Ya era muy tarde para inscribirlo al jardín de infantes, aunque la guardería tenía inscripciones todo el año, por lo que, al ver lo desenvuelto socialmente que ya se encontraba y tras discutirlo con su psiquiatra y Mori, decidió que era pertinente matricularlo en la estancia vespertina, para poder ocuparse mejor de su trabajo.
Fumiya estaba honestamente entusiasmado, contando los días que faltaban para el lunes, revisando una y mil veces que el bonito traje marinero que Chuuya le había comprado para ese día tan especial siguiera colgado y planchado, hablando emocionado de todos los juegos que jugaría.
El adulto no podía más que sonreír, completamente satisfecho de ver tan seguro a su niño, tan lleno de confianza en sí mismo.
El lunes llegó, y antes que la alarma de Chuuya le indicara que era momento de ir a la habitación de su hijo a despertarlo, el niño ya había abierto la puerta, saltando en su cama, lleno de entusiasmo.
Chuuya está seguro que no hay mejor manera de iniciar un buen día que escuchando la risa eufórica de su bebé, que, impaciente por despertarlo más rápido, le está cubriendo la cara con besos, y aquello sólo hace que un millón de fuegos artificiales le estallen en el pecho.
Es la primera vez que Fumiya busca por sí mismo ofrecer una muestra física de cariño, y Chuuya no puede estar más orgulloso.
—¡Papá, tenemos mucho qué hacer, levántate!
— Qué mandón estás hoy, cariño.— le aprieta con ternura la nariz, bostezando por última vez antes de abandonar la cama, con el niño en brazos.
Una semana después de que llegara, Chuuya acondicionó toda la casa para que fuera más accesible para Fumiya, y, entre otras cosas, compró una pequeña bañera, que quizá no sería necesaria mucho tiempo porque estaba creciendo como la hierba, aunque le facilitaba mucho la hora de baño y el niño se divertía mientras él también se duchaba, dándole un poco más de privacidad y ahorrar tiempo.
Al terminar el baño, Fumiya corrió a su habitación para vestirse y Chuuya fue directo a la cocina a preparar el desayuno, preguntándose si su hijo recordaba que la guardería comenzaba hasta las cuatro de la tarde.
Como sea, aprovecharía toda la energía del niño para salir a hacer un poco de ejercicio al gimnasio de la Port Mafia, donde él tenía completa libertad y por tanto podía estar al pendiente de la seguridad de Fumiya e irle fomentando el amor por el deporte y un poco de disciplina.
A propósito le había dejado una muda de ropa deportiva sobre la cama, esperando que comprendiera.
Cuando lo vio entrar al comedor con su oso de peluche y el pants desatado, se recordó que su niño era bastante inteligente, y no necesitaba preocuparse tanto por él.
Con una sonrisa y un beso en la frente, se puso a la altura de Fumiya para ayudarlo a acomodarse la ropa.
No estaba, de ninguna manera, preparado para los bracitos del niño rodeando su cuello, sus labios en su mejilla y esa sonrisa inocente, teñida de rosas y blancos adorables.
— Te quiero mucho, papi.
Chuuya sintió que todo el sol se había vuelto líquido y le estaba corriendo por las venas, tan lleno de calor que sus propias mejillas se volvieron rojas, y los ojos tan cristalinos que como nunca parecían un par de zafiros.
— Yo también te quiero mucho, cariño. Te adoro.
Le dijo entre risas y besos en la frente, en las mejillas y las manos, preguntándose cómo una cosita de no más de trece kilos le podía haber cambiado tanto la vida, haciendo que su corazón se llenara de tanto amor en tan poco tiempo.
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Antes de darse cuenta, ya eran las tres de la tarde, y Fumiya estaba impaciente por volver a casa para comenzar a arreglarse, al igual que el adulto, que en cuanto lo dejara en la guardería necesitaba ir a negociar unos territorios con una pequeña mafia cercana.
Fumiya se desilusionó un poco al saber que no podía ingresar a la guardería con su peluche, y por un momento Chuuya pensó que eso tendría un efecto negativo.
