Osamu Dazai ha tenido pocos momentos en su vida donde está cien por ciento seguro que la ha cagado de manera estratosférica.

Con su capacidad de ver el futuro, de adivinar los corazones de las personas, probablemente nadie crea que ocurre y esa es su mayor ventaja al momento de remendar sus errores, o en el peor de los casos, esconderlos.

Sucede que si fuerzas demasiadas cosas dentro de un cajón, tarde o temprano todo se desborda o se rompe, y es que el mayor error de este hombre es creer que todos sus cajones carecen de fondo.

No, ese es su segundo error más grande.

El primero está ahí, con sus enormes ojos azules y su carita llena de pecas, mucho más delgado y pequeño de lo que debería ser un niño de cinco años, con el pulgar entre sus labios, sujetando la mano de una mujer que claramente no está sobria.

Digámoslo así, tiene un vestido tan corto que no le cubre ni siquiera el pubis, y está tan excesivamente delgada que incluso esa diminuta prenda se le resbala por los hombros, dejando que sus senos se asomen, lo cual parece no preocuparle en lo más mínimo, además que sus pupilas están tan contraídas que casi no se le ven, y sus dientes castañean como si su mandíbula tuviera una inteligencia independiente al resto de su cuerpo.

Seis años atrás, cuando él tenía dieciséis y ella unos quince, se conocieron porque ella(nunca supo su nombre, ahora es un pésimo momento para preguntar) trabajaba en uno de los burdeles de la Port Mafia y Osamu estaba aburrido.

Tres meses después se apareció, diciéndole que estaba embarazada y completamente segura que la pulga era suya, porque fue el único cliente al que atendió sin protección.

Osamu no le creyó ni media palabra, aunque por una especie de piedad, negoció con el burdel para que le dieran licencia de maternidad y le pagó una generosa cantidad compensatoria y simplemente olvidó el tema.

Poco después, ocurrió que Oda casi fallece por causa de Mori, y por ello ambos decidieron huir, buscando la vida en un sitio donde el pasto creciera más verde, y es así que llegaron a la ADA.

Nunca volvió a pensar al respecto, y ahora, viendo de cerca al mocoso, salvo por las pecas y los ojos, es idéntico a él cuando tenía su edad.

Pero, por si acaso se atreviera a negarlo, la mujer tiene una prueba de paternidad en su mano que le realizó no bien el niño nació, con ayuda de las sábanas donde durmieron y que ella supuso le iban a servir.

— Algún entrometido me denunció con protección infantil porque a veces debo llevarlo al trabajo, así que están amenazando con llevarlo a un orfanato. Tú eres el padre, cuídalo en lo que se arregla este problema, después volveré por él.

— Te aseguro que un orfanato es más seguro que mi casa. Tiene una cara muy linda, seguro lo adoptan enseguida.

La mujer lo miró dos segundos sin ninguna clase de emoción, y sólo sacó un frasco de pastillas, tomándose unas cinco de jalón, dejando una en la manita del niño que estuvo a punto de tragarla, ante el gesto horrorizado de Dazai.

— Guárdala para cuando la necesites. Mamá volverá pronto, pórtate bien con el señor, y recuerda…

— Sólo cierro los ojos y saco la lengua.

Murmuró el niño, y Dazai sintió que el horror se volvía más pesado, irreal, cuando la mujer lo empujó contra él, y se marchó corriendo, sin importarle que fuera casi medianoche, y hubiera gente durmiendo, gente que podía hablar sobre lo que vio.

Tragó saliva, y en silencio, temblando, cerró la puerta.

El niño se sentó con total confianza en la mesa, tomando la cerveza que Dazai estaba bebiendo antes de ser interrumpido, y el niño le dio una sonrisa que lo tomó por sorpresa.

— Mamá también bebe cuando no puede dormir.

Dazai está congelado en la puerta, intentando procesar los hechos y, más importante, intentando descifrar qué carajos va a hacer ahora, mirando ese trozo de papel y la carita tranquila del niño que se está bebiendo los restos de su cerveza como si nada, mientras inspecciona con la mirada el departamento.

Es pequeño y realmente no está muy ordenado, aunque no hay jeringas ni condones usados, ni siquiera comida podrida.

— ¿Me puedes dar algo de comer? Lo que sea está bien. Ayer mamá se comió el último trozo de pan, y en realidad no le dije nada para que no me golpeara, pero tengo hambre.

