto, gordo y adolorido por la larga espera, y empieza a masajearlo en un vaivén que nunca le ha parecido digno; pero que en esos momentos es más que necesario para liberar toda su urgencia. Termina en menos de un minuto, coloca todo en su lugar lo mejor que puede y apresura el paso; para que la sensación no vuelva a aparecer antes de que pueda regresar al exterior, o a algún lugar con agua y aire fresco. Pero, al cruzar la entrada, ubica un par de luces rojas entre las sombras que erizan su piel, mucho más sensible que hasta parece sentir la caricia de esos ojos sobre de él.
—Llegaste muy rápido —gruñe la bestia con cierto tono de burla placentera—. ¿Te fue difícil regresar?
Izuku pensó que sus preguntas no tenían sentido o relación, a menos que… —al cerrar su puño—, la sensación pegajosa en el interior de su mano le confirma que sus deducciones eran acertadas y la sangre vuelve a apoderarse de su cabeza.
—Hice lo que tenía que hacer, gracias por marcarme el camino —suelta, intentando parecer confiado y limpiando los residuos de sus fluidos en el pantalón.
—Cuando quieras —gruñe en un tono más bajo—. Asegúrate de que nadie te vea cuando salgas. Ya terminó de llover y los guardias están por todos lados.
—¿Quieres que te traiga algo la próxima vez: carne…ropa?
—No necesito nada de esos inútiles humanos —espeta indignado.
—Entonces nada, está bien. Entonces… me marcho.
—¡Espera! —Le ordena y vuelve a jalarse de la cadena—. Tienes que responder mi pregunta —gruñe y el brillo resalta su afilada dentadura.
—¡Ah! Lo siento —le iba a preguntar sobre a qué pregunta se refería, pero en un segundo regresa toda la conversación que tuvieron a su memoria—. Ah… un mago, son una rara mezcla de hadas con humanos, al parecer mi madre debió ser —empieza y se enfrasca de nuevo en sus balbuceos sin sentido, pero el Dire Wolf sólo se dedica a mirarlo atento hasta que hubo terminado.
—Entiendo, sal ahora, o el siguiente guardia sabrá de dónde has salido —ordena, por primera vez con voz sosegada, y se voltea para poder acostarse de nuevo.
Izuku entonces logra atestiguar la imagen del lobo más grande que ha conocido. Peludo, muy peludo. Pero no se puede detener más tiempo para observar, porque tiene que regresar lo antes posible. En la salida, pisa el frasco del ungüento, sonríe y lo toma de inmediato.
Por suerte, durante todo el espacio que separa la misteriosa puerta y la estancia de Sasaki, nadie lo ve. El maestre ya lo esperaba, listo para llamarle la atención por haber regresado tan tarde, a lo que Izuku sólo le alcanza a contestar que él mismo le había dicho que "no lo quería en su catre hasta bien entrada la noche". El maestre se enfada, pero aún así le muestra que su cama ya está lista y que sus cosas lo esperan para que las disponga en una pequeña cómoda.
Sin poder resistirse, Izuku lo abraza y le agradece como debió hacerlo en un principio, aunque Sasaki intenta hacerse todavía más delgado, pero aún así no lo aparta hasta que su nuevo protegido se da por bien servido.
"Ha sido un gran día", piensa Izuku dentro de las cobijas en su nueva cama. Cuando entró a Fukuoka jamás pensó que llegaría a conocer a tantas personas tan peculiares ya criaturas tan bellas. El recuerdo del Dire Wolf regresa poderoso a su cabeza y se hace un ovillo para que su cuerpo no reaccione. Intenta desviar sus recuerdos hacia su madre y por primera vez desea poder haberla conocido. "Tal vez, si ella estuviera aquí, no me sentiría tan triste y nervioso todo el tiempo", piensa jalando las cobijas para que ellas absorban la pequeña lágrima que no ha logrado salir de su ojo.
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¿Continuará?