El niño no se cansaba de darle sorpresas, y de verdad parecía dispuesto a matarlo de ternura, porque ningún ser con sangre en sus venas no se habría derretido ante la manera valiente y seria con que acomodó al Señor Oso en su cama, dándole instrucciones precisas para cuidar de la casa, y no sentirse triste porque sólo serían un par de horas.
Después de esto, con su mochila en la espalda, le estiró los brazos a Chuuya para que lo cargara y emprendieran juntos el viaje en auto.
Al divisar la estancia infantil, Chuuya sintió un vuelco en el estómago y casi se arrepiente, decidiendo que no estaba tan mal dejar a Fumiya en su oficina mientras él trabaja.
El recuerdo del incidente pasado le convenció que él también necesitaba crecer y pensar en lo mejor para el niño.
Estacionó, y ayudó a Fumiya a bajar del auto, caminando hasta la entrada, donde ya estaban el resto de los padres, que, al parecer, se conocían de antes, y supuso que igual los niños.
Sólo rogaba que no le costara mucho integrarse.
— Pórtate bien, mi amor, recuerda, si te sientes incómodo o cualquier cosa, dímelo de inmediato. Diviértete mucho, nos vemos en unas horas, mi cielo.
Fumiya asintió con entusiasmo, besándolo y abrazándolo, despidiéndose mientras entraba.
Enseguida, uno de los niños con los que solía jugar en el parque, se acercó a saludarlo, y Chuuya se quedó un poco más tranquilo, sabiendo que no estaría solo.
Volvió al auto y al encontrarse solo, encendió un cigarro, intentando que el tabaco le borrara la cara de alegría, sabiendo que estaba a punto de entrar a un ambiente mucho más hostil y violento.
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Fumiya se sintió más seguro al ver una cara conocida, mucho más cuando lo presentó a su grupo de amigos y los niños enseguida lo acogieron como uno más, invitándolo a jugar con ellos, entretenido en sus pláticas.
— Papá ahora está de vacaciones en Egipto, así que la abuela nos cuida. — contaba uno de los niños mientras comían un refrigerio.
— ¿Tu mamá no vive con ustedes? Mamá dice que eso no es vergonzoso, que a veces en un hogar no hay suficiente amor para que todos vivan juntos.
— ¿Se necesita amor para lograr que mamá y papá vivan juntos?— cuestionó Fumiya, con ojos completamente asombrados.
— Es lo que dice mamá. Cuando hay mucho amor, logras mantener a papá y mamá juntos bajo el mismo techo.
Los ojos azules de Fumiya brillaron, llenos de esperanza, sentimiento que hizo la comida mucho más dulce a su estómago, sintiéndose más agradecido que nunca por haber ido a la guardería, y así, haber obtenido información tan valiosa.
Porque Fumiya tiene el corazón lleno de amor, y sabe que Chuuya también.
Entre los dos pueden poner el amor del cual su madre carece, para lograr traerla a casa, y que se quede a vivir con ellos.
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La negociación se salió de control, y pronto las cosas se volvieron violentas, para disgusto de Chuuya, que francamente no tenía ganas de matar a nadie ese día.
No siempre su trabajo es fácil, y por nada en este mundo va a llegar tarde a recoger a su hijo, así que, dándose por vencido, se planta delante de los enemigos en posición de ataque, dispuesto a quedarse con esas rutas por las buenas o por las malas.
En menos de dos minutos ya está de vuelta en su auto, limpiándose la suela de los zapatos para no llegar con manchas de sangre a la guardería.
Se estaciona, notifica rápidamente a su Jefe que el trabajo está hecho, y baja del auto, saludando a algunas madres que ya están ahí, esperando por sus hijos, sintiéndose ligeramente incómodo ante la mirada algo descarada de un par de ellas.
— ¿Viene a recoger a su hermanito?— le pregunta una de ellas, con una sonrisa algo malintencionada—. Se ve usted muy joven.
— Vengo por mi bebé.— responde intentando no descuidar sus modales, aunque no le gusta para nada la manera en que una de ellas se muerde los labios mientras lo recorre con la mirada.
— Es extraño ver a un padre tan comprometido, casi siempre somos las madres las que nos ocupamos de los hijos...¿Será acaso que es padre soltero?
— ¡Papi!
