El primer día simplemente pensó que Fumiya estaba siendo tímido y por eso casi no hablaba, que por ello, si no le pedía que, por ejemplo, se levantara de la mesa, se quedaba quietecito, y después, razonando, le atribuyó este letargo a la pastilla que mencionó.
Después, en un supermercado de cadena para intentar no llamar la atención, mientras compraban ropa y otras cosas que necesitara, comenzaba a preguntarse si, quizá, debido a la malnutrición, no había desarrollado alguna clase de problema neurológico que le impidiera razonar al ritmo esperado en alguien de su edad.
Deliberadamente después de comprarle ropa para casi dos años, lo llevó al pasillo de juguetería, sintiendo un poco de tristeza porque el niño, en ningún momento, siquiera levantó la cabeza.
Suspiró, dejando un momento el carrito y se agachó a su altura, tomándolo del mentón para que lo mirara.
— ¿No te gustan los peluches, Fumi-chan? ¿Quizá prefieres las muñecas? ¿Una pelota?
El niño le huía la mirada, mordiéndose los labios, con un gesto de que en cualquier momento iba a ponerse a llorar.
Chuuya entonces pensó que quizá extrañaba a su madre y comenzaba a sentirse raro.
Sonrió, acariciando su mejilla, y con ayuda de su habilidad, disminuyó la gravedad de un oso de peluche, el más grande de la estantería y lo hizo bailar delante de sus ojos.
Fumiya se quedó con la boca abierta, encandilado por la danza y en un instinto estiró su manita, tomando la del oso, que Chuuya manipuló para que pareciera que se la estaba estrechando.
— Creo que quiere ser tu amigo.— susurró entre risitas, y, aunque esto estaba llamando miradas curiosas, el brillo en los ojos del niño lo animaba a continuar—. ¿Por qué no lo llevamos a casa, cariño?
Fumiya seguía con los ojos completamente abiertos, acariciando la suavidad de la felpa, maravillado por la danza.
Y se abrazó con todas sus fuerzas al oso, rogando que esto fuera de verdad, y no uno de esos sueños que le producen las pastillas de colores, y que después resultan no ser más que una humarada de fantasía.
Chuuya sonrió y tomó al niño en brazos, llevándolo ahora al departamento de dulcería, donde hizo danzar delante de sus ojos una hilera de golosinas, esperando a que eligiera una.
Sonrió al ver que, si bien Fumiya no estaba sonriendo, al menos sus ojitos estaban brillando un poco más.
Al volver a casa, Chuuya tuvo qué pedirle a Fumiya que entrara, porque el niño se quedó simplemente en la puerta, como un adorno, con una expresión extraviada, abrazando con toda su vida al oso que era más alto que él por unos buenos veinte centímetros.
— ¿Puede entrar también el Señor Oso?
— Sólo si está dispuesto a ayudarme a guardar toda la ropa que compramos mientras yo hago la comida.
— ¿Comida? Pero ya desayunaste, papá, debes esperar hasta mañana.
Chuuya sentía algo muy gélido en sus entrañas, unas ganas descomunales de salir a golpear a alguien que difícilmente estaba conteniendo.
Que mejor nunca se enterara quiénes eran los padres reales del niño, o acabarían hechos mierda contra el suelo por su mano.
— Sabes, los osos comen mucho, mucho más que los humanos, entonces el Señor Oso necesita comer al menos cinco veces al día. Sería grosero dejarlo comer solo ¿No crees?
Fumiya miró a su peluche y pegó su cabeza a la barriga de felpa, jadeando de sorpresa, como si hubiera escuchado sus tripas hacer ruido.
Chuuya sonrió, como si no hubiera notado que ese ruido venía del estómago del niño, y sólo lo tomó de la mano, diciéndole que se sentaran en la mesa mientras él hacía la comida.
El segundo día Chuuya fue cuando realmente comenzó a resentir el cansancio, y le propuso a Fumiya que se quedaran todo el día en el sillón viendo películas y comiendo.