— Escucha, lamento que las cosas sean malas para ti, sin embargo, yo no estoy en condiciones de tener niños, apenas puedo mantenerme a mí mismo.

El niño pestañea, adormilado, sin comprender muy bien lo que ese hombre le está diciendo, así que hace lo que debe hacer cuando un adulto le dice cosas que no entiende.

Se recuesta en el suelo, cierra los ojos y abre las piernas.

Dazai traga saliva, se muerde los labios, sin saber qué hacer con los escalofríos que le recorren, comprendiendo demasiado bien qué significa ese comportamiento.

Así que va a la cocina, intentando no hacer caso a la voz del niño que le pide que se lo haga antes de que coma, porque después le dará asco y va a vomitar.

— Es todo lo que tengo.

Le murmura, aunque los bonitos ojos azules del niño brillan ante el plato humeante de fideos instantáneos y el vaso de té helado como si fuera el manjar más delicioso del universo.

Se sienta a su lado, sin decir ni una palabra, sintiendo un burbujeo extraño en el estómago ante la manera desesperada en que el niño comía, reflejando lo acostumbrado que está a la incertidumbre de no saber si esta es la última vez que podrá saciar el hambre en mucho tiempo.

Examina la pastilla que la mujer le dejó, intentando descifrar qué es.

— Las de colores te quitan el sueño y el hambre, las blancas son para que no te duela y te duermas. Mamá me da sólo la mitad, dice que soy muy pequeño para una completa

Explica el niño, salpicando fideos al hablar, y Osamu asiente, sintiendo que no quiere seguir lidiando con esto.

Así que le extiende la pastilla blanca completa, que el niño se traga sin más, y un par de minutos después comienza a cabecear sobre su plato ya vacío, quedándose profundamente dormido, dándole oportunidad al adulto de pensar qué iba a hacer ahora.

Podía llevar al niño a algún orfanato y alegar que se le había escapado y huido, aunque eso probablemente provocaría que la mujer solicitara los servicios de algún detective de la mismísima ADA, y todos se enterarían que tenía un bastardo.

Podía venderlo a alguna familia rica y después volver por él, cuando la madre se lo pidiera, aunque eso sería problemático.

Podía cobrar favores pasados y pedir que alguien lo escondiera mientras todo pasaba.

Sonrió, con una mirada de bingo, tomando su abrigo y al niño en brazos, solicitando un taxi, vigilando que nadie más estuviera despierto.

Es uno de los ases de oro y lo sabe, por eso siempre se obliga a dar un extra, a esforzarse él primero para que los demás se sientan motivados, y en general es uno de los pilares que mantienen a la Port Mafia bien fija en las estrellas.

Es sólo que a veces se agota, y por más que se repita que dentro suyo late el alma de un dios, su cuerpo sigue siendo humano, y su energía tiene un límite.

Es decir, cualquiera estaría desmayado después de haber cinco días seguidos sin dormir, y ya es sorprendente el que haya llegado por su propio pie a su departamento, y haya tenido todavía la energía para beberse media copa de vino, antes de desparramarse en el sillón, decidiendo que no tiene ya ni medio aliento para llegar a la cama.

Al dar un vistazo al departamento, al olfatear un poco, nota que hay algo que no encaja, y pronto sus alarmas comienzan a encenderse, despertando también la impotencia de saber que está tan realmente cansado que probablemente no va a ser capaz de defenderse.

— Bonitas sábanas, chibi.

Al escuchar esa voz, todos los vellos de su nuca se erizan, y recurre a su única arma del momento, una mirada sinceramente venenosa, sujetando el cuchillo que siempre guarda en su cintura.

— Tranquilo, no vengo con ganas de molestarte. Al contrario, el favor que necesito pedirte es tan grande, que para suavizar un poco tu corazón, te ayudé lavando los trastes.

— Escucha, bastardo, no sé qué carajos quieras, sólo que más te vale que no sea una estupidez, porque te juro que te mato.

— Estás de pésimo humor, Chuuya ¿Es porque Mori-san te sigue explotando y tú todavía no tienes la dignidad para dejar de ser tan lameculos?— le suelta, mordiéndose la lengua al momento, sabiendo que necesita ser más amable si no quiere que lo mande al carajo—. Lo siento, eres muy leal y entregado a tu trabajo, es algo digno de admirarse.

— Ah, ya entiendo. Vienes a pedirme dinero prestado, maldito parásito.