Fumiya llega como un héroe a salvarlo de esa incómoda situación, saltando a sus brazos, y Chuuya enseguida olvida el mal trago, su rostro iluminado al abrazar a su hijo, acomodándolo en sus hombros mientras se despide de las mujeres.
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En el transcurso de la guardería a la casa, se desviaron a comprar algunas cosas que hacían falta, y Fumiya olvidó que necesitaba contarle algo importante a su padre, después que le comprara un enorme algodón de azúcar y le pidiera que le ayudara a acomodar las compras, después de dejar su mochila en su habitación, recuperando al Señor Oso.
Después se sentaron a cenar, y cuando le preguntó cómo había estado su día, se perdió hablándole de todos los juegos que había jugado, de cómo el resto lo aceptó muy bien y aquella felicitación de la cuidadora porque dibujaba triángulos perfectos sin ayuda de regla.
Al finalizar, Chuuya le dio permiso de mirar un poco de televisión mientras él lavaba los trastes y arreglaba unas cosas pendientes, y el niño, aunque realmente no estaba viendo la pantalla, tenía mucho qué contarle a su peluche, y así se acabó la hora que faltaba para irse a dormir.
Chuuya y él se lavaron los dientes, y le ayudó a arroparse, preguntando si quería que le leyera un cuento antes de dormir, o si ya estaba muy cansado.
A Fumiya le encantan los cuentos, y desde la primera vez que Chuuya le leyó uno, se volvió una de sus actividades favoritas, así que no es de extrañarse que sus ojos brillen de emoción, acomodándose para que Chuuya se siente con él en la cama, después de escoger un título en especial.
Con una voz muy suave comienza a leer, y Fumiya se lleva el pulgar a los labios, enredando su dedo en un rizo de Chuuya, actos que, a palabras del psicólogo, le ayudan a calmarse y es bueno que se lo permita, así que, sin perder el hilo de la lectura, apoya su cabeza más contra su hijo, dejando que enrede y desenrede su dedito, comenzando lentamente a cabecear.
Hasta que en sus oídos resuenan las palabras, reina y castillo, y enseguida recuerda aquello tan importante que debe hablar con Chuuya.
— Papi, cuando mami vuelva ¿Va a dormir en mi habitación? Esta casa es muy grande, así que creo que podríamos hacerle un espacio, aunque no me molesta compartir la cama con ella, siempre lo hicimos.
Por poco se le resbala el libro de las manos, sintiendo un pesado nudo en la garganta.
En todo este tiempo, es la primera vez que Fumiya menciona a su madre, y realmente pensó que ya la había olvidado. Un error bastante estúpido, sin duda, incluso imperdonable.
Porque no está preparado para encarar este tema, y tampoco quiere mentirle al niño, prometiendo cosas que nunca van a ocurrir.
Es lógico totalmente que pregunte por su madre, que piense en ella, y aún así, Chuuya no puede evitar que la rabia lo invada, pensando que una mierda como esa no merece ocupar un sitio tan puro como el corazón de su bebé.
— Fumiya, mi amor...Tu mamá no va a volver.
El niño lo mira, entrecerrando los ojos, sin comprender lo que le está diciendo y la saliva en la garganta del pelirrojo se vuelve fría y amarga.
— Después de todas las cosas tan horribles que te hizo, no puedo permitir que se te vuelva a acercar, hijo. Esa perr...Tu madre no es una buena persona, así que nunca va a poner un pie en mi casa.
— Está bien, papi, mis amigos dicen que si hay suficiente amor, se pueden mantener juntos, y tú y yo tenemos mucho amor ¿No le podemos compartir un poco?
— Cariño, eres muy pequeño para entender estas cosas, y lamento mucho que no haya otro modo de explicarte esto. Tu madre no es bienvenida aquí, y si por un error suyo llego a verla a menos de un kilómetro de ti, no lo voy a tomar bien.
Los enormes ojos azules se contrajeron de dolor, sintiendo que algo dentro se le rompía, otra vez, sin entender las palabras de Chuuya, pero sí ese ceño fruncido, esos labios apretados y aquella mirada cargada de odio.