El niño aceptó, notablemente feliz por no tener qué salir, y esto le llamó un poco la atención a Chuuya, que realmente no estaba seguro cómo abordar el tema.
Se quedó tranquilo y olvidó el tema cuando Fumiya se quedó profundamente dormido, y sólo le limpió el azúcar y la leche de la boca, mientras lo acomodaba en su pecho y él también dormía, agradeciendo sinceramente la calma.
El tercer día las cosas no estaban cambiando significativamente, y Chuuya no sabía si era bueno o malo, porque realmente no sabe cómo se deben desarrollar esta clase de momentos.
Fumiya probablemente sólo es un niño retraído y no tiene caso presionarlo para se más extrovertido, sólo necesita ser paciente.
Aunque, honestamente, justo ahora, lo que le preocupa un poco es qué va a hacer mañana, cuando deba ir al trabajo.
No es que le preocupe que el niño vaya romper y deshacer la mitad de su departamento, le preocupa, dada su pasividad, que no sea capaz ni siquiera de levantarse si no se lo pide, y que no coma durante todo el día o se asuste y comience a llorar si de pronto extraña a su madre.
Quizá sería bueno llamar a Dazai para pedirle toda la información pertinente, ya que el muy hijo de perra ni siquiera se dignó a mandarle un mensaje después de haberle dejado una responsabilidad así de grande.
Primero, lo primero.
— Bebé, ven aquí.— llama al niño que está tranquilamente coloreando en la sala, y sus pasitos apenas son audibles, acercándose a la mesa donde el adulto está bebiendo una taza de café y a él le ha preparado una taza de chocolate blanco. — Siéntate, por favor. Quita esa cara, no hiciste nada malo, es sólo que mañana debo volver al trabajo y necesito que acordemos qué haremos.
Fumiya tragó muy fuerte el chocolate, al punto que Chuuya tuvo miedo que se fuera a lastimar, mas no dijo una palabra, y sólo se quedó quieto, esperando a que continuara.
— ¿Estarás bien si te llevo a una guardería? Será una muy exclusiva, cuidarán muy bien de ti, habrá más niños con los que puedas jugar.
— Al Señor Oso no le gustan los otros niños. Se burlan de él porque es pequeño y se hace pipí encima todavía.
— Lo siento, Señor Oso, no quise ser malo, aunque debe saber que en esta guardería nadie va a burlarse, yo no lo voy a permitir.
Fumiya apretó los labios, se mordió la lengua y su rostro se puso rojo, sin embargo el llanto nunca vino, y aquello le pareció algo todavía peor al pelirrojo.
Un niño que no es capaz ni de llorar es algo preocupante, una gran alerta de que algo no está bien.
— El Señor Oso puede ir al trabajo también, mamá le enseñó, no vamos a estorbar, lo prometo. Es sólo que le da miedo estar solo y esta casa es muy grande, y en la guardería los otros niños le van a jalar el cabello y le van a escupir.
Chuuya suspiró, sin que el nudo en su pecho se hiciera menos, y lo único que pudo fue aceptar, besando la frente de Fumiya, pidiendo que terminara su chocolate para que pudieran irse a dormir.
Posee un rostro que no ves ni siquiera en revistas.
Los labios son un perfecto macarrón de rosas, carnosos al centro y alargados en las orillas, con esas preciosas mejillas de durazno, el cabello rojo es un manojo de azafrán rizado, y unos ojos azules como un par de quandogs, las pecas son un soplo de canela que terminan de aderezar esa delicatessen que es su rostro, algo que no puedes mirar sin comenzar a salivar como un perro ante el sonido de la campana.
Bajando la mirada vas a encontrar algo que ya roza lo pecaminoso.
Un cuerpo que es una oda al viejo dicho, el perfume bueno viene en envase pequeño. Cada uno de sus músculos deja a la vista lo flexible que es, y la redondez de sus zonas más apetecibles habla de disciplina, de vanidad si así se quiere, sin demeritar la perfección de cada arista, de cada miembro que al articularse lo vuelven una criatura de ensueño.