— No me vendría mal un poco, aunque no, esta vez no. Esta vez es…No te quitaré más tiempo, estás respirando con demasiada dificultad así que supongo que te estás a punto de desvanecer por el agotamiento. Bien ¿Recuerdas cuando teníamos unos quince, dieciséis, que seguido te llevaba a los burdeles porque mi líbido era un monstruo? Bueno. Resulta que en una de esas embaracé a alguien ¡Como siempre predijiste! Qué buena intuición la tuya, chibi, eres un prodigio. La cosa es que la madre no es la persona más apta para cuidar de un niño y se metió con Protección Infantil. Sabes que los orfanatos no son lugares muy cálidos, y ella pretende recuperar al bastardo una vez que las aguas se hayan calmado, así que decidió encargarlo conmigo.Desgraciadamente mi situación económica y laboral no es la mejor para cuidar de un menor de edad, además de uno que claramente tiene problemas muy fuertes. Por eso pensé en la persona más confiable que conozco, para…

Chuuya escuchó sólo la mitad de la explicación, después su consciencia por fin se apagó, y Osamu sonrió, un poco aliviado, porque así tenía la coartada perfecta.

Él le había expuesto su situación y Chuuya había aceptado ayudarlo.

¿Que no lo recuerda?

Una lástima.

Se estiró, se tronó los huesos de la espalda antes de tomar al pelirrojo y cargarlo hasta su propia cama, donde ya estaba el niño, profundamente dormido.

Abrió los ojos, y dejó salir un suspiro de puro gusto al notar que todavía era de madrugada, y si no recordaba mal, Mori le había prometido tres días completos de descanso, después de todo un mes de apenas dejarle descansar un par de horas a la semana, ni hablar de la última tortura.

Cinco días completos sin dormir, apenas bebiendo un poco de agua, oculto en una trampa para emboscar al enemigo.

Mori es un jefe excelente, también absolutamente despiadado en nombre de los mejores resultados siempre.

Quizá Dazai tiene razón y él no es más que un peón.

Dazai, ¿ Por qué está pensando en Dazai en ese momento?

Suspira, cierra de nuevo los ojos, decidido que merece unas horas extras de sueño.

De pronto siente algo húmedo en su espalda, frío, y se maldice al recordar que se fue a la cama sin secarse la sangre.

A la cama…

¿Cómo llegó a la cama?

Un débil sollozo le llega, y le arranca por fin los remansos de sueño, se desliza de la cama en un sólo y fluido movimiento, tomando el cuchillo y apuntando al origen del sonido, antes de detectarlo con la mirada.

— Lo lamento, por favor no me mates.

Hay un niño pequeño, casi un bebé todavía, sentado en la cama, con los pantalones mojados al igual que sus ojos, llorando ahora más asustado ante la vista del arma.

— La lavaré todo yo mismo, por favor, no me lastimes, no fue mi intención.

Por un segundo Chuuya está convencido que está alucinando, porque no hay manera de que un niño real esté sentado en su cama, no hay explicación lógica.

Sino fuera por el recuerdo de la noche anterior que le llega como una bola de nieve directo a las sienes, haciéndole apretar más los dientes, apretar más el cuchillo, y que tiene también un efecto en el niño, que comienza a temblar, mojando de nuevo la cama.

— Por favor…

— Discúlpame. — murmura Chuuya y esconde el cuchillo, sentándose en la cama del lado contrario—. El baño está al fondo a la derecha, la llave roja es la del agua caliente. Date un baño mientras yo lavo esto.

El niño sigue sollozando, abrazándose a sí mismo, y su carita está tan roja que no puede ni respirar.

Está tan aterrado que no es capaz de razonar, y Chuuya sólo puede inhalar y exhalar dos veces antes de tomar al niño en brazos, como suele hacer con Yumeno cuando le dan sus berrinches, lamentando que su carísimo traje nuevo va a quedar arruinado. Lo abraza contra su pecho, y el niño se cuelga de su cuello, mientras Chuuya lo mece suavemente por la habitación, hasta el baño.

Sin soltarlo, abre la llave del agua hasta entibiarla, y después de comprobar la temperatura, intenta soltar al niño, que, aunque ya no está llorando, sigue aferrado a él con todas sus fuerzas, que, honestamente, no son muchas y esto hace sonreír un poco a Chuuya.

Quizá es demasiado pequeño todavía para dejarlo solo en la bañera, aunque le da algo de incomodidad ayudarlo a quitarse la ropa.

Pero el niño está quietecito, sorbiéndose la nariz con más calma, mirándolo con un poco de curiosidad mientras lo deja en el suelo, poniéndose de cuclillas delante de él.