¿Por qué no podía querer a su mamá? ¿Por qué no podía aceptarla en su casa, y darle toda esa comida caliente y esos besos en la frente, si eran la razón por la que él estaba tan sano?
No le gustaba sentir el estómago tan revuelto, ni ese nudo en su garganta, ni esa confusión.
Ni las lágrimas en sus mejillas.
— Cariño...— Chuuya intentó abrazar al niño, y este se dio la vuelta, rechazando el contacto, abrazándose a su peluche.
— ¡Vete!
— Fumiya, escucha...
— ¡Déjame en paz, no te quiero ver!
Chuuya inhaló profundamente, sintiendo una angustia asquerosa estrangular sus entrañas, y, aunque de verdad con toda su alma no quería dejar a Fumiya en ese estado, comprendía que lo mejor era darle espacio.
Tragó saliva, dejando el libro en la mesa de noche, mirando un par de segundos al desastre que estaba hecho Fumiya, esperando que lo mirara.
Obviamente no pasó y, con los labios temblorosos queriendo llorar él también, apagó la luz y cerró la puerta, caminando directo al mini bar para servirse un whisky, suspirando después de beberlo de un trago.
Qué manera tan estúpida de arruinar un buen día, se dijo a sí mismo, rellenando su vaso, sabiendo que esta noche no iba a acabar pronto.
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A la mañana siguiente, Fumiya no fue a despertarlo, y cuando él fue a tocar a su puerta, el niño le respondió que iría en un momento, sin abrir y él no quiso presionarlo.
— Buenos días, tesoro ¿Dormiste bien?
Fumiya sólo susurró una débil afirmación, sentándose sin muchas ganas en la mesa, revolviendo con desgano su avena caliente, dándole bocados pequeños.
— ¿Quieres que te prepare otra cosa, cariño? ¿Algo salado, quizá?
— En realidad no tengo hambre.
— Está bien, bebé. Lo guardaré para más tarde. Si quieres duerme un poco más.
El niño asintió, volviendo a su habitación, y Chuuya recogió los platos, perdiendo también el apetito.
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— Fumiya, cariño, necesitas bañarte ahora, ya es tarde. A menos que no quieras ir hoy a la guardería.
El niño abrió la puerta, escondiendo su carita en el oso de peluche, caminando hacia el baño, arrastrando su toalla y Chuuya suspiró, sabiendo que había tomado una buena decisión al bañarse primero y darle más privacidad.
Aunque le estaba doliendo como el carajo el rechazo, sabiendo que estaba completamente justificado.
Esperó a que Fumiya terminara de arreglarse y salieron juntos, el niño haciendo su mejor esfuerzo por acomodarse en el asiento y ponerse solo el cinturón de seguridad.
Viajaron en silencio, y al llegar, Fumiya se bajó, caminando al lado de Chuuya sin tomar su mano.
— Hoy tengo un poco de trabajo, cariño, así que el abuelo vendrá por ti.— el niño asintió, sin mirarlo a la cara, y Chuuya se puso a su altura, buscando su mirada—. ¿Me puedes dar un beso, bebé?
— No quiero.
La sonrisa de Chuuya es triste, cargada de orgullo porque Fumiya es capaz de poner límites, dolido por ser rechazado de nuevo.
Asintió, resignado, despidiéndose con la mano y volviendo al auto, quedándose un par de minutos en su interior, con la cabeza pegada al volante.
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A la hora de la salida, Fumiya está esperando en la puerta, despidiéndose de sus amigos, sintiendo algo extraño por el tono en que algunas de las madres le preguntan por su padre.
Fumiya se despide cuando ve el elegante auto negro de su abuelo y se marcha corriendo, abriendo la puerta.
— Hola, cariño ¿Tuviste un buen día?
Ougai no pasa por alto que, a diferencia de siempre, hoy Fumiya no le ha saltado al regazo para colgarse de su cuello y besarlo, y sólo se ha acomodado a su lado, murmurando algo tan bajito que no lo escucha, abrazando su mochila.
También sabe que no puede presionarlo para hablar sobre sus sentimientos, así que le indica al conductor que emprenda el viaje, dándole la dirección de una heladería cercana, acariciando en silencio el cabello de Fumiya cuando éste se acurruca a su costado.