Chuuya hace mucho que está consciente que es increíblemente hermoso, y que aunado a su andar de monarca, siempre atrae las miradas a donde va, sea por verdadera lujuria o simple curiosidad.
A pesar de esto, está completamente seguro que no es por su belleza que la gente de la Port Mafia lo está mirando con la boca abierta, sino por el pequeño niño que tiene en brazos, que, completamente ajeno al escándalo que su presencia está desatando, mira con asombro todo en ese extraño edificio, abrazando al peluche que parece una nueva extensión de su cuerpo desde el momento que fue comprado.
Chuuya saluda a todos como hace normalmente, fingiendo que nada está pasando, aunque no puede evitar la ternura cuando Fumiya lo imita y también saluda a las personas.
— ¿Papá es alguien importante?
— Todos somos importantes, bebé. Aunque, sí. Tu papá es un ejecutivo de muy alto rango aquí.
Remarcó, mirando de soslayo, sabiendo que ese jadeo colectivo sólo se quedaría ahí.
Porque si alguien tenía las agallas de preguntar, corrían el riesgo de descubrir en carne propia por qué se volvió la mano derecha de Mori.
Y aquí llega la verdadera piedra en el camino.
¿Cómo rayos se lo va a explicar a su Jefe?
Los de menor rango o incluso sus iguales pueden especular lo que deseen, al final no les debe ninguna cuenta, mientras que Mori es otro cuento.
No le quiere mentir, pero realmente no tiene idea de cuál es la verdad, y, dado que Dazai no se ha dignado en contestarle el mensaje, está comenzando a dudar si aquella supuesta plática en verdad ocurrió.
Como sea, ya tiene un guión estructurado y lo único que le queda es apegarse a él, así que mejor se prepara para su momento, si no quiere arriesgarse a sufrir un quebranto.
Llama dos veces a la puerta, y cuando escucha el "pase" deja a Fumiya en el suelo, tomando su manita para entrar.
Todo a la vista es llamativo en ese sitio.
Los grandes libreros repletos de títulos que obviamente no puede leer todavía, pero por su portada deduce que son libros importantes, la alfombra con grandes y complicados dibujos, el amplio ventanal que hace lucir como si el cielo fuera su patio y el mismo sol una simple flor ahí. El amplio e imponente escritorio de madera pura, repleto de papeles, que un hombre está leyendo con gesto cansado.
Un hombre que le recuerda a Chuuya por lo elegante, por esa buena cuna que se le asoma por cada poro, incluso si no está haciendo nada más que sostener un papel, y que le hace sentir un poco tímido, abrazando más a su oso, llevándose el pulgar a la boca.
El hombre levanta la mirada, y la luz que ilumina sus bonitos ojos amatista al mirar a Chuuya, se detiene en fría sorpresa al detectar al niño que lleva de la mano.
— Buenos días, Jefe. Lamento llegar tarde.
— Soy yo quien debería disculparse, Chuuya-kun, debí darte al menos una semana de descanso, aunque sabes que justo ahora necesito de ti.
— Lo sé.
Fumiya miró unos segundos a Mori, después su atención fue secuestrada por un bonito pisapapeles de cristal en forma de pájaro en uno de los libreros. Chuuya sonrió honestamente al verlo un poco más despierto, con la curiosidad más avivada.
— Aunque, si necesitas un par de días extras, quizá podamos negociar.
Chuuya volvió a mirar a Ougai, tragando con fuerza y exhalando después, inclinándose de manera muy respetuosa.
— No tenía idea de que era padre, Jefe, se lo juro. Su madre llamó a mi puerta hace unas noches, y me comunicó sobre la existencia de Fumiya, debido a que ella ya no se pudo hacer cargo. No quiero ocasionar problemas, ni que esto se vuelva una especie de carga, es sólo que todavía no se siente listo para ir a una guardería, y no podía dejarlo solo en casa.
El niño se ha soltado de su mano, y está inspeccionando los libreros, tan altos que ni doblando el cuello alcanza a ver su final, y al pasar sus dedos por ellos, su textura de cuero le resulta agradable, por lo que continúa su recorrido, sin prestar atención a lo que están hablando los adultos.