— Tu cabello es muy bonito. Además tienes pecas, como yo.

— Tú también tienes un cabello muy lindo.

Chuuya sonríe, y es que no demasiado en el fondo, tiene una marcada debilidad por los niños. Así que decide hacer un poco de plática para que no se ponga nervioso mientras le desabotona la chamarra, decidiendo que está demasiado vieja y es mejor tirarla.

Después le comprará otra.

— ¿Cómo te llamas, pequeño?

— Fumiya. No tengo apellido.

— Yo me llamo Chuuya. Sí tengo apellido, aunque no me gusta mucho.

— Chuuya, me gusta cómo suena.— el niño se ríe de manera bastante adorable, guiado quizá por las cosquillas cuando Chuuya se deshace de la pequeña camisa.

El adulto definitivamente no se ríe al ver la serie de marcas en ese cuerpecito tan pequeño, y es sólo gracias a su amplia ecuanimidad que no deja salir un grito y recupera la sonrisa, buscando no incomodarlo.

— Fumi-chan ¿Te gustan las flores? Tengo un jabón que huele a rosas.

— No lo sé.

— Quizá prefieras algo más dulce, tengo…Tengo un shampoo de malvavisco en algún lado.

— ¿Shampoo de malvavisco? ¿Puedo comerlo?

Chuuya se muerde los dientes, decidiendo que no es la mejor idea darle algo con olor de comida, o correrá el riesgo de que en verdad se lo coma.

Una vez que termina de desnudarlo por completo, lo ayuda a entrar a la bañera, y comienza a hacer espuma con un jabón y la esponja, mientras el niño sólo lo observa.

— ¿Tú eres mi papá, Chuuya?

El pelirrojo casi deja caer la esponja, sintiendo la cara caliente de la vergüenza, y Fumiya se encoge en su cuerpo, temeroso de haber dicho algo inadecuado.

Así que el adulto vuelve a inhalar y exhalar, recuperando el control.

— ¿Por qué piensas eso?

— Mamá me dijo que me llevaría con mi papá. Me dejó antes con otro hombre, aunque creo que era uno de sus amigos, porque me dio una pastilla para que me durmiera. Las blancas son para que no me duela.

— ¿Sus amigos?

— Ya sabes, los que pagan las cuentas y la comida que comemos, por eso debo ser amable con ellos, aunque a veces me lastiman y me dan miedo. Mamá dice que no llore y me porte bien si quiero comer, y la verdad es que detesto sentir hambre, me pone triste.

Chuuya se mordió los labios, pasando con cuidado la esponja por su espalda, por una herida que lucía demasiado reciente.

Maldijo en bajo, sintiendo sus entrañas hervir ante la mera idea de que Dazai hubiera mentido, y estuviera relacionado de manera más terrible con ese niño.

Porque si alguien lo conocía más allá de los velos, más allá de los claroscuros, era él, y sabía que no era gratis el título de Demonio que llevó colgando tantos años como una medalla de honor.

Y él, por otro lado, era más una máscara negra cubriendo un alma menos oscura, un sinfín de talones de Aquiles que probablemente lo volvían ciego ante el peligro, porque sólo respondía a sus impulsos, a su innata necesidad de proteger, sobre todo a los niños.

Quizá Dazai lo sabía mejor que él mismo, y por eso, arrepentido de sus porquerías, llevó a Fumiya con él, para darle una segunda oportunidad.

— Sí, bebé. Yo soy tu papá. Lamento no haber ido antes por ti, ahora todo va a estar bien, te lo prometo. Nadie va a lastimarte aquí, no tienes qué tener miedo.

Fumiya lo miró, los brillantes y enormes ojos azul casi marino, se volvieron tan luminosos como la luna, y ese bonito rosa en sus mejillas lo hacía lucir incluso más adorable, más desprotegido.

— ¿Podemos desayunar avena, papá? Te ayudaré a lavar las sábanas después, lo prometo.

— Desayunaremos lo que tú quieras, después pondré las sábanas en la lavadora, eres muy pequeño para usarla. Después iremos a comprarte ropa y por la tarde…

— Por la tarde podemos colorear.

Aquello salió más como una tímida súplica, mirando con cautela al adulto para comprobar que no estaba siendo muy exigente.

Chuuya sonrió, besando su cabello mojado, prometiéndole que se pasarían toda la tarde coloreando, que le dejaría incluso pintar sus paredes, si a cambio volvía a sonreírle de esa manera.