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Fumiya pocas veces pudo comer (cualquier cosa en general, digamos) dulces, por lo cual es un poco más adepto al azúcar que cualquier otro alimento, y es algo que resalta incluso en un niño de su edad.
Chuuya por supuesto que le permite alguna golosina, aunque es bastante estricto con su dieta, mientras que Ougai no pierde el tiempo de malcriar un poco a su nieto, disfrutando quizá un poco más de lo éticamente común su nueva filiación.
Ciertamente, ahora ve a Chuuya como su hijo, así como en su momento vio de la misma manera a Osamu, y la descendencia por parte de ellos se siente como de su propia sangre.
Además Fumiya es un niño encantador, y Ougai no puede evitar su lado más paternal, derritiéndose de ternura ante la manera en que sus ojos brillan cuando la crepa rellena con helado y espolvoreada con frutas hace su aparición, y el niño parece olvidar su tristeza, llenándose la cara con helado, arrancándole una carcajada tras su taza de café.
— ¿Quieres probar mi crepa, abuelito?
— No, cariño, soy un anciano y con tanto azúcar en mi cerebro me voy a volver loco. — le susurra con suavidad, limpiando las mejillas sucias— . Aunque es muy amable de tu parte invitarme, sin duda eres un pequeño muy atento.
— La cuidadora me dijo lo mismo hoy y me regaló un caramelo porque le ayudé a levantar los juguetes. Le dije que es lo que papi me enseñó, y me dijo que lo iba a felicitar también a él cuando lo viera.
— Ciertamente tu padre merece un reconocimiento, cariño, no he conocido a un padre más entregado a su hijo que él, incluso si las circunstancias no fueron las más óptimas.
Aquello último lo dijo entre dientes, aunque pensó que Fumiya lo había escuchado y por eso había bajado repentinamente la carita, mordiendo la cuchara con tristeza.
— Si necesitas hablar de algo, sabes que yo te escucho, mi amor.
— Papá ha sido muy bueno conmigo desde que lo conocí. Nunca me ha gritado ni me ha pegado, me da de comer y se preocupa porque no tenga frío ni calor. La vez que me dio fiebre, se quedó toda la noche despierto vigilando que yo durmiera, y sujetó muy fuerte mi mano para que no me diera miedo cuando me pusieron las vacunas. Además, cuando me abraza y me besa, me hace sentir...Me hace sentir como una flor, abuelito. Como el sol. Me gusta mucho que papi me quiera, y me gusta mucho quererlo...Por eso no entiendo por qué mamá no puede vivir con nosotros, si yo también la quiero a ella.
Ougai es un hombre ecuánime. Desde ser un hombre de medicina, hasta ser el líder de una de las organizaciones criminales más importantes del continente, ha entrenado sus nervios para que nunca se alteren, y es por ello que no le cuesta mucho disimular el escalofrío que esta pequeña conversación le produce.
Para él y Chuuya es claro que esa mujer no merece ni siquiera la vida, pero siendo justos, Fumiya es sólo un niño, cuya única relación por cinco años fue con ella, y al ser tan pequeño es comprensible que no dimensione el daño que le produjo, que mucho menos sea capaz de despreciarla, porque a sus ojos, ella sólo es lo que es.
Su madre.
Con mucha elegancia deja la taza de café, pidiendo una nueva, sonriendo amablemente mientras el líquido es vertido en su taza, y la olfatea. Es un café simple, instantáneo, nada qué ver con el de excelente calidad que todas las mañanas toma en su oficina, aunque, al ser esto una heladería pequeña, incluso le sorprende que sirvan la bebida en el menú.
Está divagando un poco, porque no sabe si será prudente que intervenga.
Fumiya ya lo reconoce como su abuelo, y él no va a deshonrar el título.
— Es bueno que tengas en claro que tu padre te ama, Fumiya, porque esa es la única cosa que necesitas, y no lo digo de manera descuidada. Tu padre es un hombre maravilloso, capaz de quemar el mundo con tal de protegerte y hacerte feliz. Con él, no necesitas de ninguna otra persona, aunque comprendo que extrañes y quieras a tu madre. Puedes tener esos sentimientos, nadie te va a cuestionar por ello, sin embargo, necesitas comprender que, tu madre no está en condiciones de cuidar de ti, y quizá su manera más sincera de decirte que te ama, fue dejándote al cuidado de Chuuya, incluso sabiendo que no iba a volver a verte.