No quiere pensar que su papá está negociando con ese hombre si lo va a tomar a él, o deberá ser otra vez él quien efectúe ese trabajo.
— Debió ser una noticia muy impactante, y, al ser algo tan personal, comprendo que no me lo hayas comunicado antes. Como sea, la Port Mafia no es un sitio muy seguro, y, aunque tienes toda mi autorización para traerlo aquí las veces que necesites, no puedo garantizarte que estará a salvo.
— Me haré totalmente responsable, se lo prometo.
— No pongo en duda tu desempeño, cariño, y disculpa si me entrometo demasiado al notar que hay algo más que necesitas decirme.
Chuuya se chupó el labio inferior, inseguro de cómo tomar el tema, cuando un estruendo les hizo a voltear, notando que el niño había tomado al pisapapeles de cristal y al ser demasiado pesado, se le había caído.
Fumiya comenzó a temblar, hiperventilando, con la cara completamente roja y eso le hizo levantarse, al igual que Mori dirigió su atención con curiosidad a la escena.
— Por favor, no fue mi intención.— comenzó a sollozar, temblando de manera más preocupante, y Chuuya realmente dudó si debía dar otro paso—. No me lastimes, por favor.
El niño se cubrió la cabeza con el oso de peluche, cuando Chuuya bajó la mirada, notó un charquito de orina, el overol de mezclilla nuevo completamente empapado.
— Bueno, este pajarraco realmente era horrible, no me atrevía a tirarlo porque fue un regalo de cumpleaños, ahora tengo una excusa perfecta.
Ni siquiera el pelirrojo había notado en qué momento Ougai se había aproximado y tomado los trozos, examinando.
— Sólo fue un ala, de todos modos, nada que no pueda repararse.
— Lo siento, Jefe, pagaré por su reparación.
— Si te disculpas harás que Fumi-chan piense que también necesita hacerlo, y como debes tener en claro, una estupidez como un accidente no necesita una disculpa. Ahora mismo el niño está experimentando una crisis, así que probablemente no esté razonando y sea más susceptible a las emociones, necesita copiar tu calma, así que tómalo en brazos. Bien, ahora respira profundo, deja que abrace al peluche, sóbale la espalda y mécelo, te ayuda a relajarte también a ti. Sigue así hasta que pueda hablar, mientras voy a preparar el baño.
Chuuya le agradeció en silencio, obedeciendo sus palabras, siguiendo meciendo a Fumiya por toda la habitación, besando su frente de tanto en tanto, intentando no alterar su respiración.
Ougai salió del baño un par de minutos después, limpiando la alfombra, mirando de tanto en tanto el progreso de Fumiya, que, después de un par de minutos, parecía llorar menos fuerte. Cuando su respiración se reguló, Chuuya lo acomodó en sus brazos, limpiando con su camisa los mocos y las lágrimas, besando sus mejillas.
— ¿Por qué no me estás golpeando?
Aquella pregunta hizo que tanto Mori como Chuuya miraran atentamente al niño, como si acabara de decir una mala palabra.
— No está bien tocar cosas que no te pertenecen, cariño, eso necesito decirlo, y debes tener cuidado para no lastimarte, no por miedo a que yo vaya a lastimarte a ti. No importa si rompiste algo, sé que no fue tu intención, honestamente estoy incluso feliz de ver que tienes curiosidad por lo que te rodea, no necesitas tener miedo. Si tú lloras, mi deber es consolarte, si te equivocas, mi deber es corregirte, nunca te voy a lastimar a propósito, Fumiya, y por el contrario siempre voy a hacer mi mejor esfuerzo por protegerte, te lo prometo.
El niño se quedó hipando unos segundos, intentando procesar lo que le estaba diciendo ese hombre, preguntándose si realmente podía confiar en él.