— Mamá...¿No va a volver por mí?
— No, Fumiya. Te hizo mucho daño, y, aunque tienes derecho a no odiarla por eso, tu padre tiene la obligación de protegerte, aunque ahora creas que lo está haciendo porque es malo.
— Pero...Mis amigos dijeron que con amor...
— El amor no es algo que lastima, ni algo que te produce miedo. El amor es como lo dijiste, bebé, algo que te hace sentir como el sol o las flores. No digo que tu madre no te haya amado, es sólo que quizá no supo mostrártelo debidamente. No al menos hasta ahora que te dejó a manos de tu padre, quien está más que calificado para amarte de manera sana, cariño. Comprendo que estés triste, y que te duela, pero necesitas ser valiente y entender que no todas las personas que tú amas merecen estar en tu vida. No importa si es tu propia madre.
Fumiya pestañeó, mirando a su helado que comenzaba a derretirse y era absorbido por la masa de la crepa, mordiéndose los labios, comprendiendo, a su capacidad, las palabras que Mori le estaba diciendo.
Su madre lo quería, sólo que no podía cuidar de él, y ya no quiso seguir lastimándolo. Por eso lo dejó.
—Todavía es temprano ¿Te gustaría pasear por el parque un rato antes de que te lleve a casa, cariño?
Lo dejó, eso ya lo sabía.
Pero no lo dejó solo.
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Cerca de las nueve, cuando Chuuya comenzaba a impacientarse, escuchó el motor del auto de Ougai y salió a la puerta, mirando con celos cómo Fumiya lo abrazaba y besaba.
— Te quiero, abuelito. — se despidió el niño, y Ougai juró que iba a derretirse—. Gracias por la crepa.
— Chuuya-kun, lamento mucho haber tardado tanto. — Ougai le extendió la mochila del niño a través de la ventanilla—. Nos distrajimos un poco en el parque y comiendo.
— No se preocupe, Jefe, al contrario, le agradezco que haya recogido a mi hijo y que incluso lo haya traído a mi casa.
Le hizo una reverencia y el auto se alejó, dejando a Chuuya con un suspiro y una sonrisa insegura hacia Fumiya.
El niño le extendió los brazos, y Chuuya sintió que su corazón se sanaba un poquito cuando se acomodó en su pecho, apretando entre los puños su camisa mientras entraban a la casa.
— ¿Quieres cenar algo, bebé?
— Quiero pintar contigo, papi.
Ahí estaban de nuevo los fuegos artificiales, ante la vocecita tímida de Fumiya, su infantil manera de ofrecer una tregua, que le borró por completo el cansancio, a pesar de haber estado todo el día luchando contra un grupo rebelde, y posteriormente ocupándose del papeleo sobre el incidente.
Ser compañero de juegos de Fumiya era todo un honor, y Chuuya no podía sentirse más feliz.
— Papi...¿Me das un beso?
Mentira. Sí podía sentirse más feliz.
Los labios le temblaron, sintiendo que el miedo de perder el amor de Fumiya, de crear una ruptura en su relación que no pudiera resanar después, se iba desvaneciendo de su sistema, suplantando por el dulce aroma de durazno y leche del niño, mientras pegaba sus labios a su mejilla.
— Abuelito me dijo que no todas las personas que amamos merecen estar en nuestra vida. Yo soy feliz contigo y con el abuelo. Aunque extrañe a mamá...Prefiero vivir contigo.
Chuuya sonrió, y otra vez el sol, la luna y todas las estrellas se volvieron líquidas, brillando a través de sus venas, siendo una miel que mantenía pegadas cada grieta de su corazón.
— Te amo, Fumiya. Con todo mi corazón. Muchas gracias por elegirme.
— Aunque también sería muy feliz si viviéramos con el gatito callejero que vimos la otra vez.
Chuuya se echó a reír, sabiendo que si Fumiya se lo pedía en ese momento de debilidad, no iba poder negarse a nada.