No es como que tenga muchas opciones, considerando que cuando su madre lo abandona, lo suele hacer por meses, y sólo le queda atenerse a las intenciones de sus cuidadores de turno si quiere sobrevivir.
Así que abraza con fuerza al oso de peluche, y permite que Chuuya lo lleve a una de las puertas de la amplia oficina, que resulta ser un baño privado, donde la bañera ya está preparada.
— Quizá quieras darte un baño también después, cariño. No es mi intención ser descortés, pero nuestro pequeño pichón humedeció tu ropa y si no te limpias vas a oler mal después. Si tienes la suficiente confianza conmigo, puedo revisar a Fumi-chan mientras tú te bañas. Hay ropa en la parte baja del lavamanos, quizá puedas tomar alguno de los shorts de Elise y alguno de mis trajes.
— No es necesario, Jefe, no quiero causar más molestias.
— Oh ¿Cuándo una cosita tan adorable como tu hijo podría ser una molestia? Insisto. Me preocupa lo delgado y pálido que está.
Chuuya le dio una ligera sonrisa, agradeciendo sinceramente.
Durante el baño, Fumiya lucía bastante más tranquilo, además que confiaba en la experiencia de Mori como médico, por lo que no se lo pensó dos veces al dejar que lo examinara mientras él tomaba una rápida ducha.
Como se le indicó, no salió del baño hasta que Mori le informó que podía hacerlo, y al entrar de nuevo en la oficina, se sorprendió al ver a Fumiya tan campante sentado en el escritorio de Mori, riéndose por el teatro de marionetas improvisado que le había armado.
— ¡Mira, papi! ¡Una rana!
Mori se rió honestamente, moviendo el títere de rana, haciendo que incluso croara, y Chuuya también se rió, sentándose, tomando a Fumiya para acomodarlo en sus piernas, y el niño le rodeó el cuello, riéndose a carcajadas ante alguna tontería de los títeres.
Pocos minutos después, sus risas comenzaron a ser menos estruendosas, y comenzó a cabecear contra su pecho, hasta quedarse dormido entre los brazos del pelirrojo, que se deshizo de su abrigo para arroparlo.
— No te mentiré, estoy muy sorprendido por lo bien que te has tomado esto, Chuuya-kun. Muchos en tu lugar habrían dejado que el niño se quedara en la calle sin pensarlo dos veces, o al menos no serían tan devotos como tú.
— En pago a su honestidad y la amabilidad que me ha mostrado, yo también le seré sincero, Mori-dono. Considero la paternidad un privilegio, y si se me ha sido otorgada, no voy a cuestionar los caminos por los cuales llegó, sólo voy a disfrutarla. Además, Fumiya es un niño adorable y tan tranquilo, creo que fue amor a primera vista.
— Debo reiterar mi respeto y admiración por tu compromiso. Bien. Supongo que quieres saber lo que pude notar en la exploración física que le realicé a Fumiya. Por favor, trata de tomarlo con calma. Tiene un par de huesos que se soldaron sobre fracturas, por lo cual probablemente necesite rehabilitación, sin que te pueda garantizar que tenga cien por ciento de recuperación. Tiene múltiples heridas de diversa índole, algunas antiguas, otras recientes, su grado de desnutrición es alarmante…Así como las heridas que tiene en la zona anal. No puede controlar sus esfínteres apropiadamente, no sólo por una probable razón psicológica, sino porque tiene muy lastimada esa zona de su cuerpo. Los puedo ayudar con la parte médica y te puedo recomendar a un conocido mío, un excelente psicólogo infantil que, te aseguro, tratará con suma discreción su caso.
La mirada de Chuuya estaba hecha de fuego fatuo, de una gruesa y compleja flama que no viene de la calidez que crea, sino de la violencia que destruye, de la energía que sólo puede nacer destinada a destruir.
— Le agradezco mucho su ayuda, Jefe. Sin embargo, hay otro favor que necesito pedirle respecto a mi hijo, y sobre todo, respecto a su madre.
Mori se quedó en silencio, escuchando el pedimento del muchacho, aunque, realmente, no le sorprendió en absoluto.
